Mylene Fernández PintadoEn la cuentística escrita por mujeres en la década del '90 destaca el nombre de Mylene Fernández Pintado, cuya labor creativa comenzó a hacer eco en los círculos intelectuales de la capital en dicho período. La autora, nacida en Ciudad de La Habana en 1963 y residente en la actualidad entre esta y Lugano, Suiza, es Licenciada en Derecho por la Universidad de La Habana desde el año 1984 y durante algún tiempo trabajó como asesora legal en el Instituto Cubano de Artes e Industria Cinematográficos (ICAIC). En su haber como narradora destacan dos menciones al premio otorgado por La Gaceta de Cuba, una en el concurso “Fernando González” en Colombia y otros concursos internacionales en el género del cuento, así como la obtención en 1998 del “Premio David” en el mismo género por su colección de relatos Anhedonia, publicada por Ediciones UNIÓN en 1999; el premio cubano-italiano Ítalo Calvino en el año 2002 y el Premio Nacional de la Crítica Literaria en el 2004, por su novela Otras plegarias atendidas, publicada también por la editorial Marco Tropea en Italia, galardones que contribuyeron sin dudas a la consolidación de la escritora y al creciente interés de la crítica literaria especializada por ahondar en los rasgos de una escritura femenina novedosa en el entonces controvertido panorama de la narrativa nacional.

Ambas obras consienten, como parte de una línea creativa a la que la autora ha venido acostumbrando al lector atento a sus textos, el acercamiento a ellas desde una perspectiva centrada en las problemáticas teóricas sobre el género[1]. Tanto los relatos que integran el primer volumen como la novela pueden ser entendidos cual especie de creación literaria que deriva de una sensibilidad genérica específica, gracias al hecho de que la gran mayoría de sus protagonistas pertenecen al sexo femenino y actúan en correspondencia con los rasgos considerados “propios” de la escritura emprendida por las féminas[2]. En el caso de Anhedonia, el libro incluye diez cuentos que versan en su totalidad sobre el modo de vida de la mujer; las inconformidades omnipresentes de tal existencia; las aspiraciones demandadas por sujetos que intentan obviar los entendimientos preconcebidos por una cultura y una forma de pensamiento patriarcales, características estas que se evidencian en la conformación de complejos entes ficcionales que traslucen la permanencia en el tratamiento de la figura femenina, dentro de la cuentística de esta autora en particular, de componentes intrínsecos a un modo de escritura que devela sin lugar a dudas la identidad genérica de su creador(a). El cuestionamiento recurrente de los personajes femeninos protagónicos de relatos como “Anhedonia” y “Cosas de muñecas” a la aceptación obligatoria que se supone tenga la mujer respecto a su rol maternal, deviene centro de atención de una literatura interesada sobre todo por los conflictos de tales sujetos, a los que el imaginario patriarcal no consiente pensar de modo distinto a aquellos “supuestos esenciales” de su identidad de género.

