Entonces se calmó aquel miedo un poco,
que en el lago del alma había entrado
 Dante Alighieri
 

Abrigo todavía, como un prendedor en la chaqueta semiabierta, ese sueño en que me veo recostado a un ciprés, a la vista los relieves del arco de triunfo, sofocado después de una larga caminata por los campos Elíseos, mientras Ernesto Sábato me lee fragmentos de una novela inédita, llena de locura, donde el amor y la muerte se suceden como escenas en un cine de barrio. Yo, en la visión, escucho al maestro y me pregunto si la radiación de los metales, que estudiaban por entonces los laboratorios Curie, tendrían algo que ver algo con esas emanaciones del alma, influjos del espíritu de un cuerpo a otro, en la sobrevida. Era el todo de la escena una de esas utopías que, iconoclasta,  se arrastran a pesar de los golpes y los años.

 

 

En verdad, de París solo conozco el paso sobrio, precavido, envuelto en la premura de los pasillos polilingues, interminables, del aeropuerto Charles de Gaulle, una torre de Eiffel en miniatura, suvenir de guajiro, me lo recuerda cada día en casa, y ese fotograma de viajero de paso en terminal que sucumbe ante un sol tímido, tras los límites físicos de enormes ventanales, en el amanecer, pero todo son meros secretos, amuletos guardados en el éxtasis para la buena suerte.
 
Después de casi nueve horas en el Airbus 380, la Bamakó subsahariana con sus tormentas de viento, las palanganas con papilla de mijo y el dialecto bambará, no estaba precisamente al cantío de un gallo, el caparachón de metal se posó en la pista auxiliar y, con el escalofrío de los neumáticos chirriantes, resucité mi historia. Afuera hacían menos dos grados, televisión española llevaba una semana promoviendo el comienzo del invierno más crudo de Europa.
 
En el viaje, repartido entre la voracidad de enfrentar lo nuevo, las náuseas y la gula, había releído unas notas de Antonin Artaud que justificaban mi concurrencia con Sábato, esa restitución voluntaria de un determinado suceso: Es imposible separar el cuerpo del espíritu, o los sentidos de la inteligencia, sobre todo en un dominio donde la fatiga sin cesar renovada de los órganos necesita bruscas e intensas sacudidas que reaviven nuestro entendimiento[1].
 
Brusco era el cambio para un cubano de común, del siglo XXI, desacostumbrado a saltar, como si lo cotidiano fuese extrapolar los sueños y nada pasara, de un continente a otro en cuestión de horas, como en las películas de H.G. Wells. Sacudidas. Entendimiento. Fueron palabras que, necesariamente, quedaron prendidas ante el misterio de ese París que se encimaba, sus influjos pecaminosos, el alborozo de un despertar permitido mientras chirriaban los neumáticos y el huso horario, en el lenguaje más técnico, me jugaba una mala pasada borrando de cuajo tanta quimera transportada de una vida previa a esta otra.
 
El alma es eterna, decía Platón, sobrevive a la muerte física. Pitágoras creía en el renacimiento en otros cuerpos. Para los musulmanes después de todas las reencarnaciones llegaba un periodo de purificación en el averno, como una vela se apagaría la llama, en nirvana el aliento estaría libre para siempre. Entonces, era posible que ese otro yo, el de antes, fuese más que la imagen de un personaje recostado a un ciprés escuchando abstraído la historia de los personajes de Sábato.
 
La luz, tangible, se hacía en mí y con ella, gorrión cruel de la nostalgia, la voz desgarrada de Edith Piaf llegaba en los altoparlantes dispersos entre las columnas para salvarme del ensimismamiento. Era la realidad como una bofetada, el espejo enorme del baño, mi rostro taciturno refrescado por los palmos de agua potable, según las estrictas especificaciones del contrôle sanitaire, y el hambre matinal, en ese mutismo del no lo puedo creer… Era París, París, con sus boutiques y perfumes caros, inaccesibles, repleta de inmigrantes que sueñan tropezar entre los adoquines con la transparencia que les niega el smog. Por esos ciclos de la vida, cuatro años después, en el Teatro Cárdenas me sucedería algo parecido cuando la bailarina Erina Takahashi del London Theater Ballet, con sus saltos y giros, descifraba sobre el escenario, ante la apoteosis del público, esos acordes inigualables de Non, je ne regrette rien. Era la versión límpida de una vida abarrotada de utopías
Ese día, a través de las hendijas de mis ojos sentí que apresaba toda la luz posible, y parafraseaba con miedo a Rimbaud… ella huía por entre los campanarios y las cúpulas; y yo, corriendo como un mendigo sobre los muelles de mármol, la perseguía.
 
La París de Picasso y Sartre, definitivamente entraba para siempre en mí, descorría sus persianas, tejía un nido en el pecho, como una fiesta terrible.


[1]Artaud, Antonin. El teatro y su doble. traducción de Enrique Alonso y Francisco Abelenda. Barcelona: EDHASA, 1978.
 

Por: Yovanny Ferrer