Por: Amarilys Ribot

Por estos días los centenarios adoquines de la Plaza de la Vigía regresan a la luz y alimentan la curiosidad pública de una Matanzas que ve transformarse el entorno de la que fue su primera Plaza de Armas. Cercado por edificios que forman “el conjunto arquitectónico decimonónico más sobresaliente del país” –según la voz experta de la doctora Alicia García Santana–, el histórico entorno vive su mayor transformación en un siglo con restauraciones, demoliciones, derrumbes incluso, a los cuales hoy se suma el rescate de su antiguo pavimento.

Plaza de la Vigía: otra vez de adoquines

Con martillos neumáticos, el antiguo piso es desnudado de las capas de asfalto que lo recubren, dejando a la vista su artesanal trazado y las paralelas del tranvía que doblaba en Milanés frente al Sauto, unas en busca de La Playa y otras hasta la estación. Con estruendo y cuidado inevitables, van descubriendo aprisa estas piezas de basalto negro cuya existencia es ignorada por varias generaciones de matanceros.

“Todas las calles más antiguas de Matanzas tienen debajo adoquines, los cuales venían como lastre en los barcos. En el caso de la Plaza de la Vigía están recubiertos por una o dos capas de asfalto, y encontramos hormigón sellando una acometida de agua en un tramo frente a la Oficina del Conservador”, explica Renny Pérez Massó, jefe de programa de la Empresa de Proyectos de Arquitectura e Ingeniería No.1, a cargo de buena parte de las obras del plan conocido como Matanzas 325 que busca devolver belleza, patrimonio y funcionalidad a ese Monumento Nacional que es nuestro centro histórico.

Según el ingeniero, se han encontrado piezas de dos tamaños predominantes: 15x8x10 y 10x10x10 cm. Las mayores aparecen en la Calle del Medio y fueron colocadas linealmente, a junta corrida, mientras que las más chicas forman un dibujo a modo de ondas en la zona de la Plaza, diseño este que parece contribuir mejor a la escorrentía de las aguas.

“Existe un tercer tipo, en forma de abanico, en la calle Manzaneda, los cuales serán removidos para completar la Vigía en puntos donde nunca existieron. El lugar donde estaban será asfaltado”, añade Leonel Pérez Orozco, Conservador de la Ciudad y figura de referencia en los proyectos del 325. “Para este aniversario de Matanzas, en el mes de octubre –confirma–, deben mostrar su antiguo pavimento la explanada de la Plaza hasta Río, sus entradas laterales hacia Sauto (parciales, pues el resto de su adoquinado fue levantado para obras del tranvía en 1948) y dos cuadras de Medio, primera calle cubana que contó con piezas pedidas y cortadas expresamente a tal fin”.

Con el adoquinado emergen también páginas de la historia de Matanzas, ciudad que en el siglo XIX consolidó un poder económico que no escatimó en volcar en un progreso social, artístico y arquitectónico con resonancias en toda la Isla, cuyas evidencias aún podemos disfrutar pese a los estragos de los años y los hombres. Uno de los grandes empeños de esa etapa fue el empedrado de sus calles y otros espacios públicos.

En el caso de la plaza que hoy se interviene, el esfuerzo fue aún mayor pues, como es común en terrenos ribereños, estos descendían desde la antigua Aduana hacia el San Juan, tal como ha descrito el arquitecto Ramón Cotarelo. Eso exigió una nivelación que el Gobernador aprobó y los matanceros apoyaron alegremente con bailes de máscaras cuyos ingresos destinaron a la soñada inversión: favorecían así el fuerte tráfico puerto-ciudad y la primera impresión de los viajeros. Para el 17 de noviembre de 1855, “la antigua ranfla de la Plaza de la Vigía ha sido empedrada con chinas enteras”, según publicaba la prensa.

“Durante el largo gobierno de Pedro Esteban (1854-1863) se continuó con la pavimentación de las calles y la rotulación de las mismas” –explica la doctora Alicia García Santana en su libro Matanzas. La Atenas de Cuba. Las obras avanzaron a tan buen ritmo que en 1881, los Apuntes históricos  de José Mauricio Quintero describen estas vías como “de buen piso”.

Bien saben quienes trabajan hoy en la reposición del adoquinado de la Calle del Medio que esta es tarea difícil por la complejidad de montar las piezas parejamente, con un mínimo espacio de junta. Las irregularidades que lastran su montaje son resueltas por ellos con una sierra radial, pero antes eran asumidas a pie de obra con auxilio de picoletas y otras herramientas simples con las cuales enfrentaban valientemente la dureza del granito.  De su dedicación dan fe los bloques que excavan hoy, bien labrados, regulares, haciendo honor a su concepto, pues adoquín viene de la voz árabe ad-dukkân, o sea, "piedra escuadrada”.

Según recuenta ese gran amante de la ciudad que es Ramón Cotarelo en su libro Matanzas en su arquitectura, “con la aparición del tranvía en la ciudad y su posterior desarrollo en los años 20, se hizo necesario reforzar el pavimento de las calles, para lo cual fueron utilizados adoquines, también incorporados a la Plaza de la Vigía, cubiertos con posterioridad con la capa asfáltica que persiste hoy en parte”, solución esta que llegó para favorecer la circulación de los automóviles. Pero estos serán pronto excluidos de esa zona patrimonial, la cual será reservada para los peatones como parte del plan de desarrollo urbano. Según un proyecto en estudio, solo se mantendrá el tráfico que baja por Milanés y el que viene de Tirry. “Esperamos que se reduzca la velocidad máxima de circulación para evitar la contaminación sonora durante las funciones del Sauto”, acota su director Kalec Acosta.

Pero quizás antes que el Teatro reabra, se sueña en serio con inaugurar la Oficina del Conservador con sus muchos servicios; develar en Medio y Magdalena una estatua en mármol y bronce dedicada a Matanzas, Atenas de Cuba, obra de un artista local que combinará atributos propios y griegos y llevará por rostro el de la poetisa Carilda Oliver; y sustituir el parquecito-isla frente al cuartel de bomberos, para entonces innecesario en esta plaza que ya deja entrever la belleza de sus adoquines.