No me llames MaritzaEl sexo es un pretexto. Por muchos
que sean los encuentros -incluso
en invierno, por calles abandonadas
al viento, en grandes muladares contra
tantos edificios lejanos- no son otra
cosa que momentos de la soledad

Pier Paolo Pasolini

¿y por qué no?
a Pier Paolo Pasolini, in memorian. 

PRIMER TEMPO

...y hubo también aquella noche de Esmirra en que obligué al bien amado a soportar lapresencia de una cortesana hizo una pausa la idea que se hacía el adolescente del amor continuaba siendo austera, porque era exclusiva, su repugnancia llegó a la náusea. Más no pudo continuar leyendo.

- Es sencillamente descojonante -dijo sin precisar a qué se refería.

Había algo en su mirada, en la mostrada consternación de la frase, que hacía pensar en el sentido intemporal, desgarrado y oculto de las grandes verdades.

Tenía cincuenta y siete años, el cuerpo y los deseos de una mujer, pero su conocimiento y experiencia de la Vida seguían siendo los de aquel niño que, en ausencia del padre, la abuela adornaba con grandes lazos y otras prendas de vestir que pertenecían a La Difunta. 

LA DIFUNTA

Así la nombraba la vieja (en medio de aquel ritual improvisado noche tras noche), La Difunta en lugar de tu madre, tu mami, tu mamá. la Difunta, la Esquizofrénica, la Histérica, la Soñadora, la Suicida que una mañana sacaron de su cuarto, envuelta en una sábana teñida de sangre, degollada con la navaja del marido.

La Loca que pasaba madrugadas enteras escribiendo versos y aquellas cartas de amor firmadas por hombres inexistentes y que luego arrebata de las manos del cartero y corría a encerrarse en su cuarto donde pasaba las horas releyéndolas con visible inquietud. Porque no podía más con tanta soledad, con la indiferencia, los engaños y recriminaciones del marido.

- No da - volvió a repetir- que todo es, sencillamente, descojonante.

Pero, ¿qué era todo?, ¿el tiempo?, ¿los recuerdos?, ¿el dolor?, ¿la soledad?, ¿su miedo? No lo sabía. Mejor dicho, no podía precisarlo. Algo que no era ninguna de estas cosas y a la vez todas ellas (y tantas otras) juntas: la rabia, la indignación, las alegrías estériles, un poco de lástima -más con la Vida que con él mismo-. Y, sobre todo, lo que no podía evitar: sus cincuenta y siete años; esta vejez que, inevitablemente, iba esculpiendo su nueva fisonomía. Ese miedo que ya no se apartaba de él, que quizás dentro de una, dos, tres horas volvería a sentir con más intensidad.

Pero, ¿cómo ser de otro modo? Estaba convencido que pertenecía a esa raza de hombres hecha para las excepciones, no para las leyes.

Sin embargo, ¿cómo ser Otro? si en cada momento de la Vida se es lo que se ha sido y lo que se está por ser . Por muy extraño que parezca, pensó , el problema no está en huir de nosotros mismos, sino en aceptar francamente, quizás hasta con cierta humildad las experiencias que la Vida nos brinda. 

SEGUNDO TEMPO

(El lleva consigo una juventud enormemente joven y esto es inhumano...)

La luz que llegaba desde el otro cuerpo proyectó contra el espejo al cuerpo desnudo del Muchacho que salía del baño.

El viejo lo miró. Luego dejó el libro sobre la mesa de noche, apagó la lámpara y se volteó contra la pared.

Su cara, el ritmo trémulo, irregular de su respiración revelaban cierta inquietud. Su cuerpo fue perdiendo toda dignidad Sus oídos se refinaron hasta el punto de llegar a percibirlos movimientos más nimios, los gestos más insignificantes del otro rozando las sábanas.

- Así no puedo. No logro disfrutarlo - murmuró casi rechazando el cuerpo que trepaba sobre su espalda; el escalofrío, la áspera -casi brutal- sensación que le produjo aquel pedazo de carne erecta hurgando, tratando de penetrar entre sus carnes.

El muchacho se retiró hacia el otro lado. Así permaneció, con los brazos extendidos y las piernas entreabiertas, con aire de Todopoderoso, de Amo y Señor del mundo.

- Otra vez con esas boberías.

- Así no puedo. No me siento cómodo... es hacerlo como los gallos a las gallinas.

Estos maricones son así, pensó, peligrosamente repugnantes. En su puñetera vida no había conocido tan solo uno que valiera la pena. Son peores que las putas. Se enamoran con sorprendente facilidad, lo entregan todo hasta que aparece otro en el camino. Hábiles como serpientes. Los conozco muy bien.

