Lyonel TrouillotTexto leído en el Panel “Lengua y cultura en la creación artística del Caribe”, donde estuvieron presentes el cineasta haitiano Arnold Antonin; la poeta, editora y ensayista cubana Laura Ruiz Montes; y el poeta, crítico y editor francés Francis Combes, todos conformadores del Jurado que analizó libros de Literatura caribeña en francés o creol de la edición 53 del Premio Literario Casa de las Américas.

No creo muy posible pretender que se conoce la historia de la mujer caribeña sin haber leído Thérèse en mille morceaux[1] (Teresa en mil pedazos) del haitiano Lyonel Trouillot[2]. Thérèse, después de Lyonel Trouillot ha dejado de ser solo un nombre para convertirse en una noción antropológica. Con esto no quiero decir que esta novela tenga una lectura única. Ya avisó Silvia Molloy del peligro de convertir todo texto en alegoría nacional porque suspende la reflexión crítica en vez de fomentarla, [y] canaliza la lectura del texto de modo excluyente.[3]

No es posible negar a Gilkes[4] cuando asevera que La búsqueda de identidad es el rasgo más relevante de la novela caribeña como un conjunto. A este precepto se acoge Thérèse Médard, nacida Thérèse Décatrel cuando se adentra en la búsqueda y entendimiento de su identidad definida por una pluralidad que toma forma en un diario íntimo donde encuentra refugio una suerte de doble. Hay una y una otra Thérèse cuya presencia no es compartida con nadie. La búsqueda convierte a la protagonista en un ser cuya quebradura de armonía sucede al descubrir que aquella totalidad ha dejado de ser singular. A la antes intacta identidad le ha nacido un doble que a su vez está dividido en fragmentos, proyectado en segmentos de instantes de vida. La naciente y recién descubierta mujer lleva en sí un doble fraccionado hasta la multiplicidad, cuyas tonalidades de prisma son refractadas hacia la familia y la sociedad.

No debería asombrar esa esencia múltiple y diversa del doble de la protagonista, como va extrañando cada vez menos la mezcla del Caribe. Leer este amasijo de identidades es adentrarse en una mixtura de realidad y ficción, Historia y diario íntimo. La clave está en encontrar aquello que se integra y puede reunir (que no fusionar) a las dos Thérèse. Clave que se iguala al reto de focalizar las confluencias caribeñas más allá de lo obvio.
 
El doble de Thérèse se nombra como ella y la protagonista lo adivina plural, repetido a ratos e inédito en ocasiones. Es consciente de que hace una puesta en escena de sí misma, marcada por vacíos en sus recuerdos y desórdenes temporales. Todas sus confesiones concluyen con un acto total de fe en la escritura: Estas notas son a la vez mi repliegue y mi despliegue, mi fracaso y mi actualización. A falta de una palabra recta, escribo para reunir mis voces. (17)
 
Una buena parte de los diarios está destinada a ser el relato de una crisis, de muchas crisis. Las poderosas dudas cotidianas también generan en Thérèse ese sismo general. Tradicionalmente asociado con lo femenino, ligado a la intimidad, el diario otorga existencia a lo que el afuera ni siquiera imagina que existe. En este journal  -por llamarle en la lengua de Thérèse- aparecen en promiscua asociación, pasajes de la infancia, intuiciones y certezas, tradición y deseo, tomas de posición tocantes a la política y el poder, la religión y el matrimonio, juntándose, por supuesto, lo narrativo y lo discursivo para crear un espacio literario historiador y crítico que no es una autobiografía ni una crónica pero que llegado el caso podría serlo.
 
No es el argumento de la novela lo que más importa, sino la relación entre el drama individual y la Historia de una nación caribeña: la (re)construcción del Yo a la par que la relectura de un país que hacen del diario de Thérèse un símbolo del Caribe como lugar de reunión, intercambio, flujo real, universos que se encuentran, donde el rol del otro es vital.
 
Significativos son en ese diario –y en la vida de Thérèse-, su madre y su hermana, en lo que al ámbito familiar se refiere. No menos importante es la familia vecina conformada por Madame Garnier y sus hijos gemelos adolescentes. Todas estas miradas sobre la protagonista tratan de conformarle un Yo que ellos creen presa del delirio, la locura, el exceso.
 
