Por: Alina López Hernández

Margarell Randall vivió en Cuba desde 1969 hasta 1980, fue esa la etapa que recorrí entre los cuatro y los quince años de edad. En su testimonio descubro mi tránsito de la niñez a la adolescencia, pero lo hago con extraordinaria curiosidad, pues rara vez logramos apreciar tan vívidamente un retrato de la vida cotidiana en aquellos setentas, decisivos y cruciales más por sus errores que por sus logros, en el futuro del proyecto socialista cubano.

Una vida en un libro. Margaret Randall

Cuando abordan ese período, los libros de textos de Historia, si acaso, se introducen en el proceso de institucionalización y en la agudeza del diferendo con Estados Unidos. Por otra parte, los testimoniantes de la revolución, casi siempre dirigentes del proceso, parecen preferir la épica de la lucha contra la tiranía de Batista antes que el largo camino transcurrido a partir de 1959. Por ello considero que Cambiar el mundo. Mis años en Cuba, es una verdadera lección de historia social que nos dibuja la vida de una mujer, de un país y de una época. Es la obra de una historiadora oral que narra con pericia de escritora y con profundo sentido de compromiso social.

Ella no fue testigo, fue participante. No fue simplemente una extranjera que residió en Cuba, sino una intelectual revolucionaria norteamericana que prefirió vivir bajo las mismas condiciones del pueblo que la había acogido. Su libro no solo devela a una Margaret mujer, madre, feminista, intelectual, antropóloga…; es también un cuestionamiento constante a sí misma, una contrastación de sus ideas de juventud con las opiniones de una mujer ya anciana y, por ello, mucho más profunda, mucho más sabia; nunca decepcionada de sus anhelos juveniles, de su apego a las utopías, pero con demasiada experiencia en la transformación y degeneración de algunos proyectos, capitalistas y socialistas, como para ser absolutamente incondicional. Así lo reconoce cuando afirma:

Todavía creo en el socialismo; pero hoy me gustaría ver una versión que honrara una gama más amplia de ideas, que cultivara la libertad de disentir, reconociera la diferencia y buscase una fórmula donde pudiesen convivir tanto la identidad individual como las inquietudes colectivas.

Margaret entrega, más que un libro, una lección de honestidad y de crítica, en la que ofrece una mirada suficientemente nuestra para reflejar admiración, apoyo, ideales compartidos, agradecimiento, conocimiento y apropiación real del entorno socio-cultural de la Isla; y una mirada suficientemente ajena para alertar contra las lealtades ciegas, esas que no cuestionan, que se entregan encantadas al carisma del liderazgo, aplauden opciones únicas, se hacen dependientes de un solo análisis, de una sola línea política, y, a la larga, paralizan a la sociedad, la inmovilizan, la condenan a esperar a que se la convoque, a que se la invite.

Tomemos un fragmento en el que hay más preguntas que respuestas:

Viví once años en Cuba. Allí trabajé, crié cuatro niños, escribí libros, traduje, e hice fotos. Estaba bastante cerca de algunos líderes revolucionarios y al tanto de cómo se llevaba a cabo el proceso de toma de decisiones, así que llegué a sentirme parte de ese proceso de alguna manera. ¿Qué decisiones de las que en ese momento pasaron inadvertidas para mí debieron haber sonado la alarma, advertirme sobre un descarrilamiento futuro? ¿Debí haber cuestionado ciertas tendencias, haber sido más escéptica respecto a alguna orientación en particular?

Es este un libro que no limita su alcance a la etapa en que la autora vivió entre nosotros. Incansable amiga de Cuba siempre vuelve, estuvo aquí para la presentación de este texto en la capital, traduce y publica a poetas cubanos para que se les conozca en Estados Unidos, se mantiene al tanto de nuestros avances y retrocesos y alerta, siempre alerta, nos dice:

(…) también me inquieta ese otro ángulo de la vida en Cuba: el control de la información, las restricciones de acceso a Internet, una prensa parcializada, una infraestructura anticuada casi inmune a las reparaciones, las más atroces características del capitalismo que tan fácilmente pueden volver a aflorar, y el mismo grupo, mayormente integrado por hombres, que por casi medio siglo ha permanecido en el poder. La libertad de culto ha ganado terreno en los últimos años, pero la espiritualidad individual sigue despertando sospechas.

A la agudeza de un editor como Alfredo Zaldívar debemos agradecer la publicación de este libro, a su autora el haberlo confiado a nuestra editorial, que puede contarlo sin exagerar como una de las más valiosas muestras de su catálogo. A los lectores los invitamos a conocer la década crucial del setenta, y a observarnos hoy, a través de las miradas cubanas de Margaret Randall.