Moisés Mayán FernándezDel libro Fábula del Cazador Tardío, 2007

Los pies enlutados

De los cadáveres apilados en la fosa común fluye el miasma, esa sanguaza fétida que desprenden los muertos. Primero es un hilillo, un gotear, luego inunda todo el cementerio.
En los pies de los enlutados recorre los suburbios del país, las lujosas cámaras. Viaja en trenes y veleros. La noche cae sobre los muertos mientras el miasma llega a las distantes islas del sur, a los borrosos confines de la tierra.
De este modo, fluye a través del poeta, la verdadera poesía.

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Elogio a la Penúltima Lámpara

                  Nos haces una falta sin fondo
                                  César Vallejo

En el techo retozan menudos fantasmas/ abuela levanta el polvo de los siglos en los ángulos más secretos de la casa/ recuerdo los años sucediéndose como insectos/ las cabalgatas en esa escoba de cerdas artificiales/ Ha terminado para siempre la estación de sentarme en sus rodillas/ las historias de los pájaros extintos/ que anidaron el guano de su infancia/ la veo desordenar los muebles con torpeza/ leyendo el periódico muy cerca de los ojos/ lastimándose los dedos para que yo luzca camisas de pasarela francesa.

Abuela cuece viandas que saben a monte/ a épocas donde prendió el fuego con cortezas de almácigos/ cuando su madre le enseñó a disponer los aderezos/ y colar el café antes del alba/ Todavía se interna en las guardarrayas/ le sigo los pasos/ recogiendo cada frase que balbucea como por descuido/ para repetirlas a mis hijos/ crecí meciéndome en sus brazos/ ahora me corresponde vigilar su penúltima lámpara/ que se resiste a la oscuridad y al viento/ a veces tengo miedo/ un miedo atroz de quedarme solo.

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del libro El monte de los transfigurados, 2009

… Oh poema cuando será el día

Con los brazos sobre la mesa, como en un cuadro de Clauco Capozzoli, prometo a mis padres terminar con la poesía. No más los finos animales que se hunden en el té mientras escribo, no más las serpientes de pasos breves, las oscuras praderas que convidan… No más la exactitud del verso, su perenne vuelo de pájaro nocturno.

OH poema, ¿cuándo será el día en que sin ti logre salvar la insoportable levedad del ser? Cavo ¿cavamos? un orificio de sospechosa hondura para sepultar el cuerpo entero del poema. Cavamos y nos convertimos en seres impronunciables. Mis padres me abrazan, este hijo muerto era y ha revivido. Me abrazan, entre el sopor de las lágrimas y la pérdida agónica del verso. OH poema amado mío, semejante mío…

Demasiado espaciosa la casa se convierte en un país de sombra. Antes estaba el poeta caminando como sobre un hilo, pero nadie pensó que así se equilibraba el mundo. Antes estaba el poema y entorno a él cantábamos villancicos, pero nadie amó la palabra, nadie imaginó la sobrevida de la palabra. Ahora somos una familia de hombres y mujeres que se despiden, de niños que se despiden, de perros que se despiden ladrando en los aleros.
Con los brazos sobre la mesa como en un cuadro de Clauco Capozzoli trastorno los anteriores pronunciamientos. Es mi madre con una pluma de cisne entre las manos, “para que escribas”, dice, “para existir”.

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El arreglador de sombrillas

             ¿Nosotros los sobrevivientes a quiénes
             debemos la sobrevida?
                    Roberto Fernández Retamar

I

Mi padre despliega el oscuro paraguas de la abuela y corremos a refugiarnos de una lluvia imaginaria.

Han pasado los días más crueles de los noventa, las tardes donde mi madre era la vendedora de fritas, mi padre el pregonero de guayabas, y la mesa familiar era un sitio donde el pan se untaba con la sal de las lágrimas. Mi padre, con los tenis rotos, de pie, ante la fila de sus estudiantes de medicina, "corran hijos míos, corran". A veces con el disfraz de profesor de educación física, a veces con el disfraz de pregonero. Recuerdo que una noche a la luz propicia del único candil le escuché decir: "Cada día que pasa me voy pareciendo más a los retratos de mis tíos muertos". Yo lloré mordiéndome los labios.

