Retablo AbiertoLa constancia creadora ha llevado a Teatro de La Proa a conseguir el reconocimiento de la crítica y el público, afirmación que ha ocurrido no solo en La Habana, sino también en provincias donde se han presentado como Granma, Camagüey, Sancti Spíritus, Villa Clara y Matanzas. Desde la fundación del grupo en 2003, esto sucede con todas sus puestas escénicas. Ya no son desconocidos para nadie sus esfuerzos en pro del teatro para niños y de títeres que se conoce en la prensa plana, radial, televisiva y digital. El espectador infantil o adulto que va a sus representaciones en salas, escuelas o plazas sabe quién es Teatro La Proa y en qué anda.

Por eso me resultó tan interesante la apropiación titiritera que han hecho del célebre texto El libro de la selva, del británico Rudyard Kipling (Bombay, 1865-Londres, 1936, Premio Nobel de Literatura en 1907). De trabajar con textos latinoamericanos y nacionales escritos para muñecos pasaron al género de variedades, trasladaron historias de la literatura al retablo, hasta llegar a Mowgli, el mordido por los lobos, una concentrada versión teatral del muy joven autor Erduyn Maza sobre los cuentos de animales de la selva india, estrenada en 2011.

La dramaturgia apela a una estructura que aboga por una trama clara, atractiva y tierna, en un tiempo en que la escritura a nivel mundial explora todo tipo de senderos, riesgos, nuevas fórmulas, muchas maneras de contar y exponer fábulas, en franca competencia con el tratamiento narrativo de los medios audiovisuales y tecnológicos.

El equipo artístico de La Proa prestó particular atención al conjunto de personajes zoomorfos y antropomorfos que acompañan al pequeño Nathoo, verdadero nombre de Mowgli, y consigue que durante la función uno no piense en la existencia de aquel filme que sobre la obra de Kipling produjo con enorme éxito Walt Disney. Desde que se descorren las cortinas, penetramos en un mundo otro, mágico y misterioso, donde un pequeño muchacho busca adaptarse a estar entre los humanos, luego de haber convivido en su primera infancia con lobos, monos, un oso, una pantera y un tigre malicioso.

Tres estructuras escenográficas, más dos elementos en movimiento, sostienen la selva en pequeño formato concebida por Arneldy Cejas, también actor y director de la puesta teatral. El diseño artesanal del retablo y los muñecos denotan la herencia de la filiación de Cejas con colectivos como Teatro Papalote o Teatro de Las Estaciones, pues allí compartió con maestros de la imagen y las tablas como Zenén Calero y René Fernández. Los artistas anteriores son a su vez creadores de un estilo que heredaron de la escuela que fuera el Teatro Nacional de Guiñol con los Camejo y Carril al frente. Aquella visualidad hermosa e intensa de los años 60 y 70 fue continuada por los diseños que produjeron Jesús Ruiz, Ernesto Briel, Armando Morales o el artista plástico Waldo Saavedra, entre otros. Arneldy traduce todas estas influencias logrando un toque personal entre rudo y expresivo. Con ayuda de la iluminación propone diversas texturas para los animales de tierra y aire, a la vez que cubre con tela cruda la desnudez que Mowgli exhibe en la historia original. Las simpáticas imágenes de Messua, la madre del pequeño, o de los mezquinos hombres del pueblo que consideran al niño un espíritu malo, un demonio menudo que habla con las fieras, son coherentes con el código visual de origen hindú que para los humanos elige el diseñador.

La sonoridad halla su base en temas de ayer y hoy provenientes de la India, y es uno de los mayores aciertos del espectáculo. Musicalizado de forma casi perfecta en todas sus escenas, la banda sonora cumple su clásico papel de ambientar, comentar, proponer o conmover el alma del espectador y los intérpretes. Es en los actores titiriteros y la dirección artística donde el espectáculo evidencia la mayoría de edad, pues muestran en escena conocimiento y amor por el oficio, mezclando códigos tradicionales con acciones dramáticas atrevidas, más el uso de mecanismos y artilugios que proponen atmósferas graciosas y entrañables.

A Erduyn Maza y Arneldy Cejas, se unen Kenia Rodríguez y la actriz invitada Sara Miyares. Todos consiguen un trabajo de animación coordinado donde se mueven limpiamente, unas veces a la vista y otras camuflados entre luces y telones, jugando el juego de animar y encantar. Esta  elección se apoya en un concepto escénico que no acude a ocultamientos, y es que actualmente el universo teatral titeril se vuelve cada vez más contaminado, libre e inclasificable; por eso unas veces los títeres se arrastran, otras vuelan, danzan o producen imágenes de fuerte filiación cinematográfica.

Las experiencias teatrales de cada uno de los integrantes de La Proa, incluyendo a la asesora teatral Blanca Felipe, denotan que los años de trabajo con Los cuenteros, Calidoscopio, Teatro Papalote o Teatro de Las Estaciones, más esa inquietud perenne de superación, búsqueda e intercambio con las diversas compañías de nuestro país no ha sido en vano. Debe ser por eso que el colectivo, a casi diez años de creado, se mantiene fresco, prometedor aún de mucho más.

La Proa es un conjunto que hace y piensa en arte verdadero, no tienen nada que aparentar y sí mucho que anhelar. El teatro de títeres se ha vuelto hoy día un camino engañoso y tentador, pleno de maravillas y sorpresas, un juego inteligente y vital, en constante mutación, siempre inasible, asombroso, enriquecido por la propia vida. Así como el muchacho indio despierta con sufrimientos a la vida adolescente, mostrándose inconforme con las actitudes arrogantes y desagradecidas de sus iguales, deseoso de conocer su verdadera identidad para buscar su lugar en el mundo, busca Teatro La Proa espacios para seguir proclamando su apuesta por el teatro de figuras. Sin ninguna duda, este Mowgli, el mordido por los lobos se ha ganado un merecido lugar en el retablo.


Por: Rubén Darío Salazar