Festival de Vigía 25 añosLos historiadores no se ponen de acuerdo. Unos dicen que el papel se inventó en China, hacia el año 200 a. C. Otros afirman que fue en la ciudad de Matanzas, Cuba, en la década del 80 del siglo XX. Y ciertamente, ambas corrientes tienen razón. Existen ejemplos de papel descubiertos junto a tablillas de madera que contienen  la primera fecha. Y también se han encontrado en diversas bibliotecas y colecciones privadas infinidad de señales que iluminadas a mano tienen su génesis en la impronta de dos personas medulares en esta historia: Alfredo Zaldivar y Rolando Estévez.

Tal vez, aquel grupo de locos, como han sido llamados por muchos, que hacia mil novecientos 85 establecieron los primeros contactos con Ts'ai Lun que por esa fecha era el jefe de los eunucos del Emperador, y estaba al frente de los suministros de la Casa Real, no imaginaban que aquella peregrina aventura tendría que navegar con muchos tropiezos, saltos mortales y asombros para hoy exhibir 25 años de vida.

 Fue en septiembre de mil novecientos 87, en un mítico Festival de Poesía realizado en Santiago de Cuba que comencé a entrar de lleno en los rumores, olores e impresiones de Ediciones Vigía al conocer a Laura Ruiz y a un holguinero exiliado en Matanzas. A partir de esa fecha fui uno de los muchos y secretos colaboradores  de la pequeña tropa matanzera que por correos de brujos le hacía llegar pliegos de papel robados en farmacias, bodegas o extraído de las cajas de libros rusos que con cierta generosidad el Kremlin nos hacía llegar. De ese modo fui asistiendo al crecimiento y esplendor de unos libros diferentes y locos frente a la chatura editorial nacional.

Pero confieso que he sido un mal coleccionador de los ejemplares de Ediciones Vigía. Como una especie de padre o amigo putativo he ido regalando poemarios, antologías y la muy ponderada y generosa Revista que me ha abierto sus páginas más de una vez. Tengo la certeza que sus fundadores y actuales continuadores sabrán perdonar esos actos de entrega que a la larga son actos de pertenencia. Recuerdo con cierta amargura el trabajo que pasé cuando una galería de Nueva York me pedía para una exposición de Libro Arte un ejemplar de Adiós naves de Tarsis, premiado por el América Bobia y  que con gran pericia y  hechizo traía en la cubierta una balsa, con velas y  maderas del San Juan.

A Vigía me la he encontrado en un punto de venta del cerro Nutibara en Medellín Colombia. En la biblioteca del poeta chileno Gonzalo Rojas dejé un ejemplar de un catálogo preparado por Bertha Caluff. En Caracas me querían comprar a precio de oro el libro de Eliseo Diego. En la biblioteca de Chivirico, en un lugar del mundo llamado Guamá hay ejemplares de Barquitos del San Juan.

Llegar a Matanzas y no entrar a la casona de la Plaza del Vigía es como llegar a una ciudad y no preguntar por sus héroes. Como monjes benedictinos avanzan en los días y noches de un país que no fabrica papel pero construye sueños.

Se cree, lo dice la gente, lo dicen las enciclopedias, que el papel fue inventado en China, hacia el año 200 a. C., y ciertamente, existen ejemplos de papel descubiertos junto a tablillas de madera que contienen esa fecha. Los primeros papeles son de seda y lino, pero de pobre calidad para el acto escritural, y por ello fueron utilizados principalmente para envolver los regalos para el Emperador. Pero yo sigo pensando que el papel fue inventado en Matanzas, por Alfredo Zaldivar y Rolando Estévez junto a otros monjes y que hace 25 siglos iluminan a mano la vida y una casa de magia y papel llamada Ediciones Vigía.

Muchos años de vida para ustedes, los fundadores, los más nuevos, los de siempre.  


Por: Reynaldo García Blanco