AbigailAbigailI. ¿ Erotismo o Pornografía?. Esa es la cuestión.

   ¿Erotismo o pornografía?. Eros, Dios del amor, encargado de cohesionar y armonizar el universo da origen al primer término, al que generalmente se asocia la sensualidad y el disfrute que nace de la atracción física o platónica de dos seres. Puede manifestarse con la no presencia del amado (a) y quizás a estas particularidades se deba un poco que en sus manifestaciones visuales, plásticas propiamente, o literarias, el erotismo no esté dirigido a provocar o escandalizar.

La pornografía se le asemeja en algunos rasgos, a la vez que se le “opone”. La diferenciación entre uno y otra puede ser muy subjetiva. Según lingüistas y estudiosos del tema, la pornografía es la “descripción o exhibición explicita de actividad sexual en literatura, cine y fotografía, entre otros medios de comunicación, con el fin de estimular el deseo instintivo, más que sensaciones estéticas o emocionales” (1) El erotismo sugiere. La pornografía muestra sin prejuicios, con desfachatez. Simplemente los ignora y hasta se permite jugar con ellos, desconociéndolos, burlándolos. 

Como puede apreciarse y, también a diferencia del primero, el término, como su acepción, son más contemporáneos y más cercanos en el tiempo a las manifestaciones artísticas a las que se ha asociado, específicamente a la fotografía y el cine. En literatura los ejemplos datan de siglos, hallándose visos de pornografía en el Decamerón (1353), de Giovanni Bocaccio, Las amistades peligrosas (1782), de Choderlos de Laclos y en El amante de lady Chatterley (1928), de David Herbert Lawrence (2), tildada de obscena en su tiempo. 

En la fotografía erotismo y pornografía se apropiaron pronto de ese nuevo lenguaje plástico que habría de conmover de alguna manera los moldes academicistas de la pintura y de otras manifestaciones afines, ante el surgimiento de una técnica devenida arte y que no precisaba de interminables jornadas para captar la realidad tal como se mostraba ante los ojos del artista. Claro que la historia no se quedó ahí y hoy podemos disfrutar en las exposiciones y colecciones permanentes de los museos más notables del mundo ejemplos de fotografías que tienen mucho de la pintura y viceversa.

En la fotografía la llamada “pornografía ingenua”, por ejemplo, fue muy practicada hacia los finales del siglo XIX y los inicios del XX. Colecciones completas de esta manifestación se han exhibido en prestigiosos museos como el Regional de Oaxaca, México, donde se conservan decenas de aquellos retratos, “construidos”  para el goce masculino y cuyo acabado e imaginación hablan a favor de lo lejos que llegaron los fotógrafos en el perfeccionamiento de la técnica y en la manipulación de la imagen. 

Hacia esta época, la fotografía en Cuba, se hallaba ocupada en las escenas épicas y desgarradoras que le proporcionaron sucesos como la Guerra del 95 o la Reconcentración, decretada durante el conflicto, por el Capitán General Valeriano Weyler. La paz llegó casi a la par que la centuria XX, que en sus primeras décadas deparó a la Isla un período de cambios y acomodamientos, enmarcados por conflagraciones mundiales, a las que resultaba difícil dar la espalada. Hubo un momento, sin embargo, en que artistas como el fotógrafo santiaguero Joaquín Blez dirigieron su mirada, entiéndase su lente, hacia el cuerpo femenino, desnudándolo y haciéndolo portador de imágenes edulcoradas y sensuales que le dieron la vuelta a Cuba y que legitimaron su obra, a través de la portada e interiores de emblemáticas revistas como  Social, El Fígaro y otras. 

Estas son, en parte, las referencias iniciales de Abigail González Piña (Matanzas, 1964), cuya obra ha sido tachada por algunos de pornográfica y quien debe ser valorado, más allá de las lastimosas etiquetas por la naturalidad con la que ha mostrado no sólo las “mentiras”, sino las verdades del cuerpo y por esa “poética de lo cotidiano” que  le ha granjeado un lugar dentro de la historia de la fotografía en Cuba. No obstante, si nos plegamos a ese afán de rotular individualidades y maneras de hacer en el arte, habría que sugerir, más que afirmar que en Abigail, erotismo y pornografía en ocasiones se confunden y a veces se deslindan y explicitan sin tapujos ni remordimientos.

