Por: Laura Ruíz Montes

En 1936, año en que William Faulkner escribió ¡Absalón, Absalón!, la orquesta de George Gershwin interpretó por primera vez  Porgy and Bess y el cine se estremeció bajo las luces de los Tiempos Modernos de Charles Chaplin, nació Margaret Randall. De familia judía, madre escultora y traductora y padre maestro de música, la escritora, fotógrafa, militante feminista y activista social, ha residido por temporadas en Nueva York, Albuquerque, Sevilla, Ciudad de México, La Habana, Managua o Viet-Nam. Vivió codo a codo con los poetas Beats, la Revolución cubana, la Casa de las Américas, las páginas fundadoras e irradiantes de El Corno Emplumado y el movimiento estudiantil mexicano de 1968.

Viajes, urgencias y testimonios: volver a leer a Margaret Randall

Los días del macartismo, el intento de neutralización de la izquierda, la censura y la autocensura, la “aconsejable” imagen de una tranquila mujer ama de casa y un trabajo iniciático en el Centro de Ayuda para Refugiados Españoles crearon en Randall el fundamento de su conciencia crítica. Los años de El Corno Emplumado la sumaron a lo más innovador, rico y emblemático de la cultura Latinoamérica. En 1967 dicha revista dedicaría casi todo un número a la literatura y las noticias de Cuba como colofón a la visita de Margaret Randall a La Habana. Invitada a la celebración por el centenario de Rubén Darío, la escritora había aterrizado en una ciudad diferente, plena de vallas que anunciaban el cambio. Allí se reunió con los más importantes poetas del momento, cubanos y latinoamericanos, hurgó en librerías y desandó las calles de La Habana Vieja preguntándose si toda aquella transformación era real. Al año siguiente regresó para asistir al Congreso Cultural de La Habana. Ambas visitas fueron una especie de preparativo porque en 1969, arreciada la represión política en México, se vio precisada primero a ocultarse y después a intentar llegar a Cuba. La estancia esa vez duraría más de una década de experiencias en “la nueva tierra”.

Casi cincuenta años más tarde Ediciones Vigía presenta “Cuando la justicia se sentía en casa”, de Margaret Randall, plaquette que reúne versos en su inglés original y que aquí aparecen también por vez primera traducidos al español por Katherine M. Hedeen y Víctor Rodríguez Núñez.

La condición de “viajero” que Virgina Wolf reconocía en los intelectuales, encuentra en Margaret Randall confirmaciones fundamentales porque a su desplazamiento físico por una buena parte del mundo se suma su preciado tránsito por diversas regiones del alma de los pueblos, por sus modos de hacer y convivir. Siendo una testigo excepcional no se ha acercado a Cuba desde los estudios académicos o desde una poesía contemplativa o especulativa. Tampoco se ha limitado a contemplar desde el afuera, sino que -adentrándose en el bosque de la isla- ha estudiado cada raíz, cada copa de árbol,  cada resina y cada susurro del viento que se ha deslizado por entre la espesura de todos estos años, intensos, penetrantes y  complejos.

Margaret Randall ha encontrado lugares justos y en no pocos casos ha sabido conservar la distancia necesaria para ver sin juzgar, para enumerar sin que la suma parezca un compendio, para constatar qué ha sucedido después de todas aquellas transformaciones iniciáticas de 1959. Sus viajes de retorno, sus reencuentros, esa mirada, que ha atravesado días, meses y años para dar fe, encuentran asidero en estos poemas que narran lo que su autora vio, sintió, echó de menos o volvió a hallar  en sus  regresos a Cuba.

La memoria al centro de la historia y la experiencia personal vivida en otro de los Sures posibles dejan aquí una impronta poética abarcadora. Una visión  que la poeta confiesa producto de su telescopio imaginario cuyas lentes ella misma pulió a lo largo de años y batallas libradas por ese “pequeño animal” que habita “acurrucado bajo su piel”. El camino entre los deseos y la posibilidad real, las utopías, el malecón de La Habana, el mar -refrescando o llenando de herrumbre-, el testimonio de un período gris, los viajes de ida sin regreso lacerando familias y afectos o las permanencias dentro de las costas de la isla, son materia prima de este cuaderno.

El siglo XX pasará a los anales por muchísimas razones. Una de ellas es la posibilidad de las mujeres de participar en la vida cultural de sus países entrando por la abertura pública que ellas mismas y sus antecesoras lograron después de esfuerzos y desvelos.  Margaret Randall es una de estas mujeres y son estos poemas el reflejo de una urgencia social y política que hace historia y enseña a compartirla. Acostumbrados como estamos a asumir ciertos cambios con una normalidad que no necesariamente tienen, quedamos enmudecidos ante una nostalgia de Randall que si las más jóvenes generaciones llegan a comprender alguna vez es solo porque existen estos versos para explicarlo. La palabra compañera -a la manera de su acepción primigenia, esa que habla de “compartir el pan”- ya no es un término usual en nuestras calles ni en nuestras conversaciones y la escritora cuenta su extrañeza, su no acostumbrarse a esta ausencia que rompe una línea de camaradería, de pan, suerte y caminos compartidos.

Collares de orishas sobre los uniformes, como imagen de rebeldía y sueños; desvíos vergonzosos y paredes descascaradas por la fuerza de la luz del trópico se entretejen con los ritmos de la historia nacional en esta plaquette complementada con ese material que Elizabeth Valero encontró para diseñarlos exquisitamente: la rejilla de los sillones cubanos que en auténtico  trenzado aúna política y vida dando como resultado esas cuadrículas que, como panales de abejas, parecen contenerlo todo: el ayer y el hoy, lo seguro y lo frágil, lo dulce y lo amargo.

Margaret Randall ha afirmado rotundamente que Cuba le dio “once años extraordinarios”. De ese fervor han surgido estos poemas, este seguimiento de las circunstancias, este continuar permaneciendo en la vida cubana, años tras años, verso tras verso, en su legítimo afán de entregar su propia de versión de los acontecimientos, para que la historia -esa que conforman también los pequeños relatos y la cotidianidad de cada quien- sea más rica, más inclusiva y definitivamente mucho más creíble.