Un cirueloEl paisaje visto desde la ventanilla –la del ómnibus, la del automóvil o simplemente la de los ojos entornados- podría resumirse en coloniales verjas, hermosos guardavecinos y quizás, a lo lejos, la red de cables del alumbrado público. Sin embargo, hay otro panorama que muchas veces pasa delante de los ojos con la misma velocidad con que corre el campo junto a los rieles del ferrocarril en marcha. Con la misma velocidad y la misma indiferencia. Con la misma monotonía del color repetido y la imagen sabida.

Ese otro paisaje es el de las feas esquinas, el del ruido y la calle sucia, el de los transeúntes -que envueltos en la rutina- andan sin apenas darse cuenta de lo que a su alrededor transcurre o lo contrario: viviéndolo todo, aspirándolo. Este otro es el paisaje real, el paisaje vivo: el de las personas apretujadas subiendo al ómnibus, el del  pedazo de tronco carcomido que se bambolea sobre el agua, el de los zapatos rotos. Dibujar, repetir ese paisaje, hacerlo palabra sólo podrá quien sea un verdadero testigo del adentro y esencialmente un peregrino y no un turista de la cotidianidad.

Israel Domínguez es un observador inagotable que no se detiene a mirar cómo se construye la pared sino que hace observaciones mientras  manipula cada ladrillo con el cuidado y la paciencia con que el cirujano palpa el hígado y la herida de los otros. Israel no permanece quieto ante la fragua de la creación poética, sino que, con sus propias manos, toca el hierro rojo candente a partir del cual queda conformado su universo lírico. Sus textos, contenidos en la plaquette  Del ciruelo y otras observaciones, Premio Digdora Alonso 2008, que publica en este septiembre Ediciones Vigía, con la edición de Estela Ación  y diseño y caligrafía de Rolando Estévez, dan fe de una implicación que va más allá de las letras y que recorre diferentes zonas de esa realidad multidimencional que es servida en mesas tambaleantes y sin servilletas.

La niña que monta una bicicleta niquelada y el niño de zapatos rotos son  quienes hacen la diferencia en el paisaje. No la diferencia del color de sus ojos, sino la diferencia de la mirada de sus ojos. No la diferencia de textura en sus ropas, sino la diferencia de lo que esa ropa cubre o descubre y que al pasar no vemos porque solo alcanzamos a divisar lo evidente: dos niños que juegan delante de la estatua de la libertad bajo el cielo despejado de la tarde. Justamente en esa prisa es donde se escapa la poética de lo que se funde y la poética de lo que se escinde.

El retrato del patio, casi nunca establece su fijeza en la intención del árbol, en el origen de la tierra. En estos versos, sin embargo, no se canta a la carnosidad del fruto del ciruelo, sino a la esencia agridulce de la independencia, a los riesgos y al placer que de ella derivan, a la memoria que une pasado y presente. Se canta, más bien,  a la semilla y al choque de la vida con el hueso duro que puede esconderse dentro del fruto apetecible.

Estos tres poemas que aparecen antecedidos de una cita de T.S. Elliot nos preparan desde un inicio para lo que puede ser hallado posteriormente en las imágenes de Israel: la poesía adentrándose en la vida urbana, recorriendo las venas de cada recinto, de cada cotidianidad.

La soledad de cada quien y de las ciudades, los movimientos subterráneos apenas perceptibles, la oscuridad dentro de los anuncios lumínicos, la tristeza detrás del baile, la desdicha debajo del espectáculo, constituyen las diferencias en el interior de ese conglomerado que llamamos multitud dentro de la cual Israel, como Zorba el griego, se aprieta el cinto y entra, para concebir y sostener su labor creativa. Eso, en nuestros días, en nuestras horas, tiene un precio y una victoria, se llama esencia poética: de la raíz al fruto. Pero más que todo -y por encima de todo- se llama convicción.
 


Por: Laura Ruiz Montes
(Matanzas, 1966) Ha publicado entre otros, La sombra de los otros en la colección Pinos Nuevos, Lo que fue la ciudad de mis sueños, en Bartleby Editores, España. El camino sobre las aguas, Ediciones Unión. Editora principal de la revista Mar Desnudo

 


Poemas de la la plaquette


Con la misma Indiferencia Del ciruelo y otras observaciones

Sobre la mancha de las primeras aguas
un pedazo de tronco carcomido
se bambolea
con la misma indiferencia
con que nadie lo mira.
Ante los ojos del viajero,
y para su inmenso placer,
se levanta majestuoso
el  Castillo de Los Tres Reyes del Morro.
Al apretar el obturador
—como ha de suponerse—
él no ubicará en su encuadre
el fragmento de madera.
El turista se marcha
    y regreso a mi observación.
Le dedico una larga secuencia,
aun cuando sólo sea eso:
un pedazo de tronco carcomido
que se bambolea
sobre la mancha de las primeras aguas.


El ciruelo a sus anchas

El ciruelo en el patio
es la primera figura
que en viaje de regreso
acontece.

Desde el árbol hacia fuera
voy hurgando la sangre,
los olores, los cuerpos
que armónicamente conforman
el paisaje.

Inevitable se establece la distancia
entre la memoria
y la escritura que se esfuerza
por sustituirla.

Desde el árbol hacia dentro me pregunto
por qué un simple elemento
se adelanta a la co-existencia humana.

El niño abandona juego y roce familiar
para encontrarse con el árbol.
En soledad lo trepa, lo sacude, lo acaricia.
Degusta la carne de sus frutos.
Vuelve con el doble placer manjar/ independencia.

El ciruelo en el patio
a sus anchas
acontece.


Balón de capas torcidas

Mi hija monta su bicicleta niquelada,
modelo magnífico
para que los infantes aprendan a volar
y los adolescentes hagan sus malabares.

Un niño de zapatos rotos
se cruza con la vida
    que no le ofrece Dios,
en el mejor de los casos.

Avanza con un cabo de puro enmohecido
burlando el mediocampo, la defensa, el guardameta.
Niño que patea balón de capas torcidas
y se cruza con mi hija bajo el sol de la tarde,
frente al apóstol
y la mujer que rompe las cadenas.

Dónde está la mano
que borre la diferencia.


 Israel Domínguez
(Placetas, Villa Clara, 1973), radica en la ciudad de Matanzas desde hace más de una década, entre sus poemarios publicados se encuentran, "Hojas de cal", (Editorial Abril, 2001), "Collage mientras avanza mi carro de equipaje", (Ediciones Vigía, 2002), "Sobre un fondo de arena", (Colección Sur, 2004)