-¿Crees que puedas con esto?

El viejo agudizó la mirada, sus ojos exploraron palmo a palmo, en toda la extensión de su arrogancia, el cuerpo desnudo del otro hasta descubrir el sexo erecto entre las manos; exhibido como un trofeo, una carta de triunfo. Ensayó unas cuantas caricias; leves roces de aquel péndulo que hizo oscilar entre las nalgas del viejo, un poco más arriba hacia donde aquella carne empezaba a perder voluminosidad, lisura. 

Encendió la luz.

-Apágala.

El viejo se negó. Fue a besarlo, pero el otro lo rechazó con un gesto rapaz, excesivamente masculino.

-Sabes que no me gusta.

Hubo una pausa hasta que las manos del viejo, inseguras, con una mezcla de deseo y añoranza, comenzaron a acariciar a aquel bulto grueso y duro como

...un palo de caja -murmuró el viejo.

El otro rió. Así estuvo, riendo, hasta llegar a sentir la húmeda textura de los labios y l hilo de saliva, tan débil y fino que, como una telaraña, salió de la boca del viejo.

-Eres la Mejor.

el viejo se encogió de hombros y esbozó una sonrisa de satisfacción a manera de cumplido.

-¿Por qué no te pones el bobito?

-Mejor así.

-Sabes que me arrebata, me vuelvo loco.

-Si quieres podemos hacerlo frente al espejo.

fue hasta el escaparate y anduvo en una de las gavetas de la que extrajo la tela rosada, casi transparente, que con una meticulosidad femenina acarició, se llevó a la nariz para olisquearla y, finalmente, sujeta al cuello fue alisando y extendiendo por su cuerpo.

Pero antes de penetrar en el baño, dominado por un impulso desconocido, se volvió hacia el que yacía en la cama y le lanzó una advertencia.

-No me llames Maritza. 

El muchacho apenas lo miró. Siguió echado sobre la cama acariciándose los huevos.

Había dejado de sonreir. En el fondo estaba convencido de todo lo que aquello significaba, pero no podía evitarlo. Desde que descubrió en la sala el retrato de la mujer con cara infantil, cejas muy altas y rectas -a pesar de su mirada lánguida-, con los brazos desnudos bajo la pamela cargada de adornos y toda aquella carga de adornos y toda aquella blancura de fondo y la dedicatoria abajo:

Para mi hijito de su mami a los 20 años.
Un beso grandote,

Maritza.

Y reparó en el parecido con la boca saliente, los labios casi gruesos y la mueca, más bien intransigente que, como una insinuación, le lanzaba el viejo de vez en cuando.

Reapareció en la puerta transformado totalmente. Guiñó un ojo entre sonrisas y gestos que muy bien podían significar esto o aquello. Avanzó moviéndose al compás de una música secreta. primero, frente al espejo; después en torno ala cama con un contoneo y una elasticidad que nada tenían que envidiarle a las más provocativas poses de las viejas cantantes de cuplé.

Disfrutaba de todo aquello con una alegría natural, casi rayando en el desparpajo. En el fondo estaba convencido de que la Vida para él no era mas que eso: una equivocación de Dios o una ofensa contra él. La farsa que todos los días nos obligan a representar en el Gran teatro de la Vida, donde todo el mundo elige su máscara público y actores. Esta era la de él. Por eso continuaba llevándola con la dignidad de un actor de primera. Y el convencimiento de que no hay hombre sin máscara como no hay actor sin historia.

-Échate para acá

Le ordenó tomándolo con furia por las nalgas.

Y sus labios buscaron el punto que marcaba el centro entre aquellas dos piernas.

-No hay dudas...Eres La Mejor.

Su voz era áspera y sus manos se tornaron demasiado rudas, torpes, tratando de atraer hacia sí aquella cabeza, de dirigirla en aquella ceremonia ante la que su cuerpo se iba transformando -total y completamente- en gestos de aceptación, de entera docilidad.

-No me muerdas.

-Apaga la luz.

-No. Así, viéndote, disfruto más.

Poco a poco fue exigiéndole los más inimaginables goces, la más humillante de las servidumbres. Caricias. Gestos. Golpes. Lo ensayaron frente al espejo.

...lástima que no tengas, ahora, esa revista...

A petición del muchacho simuló algunas poses de películas porno con una agresividad y descaro que luego se desvanecieron, fueron quedando atrás cuando se dio cuenta que estaba siendo penetrado, en cuatro patas, como una yegua sujeta por la cintura, espoleada entre gemidos y alaridos. Mientras interpretaba su repertorio de gritos, suspiros, frases entrecortadas exclamaciones, elaboradas desde las más rigurosas y efectivas leyes de la dramaturgia. Lo está disfrutando, pensó el viejo, lo está sintiendo realmente. 

