Literatura Tatuajeya traspongo los barrotes que resguardan el túnel,
que termina en las cuevas submarinas, me araño,
me desangro, al fin encuentro una roca saliente
donde encajo mis uñas, que crecen por instantes
para salvarme.
Lezama
 
Para Severo Sarduy  el escritor era un tatuador y la literatura, el arte del tatuaje. La obra, a pesar de los detractores, queda como esa marca en la piel, hecha a retazos, que asfixia o resguarda. En la música puede suceder algo parecido. La letra de una canción es un poema en sí mismo, una revelación, que transfigura el aura del escucha y puede remontarlo a lugares distantes, increíbles.
 
La magia en el teatro que procuró Stanislavski estaba más allá de la actuación. El retablo era una prolongación del mundo exterior. Ese realismo psicológico, teoría de la acción física aparte, mostraba, en contexto, la carne misma de los personajes.
 

El arte, es en resumen, la síntesis de todos los dolores del alma del artista. Sé que es una frase desgarradora, pero la dualidad placer–dolor son el centro de la deliberación que cualquier buen observador puede proponer y que, desde el fondo, han trazado los destino de todas nuestras vidas.

 
Existe una vieja premonición de Mo-tzu, filósofo chino de principios del siglo IV a.C. Para este pensador todo objeto del universo necesitaba en su origen de una perfecta armonía, un equilibrio surgido de la mezcla de cada proporción, como las laderas soleadas o sombrías que sostenían a una montaña. Lo orgánico y lo subjetivo pueden convivir bajo los mismos cánones.
 
Es difícil creerlo pero nunca antes sentí esa dualidad de ortopeda-literato que me envuelve, hasta que descubrí en un catálogo del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), las pinturas esotéricas, repletas de objetos incongruentes, de Frida Khalo, la princesa indigenista de Cayoacán.
 
Eran para mí, profesiones de un todo divergentes, en todo caso, caminos paralelos trazados por la diestra y siniestra de Dios, perdidos en el infinito, sin líneas intermedias, que se entrecruzaban. Pero, en esa búsqueda enfermiza de textos, maleficios, imágenes sobre el todo de la artista, que sucedió para el alimento de la comprensión, apareció también la traslación del dolor en sus autorretratos. Obras de Frida como La Columna rota y Hospital Henry Ford irrumpieron en mi ordenador con una fuerza descomunal, y ese universo de líneas infinitas se amontonó de pronto como una bofetada, un golpe maestro que, me hacía padecer desde el encogimiento una complicidad inaudita.
 
Escribía André Bretón en su manifiesto del surrealismo «Amada imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas». Frida imaginó una vida y vivió otra que jamás le perdono el ingenio. En sus cuadros subyacen las cartas que bosquejó para ella misma, lo que sus labios temieron decir, trazó, con sangre fría, sobre su cuerpo las marcas imaginarias del dolor. Esas mismas marcas le sostendrían durante siglos como las rocas de Altamira a los Bisontes teñidos por los cazadores del paleolítico.
 
¿Qué cosas no pudieron hacer el amor por Diego, Diego mismo, que levantaron su mano y descorrieron las cortinas de ese universo cambiante, parcialmente impredecible, latente más allá de los ojos de la artista, para solventarlo, apocar las noches deshechas, la sonrisa pérdida y construir un metauniverso solo para ella?
 
Pero, ese amor magnánimo que, describe San Pablo en su epístola a los Corintios, todo lo disculpa, cree, espera y soporta, no resultó. La rueda de la supervivencia estaba escondida tras el karma. Se trasladaba de una a otra ciudad. De un túnel a otro túnel. Enfrente se abría un agujero negro, sin rumbo definido, que penetraba en el espacio tierra y no conducía a ningún lado, solo permanecía con la incertidumbre. Necesitaba interactuar. Respirar era el reto.
 
El amor es inspirar, el odio espirar. ¿Qué hacer entonces? La vida es fácil si no decides, porque entonces sabes que inspirar y espirar no son dos cosas opuestas; son dos partes de un mismo proceso. Y estas dos partes son orgánicas, no puedes dividirlas. ¿Y si no espiras...? La lógica se equivoca. No vivirás; sencillamente, te morirás inmediatamente[1].
 
El dolor de Frida no puede ser el signo más grande de su amor. El amor, como un riachuelo, fluye a través de la tierra, es concedido, acatado por el hombre. También lo es el dolor. Sin embargo, el amor y el dolor, a partes iguales, son esa roca salvaje en lo alto del acantilado que logran alimentarla. Sobre el rojo sangrante de las sandías cortadas, el último cuadro pintado desde la orfandad de su cama, un sentimiento se esconde dentro del otro para que subyazca la vida con sus letras desgarbadas, premonitorias, como esa marca perpetua que desde el óleo lacera y salva.


[1] Osho. El libro de la Nada (Hsin Hsin Ming). 2004. Ediciones Gaia. ISBN 84-8445-096-1.
 

Por: Yovanny Ferrer