LorcaTodavía Nueva York no había sido abierto, desgarrado, por su once de septiembre cuando Federico García Lorca escribió Poeta en Nueva York. Sin embargo, ya aparece en este libro toda la carne abierta de la Gran Manzana. Hay heridas que empiezan a latir desde el fondo, como un presentimiento oscuro, ambiguo. Eso es Poeta en Nueva York: el libro que presiente la herida mortal, que la adivina y se horroriza ante este presentimiento.

Viajar a Nueva York constituyó la primera salida de Lorca fuera de España. Este desplazamiento allende los mares lo llevó a respirar el Nuevo Mundo, la América y allí (aquí) realizó el poeta su propio viaje de descubrimiento. Todas las fragmentaciones con las que cargó Federico aparecen en estos versos, sus intersecciones y cruces vibran en medio de la desesperación por aprehender lo terrible, lo posible de encontrar en un viaje y que se convierte de inmediato en irreversible desplazamiento interior, en cuchillada que atraviesa las vísceras.

Agudo observador de los años iniciales de la Gran Depresión, habiendo llegado como un estudiante "simple", Lorca vivió los días y las madrugadas del crac del 29. Asistió al quiebre de los bancos, al derrumbe de una economía que trajo aparejado el estrépito de los ciudadanos, el hundimiento de las almas. De la contemplación de la tragedia de la marginación y de la frontera movediza de estos márgenes, nace Poeta en Nueva York, el libro quizás más difícil del importante escritor español.

Apareciendo como edición póstuma, estuvo signado desde un inicio a ser un libro polémico. Sus primeras dos ediciones -que aparecieron con solo tres semanas de distancia- confrontan notabilísimas diferencias que continúan en proceso de aclaración y comprensión. Procedente de una fuente manuscrita ya desaparecida, Poeta en Nueva York mostró, desde su primera salida a la luz, algunos problemas textuales que continúan en permanente estudio.

Pero, por encima de estos inconvenientes editoriales, permanece este libro que es mucho más que un conjunto de versos. Su esencia lo convierte en un tratado sobre la identidad y el lugar en el mundo que eligió el poeta granadino. Es la conformación de una mirada atenta sobre los fragmentos más vitales de la vida de una ciudad que no aparecen en las guías para viajeros. Tortuosos como el curso superior del río Hudson son estos versos delatores de un dolor y una rabia que ni la más delicada palabra poética consiguen simular.

El Hudson, una vía comercial importante de norteamérica entra a estas páginas mezclándose con la desesperanza de la tinta y con la sangre de los negros sin paraíso. Sangre que mira lenta con el rabo del ojo...Las dos caras de una ciudad son mostradas por Lorca. El hermoso Hudson en cuyo valle se levantaron las florecientes colonias holandesas es el mismo que recibe al marinero degollado en su navidad de hastío y muerte.

La voz del poeta, su definición ante la marginalidad y la solidaridad racial son un antecedente de la voz de Martin Luther King y de Malcom X. Lorca también had a dream. A su regreso de América, Federico reconoce que los negros se habían convertido ya en el eje espiritual de esa nación.

La mezcla de la ¡oh salvaje Norteamérica! ¡oh impúdica! ¡oh salvaje,/ tendida en la frontera de la nieve! con las más íntimas obsesiones del poeta: cuando busco en la cama los rumores del hilo/ has venido, amor mío, a cubrir mi tejado, son un signo distintivo de este libro. Como toda mixtura, aquí lo personal se desborda hacia un espacio público: la rabia y el dolor del poeta sobrevuelan la ciudad de negras heridas. En cambio, lo que transcurre afuera, en la ciudad insomne, se adentra cubriendo las regiones más íntimas y privadas del poeta que se rebela desde lo más hondo para defender al niño que escribe nombre de niña en su almohada, al muchacho que se viste de novia en la oscuridad del ropero, con la misma fuerza que pide se cumpla la voluntad de la Tierra que da sus frutos para todos.

