Cristián GómezÍtaca: Versión Libre

 
Un antiguo compañero que sólo se dirigía a nosotros
en latín se acerca para advertirnos que las fuerzas
policiales han rodeado el recinto universitario

y han hecho salir con las manos levantadas
a los mejores poetas de nuestra generación.
Las rejas de la facultad están pintadas de un

azul corroído por el sol y las lacrimógenas.
Los proveedores, en sus camiones, llegan con
la misma puntualidad de siempre al supermercado.

Ningún automovilista se detiene a contemplar
el operativo de la policía. El aire de santiago
está corroído por las partículas en suspensión,

por las vaguadas costeras, por las emisiones industriales
que las autoridades prometieron erradicar definitivamente
hace más de veinte años. Pero eso es imposible de traducir al
inglés y los poetas que van subiendo al furgón
policial -los mejores, como dije, de nuestra
generación- serán pronto liberados tras

comprobarse sus domicilios, sesgándoles
las posibilidades de rasgar sus vestiduras y
hablar en contra de la brutalidad policial.

Al abandonar la zona de descargas, los camiones
vuelven a esas avenidas donde el tráfico vehicular
interfiere con el cumplimiento de un itinerario

que el chofer revisa para encontrar el camino más
corto que lo lleve de vuelta al hogar sin la necesidad
de cubrirse con cera los oídos (esa mujer que te ha olvidado
tampoco ahora te va a reconocer) y la única sirena que
se escuche sea la de alguna ambulancia cruzando la ciudad
para hacer la última entrega de una carga que también va de regreso.

 


Poemas del Elefante en la Cristalería

Todavía quedan árboles con nidos. Entre las ramas desiertas
esas pequeñas habitaciones son el único testimonio de las aves.
No ha nevado. Incluso ha habido días con sol. La única prueba
del invierno son los tulipanes muertos por el frío. Ni hay pájaros.

Cuando los corresponsales de guerra norteamericanos
comenzaron a llegar a los pueblos del interior de la
Alemania nazi, lo primero que les maravillaba eran
esos pulcrísimos jardines mantenidos con todo esmero
incluso durante los años de la guerra. Los pensamientos
y los tulipanes parecían haber florecido a pesar de la falta
del agua, las bombas, la escasez de todo lo imaginable
para sobrevivir cada día. Y sin embargo, delante de los
sorprendidos reporteros del medio-oeste americano
la misma gente que había apedreado los comercios de
los judíos y antes los de aquellos sospechosos de ser
judíos, no había perdido de vista lo delicado que resulta
mantener un jardín en buen estado, libre de malezas,
impoluto y agradable para los ojos del extranjero.

En esta época del año lo que está en rebaja son los rastrillos
(para las hojas), las palas (para la nieve, especialmente
diseñadas) y unas pequeñas maquinitas también para
remover la nieve (en caso de que la pala te resulte
muy pesada): al llegar la primavera volverán a
estar en oferta los materiales de construcción, las
cercas de plástico, los ladrillos prefabricados.
Los comerciales volverán a teñirse de sol

como el cuerpo de los bañistas: la piel
despellejándose debería ser indicio suficiente
de que no es bueno encumbrarse tan alto

como aquellos pájaros que sólo se llaman
pájaros (nuestra ornitología es pobre pero
es nuestra). Son los únicos que emigran

en estos días hacia el sur. Son los únicos que el ojo del pintor
contempla con la parsimoniosa belleza de lo que
resulta al mismo tiempo obligatorio
y terrible. Obnubilados por la belleza
de los tulipanes, los periodistas del medio oeste
pronto olvidarían que se encontraban en territorio

enemigo; por sobre todo que esa palabra
aún no se vaciaba de contenido.

 


Los Poemas Prometidos

 
Estos son los poemas que Huidobro y Francisco del
Valle me corrigieron. Estos son los poemas que
el Carlitos de Rokha y Gustavo Ossorio me

corrigieron juntos. Estos son los poemas que Olga
Acevedo y Victoriano Vicario me corrigieron
después de mostrárselos al Pancho Véjar.

