Vladimir VisotskyJunto a otro poemario con traducción de Juan Luis Hernández Milián, Aturdir las estrellas. Poesía rusa, siglos XIX al XXI, Ediciones Matanzas prepara para la 19 Feria Internacional del Libro y la Literatura un libro único en el catálogo editorial del país: Aún estoy vivo, antología de la obra poética de Vladimir Visotsky.

Oleg Viasmitinov, corresponsal y jefe de la oficina de Ria Novosti en La Habana, quien tuvo a su cargo el prólogo a la edición, precisó la importancia de esta obra de traducción de Hernández Milián, pues “verter a Visotsky al español resulta de una complejidad considerable. Tal dificultad no radica en que a veces (Visotsky) usa vocablos y giros comprensibles solo a aquellos que crecieron en las calles donde él vivió, tampoco en el hecho de que en su obra abunden alusiones a temas de su contemporaneidad, ni siquiera a que, al luchar contra la censura, con frecuencia escribía en el lenguaje de Esopo; lo complejo de tal labor  lo hallamos en que sus textos, y las canciones con ellos interpretadas a la guitarra, son dos universos que solo en su voz hallan una misma órbita”.

La antología Aún estoy vivo (Ediciones Matanzas, 2010) recoge 43 textos de diferentes momentos creativos en la obra del popular poeta, cantante y actor ruso. Bajo la cuidadosa edición de Boris Badía, estas traducciones al español de Vladimir Visotsky, se recrearon visualmente a partir del hermoseado diseño de Johann E. Trujillo, quien utilizó algunas fotografías del poeta.

Viasmitinov presenta al lector cubano un bardo singular, sugerido en su desenfadado desempeño lírico a través la traducción de Hernández Milián: “El nombre del poeta, cantante y actor Vladimir Visotsky (1938-1980), sin exagerar, es conocido por todo aquel que piense en ruso. Su ronca voz es familiar a cualquiera que haya vivido en la antigua URSS. Fue, es y será un fenómeno de popularidad, tanto en Rusia como en los países donde hoy viven los naturales de la entonces Unión Soviética.

Se puede intentar una explicación de esa verdadera devoción popular a partir de sus dones como poeta, por su carisma personal, por la originalidad de su trabajo actoral, por su sinceridad extrema, su irrefrenable afán de libertad y, a la vez, por su fidelidad al encarnar personajes en la escena o su excepcional facultad interpretativa al cantar.

Pero toda explicación siempre será insuficiente. El hecho, con seguridad, lo aclara la paradigmática combinación de todas esas características y algo más que es imposible desentrañar según ciertos parámetros convencionales. Ese “algo más” se puede solamente sentir, mas no expresar con palabras. Es lo que se ha dado en llamar el “alma rusa”.
Visotsky fue un artista polifacético. Escribió y cantó a todo acompañándose de su guitarra. No hay arista de la vida que no haya tocado: desde las canciones de “ratero” hasta las baladas de profundo lirismo amatorio, desde la política hasta la cáustica sátira, desde los esbozos costumbristas hasta las duras canciones de la guerra…

En 1960 se incorpora al Teatro Dramático Pushkin de Moscú, donde le adjudican once personajes. Paulatinamente, cantar se convierte en su razón de vivir. Algunos años más tarde crea sus primeras canciones para el cine y comienza su labor en el Teatro de Drama y Comedia Taganka en Moscú, donde permanecería hasta su muerte.

Visotsky dejó su impronta en quince obras de teatro (Vida de Galileo, El jardín de los cerezos...), y no solo en el Taganka; sus piezas se interpretaron en más de diez espectáculos, creó once programas radiales y treinta filmes están musicalizados y actuados por él. Sus contemporáneos aseguran que podía haber filmado más, pero no lo aprobaban para muchos papeles por razones que no tenían nada que ver con su talento.

 En vida solo grabó seis discos de corta duración con no más de cuatro canciones y otro para la exportación, cuatro álbumes con la música de los espectáculos en los que participó y algunos poemarios con los textos de sus canciones; sin embargo, sus más de mil conciertos se escuchaban en millones de casetes por todo el país. Después de su muerte En los conciertos de Visotsky (21 discos) es la antología más abarcadora de sus composiciones. En Rusia se le han erigido monumentos y placas conmemorativas, existen calles que llevan su nombre; así como macizos montañosos, picos, glaciales, teatros, barcos, cafés y hasta una variedad de flores. Además de su numerosa discografía, se han filmado documentales y escrito libros sobre su personalidad. Visotsky ha inspirado a los poetas Bela Ajmadúlina y Andrei Vozneciensky, ha sido cantado por los trovadores Yuri Vizbor y los músicos de rock Alexandr Bashlachov y Abdrei Makarievich…

El último concierto lo ofreció el 16 de julio de 1980 y el 18 interpretó Hamlet por última vez. El 24, según su médico personal Anatoli Fedítov, se encontraba muy mal, “me voy a morir”, decía a su madre. Después de una inyección soporífera pasó del sueño a la muerte. No se practicó la autopsia. “Infarto agudo del miocardio” consta en el certificado de defunción.

A pesar de que su deceso prácticamente no se divulgó, de inmediato toda la capital conoció la noticia. Durante varios días se concentró una multitud frente al Tanganka y, el día de su entierro, hasta los techos de los edificios cercanos a la Plaza Tanganka estaban llenos de gente con retratos del artista y ofrendas florales que protegían del calor con sombrillas. El 28 de julio de 1980 fue sepultado en el cementerio de Vagankovsky, en Moscú”.


Por: Maylan Álvarez Rodríguez


Juan Luis Hernández Milián (Matanzas, 1938)
Poeta y traductor literario. Licenciado en Traducción por la Universidad Lomonosov de Moscú, y de Lengua y Literatura Rusa por la Universidad de La Habana. Miembro de la UNEAC. Ha publicado, entre otros, los poemarios "Más bien de la memoria que del tiempo", "Perfección del imposible", "Entre página y marea y Morir de muchedumbre". La Editorial Arte y Literatura ha dado a la luz sus traducciones de Poemas y La fuente de Bajchisarai, de Alexandr Pushkin y La vida que he vivido, de Serguei Esenin. Por Ediciones Vigía han aparecido selecciones de Pushkin, Esenin, Boris Pasternak, Anna Ajmátova