 
En “Anhedonia” el motivo de la maternidad se define como axioma impuesto a la mujer por su disposición biológica, por lo que tiene que aceptar y disfrutar los deberes que este hecho implica, ante lo cual se escinde la identidad femenina del relato en dos posturas opuestas: una encarnada por alguien de espíritu poco resignado pero condenada a las limitaciones de su estatus como mujer-madre; y otra por quien se autodefine “independiente”, “única en sí misma”, “sin compromisos de tiempo ni sentimientos”[3]. La creación de esencias tan disímiles figuradas por personajes del mismo sexo resalta la intención de la autora por destacar lo contradictorio que resulta la imposición de roles preconcebidos a las representantes de este género cuya esencia se limita a las constantes prohibiciones que deben sortear en el intento por ser ellas mismas. Por otra parte, en “Cosas de muñecas” el aborto se presenta como la única solución que desea la protagonista para proseguir su modo de vida, dependiente de la conservación de un físico atractivo. Lo que pudiera entenderse como quebranto a las normas vivenciales establecidas para las de este género, es abordado en toda la complejidad que amerita, con la contemplación de sujetos mujeres que niegan las exigencias impuestas por su condición natural. Otros textos como “El oso hormiguero” y “Una decisión importante” traslucen la porfía de quien escribe por instituir identidades femeninas desiguales mediante modos distintos de acercamiento a personajes específicos que encarnan dimensiones aisladas entre sí, como son: la aceptación consciente del desempeño como “ejecutora” frente a las disposiciones de un sujeto masculino que dispone con habilidad lo que debe hacerse y es presentado como “hombre muy sabio y conocedor” frente a lo “ingrávido” y “dúctil”[4] que define el comportamiento de la protagonista del primer relato; y la intención aguzada de la narradora del segundo texto de resaltar lo importante del uso de la palabra “NO”, la que, si de modo general se traduce en negación ante algo no deseado, en este caso cobra una connotación semántica exclusiva al ser sobrevalorada por una mujer que la asume como manera de sentirse “dueña de la situación”, de no conceder siempre lo que otros quieren, de poseer “libertad, derecho a oponerse”[5]. Se encuentran además en el mismo volumen los cuentos “Felicidades Mayte” y “Mare Atlanticum”, análogos por la disposición narrativa del modo de actuar de sujetos mujeres dependientes de la entidad masculina que los acompaña, transformada unas veces de manera obsesiva en todo lo que se aspira y otras, en limitante de la realización personal femenina, interrumpida por priorizar las aspiraciones de tales entes masculinos a los que han hecho creer que son lo más importante para sí y con lo que sólo han logrado permanecer en un estado perpetuo de infelicidad que representa el deseo de satisfacer al “otro” y no la autocomplacencia.   
 
Por último están incluidos en Anhedonia los relatos “El día que no fui a New York”; “El vuelo de Batman” y “Vampiros”, centrados todos en el tratamiento del tema de la emigración como apetencia recurrente del sujeto cubano que una vez concretados sus deseos se cuestiona la validez de tales propósitos. Los tres textos persisten en el cuestionamiento de una realidad anhelada, en el esbozo del complejo decursar de personajes femeninos que al tiempo que se interrogan por las “inconveniencias” de su acusada identidad genérica, convergen en la indecisión de encontrarse en el espacio oportuno o de aspirar a él. La inconformidad aludida de tales entes ficcionales por pertenecer ahora al  espacio antes anhelado, cobra una doble significación: la del sujeto emigrante invadido por la nostalgia de quien abandona el suelo propio al que sin embargo no cree poder regresar; y la del sujeto femenino que en la misma situación de inseguridad identitaria refuerza el desequilibrio emocional de su personalidad, ya afectada por la preocupación de instaurarse como esencia misma que rebase los límites impuestos por la devaluación genérica.  
 