Aunque la obra de este fotógrafo tiene sus antecedentes en la década de 1980, ella se enmarca en la generación de los noventas, cuando se dan a conocer las series que legitimaron su poética. Mientras tanto, otros hacen lo suyo en diferentes puntos de la Isla, un tanto ajenos a lo que sucede en cuartos oscuros que desconocen y que están signados por la calidad y el desenfado en el decir, rasgo común entre estas miradas, especialmente diferentes.

La década del 90 abre otros territorios a la creación fotográfica. Se empieza a experimentar con nuevos códigos visuales para plantear problemas ecológicos, sociales, de género, sexuales, raciales. Este grupo de fotógrafos no se articula de forma homogénea. Entre ellos hay diferencias generacionales y de formación académica. Constituyen una heterodoxia imposible de enmarcar en esos conjuntos que tanto apasionan a los críticos.

Dentro de esta diversidad están René Peña, Juan Carlos Alom, Manuel Piña, Eduardo Hernández, José Angel Toirac, Carlos Garoicoa, Cirenaica Moreira, Abigail González, entre otros. (3)

De los asuntos recreados por la fotografía cubana contemporánea, es el desnudo el que define la obra de Abigail. En su Historia de la fotografía en el siglo XX,  Petr Tausk ha subrayado que “El desnudo es, con razón, uno de los temas más preferidos de la fotografía moderna, puesto que permite infinitas posibilidades de estilización formal, donde el embrujo del cuerpo puede subrayarse en múltiples variaciones”. (4)

La mayoría de las series fotográficas de este matancero recalcan en el erotismo y en el desnudo sensual o en ese más “primitivo”, en el que insiste con sagacidad y que suele asociar a los “rituales del cuerpo”, por remitirnos a rincones, trivialidades y cotidianos secretos del ser humano que pocos tienen la valentía de mostrar con entera sinceridad y que para muchos resulta una invasión a cierta clase de conciencia “moralista”. En este sentido, en Abigail, como en los restantes cultores del desnudo fotográfico actual, el tratamiento del tema “ha subvertido la tradicional naturaleza erógeno-contemplativa del género para convertirse en un elemento de análisis sobre y desde el cuerpo; ha redimensionado el contenido humanista del cuerpo” (5)

La curiosidad es una suerte de resorte que mueve a González Piña a indagar constantemente en la geografía de la anatomía humana y, más aún, en las motivaciones y experiencias íntimas del hombre. Sin remordimientos escudriña, invade, penetra y muestra lo supuestamente obsceno, eso que a muchos les cuesta revelarse a sí mismos. Sencillamente provoca e invita a descubrirnos sin reservas. La recreación, exenta de tabúes, de la sexualidad humana, es presentada con entera franqueza, sin simulaciones. Apreciada desde afuera, ciertamente pudiera remitirnos a la pornografía por la presencia invasora y cómplice del lente, y por lo tanto, del fotógrafo, cuya intención final es la de mostrar. Así, “presenciar un acto íntimo [afirma la Crítica de Arte Iliana Cepero, en su artículo Entre los límites de lo incierto] nos convierte en participes de lo observado. Esta rara sensación penetra la obra de Abigail. Su inclinación por la esfera privada devela una preocupación  que recorre el arte de hoy: los confines donde lo público y lo privado interactúan” (6)

II. La mujer. Protagonista.

Otro rasgo de la creación fotográfica de Abigail es la presencia recurrente de la mujer. Como Blez, estimado un clásico en el tratamiento del desnudo femenino, y también a semejanza de otros artistas que le han precedido, el cuerpo femenino le obsesiona. La diferencia consiste en la manera o las diversas maneras en que lo asume. Él no sólo se apropia de los modelos más “adecuados” de acuerdo a los cánones de belleza clásicos o contemporáneos, sino además de aquellos que no pasan de ser rostros y figuras comunes y que por lo tanto se insertan, de manera más coherente, en los contextos cotidianos de propuestas  a la manera de  Ojos desnudos (1992).

