Por: Rolando Estévez Jordán

Mural Cerámica "Sonidos de lo eterno"

Todavía latente en un resquicio amargo de mi memoria mis viajes diarios a la antigua Rayonera de Matanzas, un sitio querido por tantos y tantos ciudadanos de esta urbe y sin embargo no tan agradable para mí. Corrían los primeros años de la década de los setenta y anegados todavía por el eco pasajero de  aquella consigna de ¡Los diez millones van! corrían también aquellos buenos años de mi vida -coronada en lo alto por una larga cabellera que a veces escondía dentro de una gorra de pelotero- y en la que fui feliz aunque no tuve permiso, para recordar una vez más a Benedetti. Pocos oasis tenían para mí las visitas diarias a mi centro de trabajo; uno, la entrada y la salida a mi correspondiente turno laboral de seis horas, bañadas por los vapores azules de la bahía, que vista desde la altura simulaba un nacimiento marino que le rogase al cielo, como una amante a su adorado. Dos, las ocasionales visitas de Digdora Alonso previstas para que ocurrieran antes o después de que yo “cumpliera con mi deber”; ella, escapada de las aulas y las letras que abandonaba para visitar a quien suscribe, entonces imberbe adolescente que había sido expulsado de un adorado Paraíso  en Cubanacán y sometido a un infierno de azufre y otras contaminaciones.

De vez en vez la aun joven poetisa llevaba en su bolso, junto a los apuntes de poemas trascendentales y su libreta de notas para la clase diurna o nocturna en los centros de nivel medio de la ciudad, una pozuela que recuerdo caliente, olorosa y honda, con unos platillos celestiales que degustábamos juntos en un improvisado Almuerzo sobre la yerba, en la ancha área verde que quedaba delante de la cerca que custodiaba el célebre recinto laboral. Cierta vez y antes de comenzar mi turno de trabajo, pedimos permiso a la férrea posta que vigilaba la entrada y salida de la fábrica para visitar un hermoso mural que no sé si todavía existe en el área de oficinas de la industria. El permiso fue otorgado, sería quizás porque a ningún mortal se le ocurriría negar la entrada a una mujer que traía en la parte delantera de su cabeza los ojos más lindos del mundo, verdes, llenos de unas hilachas rojas como toda la vida que llevaba adentro.  Aun en otro resquicio de mi memoria la originalidad de aquella pieza de Pedro Esquerré, quien en su momento también había laborado en el área textil de dicha fábrica. La obra pictórica, de unos seis o siete metros de largo por dos o tres de alto, recreaba el proceso fabril de la Rayonera, pero resuelto en un ambiente egipcio, repleto de las figuraciones hieráticas y de perfil;  hombres y mujeres convertidos en dioses o semidioses, metidos en sus atuendos y rematadas sus cabezas por recios tocados de oro. Y así la obra portaba los ocres, sienas y azules tiernos de los magníficos murales del antiguo Egipto. La asociación entre el mundo de los hilos y telares de la Rayonitro y las producciones de tejidos ligeros para el ardiente verano de los egipcios, confieso que la hice después, en una de las tantas visitas obligatorias al área de oficinas de aquella industria, llamado a la dirección por mis frecuentes impuntualidades para llegar a la hiladora, o por los tres o cuatro días en que me ausentaba de mi responsabilidad como obrero de la que entonces era una colosal empresa que me entregó un carnet en el que rezaba de forma diagonal y controladora  la siguiente inscripción: imprescindible a la producción.

Mucho me gustaría tomar de nuevo la ruta dos y apearme en la entrada de la Rayonera y dirigirme a mi máquina ruidosa y pestilente después de haber visitado una vez más aquel mural de Esquerré; espacio visual que me ayudaba a soportar sencillamente lo demás. Mucho más me gustaría si estuviese allí, esperándome con la luminosidad de Isis, el pálido rostro nada egipcíaco de la poetisa de Yo mi desconocida.

Alguien me habló una vez de mi poca capacidad para aceptar las pérdidas; pero es que uno va arrastrándose entre espinas y en su afán de dar su amor, olvida que los tiempos corren como las naves espaciales, y olvida también que nosotros los de entonces ya no somos los mismos.

