PactarOculto el lastre

con que solía buscar tras cada puerta un equilibrio;
dulcifico mis mundanas asperezas,
en el minuto de darnos la oración.
Pero es inútil pactar
con estos sueños roídos por la espera,
palabras que no salvarán de ser lo triste, lo fiero, agotable,
cuerpos ya hastiados de caer.
Son días duros,
endeble toda esperanza,
de mí a tu gesto cansino,
de ti a mi modo circunstancial de dar.
Cuándo abrirán las profundas alamedas,
los días resueltos,
nuestra alma presta a vivir la plenitud.
Cuándo tu puerto caminaré sin prisa
siendo la especie que puede amar con fe.

Quisiera estar en un sitio hecho de cosas que no recuerden nada,
inaugurarte
sin este ruido en el pecho
ni los rencores que ahuyentan al amor.
Ingenuo diste la coordenada que pretendí ignorar,
mi horror a ver los motivos milenarios con que eres todos los hombres;
tu estela pasada y recurrente,
la consecuencia de tu debilidad
siempre abocándose.
Quisiera estar donde nada me ensombrezca.
Pero tendría que hablarte,
de cualquier modo
para que asistas a ver lo que en mí crece
cuando soy cálida al fin.
Si fuera dulce y tenaz mi idolatría,
si fueran justos mi voz, mi ardor,
mi acento,
y no un embozo de la desesperanza,
un canto fatuo
que lanzo porque vengas a creer en mí
como que soy la razón, yo, y no las otras:
sagradas, milenarias,
que te conducen al sueño elemental,
la vida elemental.
Qué sería de mí torpe y silente,
cómo se harían mis noches insulares
sin este canto que abriga a algún dolor
aunque no salva,
sin este grito,
que puede adoctrinarte
desde su fondo rabioso y aterido.

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Confiesa un campanero

 Notre Dame de París 148...

Quasimodo:

Nunca sabría qué hacer con el sonido
que las campanas repiten en mi alma.
Pude agitarme también como los otros
y sin un beso esperándome en la puerta,
sólo el secreto de Dios,
sólo esos ruidos
que fui dejando pasar por mi piel dócil.
Con tanta ausencia ya me he quedado sordo
pero hay un grave escuchar bien hacia adentro,
algún crujir donde la ansiedad y el polvo
rompen la humilde oración de ver el alba.
Yo también quise elegir
aunque al final prefiera el campanario
su languidez de esas tardes en que el miedo
me hace vagar infantil por los zaguanes.
Con tanta ausencia olvidé cuál tiempo exhibe
mi oscuridad en los pórticos gastados,
he de invocar siempre aquí a la fe del mundo,
y son mis manos tan frágiles, Dios mío,
éste mi cáliz tan nítido que un gesto
vería en mí las verdades más eternas.
Nunca he sabido qué hacer con el sonido
que las campanas repiten en mi alma,
yo, criatura sin un rostro sagrado,
cuán ignorable bajo la extensa ropa.

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Seis años maldiciendo

Aquellas bibliotecas murieron con mi calma.
Yo tuve que aprender los vicios incurables,
huir con los amigos.
Oh Diablos, los amigos.
Yo tuve los amigos más breves de este mundo,
de esos que se desprenden y llevan siempre un Dios
                                                                           ./ para no ser culpables,
y vi las bibliotecas más tristes de este mundo
pero se me hizo tarde para entender que al fin yo era
                                                                                             / quien mentía:
no había que venir tan lejos por un libro
no había que romperse mirando el pizarrón de bordes
........................................................................................../ mal gastados,
el aire del maestro.
Dura expresión del agua,
no van a perdonarme seis años maldiciendo.
Yo hablé de las ciudades,
hoy puedo imaginar la edad de algunas casas
pero bien poco he visto,
yo sólo sé que al fin me voy de los pupitres
y ya no puedo dar con la verdad exacta.
Aquellas bibliotecas tal vez nunca existieron
quizás yo nunca fui la alumna necesaria,
pero qué mal maestro,
qué duro el tropezón con nuestros años breves.
Y yo, que aún creía
porque yo estaba lejos
juraba que sí había elegido las palabras.
¿Por qué este mal perdón para no desafiarme?
Seis años puede ser un tiempo indefinido,
la paz que se abandona,
vivir para saber que temo a cada instante.
Yo vi las bibliotecas más grises de este mundo
y juro haber soñado que huía para siempre.
En el sueño mis amigo gemían por no haber besado
                                                                                 / otros lugares
y yo también gemía
pero ya había jurado escaparme para siempre.
¿Por qué tanto desorden,
qué gano con romper mi cuerpo en la aventura?
¿Y a dónde voy a irme,
qué salto puede ahora curarme del delirio?

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Inventario

He emprendido muchas veces el camino de retorno a Casa
—zona imprecisa en mis vagas mutaciones,
leve en su mugre,
deshecha, confiscada—,
donde la demasiada sombra forma otras paredes con la muerte.
Querría callarme,
atravesar las soñadas alamedas
olvidando el fracaso y la penuria,
la finitud del amor.
Pero he aquí mi intemperie,
la pesadumbre,
mi extrávica pobreza,
la resaca de todo lo querido,
mi desarraigo,
las hambres,
la demencia,
mi hijo (que no comprenderá),
mi fatalismo,
mi mundo,
mi utopía,
mi desatino,
mi sed,
mi fe.
Querría salvarme,
anclar el gesto feliz,
decir: Sitio Seguro, Resguardo,
Permanencia.
Pero he aquí mi intemperie,
al fin de todo,
mi vida entera.

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La tarde simple

                para O, en la inasible estación que nos acoge

Mientras contemplas el mar con inocencia,
la tarde simple…
me entretengo en hallar un silogismo.
Ya he visto mucho esas aguas
—te digo.
Hace diez años
amaba esta ciudad que ahora me aturde.
Mucho he mirado ese mar irrepetible,
cuánta esperanza dejé sobre los muros,
para después añorar,
país adentro,
pues la ciudad era intensa
y deseable.
¿Comprendes la incertidumbre que doy?
Mi ambigüedad
hoy nada tiene que ver con lo perdido.
De haber buscado verdades más sencillas
entendería,
agradeciendo esta hora humanamente,
que una ternura
puede alegrarlo todo.
Así de simple.


Maylén Domínguez Mondeja
Maylén Domínguez Mondeja

Cruces, Cienfuegos, 1973
Poeta, narradora y editora.
Es miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba.