Yo iba tranquila dentro de una bala

Los poetas que aparecen cuando el reciente fin de siglo suelen jugar con los crepúsculos y con Emily Dickinson. María Elena Hernández Caballero asombra con misteriosos diálogos postreros desde su primer libro. Siempre se está yendo. Esa es la esencial característica órfica que transmite. Una urgente intranquilidad, a la expectativa siempre, señala que el mundo es una esfera que Dios hace bailar sobre un pingüino ebrio. Y el lector de inmediato busca la matriz.

La encuentra y se le pierde una y otra vez, uno y otro poema, entre derrotas y ramas rotas. Es un payaso que observa las desesperanzas. Y claro que ríe. Ahí es donde su voz se singulariza, al menos entre sus coetáneos, para irse a Amherst, simbolizarse en dos versos: We outgrow love, like other things // and put it in the Drawer (“Sobrevivimos al amor, como a otras cosas // Y en el Cajón lo guardamos”, 887). No importa el tema. Es el viaje quien decide desde las aporías existenciales.

Las adherencias ambientales –cubanas o no-- se subordinan al logro de sus palabras: transmitir falacias, lo que se pierde aunque trate de rescatarse. Pero alegremente, sin pesadumbres quejumbrosas porque nunca se llega a aprehender nada, salvo las elipsis. Sus poemas tratan, al hacernos coautores, de involucrarnos: Convertirnos en elipsis. Y a la vez sonreír. ¿Acaso “Ciorán decae”? –se pregunta. Ella no responde. Silencio. Porque dentro de su bala hay un desasosiego que sirve de antídoto contra los bienpensantes de siempre, los decorosos indistinguibles...

Aleteos verbales para despertar desde luego que con una pícara mirada sardónica –de efebo— que recrudece las seducciones en su Cajón de versos.


Por: José Prats Sariol