Cleva SolisEn un hipotético Tratado sobre la sexualidad de los elfos, el poeta Samuel Feijóo clasificaría a Cleva Solís como “poetisa exquisita”, distinta a casi todos los autores cubanos coetáneos, y a la vez influida por él mismo. En dicho tratado se discutiría con énfasis la necesidad de separarse de las ideas lexicales feministas contemporáneas en materia del índice de género, por el que se debería signar “una elfo” (“una elfa” suena horrible). La discusión bizantina conducirá luego a referir cuántos elfos caben en una ciudad cubana, de modo que nuestra poeta tendría que ser contada entre ellos: una poetisa-elfo, dama del bien y de la luz

Cuando conocí a Cleva, advertí enseguida su carácter nervioso, su ágil bondad, su ingenuidad afectada por el Bien y la Belleza. Algunas veces conversamos sobre el Alma en su sentido trascendente, y puede hallarse en su misma poesía una clara presencia élfica, no órfica, aunque algún misterio de vida giraba en torno suyo y de su poesía. Ese matiz esotérico la acercaba más a Lezama que a otros integrantes de Orígenes, de cristianismo más ortodoxo.

Llegué a ser su amigo a través de mi dedicación a su faro y guía y amigo-hermano Samuel Feijóo, uno de los poetas cubanos que más he admirado, lo cual sin dudas me unía en simpatía esencial a Cleva. En la década de 1980, decidí hacer mi tesis de doctorado acerca de la labor en prosa y verso, sobre la poética de la naturaleza explícita en la obra feijoseana. Entonces, en la Biblioteca Nacional donde ella aún trabajaba y en el propio apartamento de la calle E, donde vivía, comenzó a desarrollarse una amistad limpia, llena de pureza y amor por la poesía.
 
Gracias a la reciente amiga, conocí asimismo a Dulce María Loynaz, pues le dije a Cleva en una tarde de fuerte verano, que me gustaría conocer a la encerrada dama de la calle E, por entonces semi olvidada, y que Cleva cultivaba entre sus amistades del vecindario. Ella misma estableció una cita, y me llevó a conocer a la mujer que por años admiré y sigo admirando tras su muerte, y a la que me unió más de una década de bella amistad. En la primera carta que recibí de Dulce María, alrededor de 1983, ella hace referencia a Cleva y a la noble amistad que le profesaba. La Loynaz me decía que era fácil establecer una relación amistosa conmigo, siendo yo a mi vez tan estimado por Cleva, mi “fiadora” inicial ante la autora de Juegos de agua. Aquello naturalmente me halagó mucho. Había que ser merecedor del trato tan cordial de tales damas, ambas dadas al fervor de la poesía.

En la casa de Cleva conocí a algunas personalidades, amén de encontrarme a ratos con el propio Feijóo, que venía de Cienfuegos y tenía aquella casa como su “cuartel general” en Labana (como él le decía a la Capital cubana). Entre esas personalidades, con quien establecí una relación más cordial fue con Enrique de la Osa, debido asimismo a mi amistad con Loló de la Torriente, por quien Enrique sentía un profundo cariño. Como Loló murió sobre esos años iniciales de la década de 1980, es seguro que le había hablado a Enrique de mí. Visité varias veces al ya anciano periodista, y en otras ocasiones hicimos breves tertulias en la casa de Cleva, con ricas charlas sobre literatura en las que, naturalmente, era yo quien mucho aprendía.

Lo más sustancial de mis visitas resultaba ser mi pasión por la obra de Feijóo, a la que dediqué unos cinco años de indagaciones y lecturas entre 1985 y 1989. Allí Feijóo me fue entregando copias de su correspondencia, que transcribía de forma manuscrita a partir de los originales enviados por disímiles personalidades. Feijóo quería que yo organizara un libro suyo que llamaríamos “Crítica epistolar”, pero en verdad aquel proyecto nunca progresó por diversas causas, entre ellas, la desorganización mental del propio poeta, que tras el hermoso acto de homenaje que le hicimos en el Instituto Cubano del Libro en 1984, con motivo de sus setenta años de vida, fue cada vez en franca involución.

