a qué país volverCasa, isla, espacio de trasfondo a una realidad que se advierte con la simple ubicación dentro de una celda donde dos monjes que no lo son se redescubren. Volver como alternativa a no haber partido: otra ilusión que desenmascara el discurso y lo corroe. Si digo entonces qué es volver, ¿quién creerá que yo sé qué significa ese regreso? Volver entonces no es más que leer, y a eso invito. A qué país volver es un trazado por una ruta, algo inatrapable a no ser con los ojos. Camino, vereda que marcha en pos de una estancia más o menos equivalente de la pertenencia. La duda de a dónde se debe volver se signa en una certeza. Son códigos que atrapan al hombre/la mujer en su círculo quizá vicioso.

He leído este libro con el placer que tiene sugerirlo como lectura. Lo he leído con la certeza de que alguien más que yo va a pensar las sinuosidades del viaje, y de la estancia en la Isla. Por eso me fascina la metáfora final de las islas como serpientes, algo para descansar, para la diferencia con respecto a otros sitios del mundo. Algo que o está recogido o que se extiende, como la Isla nuestra, más allá de su equivalencia como accidente geográfico.

Laura construye y nos conduce por un espacio narrativo. Y sí, narrativo, no me equivoco, porque el discurso avanza. Las distintas partes del cuerpo son una historia, la historia de su paso, regreso a un país, ¿que será el suyo? Y como voy ojeando en un software el libro, ¿a qué país entonces yo también regreso?

Siempre he meditado la lectura desde una perspectiva de que tengo un destino. Cuando leo un libro de viajes las hazañas de lo cotidiano se me permutan en hazañas de caballeros medievales o personajes de las distintas mitologías. Suerte que tenemos en este mundo de tantas mitologías que nos vanagloriamos de construir mitologías extraterrestres. Libro mito, parábolas más que suficientes para repensar la isla y las ciudades, el cuerpo, la meditación de cómo llegar al amor. Si digo mito digo también verdad. Si digo hazañas digo saludo cotidiano, pero cotidianeidad distinta, atrapada en el hábito de ser lectores–viajeros por un rumbo casi predecible si no fuera porque cuando pensamos que en el texto siguiente nos encontraremos con otra cuadra de la ciudad aparece un vuelo, un paisaje lunar o unas paredes de claustro superpuestas a nuestra imagen del mundo.

Antes de pensar qué decir de este libro, alguien, que ya lo había leído, me comentó que las secciones finales eran lo que menos le favorecía del libro. ¿Cómo vamos a comprenderlo sin esos fragmentos? ¿Cómo vamos a verle el rostro a Laura si le quitamos la ilusión de fantasear y la capacidad para decirnos, parodiando a Whitman, “quien me lee toca una mujer”? ¿Cómo vamos a saber de la existencia del libro si precisamente su existencia está aquí?

Lo último que leí es que la Pálida y la Lejana se encuentran. ¿Será que de ese modo Laura Ruiz pudo saber a qué país se regresa? Suerte para nosotros que la tengamos, en su sano juicio, yendo y viniendo por un libro que, aunque es una duda, se lee como si siempre supiéramos que llegaríamos a casa sanos y salvos. Suerte también, para mí, haber escrito estas palabras escuchando a Aerosmith, bien tranquilo y disfrutándolo, como remembranza de ese mundo tan caótico que es el nuestro.

(*) Palabras sobre A qué país volver, de Laura Ruiz. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2007
Viñetas de Rolando Estévez

Por: Gaudencio Rodríguez Santana
(Perico, Matanzas, 1969). Ha publicado entre otros, los libros de poemas "Accidentes", (Ediciones Matanzas, 2003), "Teatros vacios", (Ediciones Matanzas, 2003), "En la moviola", (Ediciones Avila, 2006)

 

 


Selección de Poemas

Selección de Poemas

Ruta maya

Estamos ante la escalinata.
Sabemos que tiene sesenta y cuatro gradas
y dos mil doscientos jeroglíficos.
Sabemos que en la reconstrucción
se mezclaron las piedras y ya no hay cronología.

Perdimos toda posibilidad de encontrar señales
que digan cómo comportarnos,
qué comer,
a quién saludar y a quién no.
Por fin estamos recorriendo los sitios de las ceremonias
y vemos que todo puede ser alterado.

¿A cuáles dioses invocaremos
si ya no estamos seguras de nuestro privilegio de viajeras?
¿A qué país vamos a volver?
Quién asegura que en la ausencia no recolocaron mal las piedras.
Quién asevera que las puertas de entrada
no sean ahora y para siempre las de salida.