En cambio, para él, su único y verdadero goce residía en aquella especie de autoreafirmación que lo impulsaba a seducirlo, a lanzarlo a aquel estado de paroxismo, de completa inconsciencia, donde la individualidad se manifiesta como un todo, único, irrepetible.

Nuevamente sintió ganas de golpearlo. No se contuvo. dejó caer sus puños contra la cara del viejo, una y otra vez, puta, 

cochina, asquerosa, dime que soy tu macho, dime que soy el único. El rostro del viejo parecía preso de una extraña felicidad, 

que nada tenía que ver con aquello, ni mucho menos con sus cincuenta y siete años, ni con su miedo. Sólo con la Vida, donde todo es así:

- ...descojonante...

Exclamó casi gritando, pero el otro lo entendió como un reto, una advertencia de que estaba llegando a su fin. Por lo tanto fue más allá en sus desafueros, dímelo puerca, puerca maricona, como acto de imprescindible legitimación, dime que la quieres, dímelo ahora, al que el otro parecía someterse con un extraño sentimiento de complacencia.

-...dime que te llamas Maritza.

Justo entonces se deshizo con esfuerzo de los nudos que lo ataban a aquel cuerpo y, con visible repugnancia, salió dela habitación.

Por primera vez, en tantos años, sentía deseos de llorar. 
 

TERCER Y ÚLTIMO TEMPO

(El acto se cumple, su repetición es un rito).

El viejo reapareció en la puerta del cuarto. El muchacho había terminado de masturbarse, yacía boca arriba con la mirada extendida a todo lo largo del techo.

-Nunca vuelvas a dejarme así porque soy capaz de matarte -relincho amenazante con exacerbada virilidad.

El viejo recogió el libro del suelo y se acostó.

...Como todo el mundo, solo tengo a mis servicios
tres medios para evaluar la existencia humana: el
estudio de mí mismo que es el más difícil y peligroso,
pero también el más fecundo de los métodos;
la observación de los hombres, que logran casi
siempre ocultarnos sus secretos o hacernos creer
que los tienen...

Su vida necesitaba de un golpe de suerte cuando apareció él, en la maloliente oscuridad de aquellos muladares. Lo miró una y otra vez. Intercambiaron unas cuantas caricias, furtivas, imprecisas, que atrajeron la proximidad de dos o tres de ellos con sus gestos y miradas insinuantes, prestos a tomar parte en el banquete. El muchacho refunfuñó algunas palabras precedidas de una mueca de asquicencia y salió.

El viejo salió tras él, pero cuando llegó a la avenida lo perdió de vista. Anduvo un rato, de una acera a la otra, a la caza de una nueva presa hasta que decidió marcharse. Entonces se encontraron, nuevamente, en la parada. Volvieron a mirarse. El muchacho se apartó del turbión de personas que esperaban junto a él, y tomó asiento en una roca. Entonces el viejo aprovechó para acercársele con el pretexto de saber la hora.

Estuvieron conversando hasta bien entrada la madrugada cuando el viejo lo invitó a su casa y él se disculpó alegando que ya era muy tarde, que estaba en exámenes finales, pero iría la próxima noche. 

 

así fue.

Con el tiempo su presencia se hizo habitual. Era bueno en la cama, con algunos escrúpulos propios de su juventud, pero era buena cama.

...La palabra escrita me enseñó a escuchar la
voz humana, como las grandes actitudes inmóviles
de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos.
Posteriormente, la Vida me aclaró los libros. Pero los
Escritores mienten, aún los más sinceros.

-Estás viejo y acabado.

Ahora estás acabado. Siempre lo estuvo desde que lo conocí. Pero antes era diferente. Antes me dejaba querer, cobraba mi precio hasyçta que la costumbre lo fue haciendo todo más tolerante, más llevadero. Sin embargo, ahora es diferente, ahora

-...Eres una yegua...una yegua vieja -insistió como asegurándose de su odio.

Pero no era su odio, ni siquiera la indiferencia del otro, que fingía leer tras aquella expresión forzosamente grave, lo que le molestaba.

Había hablado claro desde el principio. No me llamo a engaños, estoy consciente de mi edad, mis limitaciones, tus ventajas. No me llamo a engaños. Soy un maricón bastante raro. Todo en la vida tiene un precio. Si estás conmigo es por tu conveniencia.

Eso dijo aquella noche cuando lo vió regresar y ceder a cada uno de sus reclamos de viejo marica. Y fue como un portazo lanzado contra su cara; como sí, de pronto, quedara desnudo en medio de la noche.

