Por: Zuleica Romay Guerra

Texto de presentación de la novela Lágrimas negras, de Eliseo Altunaga, en la 27ª Feria Internacional del Libro de La Habana, el 11 de febrero de 2017. Dicha novela, publicada por Ediciones Unión, acaba de obtener el Premio de la Crítica Literaria a los mejores libros publicados en Cuba.

Hace algunos años un amigo colombiano quiso saber cuán buena era la salud de la literatura afroamericana en Cuba, y su pregunta me dejó algo confundida. No me resultó claro si el término aludía a textos literarios escritos por personas de cutis oscuro o al corpus narrativo construido por autores cubanos de todos los colores acerca de la “negritud” o, como prefiere llamarle el dominicano Silvio Torres Saillant, la negrura.[1] En mi opinión, lo que se ha escrito en Cuba durante el último cuarto de siglo tiene mucho más de literatura afroamericana por lo segundo que por lo primero.

Texto de presentación de la novela Lágrimas negras, de Eliseo Altunaga

Por entonces buscaba yo en la literatura claves para interpretar y comprender la problemática racial cubana. Así, disfrutaba las creaciones de Alejo Carpentier, Nancy Morejón, Excilia Saldaña, Georgina Herrera, Eugenio Hernández Espinosa, Rogelio Martínez Furé, Eliseo Altunaga y Teresa Cárdenas, los más persistentes y efectivos entre los autores que han abordado nuestra africanidad desde la ficción y descubría nuevos códigos de interpretación en obras de Marta Rojas, Julio Travieso, Julio Miguel Llanes y Ernesto Peña, convencida de que todas ellas componen un entramado discursivo que, por fortuna, carece aún de etiquetas clasificatorias, cenáculos analíticos y circuitos académicos, si bien resulta relevante por sus temas, personajes, recursos y estilos literarios.

Las literaturas afroamericanas tienen una inmanente vocación social, pues dan cuenta de experiencias vitales de sujetos subalternos que el garbo eurocéntrico de la cultura dominante considera indignas de esfuerzo escritural alguno. Con mirada trascendente de la trata trasatlántica y el esclavismo americano, esas literaturas nacieron para aportar reescrituras y relecturas de la historia que resultan muy necesarias en nuestros países, incluida Cuba.

Mi entusiasmo lector ha sido incentivado por la conciencia de esa necesidad y la curiosidad sobre un periodo de nuestra historia que hemos estudiado poco y mal: 1899 a 1923, el cuarto de siglo que enmarca la instauración de la república burguesa neocolonial, la decepción que ella produjo y, a la vez, las oportunidades de transformación que inauguró.[2] Por tanto, me hice lugar en el selecto grupo de lectores del original de Lágrimas negras, una novela de Eliseo Altunaga que aprecio como segunda estación de un itinerario que pudiéramos denominar de “rebeldía negra”.

¿Habrá una tercera novela de Eliseo sobre las gestas libertarias de los descendientes de africanos en Cuba? No lo sé, y quizás el autor tampoco pueda responder esta pregunta. Ojalá suceda porque me gustaría reiterar la reconfortante relación con el pasado que me suscitó la lectura de A medianoche llegan los muertos y, más recientemente, de Lágrimas negras, obra centrada en cubanos negros y mestizos y su lucha por materializar el ideal de igualdad prometido en la manigua y proclamado en 1901, en nuestro  primer texto constitucional.

La historia se inicia en las postrimerías del siglo XIX y ahonda en las confrontaciones ideológicas, la psicología social y las prácticas políticas que caracterizaron el debut republicano, un periodo en el que al decir de Enrique Collazo:

el Congreso Cubano abandona en su miseria a los inválidos del Ejército Libertador y a las viudas y huérfanos de los que combatieron por la libertad; el gobierno niega a los veteranos de la guerra de 1868 el derecho a usar la honorífica medalla que justifica sus servicios y el pueblo cubano en su mayoría eleva por elección a los puestos más altos de la República a los indiferentes y a los enemigos de la Revolución.[3]

La desalentadora realidad social también generó frustración en los estratos superiores de la primera generación republicana, hijos de terratenientes arruinados, comerciantes oportunistas que engrosaron sus caudales con la especulación desatada por la guerra y políticos reformistas, resignados a la tutela imperial si esta les permitía reconstruir la hegemonía de las clases poseedoras. 

