Serguei EseninSi algún libro siempre releo, ese es Vida de Esenin, compendio de artículos y memorias de los contemporáneos del poeta. En sus páginas, además de saborear el sustancioso pan negro del idioma ruso, he ido construyendo mi imagen del controvertido estilo y personalidad del joven campesino que asombrara al riguroso Alexander Blok: un innato y talentoso poeta del campo, dictaminó al escucharle sus poemas mientras sacudía su rubia cabellera de la que tan orgulloso estaba.

Tras palabras y estrofas llenas de alegría y nostalgia se manifestaba un poeta ruso de verdad, sangre de la propia sangre de su pueblo, un enamorado sin límites de la naturaleza de su tierra natal cuyo carácter, inquietudes y aspiraciones eran tan similares y comprensibles para hombres y mujeres de su tiempo, razón por la cual sus lectores lo amaron y por sus poemas empezaron a estar al tanto de su vida. 

En aquel entonces, Alexander Voronsky, crítico literario, opinaba sobre Esenin: Quizás, no haya un acabado perfecto, que se encuentren versos inmaduros o regulares, mas, todo está bañado por una contagiosa espiritualidad, por un inefable lirismo, por la sencillez… Las imágenes acusan gran sensibilidad.

En la Casa-Museo de Esenin, en Konstantinovo su patria chica, los visitantes dejan en un libro expresiones tales como Esenin sabe cautivar rotunda, imperiosa y absolutamente; otro hace constar Esenin vivirá toda la vida en nuestros corazones.

Cierta vez, el poeta reconoció: Me parece que escribo versos para mis amigos más cercanos, lo que nos hace pensar que el aserto de Máximo Gorki, El arte verdadero surge cuando entre el autor y el lector existe una sincera confianza mutua, le viene al autor de Confesiones de un rufián, como anillo al dedo, pues darse a conocer en cuerpo y alma, conmover a sus semejantes era su anhelo artístico, su impulso germinal cuando plasmaba sus vivencias y circunstancias. Por eso, en los textos no sólo palpamos la dialéctica de su alma sino también cómo era en diferentes épocas de su vida: rubio con ojos azules, delgado de baja estatura; cómo se vestía, sombrero de copa y zapatos de charol, gorro de piel tirado sobre la frente; cómo caminaba: ligero, con la cabeza baja; por dónde andaba: ahora estoy en Bakú o en el bulevar Tvierskáya; con quién hacía amistad: ¡Poetas de Georgia, hoy los recuerdo!; cómo se llamaba el perro de su amigo: Dame la pata, Jim, alégrame la vida. Además, detalle por detalle, verso tras verso, también aparece la imagen del poeta en toda su realidad vivencial. Le vemos ir por los prados de un valle, saludar con la mano afectuosamente a alguien, conversar con su hermano, de pie junto al monumento a Pushkin, llegar a casa de su familia, quitarse las botas y sentarse a calentar junto a la estufa…

Al respecto, la pluma autorizada de Anna Ajmátova, en sus comentarios Pushkin en 1828, traza un paralelo entre el padre del moderno lenguaje literario ruso y el poeta de los Motivos persas: Pushkin mismo lo dice, él es el sujeto lírico de su poesía, al igual que Esenin es el de la suya.

En la historia de la literatura rusa, entre otras, hay dos fechas nefastas: el 29 de enero de 1837 y el 25 de diciembre de 1925, muerte de Pushkin y de Esenin. Ambos, en plena juventud, cuando estaban en el cenit de sus posibilidades intelectuales, dejan este mundo. Pushkin a los 38 años, en un duelo de honor tramado para silenciar su inquebrantable oponencia al zarismo. Esenin, a los 30, ofuscado por los fallidos intentos de armonizar sus conflictos personales y la obsesión de hacer una obra a la altura de los acontecimientos políticos y sociales del país, se ahorca. Aquel otoño Esenin –palabras de Sofía A. Tolstaya, su esposa- al regresar del Cáucaso trabaja la mayor parte del tiempo los Motivos persas y varias veces habló de su deseo de escribir sobre el invierno ruso.

Sin embargo, temas muy diferentes nos legó en sus últimos días: su famoso Hasta pronto, mi amigo, hasta muy pronto, en el que se avisora y presiente la muerte y El hombre de negro, imagen personificada de la muerte (también presente en el drama pushkiniano Mozart y Salieri), en Esenin simboliza el torturante desdoblamiento psicológico del sujeto lírico, su confusión espiritual e intransigencia consigo mismo. Sólo la muerte podía liberar al «Yo» eseniano de los martirios morales del hombre de negro, analiza en crítica literaria Irina Zajáriev

No vamos a culpar a él solamente; todos nosotros, sus contemporáneos, más o menos somos culpables. Era un hombre valioso. Debimos luchar más por él, debimos, como hermanos, ayudarlo más- lamentó A.V. Lunacharsky, Ministro de Cultura de aquellos tiempos.

Sin la magna palabra de Pushkin, sin la acrisolada lírica eseniana, la literatura mundial padecería de cierta orfandad. y, además, ¿cuánto del alma rusa, cuánto de historia patria, queda por descubrir? ¿cuánto se ha perdido al quedar truncas sus vidas? ¿cuántas obras quedan en vilo?

No busquemos respuesta. No la habrá sino en el hecho indubitable de la trascendencia de sus voces en estos días del Tercer Milenio.

Quien trágicamente muere, ese es un auténtico poeta y si muere antes de tiempo lo es en gran medida, les canta Vladimir Visotsky. Ambos –patrimonio espiritual de su nación- son esos iconos que iluminan los hogares rusos, pensaba yo al traducir a Esenin y, a la vez, escribía:

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Cuando Esenin le hablaba a los caballos,
a los melancólicos
a los magros caballos de cualquier ciudad,
se entendían a las mil maravillas, tanto,
que la muerte mirándoles pensaba.
"A este diablo
cuando él menos se lo piense,
me lo voy a llevar.
Ya vivió demasiado"
Cuando Esenin leía sus versos a las vacas,
a las vacas como vírgenes gordas,
purísimas,
pastando por los campos de Riazán,
ellas ni extrañaban a sus terneros
y si se echaban a llorar
él les ponía su corbata al cuello
y estaban tan alegres
que la muerte mirándoles se dijo.
"A este diablo
cuando él menos se lo piense,
me lo voy a llevar.
Ya vivió demasiado"

Cuando Esenin en un bar de mala muerte de New York
conversó largamente con un negro
sin que supiera inglés y el negro, mucho menos, ruso,
juntos llegaron a la conclusión
de que no hay nada en esta tierra
como el olor de la tierra
en que nacimos.

Oyéndoles la muerte quiso hacerlo Zar de las tinieblas
pero, Dios,
saliendo
de entre un bosque de lilas
le preguntó:
"Muerte,
¿qué tienes que hacer tú
con uno que ya goza
de la inmortalidad
conmigo?"

A las doce de la noche en Matanzas, cuando en  Moscú son las ocho de la mañana del 18 de enero del 2010