Bajo el cielo. Mabel CuestaAntes de Bajo el cielo de Dublín[1], cuaderno de Mabel Cuesta, todo era más fácil, salíamos de la enseñanza elemental sabiendo que el cuerpo humano se divide en cabeza, tronco y extremidades. Ahora estas páginas han venido a complicarlo todo. Después de leerlas detectamos la estafa. Ha tenido que llegar esta poeta, que ha cosido uno a uno sus versos con el hilo del desgarro, para con una sonrisa leve –como quien dice: “pero si es fácil” –, demostrarnos que el cuerpo humano en verdad está dividido en cabeza, tronco, alma y ciudades. Y es ahí donde comienza el conflicto porque asistiendo a estos textos se descubre que de nada sirven los conocimientos sobre la cadena de ADN, la genética y la herencia. Todo era mentira. Mabel Cuesta demuestra, porque ella no solo dice, sino que además demuestra con deliciosa vehemencia, que cuerpo y ciudad son una misma cosa: babosa con su caracol, carapacho que no se separa. Mosca que queda irremediablemente pegada a la cinta adhesiva…
 
Pareciera que la poeta solo viaja por Dublín, Madrid, Lisboa, Matanzas…, que traza rutas, palabras actualizadas para componer nuevas Palabras en el Mapa, de Asimov. Pero en verdad está mostrando las coordenadas de un cuerpo que escribe (el suyo) a partir de amplias avenidas interiores, rincones polvorientos, jardines mejor o peor podados, barrios sin luz, adoquines, curvas, rascacielos: ciudades del cuerpo o cuerpos de ciudades donde siempre habrá de transitarse sin guía previa, sin planos ni señalizaciones, muchas veces en medio de la noche, enceguecidos por las luces de los otros cuerpos/ciudades. Así queda instalada esta fusión de realidad y ficción, deseo y escenario efectivo, que sin lugar a dudas se integra a la tradición literaria y social donde se mezclan Platón, Abū Nasr al-Fārābī, Avempace y Averroes, buscadores de La Ciudad Ideal, a la que no siempre le agregaron los cuerpos, nuestros cuerpos vivos, únicos capaces de conformar la unidad natural. No olvidemos: cabeza, tronco, alma y ciudades. 

Es impactante y lúcida la manera en que Cuesta ha logrado, a la par, trasmutar en palabra poética el duelo del exilio, tan caro y conocido en nuestra geografía insular y el duelo del regreso, ese que tiene como categoría fundamental el extrañamiento del cuerpo/ciudad y que aún resulta tan poco registrado en nuestros predios literarios y del pensamiento. Por ello, estos no son solo versos, son también materiales esenciales para la construcción y/o reconstrucción de las ciudades del cuerpo y mano de obra poética vital en esa misma labor.

Dublín que en algún acercamiento celta quiso significar “pozo negro” recoge el cuerpo/poesía arrojado sin más a la página que da cuenta -en igual rango- de las heridas de las partidas y de las heridas de los regresos. Lisboa conciente en ser refundada por Ulises en alguna leyenda una y otra vez olvidada y rescatada. Pero además de esas visitaciones, la poeta también se adentra en las ciudades literarias cubanas, en el cuerpo de la nación poética y poetizada para desde allí –y parafraseando a Gastón Baquero-, los lunes llamarse Hanna y al día siguiente amanecer cosiendo un nuevo apellido en la Matanzas más profunda o cantando con voz ronca en las calles de Nueva Orleáns que, ya se sabe, desembocan a ratos en el Caribe y a ratos en Houston donde está su casa adoptiva, su otro hogar elegido. Pero creo que lo estoy diciendo mal. Debí decir que las calles que ha trazado Mabel Cuesta con sus versos a ratos desembocan en Cuba y a ratos… desembocan en Cuba.
 
Una antropología de la ciudad no puede ser pensada como una realidad ceñida dentro de sus propios muros. Es preciso que se auxilie todo el tiempo de un cuaderno colmado de apuntes, tachaduras, anotaciones al margen, fragmentos de billetes de avión, suelas de zapatos ya gastadas. Bajo el cielo de Dublín, es ese cuaderno imprescindible en la antropología urbana de cualquier trazado del mundo. No concede respuestas pero sabe dictar muy bien las palabras justas que deben aparecer en las postales de la nostalgia. No decreta pautas, no explica cómo se hace la poesía o la vida, en cambio todo el tiempo pasa a contrabando tickets de tranvías que viajan del dolor al placer, palabras que pueden curar de otras palabras, fotografías de ciudades imposibles y por eso mismo absolutamente permitidas.
 
De la Plaza de la Vigía a La Florida, de ciudad en ciudad irá esta plaquette que Ediciones Vigía colocó recientemente en la única primera plana que importa. Estas mujeres y hombres del medioevo una vez más han mostrado su pericia en el arte de hacer libros, que es decir el arte de darle un sentido a las ciudades, a los cuerpos. Rolando Estévez ha concebido un diseño que escapa de cualquier clasificación formal porque explica en silencio aquello que las hojas de los pasaportes nunca alcanzarán a decir.  A cambio de los árboles caídos que la poeta ha entregado y las nuevas ciudades/cuerpos que ha construido con esa misma madera –a ratos carcomida y a ratos intacta-, a los lectores solo nos queda expresar el mejor de los deseos: que en el viaje hacia todos los cuerpos/ciudades que la pueblan y que ella habita, poeta, que te lleve el sol, que te lleve.
 


[1] Que obtuviera en 2012 el Premio de Poesía Digdora Alonso, convocado por Ediciones Vigía, Ediciones Matanzas y el Centro Provincial del Libro y la Literatura en Matanzas, Cuba.

Por: Laura Ruiz Montes.