Así, la novela transcurre como corriente poderosa cuyo curso podemos apreciar desde las dos orillas. Perdedores todos, porque la independencia soñada no se materializó, unos seguirán irremisiblemente condenados a la subalternidad pese a las promesas igualitarias del discurso político, mientras otros tendrán oportunidad de subirse al tren del nuevo conquistador, aunque no les toque viajar en los asientos de primera.

En el joven general Federico Castellanos, coprotagonista de nuestra historia, están representados los miembros de una clase burguesa y patriota que ostenta como valores el nacionalismo y un incipiente antimperialismo, cree en la fraternidad interclasista e interracial forjada durante la última guerra y se enorgullece de su desvinculación afectiva y política de los representantes del colonialismo español. Federico asume la filosofía de la igualdad proclamada durante el periodo radical de la Revolución Francesa y, con su conducta, intenta rendir culto cotidiano a Antonio Maceo, figura icónica de la frustrada revolución anticolonial.

Pero el héroe de esta ficción, si asumimos las angustias, las tribulaciones y la autoinmolación del personaje desde los códigos de la novela de aventuras, es Evaristo Estenoz, a quien percibimos, con alivio y orgullo, no como el soldadote satirizado por la prensa racista republicana que ejecutó la “preparación artillera” para la masacre de los Independientes de Color, sino como un “Nuevo Negro”,[4] denominación que años después identificaría a los descendientes de africanos caracterizados por su afán civilizatorio, su adscripción al paradigma  cultural occidental y premeditada lejanía de las expresiones culturales africanas más difundidas en Cuba. Admirador de la Revolución Francesa, el maestro de obras Evaristo Estenoz es un miembro de la clase media negra, hombre de buen vestir y cierto refinamiento en sus gustos. Ha estado en París y Nueva York con su esposa, una feminista negra cuyo pensamiento radical admira aunque también le asusta un poco.

Mas la excelente caracterización de los personajes no se agota en los protagonistas. Percibo en ClarissaStanhope, calculadora, sagaz y ambiciosa,  la representación del joven imperio; un gigante aún no consciente de su fuerza pero necesitado de probar en Cuba nuevas formas de conculcar las libertades de las repúblicas americanas sin deslucir el ideal democrático que Estados Unidos enarbola como blasón. En el coronel Ibáñez, el elemento castrense de ideología más retardataria; decididamente pro imperial, no importa si bajo la égida de España o Norteamérica. En las prácticas clientelares y las maquinaciones electoreras de Alberto Yarini, aprecio los extremos que tocó, desde su mismo nacimiento, la corrupción política durante la República.

Disfruté el tratamiento desencartonado de personajes esquematizados por la historiografía tradicional, como José Miguel Gómez y Martín Morúa Delgado. El primero, uno de los veinte combatientes que alcanzó el grado de Mayor General en la Guerra del 95 y líder del llamado “grupo villareño”– probablemente el primer grupo de presión en la historia política de Cuba–,[5] es epítome del picaresco oportunismo que caracterizó a la elite republicana de generales y doctores. El segundo, integrante de los estratos subalternos, conquistó con tesón e inteligencia un lugar prominente en la sociedad y, cooptado por la maquinaria política neocolonial, trabajó a su favor durante el corto trecho republicano que le tocó vivir.

Morúa era un miguelista convencido. Representante del Partido Republicano Federal de las Villas en la Convención Constituyente de 1901, votó junto a José Miguel Gómez a favor de la Enmienda Platt y en lo adelante rompería lanzas por él lo mismo frente a oposiciones partidarias que a facciones de su misma formación política.