Estos son los poemas que Lucho López-Aliaga
me dijo en el Panamericano que mejor los
tirara por el water y me tomara a cambio 

una pílsen: estos son los poemas que Germán me dijo
que mejor me los metiera por el culo porque era pésimo
como persona en primera persona. Estos son

los poemas que el David me dijo que mejor los
leyera de nuevo, que mejor volviera a respirar
y terminó pidiéndose la próxima (Cerro San Cristóbal,
más Sergio Valero): estos son los poemas que el
Javier siempre ha rechazado, estos son los poemas,
estos son los poemas, estos –y no otros: son los poemas.

 


Golpe de Estado, Pronunciamiento Militar, Versión Libre
(quidquid latine dictum sit altum viditur)

 
La cosecha de los granjeros murió debajo del agua.
Ha llovido como en un diluvio. Con la venta de la producción de
este año, algunos de ellos pensaban pagar el crédito renegociado
durante la última baja de intereses decretada por la reserva
federal. Pero ha llovido como en un diluvio. Otros tenían pensado
invertir en la compra de ciertos equipos para sacarle mayor
provecho a las semillas artificiales que hoy en día están disponibles
para algunas de las frutas de la estación. Las pérdidas

se calculan en varios cientos de millones de dólares, pero soy
incapaz de traducir esas cifras en un número que pueda calibrar.
Con varios cientos de millones de dólares se solucionaría el
problema habitacional de casi toda la ciudad de santiago.
Los canales de regadío podrían reconstruirse. Los profesores
obtendrían una remuneración acorde con todos los cursos
de perfeccionamiento en que se han inscrito para nada. Los

hospitales públicos, si tuvieran en sus manos esos varios
cientos de millones podrían mejorar la oferta de camas
durante los períodos más crudos de alerta ambiental
cuando muchos niños de escasos recursos son devueltos
a sus casas con una aspirina en la mano para enfrentar el virus sincicial.
Sin embargo la cosecha completa de los granjeros yace ahora
bajo el agua. En algún lugar, bajo toneladas de escombros y
desperdicios repartidos en kilómetros a la redonda producto del
último tornado. Dicen que tomará años volver a la normalidad.
Los equipos de rescate no tardaron tanto en llegar como en
creer lo que estaban viendo: no saldrían de su sorpresa

sino hasta después de que se convirtiera en comentario antiguo
el recuerdo de ese año fatídico de las inundaciones, cuando todos
tuvieron algo que perder y podían haber nombrado algo que no
volvió cuando años después volvió esa normalidad que desde
un principio nos advirtieron que llevaría años recuperarla
por completo. En los relatos bíblicos, una paloma fue la que
les permitió avizorar la costa, no una gaviota. Aquí, sin embargo,
no hay costas. Aquí sin embargo los cuervos son negros

y un halcón flamea en la bandera, los espantapájaros
continúan impertérritos su labor de vigilancia
no importa que hoy en día ya no exista el enemigo
y el maíz no sea un alimento, los guardianes del
mito son incapaces de ejercer otro oficio
que no haya sido debidamente estipulado
en los antiguos manuales de la retórica:
cualquier cosa en latín parecería
profunda y verdadera.

 


Eclesiastés: 12,5

Desde la ventana de un hotel comparable a mi destino
veo pasar corriendo, por la orilla del Iowa River,
a dos estudiantes que no serán la madre de mis hijas.
Inmunes a cualquiera de mis promesas, van cruzando

el puente que une el norte de la ciudad con algunos de los
territorios invadidos. Desde allí se ve a los contratistas
afanados en terminar con prontitud las obras, los desvíos
de tránsito, las mezcladoras de cemento que
terminamos aprendiendo a querer.

