Rigoberto Rodríguez Entenza Los libros son como puertas. Entras a cada página a visitar conceptos, propuestas con las que puedes disentir o no. Con algunos, a veces y para suerte, hasta te sientes en casa. Las puertas –por lo general- dan paso en un sentido y otro. Pero Rigoberto Rodríguez Entenza redimensiona su propia puerta. En Se fue anoche a ratos nos deja pasar, limita el acceso o sencillamente nos da un portazo en las narices.

No es la forma en que concibió estos casi 50 textos, seccionados en tres momentos,  la que inicialmente advierte del escritor oficioso que nos espera para dar la bienvenida no más franquear la entrada. Versos sin falsos apuntalamientos de palabrería enjundiosa. Versos que estacionan al escritor dentro de la generación de los 80 y que hace del coloquialismo, del tratamiento a los temas en torno a la Isla y sus padeceres, de la cotidianidad remordida, una muestra en común.

Uno de los elementos primarios –y vale aseverar que no son pocos- que animan a traspasar esta puerta es el contenido. El poeta deviene cronista. No es mía tal aseveración, pero me acojo a ella. Se me adelantó Laura Ruiz, cuando escribió que en Se fue anoche “las causas y dolores que conforman nuestro universo encuentran asilo en la poética de Rodríguez Entenza para dejar de ser insignificantes y patéticos”.

Esta es la sinfonía del dolor del provinciano hombre universal que subyace en la voz del poeta. La separación de los amigos, los niños del barrio, el humo del tabaco, el desamparo de una Isla que puja por permanecer en su sitio… el día a día que quiere -aparentemente- mostrarte inamovible, equilibrado… suspicaz desde donde se le mire.

Son apenas algunas de las varias provocaciones que impulsa Rodríguez Entenza en este libro ganador del Premio Fundación de la Ciudad en el 2009 que, para bien de su catálogo, publicó Ediciones Matanzas bajo el cuidado del poeta Leymen Pérez.

No creo que el escritor haya pretendido jugar con insinuada banalidad. Son los hechos poéticos los que confrontan este yo acuso: Los muchachos de mi barrio cuando van a sus asuntos llevan ya el cielo áspero de tanto preguntar por la vida. Los de mi barrio hablan con sus navajas / y no sienten compasión / por la cabeza que rueda en la cuerda.

Las ausencias se resuelven en el papel, una y otra y otra vez, como una jugarreta varias veces condicionada, ante los destinos truncos: En aquellos años, cuando mi padre faltaba/ al humo de su taza, tuvimos un carné como consuelo. / En la vitrina, al lado del platillo de porcelana/ había una pequeña caja de madera/ y dentro el librito rojo/ y dentro del librito rojo su foto de hombre decente.

A Entenza le preocupa el orden jerárquico de sus ideas, las tesis vitales que acompañan el corpus de cada poema. Por momentos parece aislarse en su propio padecer, se queja, acomete el yo con una fiereza casi crónica, pero como arrepentido de sus propias hambres, pluraliza para que el dolor compartido, toque a menos: Quién podría saber si aún nos duele/ el agua del arroyo, la voz de tía Ofelia/abrazada al rumor de los leves dedos del agua (…)

Este era un libro necesario para Entenza, quien al decir de Leymen Pérez “resulta uno de los más singulares momentos dentro de su poesía. Crea un lenguaje que es capaz de sostener un discurso de gran firmeza expresiva. Sobre todo una de las búsquedas más importantes en este libro es ser cronista de un contexto pobre y hostil. Logra un texto de enorme eficacia desde el punto de vista temático y del punto de vista de la armonía de ese discurso poético”.

Definitivamente esta puerta de Coco Entenza tiene marco de cedro. Las bisagras no hacen ruidos molestos cuando abrimos y cerramos. De hecho retiró el timbre del dintel para que ahora todos se sientan huéspedes de cada historia. Es cierto que se fue anoche, pero por esta puerta de la poesía siempre se puede regresar.


Por: Maylan Álvarez