Después del poema Huida de Nueva York, aparece El poeta llega a La Habana. Es el viaje siguiente de Lorca. Este libro de poemas también puede ser leído en sus más íntimas interconexiones geográficas y sociales. La salida de España a Nueva York y el posterior viaje a Cuba, marcan, siguen, la misma ruta peregrina, el mismo destino que la vida histórica de estos tres países ha recorrido una y otra vez en varias direcciones. El poeta y dramaturgo español revive el triángulo transitando cada vórtice político, histórico y cultural, concienzudamente.

Libro esencial en la obra del dramaturgo. Estos versos de una riqueza extraordinaria muestran los ejes medulares de la poética de Federico, la magnitud del hombre que no descansa guiado por la pasión y libertad de espíritu. El dramatismo lorquiano alcanza profundidades muy evidentes.

En este agosto, a más de setenta años del asesinato de Lorca, para no olvidar, Mar Desnudo, rinde homenaje al poeta de la vida y la luz, la muerte y la espera, ofreciendo estos poemas de Poeta en Nueva York, libro de 1930.

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Oda al rey de Harlem

Con una cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara.
Fuego de siempre dormía en los pedernales
y los escarabajos borrachos de anís
olvidaban el musgo de las aldeas.
Aquel viejo cubierto de setas
iba al sitio donde lloraban los negros
mientras crujía la cuchara del rey
y llegaban los tanques de agua podrida.
Las rosas huían por los filos
de las últimas curvas del aire,
y en los montones de azafrán
los niños machacaban pequeñas ardillas
con un rubor de frenesí manchado.
Es preciso cruzar los puentes
y llegar al rubor negro
para que el perfume del pulmón
nos golpee las sienes con su vestido
de caliente piña.
Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente,
a todos los amigos de la manzana y de la arena,
y es necesario dar con los puños cerrados
a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas,
para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre,
para que los cocodrilos duerman en largas filas
bajo el amianto de la luna,
y para que nadie dude de la infinita belleza
de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas.
¡Ay Harlem! ¡Ay Harlem! ¡Ay Harlem!,
¡No hay angustia comparable a tus ojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero, con un traje de conserje!
Tenía la noche una hendidura y quietas salamandras de marfil.
Las muchachas americanas llevaban niños y monedas en el vientre,
y los muchachos se desmayaban en la cruz del desperezo.
Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata junto a los volcanes
y tragan pedacitos de corazón, por las heladas montañas del oso.
Aquella noche el rey de Harlem, con una durísima cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara.
Los negros lloraban confundidos
entre paraguas y soles de oro,
los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco,
y el viento empañaba espejos
y quebraba las venas de los bailarines.
Negros, Negros, Negros, Negros.
La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.
No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles,
viva en la espina del puñal y en el pecho de los paisajes,
bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna de cáncer.
Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardo,
cielos yertos en declive, donde las colonias de planetas
rueden por las playas con los objetos abandonados.
Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,
hecha de espartos exprimidos, néctares de subterráneos.
Sangre que oxida el alisio descuidado en una huella
y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana.
Es la sangre que viene, que vendrá
por los tejados y azoteas, por todas partes,
para quemar la clorofilia de las mujeres rubias,
para gemir al pie de las camas ante el insomnio de los lavabos
y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo.
Hay que huir,
huir por las esquinas y encerrarse en los últimos pisos,
porque el tuétano del bosque penetrará por las rendijas
para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse
y una falsa tristeza de guante desteñido y rosa química.
Es por el silencio sapientísimo
cuando los camareros y los cocineros y los que limpian con la lengua
las heridas de los millonarios
buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre.
Un viento sur de madera, oblicuo en el negro fango,
escupe a las barcas rotas y se clava puntillas en los hombros;
un viento sur que lleva
colmillos, girasoles, alfabetos
y una pila de Volta con avispas ahogadas.
El olvido estaba expresado por tres gotas de tinta sobre el monóculo
el amor por un solo rostro invisible a flor de piedra.
Médulas y corolas componían sobre las nubes
un desierto de tallos sin una sola rosa.
A la izquierda, a la derecha, por el sur y por el norte,
se levanta el muro impasible
para el topo, la aguja del agua.
No busquéis, negros, su grieta
para hallar la máscara infinita.
Buscad el gran sol del centro
hechos una piña zumbadora.
El sol que se desliza por los bosques
seguro de no encontrar una ninfa,
el sol que destruye números y no ha cruzado nunca un sueño,
el tatuado sol que baja por el río
y muge seguido de caimanes.
Negros, Negros, Negros, Negros.
Jamás sierpe, ni cebra, ni mula
palidecieron al morir.
El leñador no sabe cuándo expiran
los clamorosos árboles que corta.
Aguardad bajo la sombra vegetal de vuestro rey
a que cicutas y cardos y ortigas tumben postreras azoteas.
Entonces, negros, entonces, entonces,
podréis besar con frenesí las ruedas de las bicicletas,
poner parejas de microscopios en las cuevas de las ardillas
y danzar al fin, sin duda, mientras las flores erizadas
asesinan a nuestro Moisés casi en los juncos del cielo.
¡Ay, Harlem disfrazada!
¡Ay, Harlem, amenazada por un gentío de trajes sin cabeza!
Me llega tu rumor,
me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,
a través de láminas grises
donde flotan tus automóviles cubiertos de dientes,
a través de los caballos muertos y los crímenes diminutos,
a través de tu gran rey desesperado
cuyas barbas llegan al mar.