Como por obligación los autos pasan.
A veces se apodera de la ciudad
un olor que se parece al excremento de los cerdos
y efectivamente se trata del excremento de los cerdos
proveniente de las granjas que rodean la ciudad
como una advertencia para el viajero: las dos
minas siguen corriendo como si estuvieran
compitiendo con el río. Las autoridades
anunciaron inversiones por un monto de
diez millones de dólares en el hermoseamiento
y mantención de áreas públicas. Pasarelas sobre
nivel, recambio de materiales. Cuando les
sobrevenga el cansancio, cuando el
agotamiento dé cuenta de ellas,
esta ventana seguirá en el mismo
lugar, los autos seguirán pasando
por la avenida ni el río habrá
cambiado su curso. Todavía se
encuentran en etapa de estudio
los proyectos para la construcción
de una nueva secundaria y la ampliación
del hospital de veteranos. Algunos parten
hacia el sur en el invierno. Otros leen durante
la mayor parte de la noche. Los árboles muertos
no ofrecen ningún refugio, los escarabajos no son un
alivio ni hay un eco del agua en estas piedras secas.
No son la misma sombra la que viene detrás
de ti que la sombra que viene hacia tu encuentro.

Y aunque no sea una decisión de vida o
muerte: tú verás con cuál te quedas.

 


No puedo estar contigo pero puedo estar contigo

He llegado demasiado tarde a un país demasiado viejo.
Perdió su juventud en los burdeles de una violencia
donde las ninfas nunca estuvieron bien pagadas. Allí,
como testigo, mudo pero implicado, hube de contemplar

los sacrificios, los relojes empeñados, las súplicas
que no surtieron efecto. Allá en Patronato,

donde mi madre solía comprarles a los turcos, la costumbre
era el regateo (escondida entre los drapeados
como una obligación. Regatear en cambio en
estas sombras suele ser el primer signo de

tu vocación de voyeurista, de tu falta de solvencia:
hoy en día se le compra a los coreanos.
Poco más allá está el cementerio.

 


Dos de ciudades
 

I.- LASA, MONTREAL, CONTIGO

“El casco viejo de la ciudad, por otra parte,
le ofrece un sabor a los turistas
de ese pasado tan apreciado por los diseñadores de
folletos promocionales, esas callejuelas
estrechísimas de las que lo primero
en predicarse es que por aquí no pasan dos autos:
están exentas del olor de las heces que antaño sus moradores
arrojaban sin mayor contemplación en las aceras,
si alguien se decidiera por el fervor de las ciudades
hab(r)ía que inventárselas
primero:

una infinidad de acuarelistas
vendiendo la misma representación en tonos pastel
de una ciudad sin idiomas oficiales
y cuyo único problema con los inmigrantes
no son los mismos inmigrantes. Estaciones del metro
donde uno podría pasarse la vida
y probablemente se la pasa, usted está aquí
mirando avisos comerciales
traspasado por un rayo de sol

y en seguida anochece,
como si no quisiera la cosa
y los vagones no vinieran
con los asientos desocupados
y no verse así en la obligación
de tener que poner en práctica los doce años
de sacerdocio encubierto
que los escolapios con la mejor de las
intenciones
quisieron pero no pudieron: la educación particular,
el militarismo, la clase media, la
prohibición de masturbarnos
más allá de lo aconsejable
y los problemas a la vista, la incapacidad para
amar, los callos:

el ataque sobre la imagen
sin contemplaciones,
las desnudeces
de la palabra

se asemejan a pelar
un falo o un plátano maduro
en las calles adoquinadas del antiguo Montreal
rebosantes de mierda alguna vez”.
 


III.- PARÍS, BÍBLICO (MUCHO ANTES)

Se ven pasar los botecitos por el río.
Y en los cafés se puede tomar algo en
las sillas de afuera. La gente lee el
diario, conversa, pierde el tiempo

y a veces me parece que todo debiera
ser así: como un recuerdo, una
foto que no remite necesariamente

al pasado y sin embargo tiene algo
de esa tristeza por la cual se nos
tilda de reaccionarios. Otros

disfrutan de los dientes de león
y en tanto que de rosa y azucena
se llenen los prados de sus tierras

natales, no habrán de morir del
todo y las consecuencias –que
por ahora no se han medido

sólo se pueden pronunciar con
ciertas palabras que inevitablemente
traen asociado, bíblica, tu recuerdo:

se dice allí que finalmente diste fe
de lo que tus ojos no habían visto.
Tal vez todavía lo recuerdas

 


Cristián Gómez.
Nació en Chile y reside en Iowa. Poeta y ensayista. Ha publicado, entre otros: Inessa
Armand, Pie quebrado y Como un ciego en una habitación a oscuras.