La relación entre estos dos hombres nos muestra cómo el poder hegemónico compra lealtades entre aquellos que deberían luchar contra él, si bien creo que el postrer nombramiento de Morúa Delgado como Ministro de Agricultura, Trabajo y Comercio fue, más que la retribución del Presidente de la República al promotor de la polémica enmienda, una manera de  reforzar  la capacidad de presión del Partido Liberal para derrotar a los conservadores, esperanzados en  incrementar su caudal de votos a expensas de la derogación.[6] La mejor manera de honrar a un hombre que está a punto de morir es legitimando su legado y eso fue lo que hizo el Congreso al proscribir al Partido Independiente de Color (PIC) sobre la base a la Enmienda Morúa.

Muchos de los textos que he leído sobre la ilegalización del PIC se atienen al criterio ético-legal que la enmienda expone y prestan poca atención a la formulación inicial de la propuesta, que su autor fundamentó ante el Senado de la forma siguiente: “Creo perfectamente inconstitucional la agremiación política, la organización de cualquier partido, su existencia en nuestra República, siempre que ese partido tienda a agrupar a los individuos por motivos de raza o de clase, siempre que esta clase no contenga en sí, los elementos étnicos todos de que se compone la sociedad cubana”.[7]

Varias pudieron ser las motivaciones de Morúa Delgado para secundar la iniciativa del senador Antonio González Pérez, cuya propuesta de modificación dio forma definitiva al precepto que los anales de la jurisprudencia cubana reconocen como Enmienda Morúa. Probablemente, en el líder negro predominó el análisis realista de la coyuntura, la presunción de que la correlación de fuerzas en el Congreso no favorecería la imposición de límites a la hegemonía de las clases dominantes. Quizás juzgó razonable deponer sus criterios personales para favorecer los intereses partidarios, o creyó que la bancada conservadora aprovecharía cualquier vacilación para empantanar el debate.

Lo cierto es que la conjunción de intereses de los partidos de la burguesía facilitó negociaciones que anularon la conflictividad política de la primera versión de la enmienda, preservó la intangibilidad del orden político impuesto y creó condiciones para legitimar las acciones represivas que tendrían lugar después.

Entre las versiones que pretendieron explicar el consenso de conservadores y liberales respecto a la ilegalidad del PIC, conviene distinguir dos extremos: la interpretación ingenua, que ancla sus razones en la premura por dar una respuesta legal a la situación política creada y la disquisición maliciosa, que identifica en las actuaciones y discursos de los legisladores el imperativo de legalizar una respuesta que solo podía ser política.

La interpretación ingenua está contenida en el juicio del  historiador Leopoldo HorregoEstuch, para quien la propuesta original de Morúa Delgado “se extendía a las circunstancias de la riqueza, el nacimiento u otras análogas, pero quedó lo de las razas o color como de más urgencia”.[8] La lectura sagaz de los acontecimientos es, por supuesto, de aquí y ahora; y la hallé en un texto inédito de Guillermo Rodríguez Rivera:

¿Qué movió el apoyo de los conservadores? En rigor, la existencia del PIC los beneficiaba electoralmente pues le restaba votantes al Partido Liberal. Pero si el PIC era aceptado y el liberalismo pactaba con  él, se constituiría una fuerza que mantendría a raya al conservadurismo. Negros y mulatos constituirían una nueva “clase política” y obtendrían reivindicaciones que el racismo conservador no estaba dispuesto a aceptar.[9]

Como castigo –político y quizás también racial, ya que un gran culpable que pertenezca al grupo reprimido tranquiliza conciencias–, a Morúa le ha sido endosada la responsabilidad histórica por la masacre de decenas de militantes y simpatizantes del PIC y de un número aún mayor de víctimas casuales, sumadas a la sangrienta orgía que se desató para espesar el ambiente de terror en el verano de 1912.

La controvertida enmienda se aprobó por mayoría de votos el 2 de mayo de 1910,[10] apenas dos días después de las multitudinarias exequias de Martín Morúa Delgado, cuyo cadáver, acompañado por centenares de personas, fue trasladado el viernes 29 de abril desde Santiago de las Vegas para el velatorio en el Palacio del Segundo Cabo, y conducido al día siguiente desde el recinto del senado hasta el cementerio. Luto y pesar se enseñorearon de La Habana durante dos días y reforzaron la percepción positiva sobre la pertinencia de la enmienda.

