Por: Laura Ruiz Montes

Después de una primera edición que viera la luz tiempo atrás en Ediciones Vigía, ahora con una suma agregada de nuevos relatos, Ediciones Matanzas entrega Las memorias vacías de Solange Bañuelos, libro de cuentos que su autora, Maité Hernández Lorenzo, alguna vez clasificó como “una expiación espiritual”. Y quizás tenga razón en la aseveración de sus razones íntimas pero resulta imprescindible ir más allá para constatar el alcance de esas mismas razones, el camino que estas recorren desde la casa, el ovillo personal o el rincón de la narradora hasta llegar a los lugares públicos donde figuran otras mujeres, atravesadas por angustias y cuestionamientos similares.

Palabra liberada. Para asomarse a la intimidad de Solange Bañuelos

Este conjunto de textos examina el cuerpo y la experiencia femenina –física y espiritual-  en tópicos que giran en torno a la contención o el exceso. La violencia, la culpa soterrada, el sentimiento de impostura y el agobio de la cotidianidad son reflejadas aquí con una precisión y síntesis verdaderamente loables.

Pleno de testimonios del cuerpo y la ciudad, el cuaderno recorre el espectro de las relaciones de poder, el patriarcado y ciertas coordenadas de la identidad femenina en una suerte de inventario de lo cotidiano donde reinan el desasosiego y la impotencia. La violencia verbal o el silencio acompañan los pasos de estas mujeres que han ido incubando la rabia hasta hacerla circular por sus venas, hasta convertirla en jugo gástrico y en metáfora de la sangre. En estas páginas, el miedo y el debate constante entre realidad y deseo no distinguen día ni noche; atraviesan fronteras y se clonan constantemente para aparecer lo mismo a la hora de atender a los hijos que en medio de la jornada laboral. Tal es su ubicuidad y la presión emocional que ejercen.

Solange Bañuelos, quizás alter ego de la narradora, ofrece en este volumen sus propias memorias, las de su cuerpo y su historia. Da fe de sus días agónicos, de los golpes recibidos hasta la desfiguración y de la lucha interna contra sus más legítimos apetitos sexuales.

En ocasiones centrado en la vida cotidiana y a ratos en el terreno de lo imaginado o soñado, el dramatismo de estos cuentos se salva del patetismo y de la queja a ultranza. La exposición de las situaciones, minuciosa y condensada, parece obra de un afilado bisturí bajo el microscopio. La sangre, el ruido de los golpes, el horror ante los cambios del cuerpo, crean una estética del peligro. Hasta en los momentos aparentemente más “pacíficos”, el peligro acecha, es palpable.

La mujer mártir de sus propias elecciones, la que espera, la que -desde el cinismo- pide a su marido la siga golpeando porque eso es materia prima para su próximo libro, la que se compra zapatos rojos y se embellece para otro y no para sí… y algunas más, pueblan este libro contentivo de un cosmos femenino abarcador e inclusivo, global, contemporáneo pero que consigue no ser  un mero relato de victimizacipnes. La estrategia discursiva de Maité Hernández Lorenzo parece tener como centro el flujo de las consecuencias, ese devenir de lo que puede llegar o no pero que, como espada de Damocles, amenaza constantemente la autonomía y la toma de decisiones personales. La mujer fragmentada, invisibilizada o paralizada por el miedo –cualquiera que este sea- encuentra referente en estos textos.

En un momento en el que el “#metoo” pobló las redes de internet y se han sucedido múltiples denuncias de acoso y abusos contra las mujeres en el mundo entero; en un momento en que Catherine Millet y otras cien mujeres francesas decidieron oponerse a este movimiento de imputaciones; en un momento en que la solidaridad femenina y los radicalismos han sido puestos en tela de juicio, estos cuentos de Maité Hernández Lorenzo no podrían tener mejor contexto de aparición. Coincidiendo con esa liberación de la palabra femenina y avalado por la calidad de sus textos y la profundidad de su mirada hacia la esfera íntima de la mujer, el presente volumen encontrará eco y prolongación, aplauso y complicidad más allá de nuestra esfera literaria, allí en el espacio íntimo de cada lector, donde quizás algunas de estas historias no sean creaciones fictivas. También para eso sirve la buena literatura.