Paisajes en el borde. Isnalbys CrespoComo el equilibrista, que sabe que va a morir joven
o como Akileo frente al mar, mirando a su madre por última vez.
RAÚL HERNÁNDEZ NOVÁS

Me quito los zapatos, subo a los Paisajes en el borde y comienzo a tararear Ne me quitte pas, convencido de que voy a desnudar el alma por cada centímetro de este laminario publicado por ediciones Aldabón, y que debo a la conjunción del talento de Isnalbys Crespo y a la generosidad de Zaldívar, su editor.

Y todo porque lo que leemos se parece también a nosotros.

El borde es filoso. Mis pies sangran y casi resbalo. Mas no pienso detenerme. Como el equilibrista llevo una sombrilla. El equilibrio perfecto. Hay una brisa renovadora en cada imagen. También hay oscuridad, fobias, principios de incertidumbre y productos conmutativos. Todos somos el resultado de un gran matemático. Avanzo.

Vivimos dentro de una pecera. Somos y no somos peces. Avanzo. No es demasiada simbología, es el ambiente que me ciñe, la visión que aturde mis sentidos y me provoca las ganas de seguir avanzando. No sé a dónde, pero no importa.

A mi diestra y siniestra todo es símbolo; la palabra: el mayor de ellos. Son cuatro los paisajes. El número cuatro es base: cuatro son también los puntos cardinales, la unión del primer número con el tres que es mágico y, a la vez, la conjunción de un número par consigo mismo. Nada de esto es fortuito. En «Sombras a la izquierda» aparecen tres personajes y un gallo que asume múltiples interpretaciones. En el próximo paisaje, «En el borde», vuelven a aparecer tres personajes, pero con un pez, otra poderosa metáfora que asume con exactitud la descripción psicológica del protagonista. Después, en «Moscas», tenemos un matrimonio y el enjambre de moscas, que suman tres; pero se le agrega la atmósfera onírica que trastoca los contornos y la hace más absurda. Ya en «Paideia», el cuarto y último paisaje, las cosas se vuelven complejas. El cuatro, como todo número par, puede dar paso a distintas combinaciones.

Nunca ha dejado de estar tensa la atmósfera, y, extendidas al viento, las estampas recrean la lluvia que está por caer. Se respira la opresión, los tumultos que descienden sobre el ánimo de los personajes. Y la influencia de Hemingway en lo que no se percibe y que es tan importante como lo evidente, lo de Rulfo por el soliloquio de la niña en el mismo borde de su pecera, y la de Kafka en el primer paisaje que se recrea y difumina como burbujas en un recipiente. Todos somos parte de la pecera. Todos estamos dentro. Sigo avanzando. Cambio de mano la sombrilla y trato de no volver a resbalar.

Pudiera resultar monotemático este viaje. Mas no lo es. Encanta y envuelve. Se bifurca en disímiles laberintos que, por momentos, dan la impresión de que están hechos bajo las leyes del azar y no de las matemáticas. Pero son bellos, a uno se le encoge el corazón cuando descubre que en el absurdo de esas visiones está, además, lo absurdo de nuestras propias vidas.

Paisajes en el bordeMe encuentro con las cenizas de las cenizas del gallo y trato de descubrir su significado. Pudiera ser la estratagema del protagonista-niño para acabar con los obstáculos de su vida: «veía en su orgullo de jefe único del gallinero la debilidad de mis doce años aplastados por aquellas manazas que se hundían en mi escuálido cuerpo», o el complejo machista de un padre intolerante y obtuso: «para luego apretar su pico y acallarlo: si te cojo vas a perder pico y espuela»; o la sumisión de una madre que supone al fuego como la única salvación: «su cresta, según ella, era fuego, y él, un diablo enviado para atormentarla en los amaneceres». Pero todo es ambiguo. Nadie dice la verdad y nada es confiable. Lo que se conoce de esa realidad proviene de la mente de un niño. Y él esconde la parte de la verdad que no quiere contar. Acaso tiene miedo de que se pierda en las líneas de fuego de su propia familia.

Las sombras están por todas partes. Son tres. «Confiaba en poder hacer mis propias trampas para salvarme», dice el niño, entonces supongo que las tres sombras son el recuerdo de sus padres y del gallo, muertos al fin. Pero pueden ser figuras del calidoscopio. Enigmas. Si uno quiere averiguar un misterio termina por encontrar otro y otro, hasta el infinito. Solo es una lástima que estas sombras no determinen nada. Como los barcos de papel y los otros barcos. Por suerte, no caigo en los huecos ni dejo que las llamas toquen mi cuerpo. Desecho la sombrilla y me hago de una vara de madera. En equilibrio, siempre en equilibrio.

En el borde de una pecera se pueden encontrar tantas cosas, que resultaría increíble. Ahí están los peces que quisieron salirse de sus burbujas y no lo consiguieron. Peces negros, rojos y azules, asfixiados de tanto aire. Un pez puede ser el anhelo mayor de nuestras vidas o puede acarrear con el defecto mayor de nuestros sueños: el despertar. Allí también el matrimonio vive su peor momento. Lo dice la protagonista-niña:

[…] —¿Qué te está pasando, Miriam, te volviste loca?
—Tú nunca pierdes, pero esta ves sí.
—Cállate, anda, ella puede escucharnos. Cierra la puerta. […]

Ella parece ajena al conflicto de sus padres. En la medida que los ve en la intimidad, trata de comprender lo que ocurre, construye sus propias versiones. Recrea escenas y consigue desahogarse con los peces. Acaso ignora el fin que se avecina. Pero nos esconde algo. Cerca está la influencia de Hemingway, sabiamente en su bote con sus carnadas:

[…] —Estás alterada, ¿a dónde fuiste que está así?
—Al hospital, voy a atenderme con el médico.
—¿Qué te dijeron?
—¿Para qué quieres saberlo?, tu niña es más importante. […]

Todo lo que se desecha, lo que lastima o no es utilizable puede ir al fondo de una pecera. Aunque a los peces no les importe. En este asunto hay un dato escondido. La madre quiere deshacerse de la niña. El padre la defiende. Ella no vive ajena a este conflicto. Compara a sus padres con los peces y esto me remite al Macario de Rulfo, donde el protagonista compara los ojos de sus parientes con los ojos de las ranas. Pero no saber qué es lo que pasa en verdad con esta familia, no es lo que urge descubrir. Se nota la distorsión de la realidad y que proviene, en alguna medida, del desequilibrio del personaje-narrador. Recordemos que el absurdo de la escena lo dan los elementos que el relator de la misma nos brinda. Pero también predomina el absurdo, lo cual hace la escena una verdadera bomba de tiempo.

Me queda un sabor amargo en la boca. Ciertos recuerdos de mi propia familia se despiertan vociferando y esculpiendo lo que ha sido de mí.

Mas avanzo. Me han cautivado estas historias hasta el punto de ser un obstinado muñeco de mazapán. Sé que falta exactamente la mitad. Es decir, solo he rozado el hombro de dos niños que adquieren la identificación de la autora. En ellos supongo, están sus anhelos, su propia incoherencia, su modo de vida y alguno de sus sueños. Quizás despertarlos a todos sea el fin de mi viaje. Detrás del personaje siempre está el escritor.

Mientras continúo, entiendo que el equilibrio en toda obra arquitectónica es imprescindible. Y la estructura. Paisajes en el borde es una muestra de que esto funciona como el mecanismo de un reloj. Y recuerdo ejemplos tan bellos como Dublineses, de Joyce, o Las puertas cerradas, de Abelardo Castillo. Comparo y me conmuevo. Comprendo y me vuelvo más consciente del sueño que vivo, porque leer puede ser, también, esa magia.

En el caos que viven los personajes de esta primera parte, todo es tan sólido, verosímil y creo que resulta así porque en «Paisajes» predomina el cuatro que es base. También la familia lo es, que en un principio, delimita la mitad del cuatro.
Quiero seguir, pero ya la vara de madera no me es necesaria; la convierto en un ramo de azucenas que atraen a los insectos. El aire cambia y varían los colores en las cosas. Las formas que vienen pueden ser más duras. No me asusto. Reconozco a uno de los niños. Ha crecido, se ha casado. Lo rodean las moscas que, ahora, se han dado cuenta del ramo de azucenas y vienen en pos de ellas. Las moscas son el resultado de todo lo que no nos gusta. Este personaje está sentado a la mesa, sus acciones son descritas por alguien que, desde afuera, lo sentencia y reconoce de cerca. Acaso en esa descripción va adivinando lo que va a hacer. Intencionalidad que luego se pierde por completo, que no se sostiene y resulta una caída en la intensidad. Porque contar en segunda persona es sentenciar, acusar, poner un sentido y una dirección.

Aquí vuelven a ser cuatro los personajes y creo reconocer a la niña de los peces del segundo cuento, y se retoma el incentivo de la familia pero en su face inicial: el dos, el matrimonio, aunque ya al final se habla de un hijo.

Las moscas son atraídas por lo que se corrompe. Hay muchas maneras de corromperse. Esta familia se ha visto destruida por un suceso que no es esclarecido ni por la mente-narrador, ni por ninguno de los personajes. Solo las acciones del protagonista, la atmósfera absurda y la simbología de las moscas junto a las viejitas, tratan de establecer un puente. El que tenga ojos para ver, que vea.

Yo sigo a través del borde de este paisaje y consigo llegar al último que se me pierde entre los ojos tal vez por las imprecisiones de su narrador, o por lo divergido de la línea argumental. Ya no llevo nada en las manos y eso me asusta. En cualquier momento puedo caer, desequilibrado, en éxtasis. Logro comprender que la amistad es útil y un arma para defenderse o atacar. Entiendo, además, que el amor es un juego de máscaras y que solo los locos pueden entenderlo. Me queda la incertidumbre, la derrota. Hay demasiadas pistas que no conducen a ninguna parte. Como este viaje.
Miro mis pies, las heridas han echado raíces y la sangre seca se volvió ceniza. Entonces, me pregunto qué es el olvido. Y renace el fantasma de mis días grises y me veo así, intocado por la felicidad, ajeno a mi infancia, terriblemente pequeño y absurdo, intentando un borde donde asirme para no continuar la caída, soñando un devenir más placentero. Acaso como los personajes que he ido descubriendo en estas esquirlas del paisaje.

Entiendo que el viaje no ha sido en vano. Me consuelo. Al menos tengo esa suerte. Pero ya tengo que desviarme en un saliente y tratar de llegar un tanto más allá de lo comprensible. Acudo entonces al llamado de Isnalbys y cierro los ojos para visualizar los símbolos con los que intentó pedir auxilio. Se parecen a los míos. Sólo me molesta el que ella no se haya atrevido a hacer este viaje una vez más, desde este lado. De seguro hubiera asimilado muchas cosas y hasta aceptado su condición divina.

Toda obra de arte es un intento por acercarnos a su creador. Nosotros pudiéramos ser la obra de algún dios que quiere sobrevivir a su propio descalabro. Un pez, un barco, un gallo, o los huecos en la tierra; el fuego, el agua y el cuatro son algunos de los códigos secretos de ese dios que, como un hombre indefenso, nos atrae y confunde. Yo mismo puedo ser el símbolo de alguien que no entiende que la vida es también un paisaje en el borde, una pecera, y que, como burbujas, puede quebrantarse.

Por: Vasily M. P.

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