Con su visión incisiva y desprejuiciada reveló en esta serie prácticas y poses cotidianas como la de un hombre –él mismo- orinando en un inodoro o la de una mujer aseándose, la mayoría de los “cuadros” en contextos de escaso lujo y regular gusto. Reveladora de una aguda penetración psicológica e intimista, la serie validó su inserción dentro de esa poética de lo cotidiano a la que su nombre se ha asociado y le abrió las puertas de importantes instituciones nacionales e internacionales. Avalada por su aceptación inicial en Canadá, las triviales y “crudas” imágenes de Ojos desnudos han sido solicitadas por curadores y galeristas de Estados Unidos, Francia, Alemania, Austria e Inglaterra, donde se han valorado - por la naturalidad con que la que se muestran los cuerpos y por los realistas contextos en que ellos se desenvuelven - como testimonio de la realidad doméstica y espiritual de la Cuba de estos tiempos.

En la lograda naturalidad de las fotos de esta serie, su autor, quizás sin proponérselo, se acerca al estilo fresco y para nada retórico de Václac Jíru (7), quien se aleja de las edulcoradas fotos de estudio, empleando modelos no profesionales, así como ambientes y poses naturales que le confieren un vuelo de autenticidad particular a las imágenes logradas. La manera en la que el cubano “descubre” las verdades del cuerpo, con todo lo que ellas puedan expresar contra los cánones estéticos tradicionalmente aceptados, es una audacia que contribuye a reforzar su discurso. Acusados por algunos de vulgar por esas escenas en las que detractores y apologistas se han visto retratados, Serie. Tarjetas de visitaAbigail continúa develándose y develándonos. Y es que en sus fotografías está el hombre desnudo de frivolidades y ajeno a esa civilización que puertas afuera lo obliga a disfrazarse constantemente mostrando un rostro que pocas veces está en armonía con el auténtico.

La serie Tarjetas de visita es una suerte de homenaje a la referida pornografía ingenua. Naturalismo y realismo ceden su lugar aquí a poses bien cuidadas, a rostros bellos, con expresión de ingenuidad y cuerpos semidesnudos que al descuido sugieren, acentuando el mensaje de erotismo y sensualidad que el artista se propuso en esas escenas solitarias en las que las muchachas retratadas parecen decir: “aquí estoy, mírame”.

Un resultado semejante es el que logra en sus Postales de Hamilton, homenaje al fotógrafo David Hamilton, donde la mujer vuelve a ser protagonista. A partir de la apropiación de ciertas intenciones del fotógrafo británico, juega de una manera inteligente con lo supuestamente erótico y lo supuestamente pornográfico, para al final dejarnos con la duda. Hamilton es descontextualizado y dos adolescentes muestran al espectador sus cuerpos desnudos rozándose suavemente en poses que paradójicamente no provocan la sorpresa, por la naturalidad y la delicada aproximación con las que sugieren lecturas disímiles.

Este asunto, lo ha abordado en más de una ocasión, recientemente por ejemplo en su pequeña serie Amigas (2004), y ha motivado que algunos críticos asocien su obra con la del pintor Gustavo César Echeverría Estrada “Cuty” (La Habana, 1960), a quien se le conoce por sus lienzos y dibujos de mujeres en situaciones y poses íntimas, a menudo lésbicas, como las de Baño privado y Baño ajeno.

A propósito de este parentesco en el discurso de ambos artistas a mediados de esta década el Centro Provincial de las Artes Visuales, de Matanzas inauguró la exposición Lugar común. Curada por Helga Montalbán, en ésta Abigail exhibió sus Lecciones del Kamasutra, cuya poética está muy cercana  a lo que ya planteaba en Ojos desnudos en relación con el cuidado de la “escenografía”, la iluminación y la actuación desenfadada de los cuerpos desnudos. Un hombre y una mujer se abstraen de la presencia del voyeur y sencillamente disfrutan del juego sexual en posiciones que impactan al espectador, tal vez por recordarle lo que aconteció en la intimidad de su cuarto la noche anterior.