Mientras su hermana piensa en alternativas de “curación”: agua bendita, medicina natural extraída de las hojas del campo, una estancia en la capital en una clínica especializada… Thérèse insiste en que lo que sucede es solo un desorden. Ella, que no fue capacitada ni diseñada para asumir el reto de la autorreflexión, desgarrada  en el momento de asistir al nacimiento y/o descubrimiento de nuevas identidades, se dice a sí misma esta Thérèse [...] no soy yo. (18) Y cuanto más profunda es su cavilación, más hondo es su desasosiego. Se retuerce, simula ante sí misma, se engaña, para intentar acallar. Para guardar mi equilibrio debo convencerme de que ella no soy yo (60), dice.
 
No es la única, ni la primera vez que ante la sospecha de locura se emprenden los más terribles actos de “sanación”. Quizás no sea muy atrevido creer que Thérèse, su diario plural, su criterio propio, sus razones y su ruptura son una especie de indemnización, un homenaje a la Antoinette Cosway de El vasto mar de los sargazos, encerrada en Thornfield Hall   para “protegerla” de su propia “demencia”. Este que tenemos ahora entre las manos es el diario que Antoinette no alcanzó a escribir. Hubo de pasar bastante tiempo para que la palabra escrita se hiciera posible y quedara tallada en el azogue que recubre a lo largo y ancho el meta-archipiélago cultural sin centro y límites […] dentro del cual hay una isla que se repite incesantemente[5].
 
Lanzar acusaciones de brujas y condenarlas al encierro han sido reacciones enfrentadas al ejercicio de juicio y deseos propios y a la capacidad para oponerlos a lo establecido. Estos procesos no son patrimonio único de nuestro Caribe. Foucault[6], ya lo sabemos, lo explica con toda claridad en su Historia de la locura[7].
 
El doble de Thérèse aparece en el instante en que ella descubre que el mundo es un cosmos en lucha, definido por relaciones de oposición. Es la revelación de la dialéctica –aunque no se le nombre, que tampoco es necesario- lo que da pie a la necesidad del doble. Es la estrategia de supervivencia, la lucha por no participar del peligrosamente renovado fenómeno de asimilación lo que se enuncia desde esa zona de pugna que es la “locura” de la protagonista.
 
Los roles social y privado de la familia crean y definen en Thérèse una identidad sometida al orden y a ese futuro preestablecido que llaman destino. Las relaciones de oposición están claramente esbozadas. Educadas a la par, conviviendo en un mismo espacio, las figuras de Thérèse y su hermana Elise llaman la atención justamente por su disparidad. Thérèse asevera: Mi hermana me sirvió de modelo (28). La tradición, el imaginario, así lo hubieran deseado. Habría sido una consecuencia natural de la maquetación y la fabricación en serie de destinos. La Thérèse que aún no tenía inquietudes explícitas, podría haber otorgado credibilidad a esa cultura de la conformidad. Pero la otra, la que maneja los hilos odia muy claramente a esa hermana definida por los olores de las pomadas y casada en un matrimonio por conveniencia: Ah!, yo te odio Elise. Comenzando por ese olor de alcanfor y palmacristi que siempre has desprendido. […] (30) Yo jugaba con mi cuerpo para disipar tu olor a pomada. (31)
 
El  doble aún no había aparecido, el diario no era todavía palabra y sin embargo ya Thérèse jugaba con su cuerpo para descubrir y preservar sus olores, diferentes a los de su hermana mayor, diferentes a los de otras mujeres. Olores propios, intransferibles, imborrables. A lo que Thérèse llama olores, la crítica, los estudios, le han llamado identidad.
 
A la oposición entre las hermanas, se suma la de madre-hija que da origen a los contradictorios adentro/afuera sobre los que gira el diario en múltiples ocasiones. Una buena parte de la escritura está centrada en conflictos derivados de las puertas cerradas y el confinamiento al interior del hogar, generadores de una distancia casi insalvable entre el Yo y la calle.
 
