Roberto FriolAdiós a uno de los grandes poetas cubanos del siglo XX, Premio Nacional de Literatura 1998

En silencio, como fue su vida, Roberto Friol fue despedido ayer durante una ceremonia íntima en el Cotorro, comunidad periférica de la capital en la que moró largos años. Acababa de cumplir 82 y una prolongada dolencia había limitado su actividad intelectual. Pero quien cultivó también en silencio la poesía y desentrañó páginas decisivas para entender a Cuba y los cubanos, tiene por destino multiplicarse, pues la obra de Friol, imprescindible ya, se lo merece.

En 1998 recibió el Premio Nacional de Literatura. Había tejido entonces una saga poética no muy numerosa pero grávida de intenciones e imágenes, recogida en los libros Alción al fuego (1968), Turbión (1988), Gorgoneión (1991) Tres (1993), Kid Chocolate (1996) y Tramontana (1997) a la que añadió después Zodiakos (1999).En cuanto a su labor investigativa descuellan títulos como Suite para Juan Francisco Manzano (1977), el cotejo y los apuntes para la publicación del Diario de un rancheador (1982), así como artículos y ensayos sobre la obra de José Lezama Lima y de autores de la literatura norteamericana.

 

Friol quiso ser médico, pero los recursos de una familia negra y pobre no daban para ello. Con gran espíritu de superación se hizo maestro normalista. Al triunfo de la Revolución participó en la preparación metodológica de la Campaña de Alfabetización y luego consagró su vida a la catalogación y la investigación en la Biblioteca Nacional José Martí, donde compartió faenas y recibió el estímulo de Fina García Marruz, Eliseo Diego y Cintio Vitier.

Su poética la definió en una interrogación:

¿Cantan qué almas en cada verso,
qué designios, qué pactos?

 Y para despedirse dejó un epitafio:

Ahora, ¿qué piedra
puede más que yo;
qué agua es más transparente
que mis labios; qué dicha
más verídica que mi rostro,ahora que digo: Perdón?


Por: Pedro de la Hoz


Selección Poética (Roberto Friol)

Los textos han sido tomados del sitio oficial del autor en cubaliteraria:
http://www.cubaliteraria.cu/autor/roberto_friol/biblio.html


Monólogo de la noche

Nadie puede ser yo en la noche.
En la mañana, sí: lo fue
la Biblia, el estupor de cada cosa
lanzada a voleo por el alma.
Y lo fue el tiempo, y la pobreza.

Y el volver sobre todo con todos
los nombres a toda risa desde todo
cuanto era de verdad todo.
Y todo era yo, y sin fin.
 


Biografía

Has reñido como cien ancianos gruñones a la vida.
Has desdeñado cuanto te afrecía.
Has alzado el puño para golpearla.
Has anunciado una violenta despedida.

Con todo, en su hosquedad te sonreía.


Súplica

Que no sean palabras sin palabra
cuanto enuncia mi lengua,
cuanto hace de mí
un extraño predicador
de noticias humildes y de raptos.

Que no sean las manos
del prestidigitador
las que cambien de lugar cada palabra
para hacerme creer
que soy hijo de un estar misterioso.

Soplo, piedad, silbo,
testimonio de hombre en sus dos aguas,
la máscara y el rostro de alguien
que apenas balbuceó la vida.
 


Escritura y rostro

    I

La escritura de sus días en el rostro
desvencijado de esperanza;
esta prosa en la frente la aventura
de la inocencia al conocimiento del fuego;
estos ojos de salmos
hogueras en la medianoche de Dios.

    II

Escriba de los rostros,
¿cuál verdad no será tu razón,
cuál heredad no tiene tu nombre?

Las brasas del asombrado fuego,
¿no chisporrotean por tí?

Todo es hijo de tu piedad
y todo tiene tu marca.

    III

Escribe en los rostros su heredad,
en cada marcha de los cuerpos en el aire,
en el aire que se vuelve encrucijada del yo,
y en todas partes.

Escribe en cada rostro su rostro,
su manera de duración,
su ansiedad de poseer los mundos.
Y duerme en esos rostros en que escribe
sus férreas escrituras.


Rasgueo

El viento hizo de mí una guitarrra,
una pradera en llamas,
una nevada de luz;
el hilo mágico de enhebrar
un más allá sin sombra,
el adiós al destino,
el aceptar mi nada.
El narrarlo todo
con el rasgueo de la sangre.
 


Otra ceniza

Quieres otro nombre junto al tuyo,
otro país que nadie borre, una familia interminable;
una risa de todos
sin dolor de trasmundos.
Pero cuando anochece,
tu dudar de roto hijo del barro
deja en tu frente la ceniza
del desamparo.


Pretérito

Eramos tantos cada uno.
Sombra, penumbra y luz en cada gesto.
Dìas y días negando al solitario,
creyendo al hombre-pueblo, el de mucho crear.

Engendrando razones,
másculos soplos de permanencia,
ímpetus con un siempre de esperanza.

Ríos y noches cada quien,
y una palabra de conjurar el futuro.
 


El número en la sombra

 Y fui a ocupar mi número en la sombra.
 Virgilio.

Escuchaste la canción de los otros,
con el fervor del niño que empieza a tararear la vida.
Quisiste aprenderla para ser igual a ellos,
uno más en el anónimo coro del deslumbramiento,
uno menos en la solitaria permanencia.

Pero fue en vano, oh soñador de la unánime identidad,
porque descubriste al cabo de tus revueltos días,
que cada quien tiene su poderoso ser ineluctable
y su abismal número en la sombra.
 


Epitafio

Ahora, ¿qué piedra
puede más que yo;
qué agua es más transparente
que mis labios; qué dicha
más verídica que mi rostro,
ahora que digo: Perdón?