Esperando la mañana     Yanira Marimón

 

Todo el mundo se ha ido, no a dormir,
sino a esperar a que venga alguien.

                                                       A.A.

Vamos a la cama creyendo que todo está bien,
hacemos nuestra plegaria a dios
con humildad pedimos por los nuestros:
“Dales salud, dios mío, y una vida larga,
que no conozcan el hambre,
la extrema soledad”
Vamos a la cama y pensamos un poema,
lo repetimos muchas veces en silencio
sin sospechar que al día siguiente
no recordaremos nada
que sólo fue ilusión
una trampa bien dispuesta
para no creer que todo está perdido,
que estamos secos
cercenados y secos como el viejo tocón del patio.

Vamos a la cama y leemos algún
pedazo de la Biblia,
tal vez primera de Corintios 13
para no olvidar qué es el amor,
el irreal e inalcanzable amor
el que no has de sentir por nadie
y nadie sentirá por ti.
Y lo sabes, pero no te importa
y vuelves a leer.

Vamos a dormir con cierta paz
hemos cumplido con los nuestros
procurado el pan
la manta para el frío.
Hemos llevado un poco de consuelo
a alguien, de esperanza.
Vamos a la cama, vencedores,
por un día más hemos logrado burlar la muerte
la soledad
y una pastilla para dormir no hará la diferencia.
Has sido valiente, lo sabes,
soportado el enjambre en las calles
las construcciones desplomadas
el polvo, la humedad.
Y tus pulmones no andan muy bien,
pero inhalas tu medicina
y los bronquios se limpian algo.

Luego viene el sueño
que nos adiestra para esperar la muerte,
el amanecer igual a otros
el soplo de vida
que te hace ajeno y semejante.

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La mujer de la casa de al lado

Agoniza la mujer de la casa de al lado,
se apaga como una llamita tenue
a pocos metros del lugar donde cada noche sueño
y hago la vida.
Hace años la mujer de al lado también tenía sueños
y esperaba el amanecer.

Alguna vez seré la mujer de la casa de al lado
y a pocos metros de mi cama alguien será feliz
y esperará la mañana.
Un día seré esa llamita tenue que se apaga
en medio del aire enrarecido de otro septiembre.

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La Dignidad de la Nieve
 

Cree el calor que doblega la nieve.
La nieve se vuelve agua cada primavera,
pero renace, segura, cada diciembre.
Sabe que este es el tiempo que le fue dado,
por eso acepta su destino, su aparente derrota.
Se sabe dueña del invierno
y con eso le basta.

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A Gel Sominia, la de los Blancos Manicomios

Hay noches en que también se rompen las cortinas húmedas de los ojos de mi enfermera y de allí salen murciélagos enormes que esparcen su polvo sobre mi cabeza. Y aunque siento miedo, me cubro con una manta púrpura y permanezco muy quieta y en silencio.
Es entonces que, vencidos, se marchan a volar sobre otros cuerpos.

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Puertas

Creer en los finales como pretextos o puertas hacia otra dimensión, otro estado. Perdonar a los traidores, aquellos por los que una vez apostaste algo más que la vida. Percibir los umbrales que te conducen inexorablemente a la densidad de la luz, al vuelo continuado hacia otro tiempo. Creer en las puertas que se abren con cada final: el de las edades, el del amor, el de las sangrantes heridas.

Confiar en la cíclica razón, en las invenciones del dolor y la muerte, en la improbable y sublime felicidad. Correr presurosos hacia el fin, convencidos de que a doblar la esquina alguien nos espera, como dios, con los brazos abiertos.

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Mi madre y yo

 

Mi madre y yo apuntalamos el sueño, la casa,
damos sustento a mis hijos casi huérfanos
nos colocamos en la puerta como mástiles firmes
para que no entre el vendaval.

Mi madre y yo espantamos el miedo
protegemos a los niños de la noche,
del hambre que ronda perennemente
y amenaza con atravesar las paredes
e instalarse en la mesa sin padre de familia.

Mi madre y yo cuidamos el jardín
los peces del estanque
el limonero de los antepasados,
detenemos la muerte a golpe de ser muros.
Mi madre y yo, troncos cansados
agrietada tierra
falsas profetas mintiendo a la luz del día
resistentes como acantilados ante la furia del agua.

Mi madre y yo
sin saber cuál de las dos caerá primero.

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La eternidad que habita en mi memoria

Puedes llevarte, mi dios, si te es preciso,
esta piel, esta suerte que inventamos,
mi verdad, el camino que dejamos
por seguir lo tangible, lo conciso.
Esta canción sin vuelo, adormecida
esta voz que le canta a la mañana
y hasta la luz que llega a mi ventana
mi carne temblorosa, anochecida.

Pero no me quites la callada
eternidad que habita en mi memoria
el tenue resplandor de la mirada
esta vana ilusión de ver la gloria
hasta volverme para siempre nada,
un hombre sin pasado y sin historia.

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Yanira Marimón