La madre –una especie de Bernarda Alba caribeña- es la ejecutora del rígido orden que determina el sacrosanto honor familiar. El enclaustramiento que la madre defiende a ultranza define no solo la vida de Thérèse y su hermana sino que también tiene absoluta responsabilidad en la aparición del doble y en la elección de la escritura como acto subversivo.
 
Omnipresente y prepotente, la madre dicta normas, manipula sentimientos y traza con hierro candente un deber ser.  Thérèse no le dice mamá, ni se refiere a ella diciendo mi madre. El posesivo no existe, la proximidad está anulada. Le llama Madre, como quien dice Dios.
La madre no deja que el afuera entre en la casa, procura que Thérèse crezca sin amigos. Impide las visitas al hogar. Prefiere que sus hijas no miren a ningún niño y después a ningún adolescente y después a ningún joven en la calle porque cualquiera podría ser su hermano, el hermano que hay que negar, la ruptura del orden que no puede ser permitida.
 
La influencia de la madre aún después de muerta sigue siendo una fuerza opresiva. La noche en que ella fallece, ambas hermanas permanecen encerradas en la casa junto a la muerta, compartiendo un mismo espacio de enclaustramiento, locura, tradición y absurdo. Solo a la mañana siguiente se atreven a salir. Si la muerte no es motivo suficiente para descorrer el cerrojo y abrir la puerta,  nada habrá de serlo. Convivir con la muerte parece ser para las mujeres una opción más lógica que lanzarse a la calle. Elise y Thérèse, acostumbradas y sometidas a la rigidez, no pueden darse cuenta que justamente el fallecimiento de la madre es el salvoconducto, la señal del cese de la opresión, la posibilidad para conocer el afuera y cruzar la frontera inventada.
 
La casa que oprime asemeja el encierro de la Plantación. La escritura de Thérèse, sus cartas a personajes invisibles en la infancia, su diario colmado de fragmentos de las mujeres que ha sido y de las que le ha sido imposible ser son su cimarronaje efectivo. La escritura es su monte de evasión, su palenque, su viaje. Entre el afuera negado y el adentro sombrío hay un tercer espacio. El diario de Thérèse es ese tercer espacio, el espacio de la libertad íntima donde existe una lucha manifiesta. Antoinette Cosway arrancada de sí misma, encerrada, se miró al espejo, buscando la explicación. Thérèse escribe, buscando respuestas. Espejo y escritura. Modos de resistencia, manifestaciones del ya conocido détour que permite sobrevivir y muchas veces hasta fundar caminos nuevos.
 
Con respecto a los gemelos, la relación es otra y el significado muy profundo. Es imprescindible no olvidar el papel de los gemelos entre los llamados mitos[8] fundacionales –Rómulo y Remo, por ejemplo- y también entre los mitos dualistas, donde se les consideraban representaciones de manifestaciones opuestas, aunque es vital destacar también su personificación de dos principios que no siendo antagonistas podrían confluir. Asimismo es válido no desechar la creencia que los hace descendientes de una deidad bisexual o la idea de la unión incestuosa entre ellos.
 
Valorados muchas veces como el doble del hombre, los gemelos son considerados divinidades del vodú y por ello asumidos como seres excepcionales con poderes sobrenaturales. Establecer un vínculo con ellos es crear un lazo con la divinidad, no ha de ser casual entonces su elección como acompañantes-desencadenantes en quienes la identidad fragmentada de Thérèse quiere reconocerse.
 
