Después de escuchar el verbo y las penetrantes reflexiones de Zaida Capote (ensayista, crítica literaria y miembro de la Cátedra de la Mujer), quizás solo sea menester agradecer… Y son muchas las personas que intervinieron, desde diferentes ámbitos, en la materialización de esta obra de arte que hoy se llevan ustedes a casa. He de comenzar por la génesis y agradecer a Ediciones Vigia y a la Fundación “Alfonso y Carreño” por convocar el premio “Pedro Antonio Alfonso” (nombre de nuestro primer historiador legitimado), en virtud del cual se ha incentivado la producción historiográfica de esta ciudad, brindándole el más halagüeño de los destinos: salvar del anonimato obras como la que hoy se ha presentado y por si fuera poco ofrecer a los autores galardonados la posibilidad de que esta sea editada y publicada por la prestigiosa institución que preside Agustina Ponce. Llegue también mi gratitud a Carlos R. Molina, Alina Bárbara López y Yamila Gordillo miembros de aquel primer jurado por distinguir mi texto con el referido premio.

libro Dolores Maria Ximeno, otras miradas.Mireya Cabrera Galán

Hace unos días un estudiante de secundaria me preguntaba cómo se escribe un libro. Le comentaba acerca de las diferentes maneras en que se asume el acto de la escritura, de acuerdo a los géneros y a los fines de cada autor. En el caso de la investigación histórica –mi campo de trabajo–, resulta fascinante la forma en que tras la búsqueda y consulta de decenas de fuentes de todo tipo (documentales, periódicas, gráficas) el investigador va construyendo una historia que si bien puede ser conocida en parte debe mostrar al final un conocimiento nuevo que tal vez pueda entrar en contradicción o no con las tesis ya establecidas.

Dolores Maria Ximeno, el objeto de mi libro ha sido apenas una silueta desdibujada de la mujer que creó uno de los textos más apasionantes de la literatura histórica en Cuba: Aquellos tiempos Memorias de Lola Maria. Y justo en este punto es necesario remitirnos a una de las más grandes personalidades de la cultura nacional. Entre sus muchos hallazgos y descubrimientos antropológicos, históricos y socio–culturales, los cubanos debemos a Fernando Ortiz la trascendencia de la obra de Dolores Maria Ximeno, fundamental para el entendimiento de la cultura cubana decimonónica. Representante de una clase social (la burguesía criolla) que languideció a la par que el sistema económico y social sobre el cual se sustentó, “Lola María” Ximeno, como fuera afectuosamente llamada, es portadora de un repertorio de escenas familiares, urbanas e históricas que en general giran en torno a su familia, pero que tienen como contexto omnipresente a la floreciente Matanzas del siglo XIX.

Pero qué hubiera sido de todo ese acervo de remembranzas, construcciones e imaginarios… de no ser por la oportuna y acertada mirada de un hombre como Don Fernando Ortiz. Será el “tercer descubridor de Cuba” quien la seduzca y convenza de compartir sus recuerdos (intrascendentes para ella), que sumaban los saberes y vivencias de tres generaciones de matanceras. Así, las memorias verán la luz en la Revista Bimestre Cubana, dirigida por el autor de Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar; allí se irán publicando a manera de entregas o capítulos. Posteriormente serán recopiladas en dos tomos (1928 y 1930) que, prologados por el propio Ortiz como parte de la Colección Cubana de Libros y Documentos Inéditos, se agotarán casi de inmediato. En 1930, con motivo de la publicación del segundo, Ximeno escribe a una de sus primas: “¡Cuántas cartas he recibido, aun de personas desconocidas! Yo nunca creí que llegara a alcanzar tanto éxito. El tomo primero se agotó por completo.”

Destacables son sus referencias a los hombres que contribuyeron a forjar la nación, los métodos pedagógicos utilizados entonces, el Partido Autonomista, las instituciones artístico–recreativas, las estancias familiares en el caserío de La Cumbre o las modas y usanzas femeninas. Asimismo, la valiosa inserción de epistolarios y otros documentos relacionados con su padre José Manuel Ximeno, el bardo y dramaturgo Jose Jacinto Milanés, primo del anterior, el músico Jose White –autor de La bella cubana–, el maestro e historiador Emilio Blanchet o su descripción del episodio desgarrador del calvario sufrido por el poeta “Plácido”, que le fuera narrado por una de sus criadas. Historias engarzadas todas ellas que de conjunto ofrecen un minucioso e irremplazable cuadro costumbrista de la Matanzas decimonónica.

En relación con la esclavitud y su comportamiento cotidiano sobresalen las estampas realistas y coloridas que ofrece sobre la esclavitud urbana y, en particular, sobre los carnavales y las distintas etnias que confluyeron en esta región, la de mayor porcentaje poblacional de negros –esclavos o libres– de toda Cuba.