El desnudo masculino también ha sido abordado por Abigail, aunque en menor medida que su opuesta. Este aparece en las rutinarias imágenes de Ojos desnudos y particularmente en Lecciones del Kamasutra, en la que macho y hembra se imbrican como un todo en escenas que tributan el legendario libro chino. Recientemente lo ha incorporado en proyectos de matiz comercial, para apoyar ciertas intenciones eróticas y reforzar la imagen sensual de la mujer

En su extenso y prolífico quehacer sólo hay una serie en la que el hombre es el protagonista exclusivo. Osado por naturaleza, no buscó modelos ajenos y se tomó una vez más como autoreferencia para mostrar en Mentiras del cuerpo a un ser andrógino, que más que reafirmarlos, rehuye de sus atributos naturales. La ambigüedad late en imágenes que se remiten a diferentes partes del cuerpo y en las que el hombre muestra su lado femenino en un rostro que tiene de ambos y a través de prendas y poses “perversas” que lo acercan al travestismo y que, en una primera mirada estremecen por lo atrevidas y conscientemente desprejuiciadas.

III. Lenguaje teatral

El vínculo con el mundo teatral define también el quehacer fotográfico de Abigail, quien construye no sólo la escena, sino todos los detalles que la componen. Nada de lo que se ve es resultado del azar, de manera que el discurso visual, lo mismo que el conceptual se superponen uno y otro, de acuerdo a las intenciones del artista. En este sentido la estética que se plantea es deudora de la legitimada por los norteamericanos Joel- Peter Witkin, Les Krims y el desaparecido Robert Mapplethorpe. De ellos ha recibido influencias que tienen que ver con ese apego por el lenguaje escenográfico y el universo teatral.

En el caso especifico de la huella de Les Krims (8), es apreciable la escenografía de esas imágenes que por su naturalidad no parecen pensadas a priori y en las que es elocuente la inserción de este artista en el art pop. No obstante la disposición, aparentemente espontánea, y casi descuidada de cada uno de los objetos que rodean a los modelos,  en Abigail, como en  Krims, el ambiente juega un rol trascendental. No se deja margen a lo casual. Todo es premeditado y colocado en su lugar a manera de escenas preconcebidas y en este sentido la intención narrativa es también importante. El gusto del norteamericano por lo grotesco, manifiesto en sus personales fotografías de ancianos desnudos, es un elemento que también sacude en algunas de las series del matancero.

Así, en Ojos desnudos y en Lecciones del Kamasutra, los cuerpos son los protagonistas, pero nada de lo que forma parte de las escenas en que ellos interactúan es excluyente. El discurso teatral está definido por lo trivial de los ambientes y también, en alguna medida, por lo grotesco. Los contextos precarios enmarcan, en general, las fotografías de las referidas series. Las sábanas corridas, un televisor ruso, una pluma colocada como al descuido sobre la cama, una cocina rudimentaria, un equipo eléctrico, rígido y erecto frente a la movida escena, una pared demacrada y ataviada con adornos kistch, son parte de las escenografías de Abigail, a las que el individuo o la pareja se incorpora como parte de un libreto y asumiendo el rol que se les ha asignado.

La luz, componente clave de los lenguajes fotográfico, teatral y plástico en general, tampoco es una luz casual. Ya sea la artificial o la insustituible natural que entra por una ventana, ella recae justo donde el fotógrafo pretende resaltar algún detalle. A la usanza de los escenográfos y de los pintores clásicos estudia la iluminación, la cuida y se apropia de ella para emplearla en el momento y lugar indicados.

IV. Los clásicos. Su nuevo contexto

1993 marcó una pauta para el discurso fotográfico de Abigail. Crea su Réquiem por los clásicos, quizás el más elaborado e ingenioso de sus trabajos. Cuatro fotografías integran inicialmente la serie, expuesta y premiada en el Primer Salón del Cuerpo Humano Nudi 96, auspiciado por la Fototeca de Cuba y el Consejo Nacional de las Artes Plásticas. En este delicioso conjunto, de claras influencias post modernistas y enriquecido años más tarde  (1998) con nuevas fotos, se apropia con toda intención de afamadas obras de Velázquez, Manet, Ingres y Goya para demostrar cómo pinturas que fueron verdaderos escándalos en sus respectivas épocas pueden pasar hoy por ingenuas, de la misma manera que, con el devenir de los años, pudiera ocurrir con sus creaciones.