La ambigüedad como código de comunicación y el juego de las seducciones rondan la relación. La transgresión, el deseo de sentirse viva, la reevaluación de la inocencia, la necesidad de ser tenida en cuenta por lo nuevo, se impone. Thérèse necesita llamar la atención de los adolescentes que son capaces de traer de la escuela, junto a los manuales, la estampa de una mujer desnuda, porque ellos sí se atreven a fracturar el orden. Esa relación colmada de ambigüedad queda resuelta cuando antes de partir aquella escribe y envía una carta a los hermanos invitándolos a su casa. Allí, en la casa umbría, en la que antaño fuera la habitación de Madre, ocurre el frenesí de la transgresión. Thérèse, para mostrar lo posible: la convivencia de los fragmentos dentro de un continente único, pasa la noche haciendo el amor con los gemelos. Carne fusionada, posibilidad de elección, reintegración de los yo deshilachados de Thérèse, realización y práctica de la igualdad ante lo único que realmente les pertenece: los cuerpos. Cuerpos que hablan por sí mismos, desobedeciendo normas. Cuerpos que juntan sus heridas, ambiciones y apetencias individuales en un acto colectivo. Cuerpos que pactan clases sociales para atravesar límites reales y demarcaciones inventadas. Cuerpos donde el adentro y el afuera se confunden en el lugar otrora sombrío y enclaustrado que pasa a ser una plaza abierta al goce y la libertad. Cuerpos que exhiben un singular performance carnal cuyo grado de síntesis es asombroso. Cuerpos que destrozan el deber ser y la corrección para acercarse a lo misterioso y lo divino elevando al máximo la posibilidad de que el país sea salvado no por del gravamen de las imposiciones y el encierro sino por la trascendencia de sus hijos abocados a lo tremendo y lo fundacional.
 
Las páginas dedicadas al cuestionamiento político merecerían figurar entre lo más diáfano e impactante de esta obra. Más que retórica de diario, las palabras se convierten en un monólogo dramático que podría ser representado en cualquier escena y que alcanzan calidad de oratoria no de púlpito, sino de líder verdadero que se codea con las multitudes.
 
La primera información del libro es: Un día de marzo de 1962, Thérèse Décatrel tomó el autobús del amanecer y abandonó la ciudad del Cabo para jamás volver. Así quedamos perfectamente ubicados: 1962, franco momento del duvalierismo. François Duvalier (Papa Doc) había llegado al poder cinco años antes con toda su cadena de horrores. Sin embargo, el informe de Thérèse sobre el poder se expresa a través de la figura de Henri Christophe, rey de 1811 a 1820, y tiene un alcance alegórico muy profundo yendo más allá del recuerdo de las crueldades de una representación histórica del pasado porque, en verdad, aquí el pasado es la vía, el cauce, para mostrar el presente y la violencia estructural haitiana.
 
No han sido pocos los acercamientos artísticos al primer rey negro de occidente: Conocido es el tratamiento de esta figura en la obra de Carpentier; las aproximaciones de Derek Walcott y Enrique Buenaventura o la emblemática de Aimé Césaire.
 
El rey, que en el colmo del patetismo se suicidó disparándose una bala de oro representa en esta novela el poder extendido, la devastación del alma de la ciudad, el país y sus habitantes, la expresión del estatismo, del absolutismo.
 
Deslizados a modo de anotaciones de diario, Trouillot inserta el pensamiento de una mujer caribeña en la nómina de autores masculinos cuyo centro o derivaciones principales volvieron sobre la figura del rey negro que había nacido en la esclavitud. La actualización de la memoria histórica pende de un cotidiano de mujer y deja entrever que para leer la verdadera Historia quizás haya que mirar profundamente en todo lo que jamás llegará a la prensa porque no es mediático ni cubrirá las grandes planas.
 
Thérèse cuestiona, se dirige al poder directamente, hay un face to face entre mujer y discurso político.
                       
 […] Sí, Christophe, es a ti a quien hablo. […] Pequeño gran rey de nada   (56)
[…] Tú querías una ciudad rígida y cuadriculada, la tuviste. […]Querías una construcción del tamaño de tu gloria con cañones grandes como ceibas, la tuviste. Ven, querido, ven a ver tu amado reino de millares de niños tristes, insectos que se arrastran, voces taciturnas sin canto nuevo con una ciudadela encima de sus cabezas como una tumba, a la espera delante de las iglesias, a la espera en los callejones, detrás de sus puertas de madera de roble, sus casitas como una punzada en el costado, a la espera dentro de sus propios cuerpos clavados en el mismo lugar […] soy yo, Thérèse, quien te habla, no la que tú conoces, la que Madre modeló en el miedo y el mutismo, sino yo, Thérèse quien no se moja con vuestras leyendas, sino mujer de siete encrucijadas y cuatro caminos, yo voy a correr tras mis sueños, hablar con mi voz, caminar con mis manos, asegurarme de tocar la belleza de las cosas. (57)
 