En la misma línea temática que los tres relatos anteriores se inserta Otras plegarias atendidas, desplegada desde un insistente sarcasmo e interés crítico que devela la autora en la conformación de personajes ya conocidos en Anhedonia. La novela ha traído consigo un abundante número de reseñas y estudios críticos que han contribuido a la difusión del trabajo de la escritora y que coinciden en exaltar el amor a La Habana, las interrogantes sobre la identidad nacional o cultural y las problemáticas de género como centro temático de la misma. La obra evidencia desde su estructuración en tres partes “Havana” – “Miami” – “Havana” el interés autoral por el empleo de referentes como la identidad perdida o encontrada del emigrante; el valor que comporta la decisión de irse o no irse para un cubano; además de reflexiones inherentes al estatus de la mujer cubana contemporánea como parte de un mismo ámbito donde los sujetos priorizan la pertenencia a un lugar “mejor”. La trama se desenvuelve en un tiempo que ha sido definido como “eterno, omnipresente e invisible hilo que separa el pasado del presente y del futuro” [6], reflejando una atemporalidad que traduce la sensación efímera e ilusoria de las vidas cotidianas de los personajes. Estos mismos, surgidos de forma abrupta en Anhedonia (Batman, Merlín, Barbie, Marcos, etc.), reaparecen ahora entretejidos en una prosa precisa, de frases exactas, sin regodeo estilístico, que presenta a modo de fresco vivencial las experiencias de los cubanos una vez logrado su sueño de pertenecer al grupo de “los de allá”, traducidas en este caso en la inseguridad de una narradora que, inserta en el mismo sitio, se cuestiona su regreso a Cuba, al ayer, o su permanencia en el país que le promete “un futuro mejor”. La reflexión sobre la estancia en un lugar donde la nada cotidiana de lo que fue y lo que será se transforma en el centro de las aspiraciones de sus actuantes y en ese otro donde la nostalgia, los sueños, las frustraciones, integran lo antes reclamado, forma parte del ya habitual tratamiento, por parte de escritores y escritoras de dentro y fuera del país, de los trastornos identitarios provocados por la emigración en los cubanos. Sin embargo, la diferencia que propone la autora al abordar este tema radica en la escasez de juicios de valores; la ausencia de imposiciones sobre lo que debe creerse “bueno” o “malo”; el rechazo al despliegue de la temática de la emigración como atentado explícito a las contradicciones de los sistemas político y económico cubanos; el acertado comportamiento de sus personajes que no se preocupan por tener o no razón en lo que piensan, sino por alcanzar su realización personal como máximo anhelo, más allá del lugar donde se esté; y la recreación de dicho ambiente en voz de una mujer-narradora que cuenta el argumento desde la sensibilidad propia. De este modo, la autora define su novela no sólo como portavoz de las traídas y llevadas problemáticas de la literatura de la emigración sobre la pertinencia de estar en o pertenecer a un lugar; el abandono de lo propio por lo ajeno; los tropiezos que produce la distancia familiar; la amistad como reparo ante el mal inminente; las ventajas o malas consecuencias de un nuevo modo de vida en otro espacio para los sujetos de la trama y en especial para su protagonista, etc., sino que también expresa: “…trata de las cosas que se desean, se consiguen y no se disfrutan, de ese eterno desear para no saber qué hacer cuando lo deseado se vuelve realidad…”.[7]
 
Destaca entonces como característica insoslayable de la obra de Mylene Fernández Pintado, extensiva también a la conformación de los relatos que componen el volumen Little woman in blue jeans[8], el protagonismo de sujetos mujeres que encarnan en lo diverso de su entramado la compleja dimensión de la existencia femenina, la cual se comporta de manera regular, a nuestro modo de ver, incluso en el discurso literario, como exégeta de preconcepciones culturales patriarcales devaluadoras de su identidad genérica. La conciencia de género que dice contemplar la autora cuando escribe[9] permite el acercamiento a sus obras desde dicha perspectiva, analizándolas en tanto creaciones ficcionales que traducen la pertenencia de su creadora a un género determinado lo que consiente el hallazgo de rasgos específicos de dicha esencia en su manera de narrar. Al respecto es válido resaltar la persistencia dentro de las narraciones de esta escritora de una línea argumentativa que establece como suyas las problemáticas de género, las cuales le valen asimismo para el desempeño de un discurso literario apegado a los códigos teóricos posmodernos de aceptación y reconocimiento de los sujetos y géneros considerados marginales por tradición.
 