De homenaje pudiera catalogarse esta serie, en la que Abigail cita y recontextualiza la obra de aquellos transgresores de normas “sociales” y estéticas que se aventuraron en el delirio de mostrar el cuerpo femenino desnudo de artificios y prejuicios.  La gran odalisca, de Ingres,  Olympia, de Manet,   La maja desnuda, de Goya y La Venus del espejo, de Velázquez, son “trasladadas” de la segura quietud de sus marcos a un espacio contemporáneo, que bien pudiera ser cubano o de otra latitud. Las poses se reproducen de manera casi exacta y a diferencia de otras series, caracterizadas por el desenfado y lo supuestamente “casual”, ésta nos remite a los moldes de la fotografía de estudio y en algunos exponentes al llamado “desnudo glamour”. Así, los “detalles”  ascienden a la estatura de protagonistas y contribuyen a apoyar el discurso del fotógrafo.

En el caso de la última obra referida, pintada por el español Diego Silva Velázquez entre 1651 y 1660, se trata de uno de los primeros desnudos de cuerpo entero de la pintura española, definida durante siglos por su carácter religioso y oficialista. A diferencia de ésta, la “Venus” de Abigail no cuenta con la presencia del Dios Eros, que muestra a aquella un espejo, donde su hermoso rostro se ve reflejado. En la fotografía, el espejo es portado por un ser humano - una mujer- cubierto por una sábana  y la imagen reflejada es la del pubis femenino. Realza el conjunto en blanco, negro y sepia, un marpacífico rojo que es sostenido por  el mismo personaje del espejo y cuya simbólica irrupción en el conjunto está asociado a la sexualidad, al erotismo y a la lujuria.

Perfeccionista declarado, distante en el tiempo y en el sentir de aquellos genios, Abigail reitera su obsesión por la forma, la luz, el encuadre, en otros términos por la escenografía, que en este caso es mucho más sobria, a tono con las características de la propuesta. Blanco, negro y sepia apoyan sus intenciones de fusionar lo clásico y lo moderno, lo perecedero y lo inagotable. Sólo algunos detalles en rojo, como se ha referido, centran la atención en zonas que al artista le interesa subrayar. Su excelente  y bien concebido manejo del sepia contribuye a su intención de imprimirle un hálito de vetustez a las fotografías, a semejanza de las realizadas a principios del siglo XX por el citado Joaquín Blez.

V. Trascendencia

Abigail no persigue escenas callejeras, ni exteriores conocidos que pudieran imprimirle a sus fotos ese toque de contemporaneidad citadina que a la vuelta de unos lustros, las transformarían en documentos.  Es por ello que, con toda intención, rehuye de esa visión folclorista de lo cubano. Detrás de sus escenografías y de esas poses que se inventa, palpita un mensaje testimonial de su tiempo que es el nuestro, de la forma en que la mayoría de los cubanos se desenvuelven hoy en determinadas facetas de sus vidas, particularmente en la intimidad, en la relación que establecen con su cuerpo y con su yo más íntimo.   En sus fotografías, cuidadosamente diseñadas, las “escenas” son apropiadas de un mundo real, casi siempre el suyo, que bien pudiera ser el de cualquier otro individuo. Así,  una cocina sin mucho atavío y nada pródiga, un primitivo baño o una sala kistch, constituyen fragmentos que en conjunto hablan de una cotidianidad, la nuestra. Abigail aprecia en todo ello signos y referentes que a simple vista pueden parecer intrascendentes, y que, sin embargo, encierran todo ese universo cotidiano, cargado de atmósferas, situaciones, aspiraciones, lujuria y porqué no de historia. En su método fotográfico, todo ello está implícito como también esas dotes suyas de director escenográfico que lo hacen obsesionarse por todos los detalles.

Su obra se conserva en colecciones institucionales y privadas de diversas partes del mundo. También en importantes publicaciones nacionales y extranjeras como Revolución y Cultura, Arte Cubano, La jornada semanal, (México), Vogue (Francia) y Asahi Camera (Japón). Su prestigio como fotógrafo y  como artista ha sido respaldado por los más autorizados críticos y lo ha conducido a integrar lo mejor de la fotografía insular contemporánea. Con tal suerte, su nombre aparece en obras como  Cuba. 100 años de fotografía y Antología del desnudo femenino en la fotografía cubana.