Mucho tiempo después, Rufino Pérez Landa, paisano y discípulo de Morúa Delgado, destacaría el efecto de la campaña llevada a cabo por la prensa: “El comentario unánime de la Prensa fue que este duelo no fue de una raza ni de un grupo, sino duelo del pueblo cubano formado por blancos y negros que como hermanos inseparables la habían hecho libre y soberano”. [11]

La Enmienda Morúa fue el comodín utilizado en 1912 por el presidente José Miguel Gómez para hacerse pasar por salvador de la nación y, de paso, purgar el país de negros levantiscos. El olvido compensatorio de las víctimas relegó al desván de la desmemoria  la proclama del 1ro de junio de ese año, en la que diez parlamentarios negros y mulatos fijaron su posición ante la asonada. Temerosos de una nueva intervención estadounidense, peligrosamente conciliadores e inexplicablemente ingenuos, dichos legisladores declararon:

“[…]  nos hemos creído más que autorizados, obligados  a reunirnos para ofrecer, en primer término, al Gobierno constituido nuestro apoyo más resuelto, a fin de que en esta hora crítica se mueva investido, no solo con la autoridad que le dan las leyes, sino también con la fuerza moral que pueda procurarles la adhesión de los que nos creemos con títulos para representar al elemento de color, ora por la investidura popular, ora por los servicios que hayamos podido prestar a la causa de la libertad y de la democracia”.[12]

Este lamentable pronunciamiento, realizado por políticos activos, de reconocido liderazgo y posibilidades para hacer oír su voz  a toda la nación, resultó a la larga una influencia más decisiva que la iniciativa legal de Martín Morúa Delgado, cuyo deceso, el 28 de abril de 1910, imposibilita conocer en qué medida hubiera compartido la alevosa interpretación que se hizo de la enmienda, antes y después de la matanza.

Al afirmar que “[…] en Cuba emancipada ni ha existido, ni existe problema de raza: niégale ambiente la Revolución niveladora; niéganle espacio en qué moverse las instituciones democráticas que arrancan de la constitución de la República […]”,[13] los parlamentarios que mayor oposición debieron ofrecer al escarmiento racista dieron un espaldarazo político a su ejecución. Algunos, como Lino D'ou, nunca se perdonarían a sí mismos, pero la vergonzante exhortación parlamentaria, escrita bajo la presión de las cúpulas partidarias, quedó como doloroso ejemplo de los límites de los sistemas electorales representativos en una república incompleta, como era la Cuba de entonces.

Por razones que rebasan la cuestión racial para hundir raíces en la ética, la ideología y la política, el proceso de negociación, aprobación y aplicación de la enmienda Morúa exige todavía atento estudio porque la historia y sus protagonistas no admiten interpretaciones dicotómicas. El desoído Ramón Vasconcelos formuló una teoría de la conspiración y publicó sus argumentos apenas cuatro años después de los sucesos.[14] En 1935, dos destacados integrantes  de la elite negra e ilustrada de Cuba, coincidieron en su juicio positivo sobre la Enmienda Morúa. Miguel Ángel Céspedes aseguraba que “Morúa no quiso,  no pudo querer, no pudo prever siquiera, que su previsión patriótica se pudiera convertir en una guillotina para las aspiraciones políticas de sus hermanos de raza”[15]. Por su parte, Gustavo Urrutia, valoraba la enmienda como recurso civilista y democrático requerido de un “complemento de equidad”: la prohibición de que  las candidaturas electorales a todos los niveles excluyeran candidatos de las dos razas principales de Cuba, la blanca o la negra.[16]

Si de  interpretaciones se trata, Lágrimas negras tampoco nos facilita las cosas. Sin dejar de ser, a su manera, un thriller político, el autor no se deja tentar por la trepidación de la aventura. Sin renunciar al empleo de texturas y códigos propios de una novela de amor, el texto toma distancia del discurso meloso del folletín y nos apresa con su capacidad de problematizar tramas, situaciones y personajes.

