A Arianni y Amanecer, por supuesto. 

Se había obsesionado con la música.

Con hacer algo único. Irrepetible.

Cuando era niño, sus padres lo sentaban frente al violín, con un pedazo de pan y un vaso de agua que debían durarle hasta el fin de la lección.

Sus padres querían un genio. Un niño genio.

Un Mozart. Y si no, al menos un Beethoven, un Satie, un Bach.

Virtuoso y genio.

El mejor de los violinistas nacidos en este mundo y en las próximas ocho realidades alternativas.

Él se esforzó. Realmente lo hizo. Estudiaba no dos horas, sino cuatro, frente a aquellas cuerdas de violín que se negaban a ser violadas. Se esforzó, hasta que le salieron callos en el cuello, en los dedos y hasta en las nalgas.

Con el paso del tiempo – tras años y años de práctica- se convirtió en un violinista. Mediocre. Graduado de la academia. Miembro de una orquestica de cuerdas que ensayaba en las afueras del pueblo. Y nada más.

Llevaba una vida patética.

Su única compañía era un gato tuerto, cuarenta partituras de diferentes compositores y ocho tratados sobre morfología musical.

Fue entonces que le llegó su momento.

El momento por el que había esperado toda la vida.

Una mañana como otra cualquiera, el director de la orquestica de cuerdas le entregó un manojo de pentagramas y le dijo, casi en broma: Va usted a estrenarme esta pieza.

Aquella noche, en la soledad de su cuarto, el violinista tuvo un ataque de pánico, abrazó al gato de tal manera que casi lo asfixia, regó las partituras por todo el suelo, agarró el atril, enganchó el manojo de pentagramas que el director le había entregado y se decidió a tocar, y a tocar, y a tocar. Insistentemente.

Pronto supo que su talento era una brizna de hierba dentro de un bosque inmenso.

El momento por el que había esperado toda su vida iba a escapársele entre las manos.

Tenía el violín, su persistencia y deseos de tocar, pero aquello no era suficiente.  Ni siquiera extraordinario. Estrenaría la pieza, y recibiría –cómo no- algunos aplausos de las viejas solteronas que asistían cada domingo a los conciertos, cuando más la sonrisa tolerante de los otros músicos a su alrededor. Su momento de gloria duraría exactamente ocho minutos, y luego toda su vida volvería a condensarse a las cuatro paredes de su habitación, al busto de yeso de Beethoven que había colocado en una mesa de noche y al gato bizco que no entendía ni carajo de música.

Era preciso que encontrase alguna manera de alcanzar lo extraordinario, la sombra esa de la genialidad de las que tantos teóricos habían hablado en las biografías y los documentales.

La idea le llegó de repente.

Un lapsus de genialidad, inspirado sin dudas por la presencia de Beethoven que, desde el busto de yeso, lo miraba con sus ojos eternos.

Aquella misma noche, tomó el cuchillo de la cocina.

Fue rasgándose la piel del vientre con mucho cuidado.

Detenía la hemorragia con un trapo rojo.

La carne cedió a los pocos minutos. Él dejó que colgara, apenas sostenida por unos pedazos de piel, bien pegada a la ingle.

Se hizo necesario sacar algo de la grasa, y un poco de epidermis, para que dentro de su vientre hubiera espacio de sobra.

Siempre con cuidado, desprendió las cuatro cuerdas del violín y luego fue colocándolas –agarradas por tiritas de piel– dentro de la cavidad. Tensó las cuerdas, afinó con suma precisión y tomó el arco.

La posición era completamente nueva para él, y algo incómoda, pero el esfuerzo valía la pena.

Durante más de ocho días, se abrió la herida cada noche para ensayar el concierto y, después de varias horas, volvía a cosérsela.

Ni siquiera sentía demasiado temor cuando llegó el momento del estreno.

Era uno de esos domingos patéticos de concierto, a los que solo asistía la gente más aburrida del pueblo, los borrachos trasnochados y aquellas viejitas que parecían todas un clon de la misma vieja, repetidas hasta el infinito en los detalles de las sombrillas, los pañuelos, los achaques, las manías.

Cierto: a veces, el violinista sentía cómo le temblaban las manos, cómo el sudor le resbalaba por las nalgas y se concentraba en los pliegues de grasa. Pero, en general, estaba calmado.

Aquel iba a ser el mejor momento de su vida. Por el que había esperado siempre.

El director alzó la batuta.

Muy lentamente, el músico fue quitándose las pinzas que sostenían la carne de su vientre, sacó el arco, afinó las cuerdas ante la mirada de asombro (o de incredulidad) del director y comenzó a interpretar su solo, más que divinamente.

Hacia el final del concierto, una de las cuerdas cedió.

Las tiritas de piel habían soportado demasiada presión.

Del vientre del músico comenzó a fluir un río de sangre.

El director ordenó un silencio inmediato. Las viejitas gritaban. Todos corrían. Pero él no dejó de tocar.

Todavía le quedaban dos minutos de esplendor absoluto, de la sombra de la genialidad que había logrado asir al menos una vez en la vida.

Lo llevaron al hospital. El diagnóstico fue certero: infección aguda, peligro de muerte por pérdidas masivas de sangre.

A los dos meses, fue dado de alta.

Los principales conservatorios, teóricos musicales y hasta los medios de difusión masiva lo esperaban como las moscas a punto de caer sobre el dulce.

Hoy, alrededor del violinista, se reúnen las jóvenes promesas del mundo musical, que vienen desde tierras bien lejanas a nutrirse del Maestro. Aprenden nuevas técnicas de afinación corporal, ensamblaje de cuerdas en tiras de carne, además del oficio de luthieres de vientre y especialistas en transfusiones.

El pueblito se ha convertido en la Meca de la música contemporánea a escala mundial. 

A él lo llaman el nuevo Mesías, el renovador y transformador de las técnicas instrumentales. Lo comparan con Beethoven y con Mozart, y varias instituciones y conservatorios se disputan su nombre para crear nuevos centros de formación de violinistas, chelistas y violistas corporales.

Los titulares de los periódicos proclaman: HA NACIDO UNA ESTRELLA. A STAR IS BORN, y aplauden como locos cada vez que, en los escasos conciertos que el Maestro ofrece, una cuerda cede y el reguero de sangre salpica a las primeras filas de los espectadores.

Al fin y al cabo, es la sangre de un Genio.

 

22 de febrero de 2012


Elaine Vilar MadrugaElaine Vilar Madruga
(La Habana, 1989). Narradora, poeta y dramaturga. Ha publicado, entre otros, Al límite de los Olivos; La hembra alfa; Promesas de la Tierra Rota; Salomé; De caballeros y dragones y Sakura.