Hace unos pocos días fui invitado por su autor a la inauguración del otro mural, y fíjense que digo bien, no es una errata. Nuestro querido Sergio Roque Ruano (Nuevitas, Camagüey, 9 de mayo de 1954)  le regaló a la ciudad de los puentes y los ríos, una obra colosal, Sonidos  de lo eterno, instalado este mural cerámico en el patio-café de la Sala White, con un poco más de catorce metros de largo y tres de altura, señorea en el espacio grande en el cual se acomoda como mano de mujer sobre una lira antigua. Cuatro enormes figuras femeninas atrapan desde su cercanía los ojos que se posan en sus cuerpos nacidos de la herencia remota de Rubens; sus desnudeces, hechas con carne de frutas de esta isla, halagan los sentidos y me atrevo a decir que también el auditivo, porque algo de música hay en la armonía de los naranjas cálidos de sus pieles y los verdes de profundidad abismal donde se mezclan los peces y las palmas. Y arriba, señoreando por derecho propio, los azules del cielo del caribe; más transparentes y sin embargo reales. Una carta apretada de colores, como corresponde a un maestro que le ha dado al país algunas de las más hermosas vasijas que se posan sobre este suelo amado, en un acto de retorno de la tierra a la tierra, pero engrandecido con las resonancias de lo antropomórfico y lo infinito.

Y envueltas en ellas mismas, estas cuatro muchachas del mural pertenecen a un mundo todavía no explorado, quizás poco probable: el de la felicidad. Justos sus instrumentos musicales son un acento oscuro y bello sobre los cítricos tonos de la carne desnudada, como para que nada entorpezca su voluntad sincera que enrumba hacia lo eterno. ¿Acaso suena un pífano detrás de las losas de barro? Sempiternos las piernas y cabellos; el chelo, el oboe, el corno francés.

Fui el primero en esgrimir una protesta por la desaparición de las puertas que daban hacia el patio de la Sala White, la estimé una acción innecesaria; sin embargo ahora, puedo creer que la obra de Sergio estuvo ahí toda la vida, quizás desde otra vida. Atemporal es la belleza, y los que nos afanamos en buscarla hasta rompernos los cojones del alma. Dios es más fiel cuando baja a la tierra vestido con la piel de una hermosura.

Tan simple la composición -un óvalo, un cuadrado, un círculo, un rectángulo, a seguidas los unos de los otros, en una horizontal que se agradece- nos viene a recordar al Antonio Machado reinterpretado por Serrat, que en alta voz cantada nos recuerda que lo sencillo no es lo necio, que no hay que confundir valor y precio.

Ahí está, en una de las zonas más transitadas de Matanzas, para gozo de los hombres y las mujeres de bien, este mural de Roque: las notas que salen de los instrumentos musicales solo podrán ser oídas con una oreja invisible que algunos llevamos en el corazón para desagradecer la triste navaja inoportuna que privó a Vincent de una de las suyas.

Hay que agradecer a Sergio Roque Ruano por levantarse cada día a cumplir con sus propósitos como humilde trabajador del arte, tal vez sin darse cuenta que su paso por esta vida será recordado y admirado. Gracias mil y una vez al Pedro Esquerré de los sesenta, por haber sembrado en el vaho irrespirable de una fábrica aquel mural tranquilo, inmovilizado con las imágenes de los antiguos y rindiendo homenaje a unos hilos que, para mí, poco tenían que ver con los de Ariadna y su maraña filosófica. Gracias a Digdora Alonso, que no solo hizo versos para un idioma del futuro, sino que tuvo tiempo para amar y vivir, y para pintar unos Girasoles que nos seguirán alumbrando a los nacidos en esta ciudad de Bellamar, en nuestro paso por delante, por encima, por detrás de un mural ejemplar que cimbra en la tarde del verano de este caluroso año dos mil diez y siete.

 

entre la mañana y la tarde del 8 de julio,
en nuestra Atenas.