Durante la primera república, el resentimiento de los integristas y anexionistas por la derrota sufrida a manos de un ejército de hombres considerados inferiores y la frustración de reconocerles la condición de ciudadanos, se compensaron con diferentes modalidades de violencia racial, fueran campañas de descrédito, limitaciones de acceso a servicios, espacios sociales y estructuras de poder, o la eliminación física. De ahí que pasajes de la novela, como el asesinato de Dionisio Gil, oficial de la tropa que derrotó a los españoles en Peralejo y cobró la vida del general Santocildes,[17] o el bestial sacrificio del caballo de Bonifacio de la Cruz, hombre negro y capitán del Ejército Libertador, deban asumirse más como exorcismo que como venganza.

El discurso antirracista de Lágrimas negras aborda, con hondura psicológica que no apela a artilugios semánticos ni palique alambicado, la confrontación entre el ideal maceísta de la nueva generación republicana y el anexionismo de la elite burguesa aliada al poder interventor, la ideología mambisa subsistente en las capas populares, así como las estrategias discursivas que desvalorizaron el aporte de los de abajo a la construcción de la cubanidad y sobredimensionaron el papel jugado por el patriciado y los intelectuales liberales al servicio de la burguesía emergente. E insiste una y otra vez en las tácticas empleadas por los dominadores para reprimir en los sujetos subalternos cualquier manifestación de dignidad y orgullo, que se saben armas defensivas contra la opresión. 

Creo que estamos ante una novela mayor, no solo por la sólida investigación que la sustenta y el modo convincente en que se enhebran las historias, sino también por su prosa cuidada en la que destella la plasticidad del buen guión cinematográfico. Mención aparte merece lo que denomino el “descentramiento temporal” de esta obra, pues ella no acude a la alternancia de planos epocales que tanto hemos disfrutado en algunas novelas de Julio Travieso o Leonardo Padura. En Lágrimas negras unos personajes nos cuentan la historia desde su tiempo y otros protagonizan historias que irrumpen en nuestro tiempo, que es el de la lectura del texto impreso. Cada uno de ellos se las arregla para hacernos viajar a ese lóbrego periodo de la historia de Cuba y explicarnos que no tenemos derecho a olvidar porque las angustias, los miedos y dolores de 1912 aún despliegan sombras en nuestro presente.


Notas:

[1] Silvio Torres-Saillant: “El antihaitianismo como ideología occidental”. Cuadernos Inter.c.a.mbio, año 9, núm. 10, 2012.

[2] Eduardo Torres-Cuevas ha resaltado como señales promisorias de la frustración republicana que  “[…] puso en primer plano el problema social; llevó el problema de la soberanía a los sectores más populares  [y] fortaleció el proceso de formación nacional […]”.  (Ver de este autor: En busca de la cubanidad. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006, tomo II, pág. 303). Suscribo su criterio porque la primera república, con todo y sus flaquezas,  fue también una etapa maduración del movimiento obrero y surgimiento de una cultura política nacionalista y antimperialista, expresada, entre otros procesos, en la constitución del Grupo Minorista  y la fundación de la Federación de Estudiantes Universitarios.

[3] Enrique Collazo: Cuba heroica. Imprenta La Mercantil de Suárez, Solana y Ca, La Habana, 1912, p.2.

[4]La noción de Nuevo Negro fue difundida por Gustavo Urrutia (1881-1958), sobre todo a partir  de la conferenciapronunciada el 8 de julio de 1937, en el Instituto Nacional de Previsión y Reformas Sociales. En dicha obra, el intelectual cubano reinterpreta y reelabora las tesis culturalistas que a mediados de los años veinte  formulara Alain Locke (1886-1954), uno de los principales ideólogos del Renacimiento Negro de Harlem. Ver de este autor: Puntos de vista del nuevo negro, Imprenta El Score, La Habana, 1937.

