Por: Laura Ruíz Montes

Barbara Byers ha sido artista visual la mayor parte de su vida. Esa vida puede ser leída bordeando paisajes, tintas, collages, papel, dibujos, cuadernos, libros de arte y petroglifos. Sus campos de trabajo: el dibujo, la pintura y la construcción de libros, han devenido cartografía especializada cuyas coordenadas son la luz y las fuerzas internas de la tierra y de los hombres. Desde el descenso a lo más profundo del Gran Cañón del Colorado, hasta la escalada de regreso, pasando por los avatares de la existencia, la literatura y la intimidad, el trabajo de Barbara Byers, trasmite una esencia no solo artística sino también emocional, logrando, con su obra, legitimar ambos apartados.

Dibujos Barbara Byers

La muestra que recientemente inaugurara el Museo Provincial de Matanzas, Palacio de Junco, abarca un período de tres años de su labor artística, reuniendo una serie de dibujos de profunda significación simbólica y un grupo de cuadernos caracterizados por la escritura asémica y que, en su conjunto,  regalan otra decodificación del arte y la existencia.

Los trazos de Byers son una suerte de árboles de la vida convertidos en venas abiertas que destilan tinta atravesada por una extraña claridad. Las líneas rectas o quebradas, las curvas y ensoñaciones se convierten entonces en bosques, en vasos comunicantes, en caminos solidarios y en copas de árboles que se unen en una poética capaz de concentrar blancos y negros,  sonidos y silencios con total soltura y elegancia.

La arquitectura de sus libros, por otra parte, reúne a la par circunstancias universales y discursos íntimos, más allá de cualquier  indicio filológico. Estos cuadernos abiertos al público, interactuando con nuestro imaginario, permiten descubrir la trayectoria del trabajo diario de la artista en un discurso de varias posibles lecturas. Hay en ellos una invaluable capacidad de entender la vida, el entorno, el drama y la felicidad a través de marcas y señales que solo necesitan de una comunicación extraverbal.

En una contemporaneidad donde nada parece bastar: ni palabra ni imagen o quizás donde -por saturación- imagen y palabra parecen sobrar, los códigos visuales y verbales de esta pintora y diseñadora ofrecen una relectura del universo que partiendo del adentro llega al exterior solo después de haber recorrido, por variadas vías y expresiones artísticas,  no pocos canales y laberintos, públicos y privados.

Asentada en diferentes dimensiones, a veces más cercana a lo abstracto y por ello mismo con significados más personales, lo simbólico de los dibujos dialogan en esta exposición con la  minuciosidad de la grafía asémica. Los claroscuros, el resplandor de sus árboles y senderos trasmiten un mensaje íntimo que reconocemos como posibilidad otra de expresión personal. Dicha  práctica artística de Byers puebla el mapa actual de signos translinguïsticos, alentadores de una inaplazable renovación de la cultura y la sociedad contemporáneas.

Ahora que otro dramático accidente volvió a dañar las líneas de Nazca que durante siglos han sido como surcos en las palmas de las manos del mundo, disfrutar de esta muestra nos regala la revelación de otros trazos. A ratos discontinuas y frágiles y a ratos tan robustas -como para sostener el ferrocarril del lejano oeste-  estas líneas se convierten, gracias a la destreza de Barbara Byers, en preciada hoja de ruta que desemboca en nuevo entendimiento de la práctica visual. Y por si eso fuera poco, nos conduce, con eficacia poética, a través del símbolo o de la escritura no convencional  a una manera diferente y necesaria de entender el mundo y de dialogar con él y con nosotros mismos.