SalingerSe mantuvo invicto hasta el último instante, como un lobo solitario en su retiro de Cornish -noroeste de Estados Unidos- donde perdió la víspera su último combate con la vida, mas bién con un mundo que sentía hostil y del que prefirió exiliarse por voluntad propia. Había cumplido 91 años el 1 de enero, y tal vez sintió que había sostenido demasiado tiempo su propio peso humano. Su nombre era Jerome Derome Salinger, pero cuando se entregó en cuerpo y alma a la literatura prefirió firmar solo con las iniciales J. D. y dejar que su apellido flotara al viento como una bandera solitaria. Para sus lectores era simplemente Salinger, el santo y seña para entrar en el mar infinito y proceloso de su literatura. Salinger iluminando ese mundo íntimo, esa relación entrañaba y única del lector cuyas manos sostienen un puñado de página como un objeto sagrado.

Siempre tuvo fama de ermitaño. A las puertas de su propiedad puso un letrero capaz de amedrentar a cualquiera: Prohibido el paso. Si a alguien no le bastaba con eso, era capaz de echar mano a su vieja escopeta de caza y lanzar perdigones al viento, como una advertencia elocuente y definitiva.

Los curiosos ya estaban avisados. A cierta distancia, en el invierno, con el horizonte despejado por los árboles desnudos de follaje, si la luz ayudaba, podía divisarse en lontananza su refugio de lobo solitario, sumergido en sí mismo.

Solo escribió un manojo de libros, pero uno solo bastó, The catcher in the rye -su primera novela, traducida indistintamente como El guardián en el trigal o El cazador fugitivo, vertida a más de 40 idiomas- para llenarlo de una gloria que siempre miró por encima del hombro, con ademán despectivo.

Le llevó 10 años fraguarla, dibujar a cincel a su protagonista, Holden Caulfield, un muchacho en la frontera sutil entre la infancia y la adolescencia, en rebeldía contra unas convenciones sociales capaces de aplastar lo humano. En pugna con un medio que rechaza por su hipocresía y falsedad, Caulfield se refugia en sí mismo.

El libro salió a la luz en 1951 y desde entonces sigue conmoviendo a los lectores de uno a otro lado del planeta, como una onda expansiva siempre renacida, sin término. Salinger trabajaba sus historias como un hueso duro y pulido, repleto de sustancias enriquecedoras tras su apariencia tersa, "escuálida". Una profundidad que convive armónicamente con la transparencia.

Después escribió sus cuentos, reunidos en un solo volumen, en los que debuta uno de los miembros más entrañables de la familia Glass, que lo acompañaría durante sus restantes viajes literarios.

Una familia de superdotados, a través de quienes explora los meandros de la naturaleza humana y hace a veces introspecciones feroces sobre su propia honestidad, para contraponerlos a la falsedad del medio condicionador en que viven. Los Glass devienen contrapartida del mercantilismo dominador en las relaciones humanas.

Más allá de las figuras paternas, el héroe que ejerce su tutela es el hermano mayor, Seymour. Su propio nombre, en un juego de palabras, es una definición distintiva (Sey-mour:see more, el que más ve), como apunta el investigador Felipe Cunill.

Seymour debuta en el cuento Un día magnífico para el pez-plátano, en el que pone fin a su vida con un disparo en la sien derecha, en un lujoso hotel de Miami. Una muerte que, a manera de resurrección, lo convierte en un paradigma para sus hermanos: el de la negativa a asumir los patrones de una "normalidad" defendidos por una clase social a la que rechaza.

Salinger dota a sus héroes de una percepción y una sensibilidad que los hace chocar con el mundo exterior, oponerse a los valores materiales que atentan contra la espiritualidad y a los que rinden devoción "gentes hipertrofiadas por un afán consumista", subordinados a la mercantilización de los sentimientos.

Desde la riqueza infinita de la literatura, el autor trazó un retrato magistral de la alienación del hombre en la sociedad capitalista, la desnuda en sus más íntimas esencias. Su prosa, sobre todo sus diálogos dejados a menudo en suspenso, cortados para abrir paso a una poderosa carga sugerente, tienen una cualidad detonadora. A diferencia de los beatniks, afirma el escritor uruguayo Mario Benedetti, Salinger "no cierra los ojos, ni se droga ni se escapa. Es un atrincherado, pero no un evadido; en última instancia, es alguien que no renuncia a descubrir un sentido en la vida; alguien que, así sea pasivamente, aun resiste. Alguien que busca, con serenidad y denuedo, un punto de apoyo".

"Solo puedo soportar la sociedad allá afuera mientras tenga puestos mis guantes de goma", confesó una vez. Lo atestigua la periodista Joyce Maynard, a quien abrió excepcionalmente las puertas de Cornish décadas atrás. Ella le pagó escribiendo, sin autorización, un libro sobre su convivencia mutua, que publicó en 1998.

Salinger logró cuajar, en su obra, lo que Holden Caulfield, el protagonista de El guardián en el trigal, consagra como aspiración suprema: "Lo que más valoro es cuando uno queda completamente agotado después de leer un libro y desea ser amigo del autor y poder llamarlo por teléfono en cualquier momento".

Se asegura que, a los 90, aun seguía escribiendo febrilmente con su mismo instinto certero e idénticas rachas de talento e inspiración. Amo escribir, reveló en 1974, en una de sus escasísimas entrevistas, pero escribo para mi mismo y para mi placer.
Dicen que guardaba sus manuscritos postreros bajo siete llaves mientras trabajaba

cada día enfundado en un overol de obrero. Físicamente se fue, pero su resplandor nos acompaña. Hay que agradecerle la coherencia mantenida durante toda su vida y ese puñado de libros cuyo resplandor nos conforta y nos acompaña..
 


 Por: Anubis Galardy