[5] Alexis Placencia Padrón: “Los hombres del pequeño Estado nuestro. Apuntes para una historia del grupo villareño 1895-1905”. Boletín del Archivo Nacional, núm. 18,19 y 20, La Habana, 2012, pp. 28-61.

[6] Como se sabe, Martí Morúa Delgado concluyó su mandato de 8 años como senador el 4 de abril de 1910 y asumió, ya enfermo, la cartera de Agricultura, Comercio y Trabajo el día 12 del propio mes. Murió doce días después de la toma de posesión, sin tiempo real para ejercer su nombramiento.

[7] Rufino Pérez Landa: Vida pública de Martín Morúa Delgado”.  Comisión Nacional del Centenario de  Martín Morúa Delgado, Matanzas, 1957, pp. 209-210.

[8] Leopoldo HorregoEstuch: “Martín Morúa Delgado”. Universidad Central de Las Villas, Santa Clara, 1957 (Conferencia pronunciada el 12 de noviembre de 1956 en conmemoración del centenario del natalicio  de Morúa).

[9] Guillermo Rodríguez Rivera: “El problema racial en Cuba (los tres primeros libros de Nicolás Guillén”. Este ensayo obtuvo mención en la segunda edición del Premio Casa de las Américas sobre la presencia negra en América Latina y el Caribe, convocado en 2015.

[10] Durante los debates, se pronunciaron en contra de la enmienda Salvador Cisneros Betancourt, senador por Camagüey y Cristóbal de La Guardia Madam, español por nacimiento y electo miembro del Senado en representación de La Habana. Similar postura asumieron los representantes José María Beltrán, José A. González Lanuza, Policarpo Madrigal y Silverio Sánchez Figueras. Al respecto, véase: Serafín Portuondo Linares: Los Independientes de Color. Editorial Librería Selecta, O'Relly, núm. 357, La Habana, 1950.

[11] Rufino Pérez Landa: Ob. Cit.,  p. 218.

[12] María del Pilar Díaz Castañón (Comp.): “Proclama ‘A nuestro pueblo’”. Éditos inéditos: documentos olvidados de la historia de Cuba. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2005, p.36. Entre los firmantes de la declaración figuraban, entre otros, Generoso Campos Marquetti, Agustín Cebreco, Lino D’ou y Nicolás Guillén Urra. El historiador Pedro Alexander Cubas  asegura que Juan Gualberto Gómez, quien ya no era congresista, fue invitado a sumarse al grupo y con él se estampó la firma número once. Sin embargo,  Leopoldo HorregoEstuch afirma que Don Juan fue el autor del texto. Véase de este autor: Juan Gualberto  Gómez: un gran inconforme. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004, p. 145.

[13] María del Pilar Díaz Castañón (Comp.): Ob. Cit., p.29.

[14] Ramón Vasconcelos: El general Gómez y la sedición de mayo. Bernabeu y Casanova Impresores. La Habana, octubre de 1916.

[15] Miguel Ángel Céspedes: “Unas palabras y un aldabonazo”. Revista Adelante no. 7, diciembre de 1935, p. 11.

[16] Gustavo Urrutia: “Armonías: El complemento”. Diario de la Marina, 12 de marzo de 1935.

[17] El oficial dominicano Juan Dionisio Gil de la Rosa (1854-1899) formó parte de las tropas victoriosas en Peralejo, batalla en la que resultara muerto el general español Fidel Alonso de Santocildes (1844-1895), quien comandaba una columna de 1100 hombres. Efectivamente, Gil fue interceptado y baleado el 28 de diciembre de 1899 por una pareja de policías tras violenta  disputa con un inspector sanitario que se dirigió en mala forma al asiático que regentaba una fonda cerca de la antigua Plaza de Armas de Cienfuegos. Por iniciativa del Círculo de Trabajadores de Cienfuegos, en 1911 una suscripción popular financió un monumento al Coronel Gil de la Rosa en el barrio Punta Cotica de esa ciudad.