Por: Rubén Darío Salazar

Paso a paso, desde hace 18 años, viene labrando Ernesto Parra en Las Tunas,  el rostro clownesco de su Teatro Tuyo. Un semblante que reconoce la influencia de Oleg Popov, el payaso del sol, del recordado Ferdinando y su humor silencioso en la pequeña pantalla, el mítico Trompoloco de Erwin Fernández,  lleno de Cuba, Charles Chaplin y su sentido de la comedia y el melodrama…hasta James Thierrée y su poética fantástica que une circo, danza y pantomima a la gracia del payaso.

el rostro clownesco de su Teatro Tuyo

Existe un espectáculo, en el amplio repertorio del grupo tunero, que posee poderosa garra, lo mismo con el público popular, que con el respetable compuesto por personas de intelecto. Es “La estación”, unipersonal que defiende el propio Ernesto Parra, con un muestrario de momentos de humor, ternura, tristeza e infinita alegría. Todo desde la soledad de un intérprete que no puede socorrerse por nadie, como no sean los breves instantes de ayudantía, donde se auxilia de alguien desconocido que lo ayuda con un cambio de vestuario o con la introducción de objetos en escena.

Vi “La estación” en la última edición competitiva del Festival Nacional de Teatro de Camagüey, en 2010. Tras el éxito mayúsculo del montaje “Parque de sueños”, en 2006, hubo una pausa involuntaria en la trayectoria de Teatro Tuyo, y digo involuntaria porque fue producto de esas detenciones que los directores no esperan, pues se derivan de egos desmedidos, inconciencias humanas y descolocación espacial. Me alegré de aplaudir a mi compañero teatral deshaciendo el aparente retroceso. Toda la poética de su visión respecto al arte clown, armada día tras día, entre desvelos, obsesiones y vivencias personales, emerge en “La estación” como un nuevo tiempo, un período renovado y enriquecido desde la constancia y la tenacidad.

Un payaso pasaje en mano que no puede acceder a su tren, desata suficientes motivos para asistir a una lección de vida y de arte. Grandes y chicos nos transportamos al mundo de Papote, un cosmos sin euforias desmedidas ni experimentos vacíos, un universo al que solo le basta un banco de espera y una maleta para demostrar verdades y mentiras, luces y oscuridades de la cotidianidad. Lo que vino después de “La estación”, ya muchos lo saben, “Narices”, “Gris”, “Caminantes”, “Caras blancas” y “Superbandaclown”, todos nacidos tras ese falso retiro que advertimos con pena los seguidores de Teatro Tuyo.

“La estación” es renacimiento, acto de fe e informe de continuidad. Desde entonces Ernesto Parra no se ha bajado del expreso que si tomó su corazón de payaso optimista y soñador. Es algo que agradecemos los que gustamos de las evoluciones de los graciosos y hasta de los que no conocen a ciencia cierta el linaje de los circos y los teatros. Todos somos pasajeros de un planeta que es ínfimo en la estación de las galaxias insondables. Teatro Tuyo nos lo dice desde el lenguaje de las narices rojas, haciéndonos eternos en el lapso breve de una puesta en escena tan divertida como especial.