Más que regodearnos en el enjundioso anecdotario y en los múltiples episodios que se narran en el libro, el propósito del que hoy se presenta fue, primordialmente, ahondar en la historia de vida de la mujer y de la intelectual. Para esto, además de varias citas indispensables del texto de marras resultaron de gran valor las epístolas que fueran remitidas a ella por su madre (la afamada “Lola Cruz”) su abuela Joaquina Vehil o aquellas que le destinaran a principios del siglo XX personalidades como Vidal Morales Morales y Oscar Maria de Rojas, así como las que ella remitiera a su prima María Dolores Pujadas, un personaje hasta ahora velado y a quien presumiblemente la matancera dedicó su obra, destinada en primer término a su madre, principal fuente de inspiración.

A través de las páginas del libro apreciaremos, no a la mujer que desconoció pretensiones autorales y protagonismos banales, sino a la que desde temprano valoró el conocimiento como una de las virtudes que debían enaltecer a una mujer. Dueña una dilatada cultura que se nutrió, primero en la biblioteca y en la pinacoteca de su padre y en las colecciones naturales de su tío Francisco Ximeno, Lola María cimentó su cultura guiada por sus instintos, deviniendo una de las cubanas más eruditas de su tiempo. Sus saberes en distintos campos (literatura, historia, genealogía, dramaturgia, arte) llegaron a ser tan sólidos que podía discursar con total soltura lo mismo con el bibliófilo Jose Augusto Escoto (su esposo), Vidal Morales y Morales, Oscar Maria de Rojas, Emilio Blanchet y Fernando Llés, por solo citar algunos nombres.

Formada en una sociedad clasista y discriminatoria que aprisionaba a la mujer en un universo de estrecheces morales e intelectuales dentro del cual el enlace matrimonial resultaba el destino prefijado y el más deseado, Lola María logró, con voz pausada y verbo claro, traspasar esos rígidos muros de convencionalismos sociales que comenzarían a tambalearse, iniciado el siglo XX.

Mucho más podría expresarse sobre la autora, pero para ello está el libro y la información inédita que aún existe o está por descubrirse. Nos resta señalar que fue una mujer apacible, amante del buen vestir y de costumbres domésticas como la buena mesa o la veneración por los mayores. Resalta su mencionada devoción por el teatro (fue una de las espectadoras más recurrentes al coliseo Esteban), su apego por la investigación genealógica y su propensión a contar anécdotas históricas y familiares a sus allegados, en particular a su cuñada y prima Maria Antonia de la Torriente o al sobrino José Manuel Ximeno Torriente, quien llegaría a ser miembro correspondiente de la Academia de Historia de Cuba y al que dejó en herencia lo que quedaba de la otrora opulencia familiar: objetos de arte y lienzos que con posterioridad pasaron a engrosar  importantes colecciones del siglo XX como la de Evelio Govantes y más recientemente el Museo de la Ciudad de La Habana. Otros archivos institucionales coadyuvaron a que durante el proceso de investigación, esta se beneficiara con datos inéditos. Además de la referida Fototeca y el Archivo Histórico, perteneciente también a la Oficina del Historiador de La Habana, destacan el Archivo Histórico Provincial de Matanzas, la iglesia Parroquial, hoy Catedral y el Museo Provincial Palacio de Junco, todas emplazadas en la ciudad de Matanzas.

Es importante connotar que a través de la investigación fue posible reconstruir la iconografía de esta mujer, conocida apenas por la imagen de anciana que se divulgó en las Memorias. La Fototeca de la Oficina del Historiador de La Habana contiene material abundante al respecto. La niña, da lugar a la adolescente y ésta a la mujer joven y madura que fue protagonista y portavoz de casi todo un siglo de historia colonial, para lo cual apeló no solo a su voz, sino a las voces de otras mujeres (como se ha referido), que en conjunto dan cuerpo a los innumerables episodios reflejados en la obra.

En la manufactura del libro, uno de los más bellos ejemplares nacido en Ediciones Vigía, han intervenido artistas de ayer y de hoy. Ana Maria Coro, Gladys Mederos, ibis Arias, Álida Fernández, Zoila Barroso, Estela Ación, la propia Agustina y Vilma Demcás (recientemente incorporada) tejieron con sus manos la delicada arquitectura del volumen, creado con la paciencia ancestral a que se refiere Lola María cuando hace alusión a la práctica de las “labores de agua”, ejercida en su tiempo por la mayoría de las mujeres, y que hoy –tras la introducción de la máquina de coser y de técnicas modernas-, ha pasado a constituir patrimonio de unas pocas.  Junto a ellas, siempre generoso, sonriente siempre, el entrañable Yosmey Barbier. Por su entusiasmo y buena vibra quiero agradecer además, a la nueva generación de “vigías”: Héctor Rivero, Lorena Sabater, Elizabeth Valero, Yisaime Martínez y Adrián Milián, quienes se ocuparon de empalmar el libro y de otros menesteres.