II

En medio de la sala, cuando ni siquiera amenazan las lluvias, mi padre despliega el oscuro paraguas de la abuela y corremos a abrazarnos. El miedo cae desde el cielo en pesados goterones, pero mi padre como un patriarca, sostiene los ángulos de la casa y dice que nos aguardan días mejores. Es el hombre que devuelve las sombrillas ilesas. Le creemos con una fe ciega. Todos le creen.

III

El arreglador de sombrillas es mi padre. Casi una frase hecha. Han pasado los noventa, sus días crueles y tenemos esa felicidad de saber que alguien nos protege de las lluvias, de los soles sucesivos. Felicidad que compartimos, como se comparte el mucho pan con los hambrientos. Mi padre despliega el oscuro paraguas de la abuela, pero ya no corremos, sobre nosotros planean silenciosas, las alas invictas de Dios.

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el libro homónimo, 2010
CUANDO SEPTIEMBRE ACABE

Llámame cuando septiembre acabe,
cuando los árboles recobren su verdor
y los pájaros entonen cantos menos desolados,
cuando las casas no sean espacios abiertos a la intemperie
y la música del amolador de tijeras imprima en los cuerpos
el filo de las espadas.

Llámame cuando prospere en los balcones
la flor de la acacia. Ahora no.
Ahora el hacha de Dios a la raíz del pueblo
muestra un panorama que termina humedeciendo los ojos:
la vida astillándose contra la precaria forma del hogar
como tronco de árbol hueco, (sostenido inútilmente
por las manos familiares).

La ciudad es un cuerpo obsceno que oculta la noche,
vientos tormentosos barren la algarabía de las calles,
no están los adolescentes que acostumbraban
a sentarse en los bancos del parque. Ahora alguien dice:
“Iremos a la ciudad si queda algo de ella en pie.”
Se sabe que la ciudad era otra antes de septiembre,
mas todo termina cambiando.

Vivimos con el miedo coagulado en la mirada,
como dura en el ojo de la presa la imagen del cazador
y le parece verlo en las inocentes sombras de los sitios
que frecuenta. El miedo. La onda expansiva del miedo
nos mantiene juntos, alumbrados por faroles,
masticando el filo blanco de las uñas.

Llámame cuando septiembre acabe
y en el bosque de arbustos desnudos
vuelvan a pastar los antílopes radiantes.
Yo fui de los que quiso sentir los vientos
agitando los ángulos de la casa. Incluso llegué a decir:
"Nosotros nunca hemos visto un huracán, el aire
que silba sus canciones mortales entre los rombos
de las celosías.
Si pudiéramos tocar el cuerpo vidrioso del miedo
mientras cruza el barrio, y apretados los puños
oír a los perros ladrándole a Dios."

La mañana siguiente mi hermano me convidó
a fotografiar la ciudad, pero la ciudad ya no estaba.
Fotografiamos sin embargo la forma incierta
que iba cobrando La Vida bajo el ramaje caído de los árboles.
Yo quise ver un huracán,
pero no sabía que la palabra Desolación
pierde su transparencia con los vientos
y se convierte en muro.
Infranqueable. Terrible.
(Aún para los adaptados a la verticalidad de los muros).

Déjame cerrar los ojos creyendo
que este mes nunca existió.
Otra mentira en el calendario.
Déjame soñar con las casas incólumes
que abren sus puertas en una tarde de sol.
No creo en los milagros. (Before and after
como en las revistas).

Llámame cuando septiembre acabe.
 


Moisés Mayán Fernández
(Holguín, 1983)Poeta y narrador.
Ha publicado los poemarios: Fábula del Cazador Tardío (Ediciones La Luz, 2007), El Monte de los Transfigurados (Ediciones El mar y la montaña, 2009), Cuando septiembre acabe (Ediciones La Luz, 2010).