 

Mercancías

Cuando entraron las momias a Egipto,
las aduanas, los oficiales no sabían qué impuesto cobrar.
Como pescado salado entraban las momias.

Atravesé el aire.
Llegué a otro hemisferio.
De Norte a Sur casi sin esfuerzo.
Las aduanas, los oficiales no sabían qué impuesto cobrar.

Como pescado en tarima,
con los ojos desbordados,
entramos los isleños al continente.
Faltándonos el oxígeno, aleteando.
Creyendo burlar todas las leyes.


 

Carretera a Isla Negra

La perra no tiene hijos
                sólo pulgas y ojos de perra.
Como una duquesa sucia
finge que duerme.
               
Le doy las vísceras que quedaron después de la sopa.
Me tomo el caldo,
me cuido como a una convaleciente.
Vi una animita en el camino a Isla Negra.
A veces no sé si soy una niña muerta
/o una niña enferma.


 

Costuras

si fuéramos dos clérigos pobres que saben latín...
clérigos sin país ni identidad,
si estuviéramos juntas en la misma celda...

no aprenderíamos chino como Pound.
tejeríamos con hilos de araña la costura de atar tus rodillas
para que no se desprendan los huesos que podría roer el perro.

huesos cosidos

dos clérigos pobres que saben latín...
estudiando el Legado de Francois Villon,
pensando qué dejarnos la una a la otra.

dos clérigos pobres, tú y yo en una celda.
dos clérigos    dos pozos infinitos

polvo y ceguera        sombreros rotos

con hilos de arañas
haríamos la costura de sanar mi estómago.

estómago cosido

clérigos pobres que saben latín...

dos niñas solas
desnudas y tentadas,
jugando a papel   piedra   tijera
cada una en una esquina de la celda.
preguntándose qué pasará primero.


 

Ilustración

                                  Abusé. Fui abusado.
                                               J. Kozer.
Contemplo
        -por turnos-
como soy
        -por turnos-
mártir o brutal.
Así, aprendo, por turnos.

Paso los dedos por la cara antes de mirarme al espejo.
Recorro las marcas
para saber quién ha amanecido.

Se amanece mártir
o se amanece animal.

Se despierta saco de arena
-donde los otros golpean.
Dolor abdominal intenso,
ojos de perro triste, aliento que se corta.

Al clareo,  se rompen los puños contra el fardo.
No le creas al saco de arena si gime.
No te creas si te parece que al saco le han salido ojos.

Se despiertan los sentidos en la mañana
y las secreciones vuelven la mirada salvaje.
Tela de araña en los ojos de la bestia.
Tela de araña,
tejido de atrapar y cazar.
Hocico reseco que planea la caída de otros.

Abusé, dijo quien cose delicadamente las costuras del país.
Si el sastre abusó
¿por qué no habría de abusar yo?

La diferencia entre el sastre y yo es mínima.
Él hace dobladillos al país.
A mí me penetra la aguja en los huesos.

Soy mártir cuando el sastre cose,
sacrificada, como él, soy,
por el deseo de zurcir la ropa-Isla,
la tela-piel,
la frente-ala de sombrero.

Fui abusado, dice el sastre
mientras dedica horas enteras
al aprendizaje de las patas de gallina.
Piel de gallina oscurecida se les pone a los otros
cuando despunto bestia,
animal sin cuna ni remedio.

Racimo de pesadillas envuelve a los sacos de arena
antes del amanecer.
Manojo de miedo sólo de pensar en mí.
No quiero creerles cuando veo que le asoman ojos.
Como no quiero, no les creo.
Ah! potencia de los verbos.
Ah! desteñido manual del español correcto.

Pero cuando descubro los sacos empapados de sudor,
doblados sobre su panza sílice, desinflados,
y  miro la arenisca saliendo
igual que fluye el orine de los cuerpos que van a morir,
cuando empiezo a conocer la idea de la culpa,
ya deshice las costuras,
rompí las agujas y sólo dejé a mis espaldas
costales agujereados e inservibles
que nadie, ni el sastre mayor,
podrá recomponer jamás.

Ya es tarde, ya abusé,
y eso, como la muerte, el vómito o la lluvia,
no regresa, no vuelve atrás, es  irreversible.

Sólo queda ser abusada,
sentarse a esperar el turno de ser mártir.


Laura Ruiz Montes
Laura Ruiz Montes

(Matanzas, 1966) Ha publicado entre otros, La sombra de los otros en la colección Pinos Nuevos, Lo que fue la ciudad de mis sueños, en Bartleby Editores, España. El camino sobre las aguas, Ediciones Unión