Por: Roger Fariñas Montano

¡Para un genio, otro!

En el año 1917 nació en Matanzas, Cuba, alguien considerado por muchos como ¿el verdadero? Rey del Mambo: Dámaso Pérez Prado. Tuvo una fructífera carrera como músico, compositor y arreglista en nuestro país, hasta su ida a la ciudad de México en 1948, donde se estableció hasta el final de sus días. Allí fundó su propia empresa, conocida como la Banda de Pérez Prado. Importantes y talentosos músicos conformaron la nómina de la banda, entre ellos el gran Benny Moré, a quien Pérez Prado contrató como cantante y con quien, además, mantuvo una fuerte relación de amistad y en lo profesional, acaso un tanto ambigua. El matancero conquistó la Costa Oeste de Estados Unidos, Venezuela, Honduras, Filipinas, Japón, el mundo, y finalmente triunfó en Nueva York.

Pérez Prado: el auténtico Rey del Mambo

Esta breve síntesis biográfica se dice pronto, y suena bien desde la frialdad oral, pero cuando nos adentramos en la incitante vida de este enorme músico podemos percatarnos de su difícil subsistencia. La compañía Conjuro Teatro, de México, bajo la dirección de Dana Stella Aguilar, nos propone un acercamiento excitante y revelador a la vida y la obra del músico matancero. Yo soy el Rey del Mambo, un mambo-drama escrito por el también matancero Ulises Rodríguez Febles, es el (pre)texto con el cual directora y autor homenajean a Dámaso Pablo de Jesús Pérez Prado en su centenario. El año cierra redondo con este tributo dentro de la cartelera teatral de La Habana, en la sala Raquel Revuelta de la céntrica calle Línea, luego de una exitosa gira por varias provincias del país. Una especie de “mezcla de culturas que funde a dos países y a su creador con el mundo”, como bien subscribe Rodríguez Febles en las notas al programa del espectáculo.

Amado por las mujeres, por el pueblo mexicano y bailadores del planeta, y malmirado por numerosos músicos cubanos de la época, Pérez Prado alcanzó fama internacional con la invención, en la década de los cuarenta del pasado siglo, de un nuevo y polémico género que puso a bailar al mundo: el mambo. Ulises Rodríguez Febles escribe una obra genial sobre un artista genial, con el que tiene en común algo muy fuerte: Matanzas. El autor, un nombre imprescindible dentro de la escritura teatral nacional, gana con dos aciertos: el primero, acercar a los jóvenes, y reactivar en la memoria de los no tan jóvenes, una fracción importante de la enigmática biografía del músico, conocer sobre ese eufórico y “primitivo” ritmo; el segundo, revitalizar con dignidad un género extinto dentro de nuestro panorama escénico como es el teatro musical. ¡Para un genio, otro!

“Usted, Pérez Prado, es pura polémica. Y eso es lo que me interesa.”

La polémica de que si fue en la década de los cuarenta cuando Pérez Prado o “Cara de foca”, como le apodaron, creó el mambo, o si fue en los años treinta por el músico y compositor de nacionalidad cubana Arsenio Rodríguez, aún sigue siendo tema de discusión y de múltiples dudas. Mucho me temo que nunca se sabrá a ciencia cierta quién fue el verdadero creador de este ritmo latino, particularmente cubano. Del género que tiene sus umbrales en el danzón, inspirado en el jazz de Stan Kenton y que serviría como modelo para el surgimiento del chachachá, como ingenio del diestro pianista, surgieron significativas piezas como el Mambo nº 5 y el Mambo nº 8, Qué rico el mambo, Mambo universitario, y su exitosa Patricia –utilizada por Federico Fellini en su película La dolce vita–, entre otras.

Pérez Prado: el auténtico Rey del Mambo

Pero Dámaso nunca se conformó con el crédito al ser respetado como el mayor difusor del mambo a nivel internacional, y se consideró a sí mismo el verdadero creador de este. Motivo por el que mantuvo una relación esquiva e incómoda con la prensa, especialmente la amarillista, que en todo momento lo asediaba con preguntas tan retóricas como ¿quién es el verdadero creador del mambo?, o ¿cuál es el verdadero origen de este género?

El escenario, en la concepción de Dana Stella Aguilar, se nos muestra como espacios fragmentados de una memoria que se revitaliza, se dilucidan momentos concretos de la biografía de Pérez Prado, y ello es posible gracias al hábil diseño escenográfico y de vestuario, a cargo de Israel Rodríguez González. Dos parabanes asimétricos, uno en cada lateral de la escena y más hacia proscenio, dan la impresión de ser papeles de periódicos de la época recortados, que a la par de la acción van marcando tiempos y espacios. Por el atractivo estético y peso simbólico, este es uno de los aciertos que la visualidad de la obra propone. En Yo soy el Rey del Mambo se juntan teatro y música, realidad y ficción, y esa mezcla dibuja un paisaje cargado de referentes que sirven a la acción. La creación audiovisual y la iluminación propuestas por Alain Kerriou, con inserción de elementos tecnológicos, una cámara que en determinada escena graba en vivo, y las proyecciones de videos y fotografías reales que tienen como primicia contextualizar la época en que trascurren los acontecimientos, son elementos que brindan un particular matiz al montaje.