Little woman in blue jeans, ofrece al lector una amplia gama de personajes representativos sobre todo de los modos de creación y reflexión propios de un sujeto femenino que surge en dos vertientes principales dentro de sus líneas: como protagonista(s) y, fundamentalmente, desde la voz autoral. La insistencia en el abordaje de las disyuntivas vivenciales femeninas, se traduce en un profundo interés por ahondar en individualidades que renacen en estas páginas como representación entrañable de las problemáticas, las preocupaciones, las maneras de ser, las inconformidades y, los consentimientos, de las de su género. Destacan como paliativos esenciales en la conformación de los entes femeninos de las distintas tramas la soledad; la incertidumbre; el temor; la decepción frente a las imposiciones de aquellos que normatizan el mundo circundante; la denuncia implícita a la incomunicación que define las relaciones de estos personajes con los que le rodean, temas asiduos de un tipo de literatura que da crédito de la asunción de una conciencia genérica, traducida como innegable persistencia en el tratamiento de tópicos recurrentes, encarnados y enunciados por las del mismo género. Predominan en el volumen las frustraciones de mujeres que ponderan, al menos en apariencia, la soledad o el sufrimiento en la búsqueda de sí mismas; la ingenua espontaneidad al explorar sus sentimientos y maneras de actuar frente a las de los otros; y la presencia subyacente de un halo irónico que se erige como estrategia discursiva de alerta ante las disposiciones argumentativas, mediante un tipo de enunciación que podría decirse de “abstinencia verbal” y que reclama la lectura atenta e incisiva de un receptor dispuesto a consumar el significado propuesto en este sentido por los distintos relatos.
 
La inminencia de personajes, femeninos o masculinos, en los nueve cuentos que integran el libro, cuya caracterización delata la supervivencia de estereotipos en su definición, consiente el acercamiento a los mismos partiendo del análisis de rasgos determinantes en los modos de actuar de estos, los que derivan, al mismo tiempo, de una disposición autoral específica que concibe los entes de la ficción optando por algunos elementos y desechando otros de igual validez. Se asiste en varios de los relatos a la constancia de un comportamiento comedido de los sujetos femeninos que se autorreconocen en la preocupación por las opiniones que de ellos puedan ostentar los correspondientes personajes masculinos de las tramas o en el esfuerzo por parecer complacientes ante sus disposiciones. Así, en el titulado “Un cuento de invierno”, la protagonista se debate entre el hecho de actuar seguida por sus impulsos y lo que debiera hacer para evitar que “él” malinterpretara sus acciones: “De repente piensa que quizás debería tomarle la mano y besarlo (…) Él está esperando una señal. Ella piensa que él no es muy listo y podría malinterpretar cualquier gesto. Tiene que ser muy cuidadosa[10]. La obstinada ansiedad femenina por no parecer transgresora ante el sentir del otro transita de forma obsesiva por estas páginas en las que se reitera una y otra vez su afán por escoger las frases exactas, incapaces de agresión, para dirigirse a alguien que no repara con igual ánimo en lo que dice. Por otra parte, en el relato “El baile” su protagonista, quien padece de grave insomnio, agradece de forma contempladora la actitud de aquellos hombres a los que suele abrazarse mientras espera el sueño, a quienes intenta agradar actuando en correspondencia con lo que estos esperan de ella. “Para hacer más leve a los hombres que querían ser ángeles de la guarda, la ingrata y casi inútil tarea de velar al menos los primeros minutos de su sueño, aprendió algo muy importante: fingir que estaba dormida”[11]. La simulación de posturas aparentes reafirma el pretendido planteamiento que ha visto siempre la literatura escrita o protagonizada por mujeres como portadora de una ausencia femenina, la que, a pesar de estar implícita en los distintos textos, se presenta a modo de fingimiento o simulación de modos de ser ilusorios y, en consecuencia, impide un acercamiento a los requerimientos reales de tales sujetos en la creación literaria. La encarnación de innegables peripecias con el objetivo final de complacer a quienes pueden ejercer juicios de valor sobre su actuación, demuestra los constantes desvelos femeninos por encauzar su actitud hacia la atracción de la simpatía masculina, aunque signifique, a la vez, la autoimposición de posturas ajenas a sus verdaderas aspiraciones.
 