No voy a volver a lo consabido de que lo personal es político y viceversa. Doy por descontado que bajo esa mirada es que puede leerse este libro. Es por eso que el final de la obra deslumbra por su coherencia y habremos de concordar que la coherencia es un bien preciado y no muy fácil de hallar. Thérèse se marcha sola, toma sus propias decisiones personales/políticas, está al borde de la carretera, delante del acantilado, mira la ladera de la montaña y lanza sus cuadernos al vacío. (118) Ya no necesita trazar una ruta entre las múltiples identidades que la habitan. Sabe que hay un concilio posible. Sabe que hay una etapa superada. El momento es otro, el espacio es otro. Ha emprendido la marcha con todo lo que caminar implica. Se ha desprendido del diario, como quien asiste a un cambio de vida. Se dice a sí misma que en la primera ciudad, en caso de que las ganas le vuelvan, deberá comprarse un cuaderno. Sí, cada vida tiene su diario.(119)
 
Efectivamente, cada vida tiene su diario. Lyonel Trouillot quizás no pretende que el diario de Thérèse sea expresión del día a día de la mujer caribeña. Pero los desgarramientos que se suceden en el reconocimiento de identidades que no pueden ser singulares, la implicación en la dialéctica de los procesos (todos), la lucha por el espacio físico y psicológico, los rejuegos del orden social, las miserias y abusos del poder político, la alteridad en el Caribe, pueden ser anotaciones comunes de un diario íntimo asumido en colectivo, líneas que se actualizan una y otra vez a partir de las vidas que se inscriben en ese perturbador diario senior que es la Historia.



Notas


[1] Lyonel Trouillot. Thérèse en mille morceaux. Actes Sud, Collection Générations, Paris, 2000. Todas las citas son de esta edición y las traducciones mías. Aún no existe una edición de esta novela en español.
[2] Nació en 1956 en Puerto Príncipe, donde vive y a donde siempre regresa tras cortas excursiones continentales. Ha publicado Rue des Pas-perdus, Bicentenaire, L’Amour avant que j’oublie, entre otros. Y recientemente, en 2011, La belle amour humaine.
[3] Silvia Molloy. Acto de presencia. El Colegio de México/Fondo de Cultura económica, México, 1996 [1991], 301p. Citado por Zaida Capote en La nación íntima. Ediciones Unión, La Habana, 2008. P. 36.
[4] Michael Gilkes: Wilson Harris and the Caribbean Novel, London, Longman Caribbean, 1975, p. 43. Citado por Margarita Mateo en “Antoinette a través del espejo: Mito e identidad en el Vasto mar de los sargazos”. Anales del Caribe. No.10. Casa de las Américas. La Habana, 1990.P.132.
[5] Antonio Benítez Rojo. Ob.cit. P.29.
[6] Michel Foucault. Historia de la locura. En la época clásica I. Fondo de Cultura Económica Ltda., Santa fe de Bogotá, D. C. Segunda reimpresión (FCE, Colombia), 1998 p. 8-23. Versión digital.
[7] Hecho curioso: bajo la influencia del mundo del internamiento tal como se ha constituido en el siglo XVII, la enfermedad venérea se ha separado, en cierta medida, de su contexto médico, y se ha integrado, al lado de la locura, en un espacio moral de exclusión. En realidad no es allí donde debe buscarse la verdadera herencia de la lepra, sino en un fenómeno bastante complejo, y que el médico tardará bastante en apropiarse.
Ese fenómeno es la locura. Pero será necesario un largo momento de latencia, casi dos siglos, para que este nuevo azote que sucede a la lepra en los miedos seculares suscite, como ella, afanes de separación, de exclusión, de purificación que, sin embargo, tan evidentemente le son consustanciales. […]
[8] El estrato más temprano de las ideas sobre los gemelos se descubre en los Mitos de gemelos zoomorfos, que suponen la participación de animales en el nacimiento de los gemelos o el parentesco entre los animales y los gemelos. Ver “Mitos de los Gemelos” y “mitos Dualistas” en Árbol del Mundo. Diccionario de imágenes, símbolos y términos mitológicos. Colección Criterios. Casa de las Américas/Uneac. La Habana, 2002. P.314-320.


Por: Laura Ruiz Montes