Cuando Roberto Méndez me invitó a escribir la nota de contracubierta de Música nocturna para un hereje, ganadora del Premio Italo Calvino 2014 —de cuyo jurado formé parte—, no lo dudé un instante. Allí describía un «suntuoso ejercicio de lenguaje donde hayacas, guineos y jipíos conviven con las amplias referencias culturales de un léxico concebido con la avidez sin fin de los grandes talentos literarios». Ese entusiasmo es sincero.

Música nocturna para un hereje

La novela hace texto el diálogo entre dos vidas, la del sacerdote bayamés Tristán de Jesús Medina y la de Mozart, pero no se ciñe a ese contraste. Méndez pone a dialogar música y literatura (como hiciera Medina en sus relatos); normas lingüísticas (la cubana y la peninsular); tradiciones literarias (el romanticismo y lo real maravilloso), y nos entrega una novela concienzudamente elaborada cuyo protagonista es dos al mismo tiempo.

Medina, devenido personaje de novela, vive su vida y la de su personaje, Mozart. Asiste a sus más recónditas experiencias, lo observa siempre, y hasta consigue hablarle. Como Cagliostro, viaja en el tiempo y el espacio para certificar la progresión humana y musical de su admirado músico. Pareciera que Roberto Méndez hubiera querido emular aquella «joya empolvada de nuestra literatura fantástica» rescatada por Cintio Vitier.1 Seguramente del Mozart ensayando su Réquiem de Medina —según Roberto Friol, «la empresa más temeraria de toda nuestra narrativa»2 — provino la inspiración primera de esta novela. Pero el novelista amplía su proyecto poniendo en escena, digo, en letra, la escena; o mejor, lo escenográfico. Aprovecha a fondo lo teatral incorporando pasajes y referencias de óperas de Mozart a su relato; estableciendo similitudes entre momentos de la biografía de Medina y la anécdota de alguna de aquellas. Echa mano de amplísimos referentes culturales para traicionar el minucioso registro histórico y amplía su alcance con arrojo e imaginación y además se establece, como narrador, en un lenguaje donde conviven sin mutuos reparos registros disímiles que otorgan, así, credibilidad a las más alocadas anécdotas.

Aquí merece hacerse una aclaración: la biografía real de Tristán de Jesús Medina parecería en sí misma una novela de aventuras tramada por un incansable autor de folletines: un sermón demasiado explícito sobre las bellezas corporales de la Virgen le ganó una reprimenda de las autoridades eclesiásticas; habiendo sido ordenado sacerdote católico, contrajo matrimonio con una mujer de familia anglicana; quiso fundar una iglesia nueva; en Ginebra se le acusó de violar a una niña y más de una vez le fue retirada la licencia eclesiástica para confesar y predicar. Todo sin desdeñar su labor en política y literatura, que no fue escasa. Si no hay material para la ficción ahí, que venga Dios y lo vea.

Erudito conocedor de la música y la ópera, estudioso del romanticismo en su contexto, excelente poeta, Roberto Méndez demuestra aquí su calidad como eficaz redactor de historias exquisitas donde hallan albergue también el humor y lo erótico. Pero su mérito no consiste solo en la ejecución. El hallazgo o elección de su protagonista y el tono conseguido en la novela son harto eficaces para un lector actual; las volutas de lenguaje se adaptan al relato de una vida sumamente turbulenta, la de Medina, cuyo contrapunto con la de Mozart se antoja autorizado por su propio ejercicio creativo. Pero también los comentarios jocosos, el ridículo, la distancia con que se mira a menudo a estos personajes parecerían provenir de la pluma del propio Medina, en cuyas crónicas menudea la burla desembozada de la hipocresía y el cuestionamiento moral de las disciplinas impuestas por la sociedad y la religión. También excelente cronista, Medina reaparece en la reconstrucción atenta de ambientes distantes; sea en Santiago de Cuba, Madrid o Ginebra, la atmósfera recreada por Roberto Méndez es siempre convincente, coherente.

Indisciplinada y proliferante, la trama de la novela, como sus personajes, es variable, móvil y sumamente plástica, adaptable, en temas y lenguaje, a los más disímiles entornos. Su autor lleva a cabo una osada aventura de lenguaje e imaginación donde la huella del Carpentier de El arpa y la sombra o Concierto barroco parece asomar por momentos. Pero su interlocutor de privilegio, el modelo sobre el cual escribe la historia, es el propio Tristán de Jesús Medina, sacerdote y réprobo, estilista ágil, burlón y sensible; uno de los autores más enigmáticos del xix cubano.

Música nocturna..., juguetona hasta en el título con la tradición —en alemán una serenata es Nachtmusik y la kleine Nachtmusik de Mozart se traduce literalmente como «pequeña música nocturna»— emula las grandes obras literarias en ambición, avidez y ejecución. Ese es su mayor mérito.

Cintio Vitier, quien halló el Mozart... de Medina y lo recuperó para nosotros, decía en su magnífico prólogo que aquel relato podría describirse «como si, después de leer una biografía de Mozart, soñáramos con ella»;3 del mismo modo podrían describirse estas biografías noveladas, la de Mozart y Medina, entrelazadas en la excelente novela de Roberto Méndez.

1 Cintio Vitier, «Prólogo. Un cuento de Tristán de Jesús Medina», en Mozart ensayando su Réquiem. La Habana, Departamento Colección Cubana Biblioteca Nacional José Martí, 1964, p. viii.

2 Roberto Friol, «Prólogo», en Tristán de Jesús Medina, Narraciones. Selección y prólogo de R. F. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1990, p. 22.

3 Vitier, ob. cit., p. x.


Por:Zaida Capote Cruz