Subrayo ahora los nombres de las personas que contribuyeron a hacer de este trabajo la obra definitiva que hoy ha sido presentada. A Guillermo Rojas, mis parabienes por las magníficas serigrafías que integran la portada y la contraportada. Al acreditado diseñador y dibujante Johann Trujillo mi más profundo agradecimiento por colocar su talento gráfico en favor de la concepción visual del libro y por hacer de este una obra de arte definida por la delicadeza y por la armonía lograda entre texto e imagen. A Alfredo Zaldívar y a Leonel Betancourt, respectivos director e impresor de Ediciones Matanzas, mi gratitud por contribuir al resultado definitivo.

Mención aparte dedico a Laura Ruiz –la amiga y la intelectual-, quien una vez más sobresalió por su esmerada labor editorial. Su entusiasmo y profesionalidad provocaron que en no pocos momentos “las fronteras” entre autora y editora se difuminaran. Obviamente el texto recibió el beneficio de su mirada aguda y entrenada. Con su acostumbrada sencillez y su criterio afilado, Laura se involucró en el libro de la misma forma que lo hace con su obra como poeta o ensayista (no hay otra diría ella). Unas veces con un consejo, otras con sugerencias o con enmiendas, llegue mi gratitud a ella por intervenir de forma creativa en el resultado que hoy se coloca a juicio del público lector.

Dolores Maria Ximeno, otras miradas es pues un llamado a la reflexión, al rescate de las figuras tutelares que forjaron nuestro pasado y nuestro hoy y cuyas mentalidades privilegiaron lo cubano por encima de cualquier otra circunstancia. Pero Lola María, que manifiesta su acendrada cubanía, a semejanza de sus coterráneos Jose Jacinto Milanés o los hermanos Guiteras Font, enaltece su condición cuando se refiere a Matanzas, la patria infinita. Si Lola Cruz fue la madre biológica y la guía germinal de su personalidad, Matanzas es la madre tierra, el lugar ideal de donde –como hoy Carilda Oliver– no es preciso marchar porque en él se encuentran todos los resortes que la movilizan humana e intelectualmente.

El término “matanceridad” acuñado por Cintio Vitier y defendido por hombres como Raúl Ruiz se relaciona con la exaltación de lo propio y por el culto a las costumbres familiares y a los símbolos tangibles e intangibles de la que fuera llamada “Atenas de Cuba”: los puentes, la bahía, las alturas de Monserrate, el Abra, el teatro, los poetas (Matanzas fue el principal enclave lirico de Cuba en la primera mitad del siglo XIX). Nacida en la casona colonial de Gelabert (hoy Milanés), no. 16, tres años después de erigido el magnífico teatro Esteban (Sauto), Ximeno profesaba una devoción particular por ese entorno que se levantaba en la primera Plaza de Armas. Así lo refleja cuando tiene oportunidad de visitar Estados Unidos y de apreciar allí los avances del capitalismo más desarrollado en urbes como New York o en el balneario de Saratoga Springs.

Mientras estuvo allí la nostalgia la acompañó todo el tiempo y ni siquiera la visión majestuosa de las cataratas del Niágara la hicieron cambiar de parecer. Así lo confiesa cuando recuerda su entrañable Matanzas:

La obscura calle de solitarios faroles, la casona y el gran teatro, a esa casona cercana de la humilde provincia mía, aislado, majestuoso, en medio de una plaza que por allí yo buscaba otro igual o parecido entre aquellas maravillas de prodigiosas especulaciones, y ¡ah! de colosales ganancias financieras; producíame el acentuado contraste diversos sentimientos, […] arrastrando como arrastraba por mis venas la fuerza incontrastable del viejo suelo español, gloria y martirio de mis antecesores. […] Y de tal modo me ha tiranizado esta herencia atávica, que aún hoy no me mueven los grandes centros, ni las grandes ciudades; nada me atraen, nada me dicen. Incólume conservo la tendencia hacia el provinciano terruño, con su andar a pasos, su calor de nido y su típica tristeza y su campanario y donde el pesar se comparte y la fe salva y aun en el hogar algo impera y la alegría es íntima y sincera […].

De todo ello es consciente Fernando Ortiz cuando busca a Dolores Maria Ximeno para salvar del olvido sus valiosas remembranzas: “Ella es una rematancera, dicho sea con perdón del neologismo”, afirma Ortiz en el prólogo a la edición príncipe. Empeñada en contribuir al redescubrimiento de esta personalidad, he pretendido despojarla de sus vestiduras rígidas de “personaje histórico” y mostrarla en toda su naturaleza de mujer. El libro es entonces, un tributo al ser humano singular que desanduvo estas calles aprisionando en su memoria los rasgos y contrastes de Matanzas, la misma ciudad que continúa siendo una mezcla de hechizo y de misterio para aquellos que llegan a ella y encuentran –en efecto– una atmósfera de poesía e hidalguía, difícil de hallar en otro rincón de la isla.


Por: Mireya Cabrera Galán