Tras haber destacado la insistencia en los relatos anteriores en el tratamiento de los personajes femeninos desde una postura que los distingue en primera instancia por su comportamiento comedido, es válido ahondar en los rasgos característicos de los de uno y otro sexo que los sitúan de forma recurrente a un lado y a otro de la concepción binaria incertidumbre femenina/seguridad masculina. En “La Anunciación” la inseguridad que se ha venido mostrando como característica inherente a los personajes femeninos de las distintas tramas alcanza quizás su máxima expresión, denunciada por el rejuego interpretativo que desempeña su protagonista frente al desconocimiento agobiante de lo que anuncia una carta enviada por el exnovio. El temor por revelar lo propuesto por el personaje masculino es tal que hace a la protagonista identificar el tiempo presente con la certidumbre del desconocimiento y el después con la inexorable decisión del otro: “La (in)certidumbre se ha convertido en su mejor aliada…”[12]. Detenida en el intento por no autorrevelarse aquello de lo que huye, apuesta por la ignorancia como único recurso que podría salvarla de las palabras contenidas en el sobre; su esencia deviene relación hermética con esa otra entidad a la que reclama una respuesta aprobatoria de lo que espera leer.
 
La adscripción reiterada en la mayoría de los relatos de maneras específicas de comportamiento para los entes ficcionales de ambos géneros, denota la insistente representación de un sujeto pasivo mujer adherido a aquellas preconcepciones patriarcales que le destinan, en este caso, la incertidumbre como rasgo inherente, y de un sujeto masculino activo cuya conformación se concibe sobre todo a partir de la seguridad propia en el despliegue de sus acciones, vista como privativa de los de su género. Juzgamos que subyace como premisa compositiva de las tramas analizadas, la pertinaz manera de ofrecer fisonomías estables a los personajes protagónicos de uno y otro sexo, lo que consiente el reconocimiento de un tipo específico de literatura que evidencia la asunción autoral, consciente o no, de concepciones tradicionales propicias para la acentuación de las desigualdades de género, y contribuye a acrecentar la percepción de las pretendidas diferencias entre hombres y mujeres.
 
Del mismo modo que resulta recurrente la atribución de roles predeterminados a los protagonistas según el género al que pertenezcan, destaca en la concepción de los sujetos femeninos el interés por resaltar su inestabilidad emocional, inmersos con frecuencia en un debate que procura esclarecer la pertinencia para sí mismos de una “vida real” o de una “historia propia” que parece ajena a las exigencias vivenciales de la primera. En el cuento “Davanti al mare” el deseo de su protagonista de olvidar su pasado y esgrimir un tiempo presente renovador que le permita ser quien anhela hace que se mude junto al mar. “Todo se puedehacer junto al mar… también está junto al mar ese mundo del que ha huido[13]. La analogía hallada entre el mar y ella misma, al existir ambos desde la inamovilidad existencial de permanecer siempre iguales, postula la imposibilidad del cambio como premisa subyacente en el intento reiterado por instituir una vida conformada por los requerimientos particulares y la aceptación siempre latente de otra pretendidamente real que le exige una actuación consecuente con lo establecido. Asimismo, la protagonista de “Infiel”, sumida en los desvaríos de la inquebrantable cotidianidad matrimonial, opta por el despliegue de una vida otra que logra concretarse en el acto de poseer un amante. Este último representará la posibilidad de sortear un estatus existencial preconcebido por los lineamientos tradicionales del desempeño de las de este género en el interior del ámbito familiar, y se instituirá como suceso transgresor que disuelve la acostumbrada permanencia de aquella. De la misma manera, el personaje principal de “Efectividad simbólica” alterna su actuación entre el mantenimiento de una entidad primigenia, olvidada con posterioridad, que significa la posesión de una esencia propia, alejada de establecimientos ajenos, y la aguzada tarea de trasiego de lo originario que se transforma en premisa de una vida sugerida por el mundo al que la ha conducido el exesposo. Topamos con la asistida fluctuación entre posibles presentaciones excluyentes que terminan por proponer como única solución posible la permanencia en un estado concebido como real, aunque sus presupuestos se muestren contrarios a los anhelos de las protagonistas.  
 
Hemos pretendido demostrar, con el reconocimiento de posturas específicas evidenciadas en el desempeño de los sujetos que protagonizan las distintas tramas de los volúmenes antes analizados, cómo su conformación consiente un acercamiento guiado por el interés en ahondar en una forma de creación determinada que acepta, a nuestro modo de ver, tradicionales preconcepciones patriarcales para su definición. La elección de rasgos reiterados para el despliegue de los personajes descubre la insistencia por destacar los citados comportamientos como expresiones preestablecidas de entendimientos culturales que deparan roles opuestos y excluyentes a los de uno y otro sexo. Sin obviar de manera absoluta la posibilidad de un análisis centrado en la exaltación de las mismas disposiciones para la concepción de los personajes pero, inclinado a interpretar tales formas como estrategia discursiva legitimante de las del género femenino en su pretensión por validar una escritura propia ―haciendo suyos los presupuestos creativos vistos como modos de interpretación masculinos―, optamos por la creencia de que la actitud de desempeño mimético que cree encontrar la afirmación de la autenticidad genérica en la encarnación de la voz del otro, sólo contribuye a la validación de la permanencia en un estatus habitual de subordinación. La presentación repetida de una mujer-personaje que transita sin alteraciones por los argumentos examinados en el consentimiento de aquellas actitudes que insisten en proponerla como macroentidad carente de disposiciones propias, destinada a la inautenticidad como rol inherente, reconoce nuestra inclinación por esbozar la manera de conformar los entes ficcionales como consentimiento de interpretaciones devaluadoras para el controvertido entendimiento de las esencias femenina y masculina.
 
Creemos acertado abordar como forma de validación de nuestro planteamiento los criterios propuestos en el libro El Modelo Contracultural: del rock a la postmodernidad[14]que esboza el estudio de la presencia de la mujer en la sociedad, considerándola como representante de una subcultura. El texto afirma que es fácil suponer cómo los sujetos marginados al interior de la sociedad son creadores de subculturas y su actitud es sometida a la valoración contrastante que resulta de regirse a la vez por los cánones de la cultura que los margina y por los criterios propios. En consecuencia, el emisor que se instituye desde la nombrada subalternidad ofrece un discurso cargado de expresividad, de información sobre sus peculiaridades y emociones y, por tanto, el mensaje transmitido en estas condiciones se presenta no sólo como trasmisor de informaciones sino que, pretende despertar, a través de sutiles connotaciones, puntos clave que revelen vivencias compartidas entre emisor y receptor. En este sentido destaca el hecho también relevante de que no sólo debe tomarse en cuenta para el análisis de una institución específica de los personajes de estos relatos las estrategias adoptadas para su conformación, sino además la cuestión de igual importancia de la pertenencia del sujeto escritor al mismo género llamado subalterno de las protagonistas. Creemos que la presentación insistente de sujetos mujeres inmersos en la inexorabilidad de lo establecido que reconocen como propio, responde a la condición genérica de su artífice cuya existencia, según queda esbozado en el texto citado con anterioridad, se instaura, como aquellas propuestas por sí misma, dentro de un ámbito social y cultural que asiente el entendimiento de las de ese género como disposición ancestralmente preestablecida, consentidora de presupuestos absolutos subordinantes. La recurrencia de posturas estereotipadas para la designación de los entes protagónicos delata la asunción de una conciencia genérica autoral que aprueba desde su esencia misma los paliativos existenciales de entidades otras, análogas a la propia. De esta manera, creemos que puede establecerse como característica fundamental de la institución de los personajes femeninos creados por Mylene Fernández Pintado en los tres volúmenes objetos de nuestro análisis, la exaltación de aquellos rasgos que denotan, como plantea el mismo texto, la aceptación, del denominado “carácter marginal” o “subalterno”, evidenciado en la plasmación de una actitud que puede llamarse de exaltada sensibilidad frente a las validadas interpretaciones patriarcales, y de aceptación inconsciente de las mismas. El apremio en los distintos argumentos de un sujeto mujer ratificado como representante de la subalternidad a la que ha sido destinado por las concepciones androcéntricas del discurso hegemónico patriarcal, nos sitúa frente a un tipo de escritura que refuerza las preconcepciones herméticas que ven como esencia primera de estos sujetos la necesidad de metamorfosear su autenticidad en actos consentidores de presupuestos sociales y culturales que la relegan al estatus de la inferioridad.
 
La aprobación latente en el despliegue de los entes que componen las distintas tramas de interpretaciones normativas propias de una ideología patriarcal, corrobora la influencia ejercida en este caso sobre un tipo de escritura particular por el contexto social en el que se sitúa esta y la autora, el que impone modelos de conducta a sus integrantes que se reafirman en el estatus de portadores de desigualdades. El hecho de que los personajes protagónicos evidencien insistentemente una actitud autoral consentidora de exégesis preestablecidas para la dilucidación de existencias específicas, demuestra que persisten aún en el discurso literario de las féminas posturas consecuentes con interpretaciones genéricas desigualitarias que validan la pretendida oposición entre los representantes de uno y otro sexo.
 
Bibliografía

 
- Bobes Naves, María del Carmen: “La novela y la poética femenina en: Signa, Revista de la Asociación Española de Semiótica, no. 3, 1994, España, pp. 21-45.

- Britto, Luis: El imperio contracultural: del rock a la postmodernidad, Editorial Arte y Literatura, La Habana, Cuba, 2005.
- Fernández Pedroso, Magalys: “El (sin)presente en Otras plegarias atendidas”. (Texto en formato digital).
- Fernández Pintado, Mylene: Anhedonia, Ediciones UNIÓN, La Habana, Cuba, 1999.
_____________: Otras plegarias atendidas, Ediciones UNION, La Habana, Cuba, 2003.
_____________: Little woman in blue jeans, Ediciones UNION, La Habana, Cuba, 2008.
- López-Cabrales, María del Mar: “Mylene Fernández Pintado detrás del espejo” en: Arenas cálidas en alta mar: entrevistas a escritoras contemporáneas en Cuba, Editorial Cuarto Propio, Santiago de Chile, Chile, 2007.
- Owens, Craig: “El discurso de los otros: las feministas y el posmodernismo” en: Hal Foster (selección y prólogo): La Posmodernidad, Editorial Kairós, Barcelona, España, 1988.
 