Atenas Brass Ensemble, integrado por Dulieski Diez Pérez, Nolvins L. Castañeda, Dairon Alberto Jiménez, Félix L. Tápanes y Rodolfo Jorge Horta, es una agrupación matancera surgida en 2014, conformada esencialmente por un conjunto de metales con formato de cámara, y un amplio repertorio de disímiles géneros musicales, tanto del panorama clásico mundial como de la música tradicional cubana. Dirigido por el maestro Rodolfo Jorge Horta Hernández, el quinteto se suma a este ambicioso proyecto, con interpretaciones en vivo sobre la codirección musical de Emiliano González de León y Leonardo Heiblum, y lo hace con una nota correctamente colocada. Conciertan muy bien dentro de este mambo-drama y se implican profesionalmente no solo con el programa musical –la parte que les toca–, sino también con la convención del teatro. Algo que no les es muy ajeno, pues en sus presentaciones habituales como conjunto han combinado lo musical con la actuación, lo performático. No son actores que hacen música, son músicos muy talentosos y versátiles que interpretan con sentido de pertenencia a aquellos artistas legendarios de la banda de Pérez Prado.

¿Qué es lo verdadero? Una pregunta que me acompañó durante toda la función de Yo soy el Rey del Mambo, cuya línea de acción es atravesada por Patricia (Fabiana Perzabal), una desatinada periodista que investiga sobre el mambo y el Pérez Prado del que todos hablan. Categórica, esta Patricia piensa, quizás, que la única música posible en la vida es Bach, Mozart, Beethoven, y rechaza el “ruido” perturbador y sexual del mambo. Lo que para todos es un ritmo novedoso, enigmático, prodigioso, liberador, para ella resulta obsceno, sin novedades en términos musicales y carente de “complejidad interna y formal”. Un momento específico es cuando Pérez Prado está llegando a Nueva York, una gran ciudad en la que piensa triunfar con sus músicos, y se encuentra con ella:

Patricia: La pregunta es: ¿por qué afirma que es el creador del mambo? Todo empieza de algo, tiene un origen, una evolución, y en el caso del mambo es así. ¿No lo cree, maestro?

El trompeta: (Al público.) Toca el piano, la trompeta, el saxofón, el xilófono, el bongo; es compositor, director de orquesta, arreglista. ¿Por qué siempre preguntan lo mismo?

La verdad es que toda la crisis que atravesó el músico en el exilio, provocada fundamentalmente por el ataque de la prensa, en la simbología escénica de Patricia y sus preguntas capciosas, fue creándole una armadura en su autoestima que lo hizo ver como un ser impresentable y apático a la imagen pública. Razón que justifica la delirante escena, localizada hacia el final del espectáculo, del Benny representado como un personaje que anda por la memoria de Pérez Prado cual fantasmagoría recurrente. Momento este muy bien resuelto desde el punto de vista actoral por Gerardo Trejoluna, quien logra conmover al auditorio con la interpretación descarnadora de un Dámaso ebrio y en proceso de descomposición, visiblemente extenuado por la misma pregunta apuntillándole: ¿en realidad inventó el mambo?

Aunque quiso conservarse al margen de la prensa que pretendió deslucir su imagen mediante el eterno ensayo del hombre por etiquetar y ponerle nombre a todo, el tema siempre reaparecía y era como una alucinación pesada que llevó consigo hasta el momento de su muerte, a la edad de 72 años, el 14 de septiembre de 1989 en la ciudad de México, a causa de un paro cardíaco.

El elenco es un elemento feliz de la producción, y está integrado por los ya mencionados Gerardo Trejoluna y Fabiana Perzabal, junto a Héctor Hugo Peña (El Trompeta), Ernesto Álvarez (Él, el periodista y Trompeta cubana), Luz Marina Arcos (María Cristina), Julio Olivares (El muchachito de la esquina) y Omar Godínez (Benny Moré).

La obra cuenta de manera extravagante momentos felices y desventurados de la vida de Pérez Prado, y lo que me parece aún más excepcional es que concluye optimista. Una escena que naturalmente es imposible en la realidad, aquí se hace posible cuando todos los personajes que concurren en la representación, y que de algún modo tuvieron que ver con la vida del músico, le celebran su cumpleaños número cien en pleno 2017, en una especie de ritual homenaje. Como bien sugiere el autor, nunca mejor dicho, en este texto a veces no se sabe dónde está lo rigurosamente histórico, lo real y lo subjetivo, pues se juega con el tiempo, los espacios y los personajes, con todo lo delirante, reiterativo y absurdo que puede ser un mambo.

Ciertamente, la sensibilidad con que cada espectador de la sala Raquel Revuelta ha apreciado la música y la convención en esta puesta en escena de Conjuro Teatro, tiene que ver con la experiencia individual y la manera en que percibimos estos retazos subjetivos de una misma biografía. Yo disfruté de un extraordinario grupo de creadores acercándonos sensiblemente a la vida de un auténtico músico: me sumo a Stan Keaton, Artie Shaw, Dizzy Gillespie y a tantos otros con los que aplaudo a Pérez Prado y al mambo.