Todavía, por aquel tiempo, parecía estar lleno de bríos. Hacía ejercicios todas las mañanas y sus gestos mostraban una ligereza que atribuyó a su carácter, a ese espíritu marcadamente femenino. Pero ahora estaba acabado. Eso pensaba para sí mismo, para la eterna tanquilidad de su alma. 

 

Desde luego que sí.

Lo odiaba como odiaba el recuerdo del tío (otro maricón igual que este), la única persona que lo quizo en la vida y a quien quería. El tío que acostumbraba hacerle olvidar la tristeza, el recuerdo de alguna reciente paliza o el paso de una penitencia contándole historias de castillos embrujados, de amores entre reyes y princesas, que él mismo inventaba mientras el sobrino, desde sus siete años, reía y pensaba que la vida era esa: sus encierros, regaños, palizas, pero que también podía ser otra cosa: castillos, reyes, amores, princesas.

El tío que una mañana amaneció con la lengua afuera, colgado de uno de los horcones de su cuarto.

Desde entonces lo odió, aunque de una manera extraña. Ese odio que este viejo le recuerda, le aviva, hace que le hierva por dentro la sangre.

¿Por qué no me cuentas la historia del negro al que la Malnacida y tú le pagaban para que los violara y que una noche trató de herirte las nalgas con una navaja?

El viejo dejó de leer y para sorpresa del otro se volvió murmurando:

Ya te lo conté otras veces. Además eso pasó hace tantos años...-Cuéntame...

-Nada. La Malnacida se encargaba de contratarlos por la zona del puerto. Los elegía entre los estibadores.

-¿Y después?

-Lo esperábamos en un cuarto que tenía La Malnacida en las afueras de la ciudad.

-¿Siempre era el mismo?

-Casi siempre.

-¿Cómo puedes estar tan seguro si llegaba enmascartado?

-No sé. Por el olor, por la manera de atarme a la cama, por los gritos de La Malnacida pidiendo que lo azotaran mientras lo penetraban.

-¿Te hacía gozar?

-No sé. Ahora no recuerdo. De aquello hace muchos años.

-Júrame que es cierto. Que te hacía gozar.

-Era nuestro mejor cliente.

-Eres una puerca. Tienes al Diablo metido en la carne. Me das asco. dijo. Y sus manos se deslizaron buscando el cuerpo del muchacho hasta dar con aquel pedazo de vida que no cesaba en su erección.

Rió a carcajadas. Así permaneció un buen rato, riendo, casi llorando de la risa. Durante la mayor parte de su vida no había hecho más que herirse.

Sin embargo, ahora estaba viejo y cansado. Nunca había tenido, hasta aquella noche, esa certeza. Había vivido más de lo necesario, con una intensidad que provocaba envidia. Atesora un sinnúmero de recuerdos, confesiones, capaz de levantar al país en armas. Sabía de la mentira, de lo que puede haber más allá del antifaz de todos aquellos hombres que en la calle fingían no conocerlo, algunos hasta intentaban mirarlo con desprecio, y borrachos o en la solitaria oscuridad de la noche corrían a desnudarse en su cuarto: quintaesencia de toda filosofía, de toda verdad religiosa o política...Antinoo es una utopía, pensó, el héroe arquetípico para maricones quinceañeros.

Estás filosofando. Yo diría delirando. Los años, la Vida y su barbariele habían trastornado la cabeza.

Una ola de escalofrío le brotó del alma y como un estado febril se extendió por su cuerpo, por sus cincuenta y siete años, como queriendo abrazarlo. Sonrió. Estuvo con el gesto y la sonrisa congelada hasta que el otro, por primera vez, empezó a besarlo.

-Estoy en una mala edad -dijo tratndo de ocultar las dos lágrimas que le corrían por el rostro.

El muchacho se dio cuenta de que en realidad lo creía así. Fue a decirle algo, pero el viejo ni qsiquiera lo miró.

Buscó entre las gavetas de la cómoda la foto de la madre muerta, que tiempo atrás había tenido que esconder y volvió a colocarla cerca de él, junto a la cabecera de la cama. Antes de buscar la proximidad del cuerpo que ya lo cercaba, murmuró:

-No me llames Maritza.

Alberto Abreu Arcia
Alberto Abreu Arcia
(Cárdenas, 1961)  Ha publicado El gran mundo (cuentos, Ed. Matanzas) y Virgilio Piñera, un hombre, una isla (Ed. Unión, Premio UNEAC de Ensayo 2000).Premio Casa de las Américas en Ensayo artístico-literario, 2007.con el libro "Los juegos de la escritura o la (re)escritura de la Historia"