 Notas


[1] Debido al interés del discurso teórico posmoderno por ahondar en las preconcepciones subordinantes para la representación de los sujetos y subvertirlas desde la legitimación de lo considerado subalterno por tradición, figura dentro del ámbito crítico-discursivo contemporáneo la reconocida crítica feminista, impulso teórico renovador empeñado en la desestabilización del discurso hegemónico patriarcal que incorpora como incentivo analítico la noción de estudios o teoría de género. Esta categoría se afianza en la correspondencia visible entre el modo de actuar de los seres humanos y las construcciones socioculturales que intervienen en su formación, en virtud de la diferenciación biológica. La crítica feminista, adherida a movimientos teóricos como la teoría de la recepcióny el postestructuralismo (asociada a este último como su base fundamental la visión deconstructiva), autoriza la interpretación semántica del texto literario desde una perspectiva no totalizadora, lo que justificala aproximación almismo basada en los presupuestos teóricos de los estudios de género que se imponen como una más de sus posibles lecturas. Consultar para mayor información: Craig Owens: “El discurso de los otros: las feministas y el posmodernismo” en: Hal Foster (selección y prólogo): La Posmodernidad, Editorial Kairós, Barcelona, España, 1988, p. 107.
[2] La crítica feminista propone la aproximación a los textos desde posturas diversas: según estos sean escritos por hombres o mujeres; tomando en cuenta elementos de análisis varios como el estudio de las imágenes de mujer, concebidas con recurrencia como estereotipos por los autores(as) y el reconocimiento de rasgos que pudieran llamarse de “estilo femenino”. Dicha libertad interpretativa y relacional de la escritura aprueba el reclamo de una poética femenina, defendida como objeto de análisis por los estudios de género, que se impone como una más de las lecturas posibles en el acercamiento a las obras. Tales exégesis pretenden responder a las múltiples interrogantes surgidas sobre la validez de la postulación de una literatura y/o poética femeninas diferente a la escrita por los hombres; sobre si la creación literaria y la reflexión femenina acerca de esta poseen algún rasgo específico que las diferencie de las masculinas; así como si existen razones para afirmar que la denominada crítica literaria feminista reflexiona con una visión del mundo y valores pretendidamente diferentes del que tienen los debates reconocidos como masculinos. Consultar para mayor información:María del Carmen Bobes Naves: “La novela y la poética femenina” en: Signa, Revista de la Asociación Española de Semiótica, no. 3, 1994, España, pp. 21-45. 
[3]Mylene Fernández Pintado: “Anhedonia” en: Anhedonia, Ediciones UNIÓN, La Habana, Cuba, 1999, p. 7.
[4]Ibíd. “El oso hormiguero”, p. 10.
[5] Ibíd. “Una decisión importante”, p. 16.
[6] Magalys Fernández Pedroso: “El (sin)presente en Otras plegarias atendidas”. Material digital facilitado por la escritora Mylene Fernández Pintado.
[7] María del Mar López-Cabrales: “Mylene Fernández Pintado detrás del espejo” en: Arenas cálidas en alta mar: entrevistas a escritoras contemporáneas en Cuba, Editorial Cuarto Propio, Santiago de Chile, Chile, 2007, p. 171.
[8] Mylene Fernández Pintado: Little woman in blue jeans, Ediciones UNION, La Habana, Cuba, 2008.
[9] María del Mar López-Cabrales: “Mylene Fernández Pintado detrás del espejo” en: Arenas cálidas en alta mar: entrevistas a escritoras contemporáneas en Cuba, Editorial Cuarto Propio, Santiago de Chile, Chile, 2007, p. 173.
MMLC: ¿Tú tienes conciencia de género cuando escribes?
MFP: Quizás, una nunca se escapa, pero no sé… Si soy una mujer y escribo en primera persona me imagino que sí escribo desde el punto de vista de una mujer. Otra cosa es si me pongo a escribir la historia de un soldado, pero nunca lo he hecho…
[10] Mylene Fernández Pintado: “Un cuento de invierno” en: Little woman in blue jeans, Ediciones UNIÓN, La Habana, Cuba, 2008, p. 7. Los subrayados en esta cita y en el resto de las empleadas en el artículo son nuestros.
[11] Ibíd. “El baile”, p. 20.
[12] Ibíd. “La Anunciación”, p. 40.
[13] Ibíd. “Davanti al mare”, p. 15.
[14] Luis Britto: El imperio contracultural: del rock a la postmodernidad, Editorial Arte y Literatura, La Habana, Cuba, 2005.

*El texto integra la tesis de licenciatura de la autora de este artículo, titulada: “Little woman in blue jeans de Mylene Fernández Pintado: aviso de una ¿irredimible? (in)existencia femenina”.
 
Por: Mylena Suárez Pérez (Matanzas, 1987).
Licenciada en Letras (2010) en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Actualmente se desempeña como Especialista en Promoción Cultural en el Departamento de Creación Literaria del Centro Cultural “Dulce María Loynaz”.