Agustín Acosta (Fragmentos)

Sirvan ahora estos nuevos poemas que hemos encontrado, del conocido “poeta de las carretas”, no sé si por perseverancia o por casualidad, para que hagamos un nuevo acercamiento a su poética y a su personalidad, mucho más desprejuiciado y frío, sin que ni una ni otra cosa nos impidan reconocer y valorar la importancia del legado que nos hiciera, mientras nos detenemos a mirar la frescura o la violencia con que descargó su imagen sobre el papel, confiando con nitidez a la cuartilla extraviada los cambios sentimentales, filosóficos o emocionales escapados de su ser y de su época.

Leer estos versos será, además de una nueva alternativa en el conocimiento de la poesía cubana, un reto para nosotros mismos, si pensamos que, de cualquier manera, el sentimiento del poeta es él mismo y uno más: hoy es una cosa y mañana puede ser otra totalmente distinta, un día canción y otro lágrima, un día odio y otro amor, un día creyente y otro profano, un día volcán y otro abismo que se pierde en las entrañas del mundo, en la medida que el tiempo va echando su carga sobre los hombros.

Así vivió y murió Agustín Acosta, por eso alguien le llamó “el poeta de la dualidad”, aunque el mismo, en repetidas ocasiones, se había auto juzgado, analizando la manera en que se desarrollaban los acontecimientos: “Me siento extraño a mí mismo: como si yo fuera otro.../ Sólo sé que soy yo mismo por el dolor de ser otro..! (1) . Claro que, para un hombre de la profundidad filosófica de Acosta, no podía ser de otra manera.

Viajero cansado e incansable del camino, trasbordado él mismo entre las sombras – de las que dijo “eran siempre un mirador” – el río y las aguas muertas, como el “caracol que se escucha a sí mismo, sonoro de su propio oleaje”, es Acosta uno de los poetas cubanos de más interesante trayectoria tanto por la vida que le toco vivir, como por su obra literaria.

Selección y prólogo Yolanda Brito Álvarez (Poeta e investigadora)

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Agustín Acosta en la enciclopedia libre (Wikipedia)

Agustín Acosta es uno de los más célebres escritores cubanos del siglo XX . Nació en la ciudad de Matanzas el 12 de noviembre de 1886 . Estudió leyes, graduándose con el título de Doctor en Leyes. Ejerció la profesión en su ciudad natal mientrás que alcanzó también una vida política de triunfos después de haber sufrido cárcel por su oposición al gobierno del presidente Gerardo Machado . Siempre se expresó y actuó de acuerdo a sus convicciones políticas y morales. A la caída del machadato pasó a ocupar la gobernación provisional de la provincia de Mantanzas ( 1933 - 1934 ) y ejerció la secretaría de la presidencia durante el gobierno del presidente Carlos Mendiet. También fue electo senador de la República, y sirvió como tal de 1936 al 1944 . Fue presidente del Partido Unión Nacionalista.

A partir de 1938 fue miembro de la Academia Nacional de Artes y Letras de Cuba, de la prestigiosa Academia Cubana de la Lengua y fue nombrado Poeta Nacional por el Congreso Cubano en 1955. Colaboró en varias publicaciones nacionales de reconocida importancia, tales como Letras, El Fígaro, El Cubano Libre, Orto, Social, Carteles, Diario de la Marina , Las Antillas, Ariel, Archipiélago y otros periódicos y revistas importantes.

En la obra de Acosta se incluyen algunos de los primeros poemas líricos libres del pesimismo que dominó en la poesía cubana el principio de la república. Junto con Regino Boti y José Manuel Poveda es uno de los representantes del renacimiento lírico que tuvo lugar en las provincias antes de la década del 1920 . Su estilo se destaca por la sencillez de los postmodernistas con acentos, en ciertos poemas bien definidos, del modernismo y romanticismo . Fue precursor de la poesía social en Cuba. En muchas de sus poesía supo expresar su amor a la tierra cubana. Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés.

Por razones de familia abandonó la Isla con su esposa en diciembre del 1972 para estar junto a su hija. Murió en la ciudad de Miami , Florida el 12 de marzo de 1979.

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Selección de poemas del libro

Matanzas

Ciñe orgullosa de Minerva el casco.
El ideal que en su leyenda flota
traduce un aislamiento de gaviota
desmayada en un sórdido peñasco.

Decir su nombre es como abrir el frasco
de un perfume que anuncia en cada gota
un espejismo de ciudad remota:
Roma   Jerusalén  Tebas  Damasco...

Germen de luz sobre su campo prende;
y heraldo de esa luz que la defiende,
nunca el laurel su excelsitud le aparta.

Y en sus cumbres graciosas y serenas,
al clarín vencedor que grita: ¡Esparta!
el arpa ilustre le responde: ¡Atenas!

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Valle de Yumurí

¡Valle de Yumurí...! ¡Inmenso valle mío!...
Verdor que es una ofrenda de gratitud al río:
al Yumurí risueño que te besa y fecunda,
que no es Ganges copioso o Nilo que te inunda,
sino deslizamiento de tímidas cautelas
que ha desdeñado el lento desfile de las velas,
y aún escucha el isócrono chichás de las piraguas,
ahogado en el inquieto murmullo de sus aguas.

Peñón sagrado, abrupto guardián de tu belleza,
la Ermita es atalaya que anuncia tu grandeza.
Desde la Cumbre, altivo balcón sobre tu alfombra,
sorprende el desafío de la luz y la sombra;
y veo cual transforma los oros del poniente
en violeta traslúcida tu niebla evanescente.
Y ya no advierte el ojo, absorto o conmovido,
si eres un valle o eres un sueño suspendido.
...

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Mi corazón y yo

Mi corazón y yo dejamos la ciudad.
Atrás, piedra labrada a cincel, aguas muertas,
estrechos callejones, suntuosos paseos,
multitudes, atrás...

Mi corazón y yo dejamos la ciudad.

Pálidos rostros; prismas en el andar; tumulto
heterogéneo, multicolor; indiferencia
y estruendo y rapidez y fuga, y catarata
de cristales y espumas de odio. Y la mentira,
vencedora aparente de la eterna verdad.

Mi corazón y yo dejamos la ciudad.

Quede atrás la desecha ilusión; la esperanza
ha de reaparecer en otra parte,
más vestida de verde que en los parques urbanos,
más de luz que en los tristes focos de las esquinas.

Mi corazón y yo dejamos la ciudad.

Dame la mano, corazón, o tómame
de ella. No sabemos quien ha de ser el guía.

Tú o yo, ¿qué más da? – somos la misma cosa.
La diferencia es una: cielo o tierra.
¿Cuál es el cielo de los dos? Tú eres
el cielo cuando late tu bondad invisible
y yo la tierra cuando las pasiones
te humillan. O yo el cielo cuando canto
si es que no cantas tú, porque, bien visto,
si canta el corazón cielo es la tierra.
Si canta sólo el hombre el canto es sombra.

Dame la mano corazón; ahora
voy a cantar: tú cantarás más tarde,
cuando mi oscuridad te necesite.
¡Lo que tenemos que cantar, hermano!

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Civilización

Somos retardatarios, corazón, no lo dudes.
La civilización nos ha roto el paisaje.
Yo, francamente, adoro la secular belleza
si quieres, corazón, un poco miserable,
de la carreta vieja que salta en los caminos,
del arado guiado por los bueyes tenaces,
del guajiro criollo guataqueando los surcos;
de todos esos gratos murmullos musicales
que en las noches del campo asedan las aristas
con que a sí misma el alma se hiere en las ciudades.
...
El bohío será recuerdo melancólico
perdido en la campestre dulzura de la tarde;
el motor explosivo desplazará al molino;
la veleta no hará piruetas en el aire.
Acaso recordemos a Don Quijote, pero
la ingeniería eléctrica no habla bien de Cervantes:
vence, conquista al mundo, habla la lengua inglesa,
aunque no quiere cuentos con Shakespeare ni con Hamlet.
Somos retardatarios, corazón, no lo dudes,
La civilización nos ha roto el paisaje.

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Ruina cubana

De este batey, que el ojo contempla conmovido,
Metrópoli minúscula de viejos cafetales,
Hoy sólo queda el viejo caserón derruido
Y las losas oscuras de los anchos portales.

Muros rotos denuncian el incendio y la guerra;
Secos pozos acusan una sed milenaria.
Emigraron los gallos, de su hogar, a la sierra,
Que les ofrece grata vivienda hospitalaria.

Nada turba la paz de estas horas tranquilas.
Gatos de lomo eléctrico rondan por los tejados,
Y hay en la incandescente fuga de sus pupilas
La idiotez novelesca de los cuartos cerrados.

Golondrinas de antaño duermen en los aleros.
La luna ha amortiguado su pasado derroche.
Valleinclanes barbudos triscan en los potreros,
Y unamunos de nieve atraviesan la noche.

Zigzaguea en el aire un aletear esquivo;
Perros aspaventeros ladran sin causa cierta.
Y colgado a su poste, pobre globo cautivo,
Enmohece, apagado, el farol de la puerta.

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El hombre dormido

El hombre duerme sobre el banco...
El hombre gris, el hombre negro, el hombre blanco.
La luna poetiza la figura dormida
y alarga la esquelética geometría del banco
que apresa el sueño del hombre en la vida
del hombre gris, del hombre blanco...

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Ocio

Tres de la tarde. Aburrimiento. Flota
Suave olor de jazmines en mi estancia.
En mi mesa un león de terracota
Es frágil negación de la arrogancia.

Literaturas clásicas apenas
Logran turbar lo grato de mi ocio:
Hoy no soy acólito de Atenas,
Y olvido las injurias de beocio.

Virgilio, Homero, Píndaro... No aprecia
Mi juicio los hexámetros de Grecia,
Ni las campestres églogas latinas...

Y como en nada mi inacción se afana,
Me pongo a contemplar por la persiana
Una alegre invasión de golondrinas.

1971