Es curioso que siendo Cleva una poeta con varios libros publicados, jamás hablábamos sobre su poesía, sino que Feijóo era el centro de nuestras conversaciones, y también sobre el conocimiento que ella tenía de la mayor parte de los otrora integrantes del grupo de Orígenes, sobre todo acerca de sus amigos Lezama, Vitier, Fina, Eliseo. Ella sentía devoción por la familia Vitier-García Marruz. Los esposos Cintio y Fina serían luego, tras la muerte de Cleva, quienes recogieron y editaron toda su poesía en un volumen, y Fina escribió un estudio profundo sobre la peculiaridad poética de aquella mujer, a quien ella misma, Fina García-Marruz, había tenido la primicia de bautizarla como “elfo cubano”.

En esas charlas conocí, por ejemplo, la casi odisea creada en torno a la primera edición de Faz, de Feijóo, que Cleva tuvo que sacar de manera casi clandestina de una imprenta de la Universidad de La Habana confiscada por la dictadura, en 1955. Asimismo me contó cómo conoció a Lezama Lima y episodios sobre la muerte del gran poeta. Supe de la manera exacta en que Lezama y Feijóo vinieron a conocerse ya entrada la década de 1960 y de las últimas lecturas del propio Lezama, entre las que se encontraba, por cierto admirativamente según Cleva, la novela de Dulce María Loynaz Jardín, a la que pudiera hallársele algunos contactos de atmósfera con Paradiso.

En otra ocasión (sería 1993) en que fui a visitarla, tras haberse mudado a la calle 17 casi esquina a G (o Avenida de los Presidentes), muy cerca de la Unión de Escritores, tuve allí un incidente particular muy grato. En verdad mi visita se dirigía a conversar un rato sobre el recién desaparecido Samuel, que había fallecido en julio del año anterior. Cleva se había mudado para aquella casa, en peores condiciones que su excelente departamento de E, sólo porque era planta baja y permitía atender mejor a Feijóo, de salud ya muy deteriorada, casi escapado del mundo, presa de una demencia senil que había fijado gradualmente al perpetuo caminador en un sillón en el que era preciso atenderlo en todo, pues estaba en una situación casi vegetativa.

Tanto Cleva como la joven hija de Feijóo, Adamelia, pasaban el día al tanto de las necesidades del gran poeta aplastado por la vida. Esa tarde casi no hubo tiempo para hablar de él, porque Cleva me habló con mucho entusiasmo sobre unas becas del Ministerio Español de Asuntos Exteriores, que habían llegado a la UNEAC. Ella me decía que, al leer los documentos y requisitos, pensó en mí de inmediato. Me indicó en qué sitio exacto se encontraban y cómo hacer para reunir los datos que se solicitaban. Como era cerca, me fui a la sede de la Asociación de Escritores de la UNEAC, donde estaba laborando mi amigo Waldo Leyva, y él personalmente buscó los modelos, me los dio, los llené de inmediato, hice todos los trámites, y en 1994 me fui tres meses a Madrid, tras haber obtenido aquella beca de investigación para hispanistas. Creo que fue un milagro élfico.
 
Aunque Cleva confesaba como fecha de nacimiento el año 1926, lo que la situaba dentro del ámbito de la Generación de los Años Cincuenta, el día mismo de su muerte, en los trámites legales del sepelio, se descubrió que había nacido en 1918. Algunos miembros del famoso Grupo de Orígenes se habían quitado en vida de dos a cuatro años (Lezama dijo varias veces haber nacido en 1912, Baquero rectificó de puño y letra un ensayito mío sobre su obra, y donde yo escribí 1916, él tachó con plumón negro y puso encima 1918; luego de su muerte supimos que en verdad había nacido en 1914). Pero Cleva implantó un pequeño récord: se había quitado nada menos que ocho años. Era creíble, dado su temperamento, su suerte de “locura” simpática que tan buen juego hacía con la de Samuel, se mantenía físicamente muy bien hasta que un cáncer vino a acabar con su vida a las puertas de sus ochenta años.