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Asesinato

(Dos voces de madrugada en River Side Drive)

¿Cómo fue?
-Una grieta en la mejilla.
¡Eso es todo!
Una uña que aprieta el tallo.
Un alfiler que bucea
hasta encontrar las raicillas del grito.
Y el mar deja de moverse.
-¿Cómo, cómo fue?
-Así.
-¡Déjame! ¿De esa manera?
-Sí.
El corazón salió solo.-¡Ay, ay de mí!

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Navidad en el Hudson

¡Esa esponja gris!
Ese marinero recién degollado.
Ese río grande.
Esa brisa de límites oscuros.
Ese filo, amor, ese filo.
Estaban los cuatro marineros luchando con el mundo,
con el mundo de aristas que ven todos los ojos,
con el mundo que no se puede recorrer sin caballos.
Estaban uno, cien, mil marineros,
luchando con el mundo de las agudas velocidades,
sin enterarse de que el mundo
estaba solo por el cielo.
El mundo solo por el cielo solo.
Son las colinas de martillos y el triunfo de la hierba espesa.
Son los vivísimos hormigueros y las monedas en el fango.
El mundo solo por el cielo solo
y el aire a la salida de todas las aldeas.
Cantaba la lombriz el terror de la rueda
y el marinero degollado
cantaba el oso de agua que lo había de estrechar;
y todos cantaban aleluya,
aleluya. Cielo desierto.
Es lo mismo, ¡lo mismo!, aleluya.
He pasado toda la noche en los andamios de los arrabales
dejándome la sangre por la escayola de los proyectos,
ayudando a los marineros a recoger las velas desgarradas.
Y estoy con las manos vacías en el rumor de la desembocadura.
No importa que cada minuto
un niño nuevo agite sus ramitos de venas,
ni que el parto de la víbora, desatado bajo las ramas,
calme la sed de sangre de los que miran el desnudo.
Lo que importa es esto: hueco. Mundo solo. Desembocadura.
Alba no. Fábula inerte.
Sólo esto: Desembocadura.
¡Oh esponja mía gris!
¡Oh cuello mío recién degollado!
¡Oh río grande mío!
¡Oh brisa mía de límites que no son míos!
¡Oh filo de mi amor, oh hiriente filo!

Nueva York, 27 de diciembre de 1929

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La Aurora

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.


Por: Laura Ruiz Montes
(Matanzas, 1966) Ha publicado entre otros, La sombra de los otros en la colección Pinos Nuevos, Lo que fue la ciudad de mis sueños, en Bartleby Editores, España. El camino sobre las aguas, Ediciones Unión. Editora principal de la revista Mar Desnudo