En los últimos años, ha estado vinculado a importantes sucesos artísticos como la Subasta Humanitaria de Arte Cubano Contemporáneo, primera de su género en Cuba, celebrada en la Casa de las Américas, en noviembre del 2000, con el coauspicio de la Fundación Ludwig. 74 artistas cubanos, la mayoría de reconocimiento internacional, participaron en esta subasta en la que Abigail exhibió su serie Réquiem por los clásicos, adquirida en la ocasión por una coleccionista norteamericana. 

Con igual rango de importancia en su discurso estético, Abigail, fotógrafo y cineasta  se mueve con soltura con una y otra cámara.  En relación con el cine se plantea un trabajo experimental que busca mezclar géneros y provocar estados de ánimo, todo con un lenguaje muy personal. La fotografía, más sencilla en su formato, pero enorme en sus posibilidades expresivas es ya parte de su vida. A través de ella se ha adentrado en ese mundo intimista y de lo cotidiano que pocos se han atrevido a tocar y que imágenes como las de Ojos desnudos nos los ha descubierto, tal cual es.

Hoy, el cuerpo humano, despojado de represiones, continúa siendo el objetivo de su lente. Absortos ante el extremo y casi crudo realismo de imágenes como las de Ojos desnudos, descubrimos en ellas deseos, sensaciones y cotidianas intimidades, que por rutinarias e “intrascendentes” nos sorprenden desde la inmutabilidad y el ilustrativo desenfado de su soporte.  Incansable en su búsqueda de realidades y de nuevos recursos expresivos, ha comenzado a experimentar con los colores, particularmente en su reciente incursión en el mundo de la moda, donde a la belleza de los modelos ha incorporado toda una carga de simbolismo que subraya nuevas intenciones. Ya sea en ambientes cotidianos o en el más sofisticado de la moda, el artista, con su ya reconocida y divulgada experiencia, seguirá revelándonos esos mundos tan intimistas como curiosamente sorprendentes.


 

Citas y notas.

(1) Enciclopedia de Consulta Microssoff 2004. s.p

(2) Este escritor y poeta británico (1885-1930) fue es uno de los autores de su país que se destacan en la corriente naturalista. En sus narraciones, cargadas de simbolismo, se estudian y exaltan con profundidad psicológica, las relaciones humanas, especialmente sexuales. Además de su referida novela, El arcoiris (1915) y Mujeres enamoradas (1925), abordan estos temas y a primera fue oficialmente prohibida por su marcada “obscenidad

(3) Jorge Fernández. “¿Qué es la fotografía?”. En: Arte Cubano. Revista de Artes Visuales. 2-3/ 2003.

(4) Petr Tausk. Historia de la fotografía en el siglo XX. Santiago de cuba. Editorial Oriente. 1984. p.175

(5) Rafael Acosta de Arriba. “Un siglo de desnudo fotográfico en Cuba”. En: El signo y la letra. La Habana. Ediciones Pontón Caribe. s.a. 2001. p. 285.

(6) Petr Tausk. Historia de la fotografía en el siglo XX. Santiago de Cuba. Editorial Oriente. 1984. p.177.

(7) Iliana Cepero. “Entre los límites de lo incierto”. En: Arte Cubano. Revista de Artes Visuales. 1/2001.

(8) Nacido en Nueva York, en 1943, Les Krims logró gran prestigio en el mundo del arte con sus fotografías surrealistas y de ancianos desnudos, que generalmente llevan implícitas la narración de una historia, como su antológica foto de la anciana semidesnuda sirviendo un caldo en el ambiente cotidiano y notoriamente “pop” de su comedor.


Por: Mireya Cabrera Galán. 1963.investigadora y museóloga. Graduada de licenciatura en historia de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana. Labora como investigadora y museóloga en el Museo Provincial Palacio de Junco , de Matanzas. Ha publicado varios artículos sobre temas de historia y arte en la prensa provincial de Matanzas. Pinos Nuevos, 1999, por su libro El Ateneo de Matanzas.Reside en Matanzas. Bibliografía activa: El Ateneo de Matanzas.

 

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