Recuerdo la suerte de estupor de Fina en el funeral, pues tanto Cintio como ella la llamaban “la poeta menor de Orígenes”, y “hermana menor” en alusión a la edad que se suponía que tenía, por cierto, aparentemente la misma que la de Lorenzo García Vega. La hermanita menor de los Vitier-García Marruz resultó serles mayor hasta en cinco años. Supongo que cuando Cleva publicó Vísperas en 1957, sintió que su edición era tardía, cuando ya todos sus amigos iban por más de cinco volúmenes, de modo que, para ser una mujer de cuarenta años que llegaba a la poesía al parecer tardíamente, se quitó todos esos años, que por su físico y su temperamento no era difícil de ser creído.

La vi pintar. Ella daba un paso más allá del arte ingenuo, sabía bien qué hacía y tenía a su lado al maestro Feijóo, que tanto la estimuló en verso y pincel. No fue una pintora prolífica y tampoco escribió demasiado. Cuatro o cinco libros de poemas y un montón de cuadros dan el fiel de su biografía. Como creía en el Más Allá, como tenía una espiritualidad entre católica y espiritualista, seguramente está en la Gloria, pues no perdería Dios la ocasión de tener cerca de Sí un alma como aquella, dulce, llena de una candidez que no fue nunca pacatería, de un deseo de hacer el bien y de cumplir con la vida en función de los demás, que la alejaba del egoísmo, la vanidad, la “roña literata”, que decía Feijóo, o de cualquier otro impulso negativo.

Según la mitología escandinava, un elfo es un “genio” aéreo que representa a los llamados elementos: la tierra, el aire, el agua, el fuego, sobre todo a la luz, porque hay elfos de la luz, que son los “inmortales” y otros de las tinieblas, llamados silfos, de composición demoníaca. Por supuesto que Cleva Solís es un elfo de la luz, su poesía mantiene esa luminosidad y visión de la belleza que se advierte también en su pintura, llena de detalles y de vigor.

Alada, aérea, dejó varios libros publicados: Vísperas al final de los años cincuenta, luego dos en 1961: A nadie espera el tiempo y Las mágicas distancias (títulos tomados de versos de Samuel Feijóo), y Los sabios días en la década de 1980. Su Obra poética es de 1998, preparada en vida de ella por los esposos Vitier-García Marruz, pero finalmente publicada un año después de la muerte de la poetisa. Más que en la memoria de sus amigos, en sus versos sigue vivo el elfo, el hada, la maravillosa mujer que fue Cleva Solís, a quien recuerdo, más allá de la admiración, con devoto cariño.


Por: Virgilio López Lemus


POEMAS DE CLEVA SOLIS

Las Palabras

Cuando las palabras abandonan su cetro
y descansan de su gobierno,
cuando el verdugo reconoce su justa presencia
y les desfigura el rostro,
ellas resuelven los medios,
las proporciones de los principios,
y ligeras asaltan al vacío.

En su limbo flota el musgo
y los batientes acentos que
calumnian su acertijo
en porosos ríos de pajas
se desprenden, y ascienden en vapores
inmensos. Dejan detrás las casas,
los campos, las ciudades,
y esplenden suaves y melancólicas.

Porque se van gastando y no hacemos
economía de su ternura,
cada vez resuenan más lejos,
y los oídos traspasan los registros,
y solitarias en las noches
despiertan dormidos signos,
y con nítido acento,
con más fino sosiego,
ya sin apetitos,
vagan silenciosas,
y regresan frías a los labios
despendidas de todo hálito,
transfiguradas.


Ser

Virgilio,
     La noche necesita de mi cirio.
                  Se
guardan en mi. Alumbro.
Los brillos
de la parra del espíritu
conversan
cabrillean en argentado mar.
                  Y
el caracol eterno
sigue en su carrillón
saltando sobre las puntas
espinosas del versículo
que las lenguas del polvo
proclaman,
su himno denso disipánsode,
cuando realizo el relevo de la Noche!

Los documentos

Estamos en la orilla
solitaria
de una estación.
Los trenes cruzan
y pita a lo lejos
un convoy.
        En la oscuridad
        el bulto de un hombre
        hace señales
        con un farol.
Estos son los grandes
documentos
que reclamo,
que reciban asiento
en el corazón.
        Solemnemente
        derribo el aliento
        de la espera
        larga y aterida.
        Entro en un sol blanco.