Alfredo VillanuevaTodo hijo puede ser buscado y mejor aún, hallado, atravesando todos los laberintos. Todo hijo puede ser intuido, descubierto, a partir de fragmentos de imágenes de su vida. Tarea noble y ardua es ir en pos del hijo que somos. El tránsito de la búsqueda, el camino del (re) conocimiento se convertirá en viaje y sendero para el deslizamiento propio. De ahí que no todos estemos preparados para enrolarnos en la definitiva expedición que es buscarnos los unos a los otros –y a nosotros mismos- sea cual fuere el camino, hallemos lo que hallemos al final de la travesía.

Alfredo Villanueva es el hijo buscado por la mar. Es el hijo pródigo. Como tantos otros, retorna para entregar poesía y desvelo. Por eso elige el mar para su regreso. Para poner a los pies de las aguas las ofrendas que un día arrancó de su propia piel para entregarlas a su madre, para salvarla del olvido y la resaca, para salvarse a sí mismo.

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Selección de Textos
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Satori de cómo se hace el amor
 
Para llegar al Satori no se necesita el entendimiento.
Satori existe sin palabras, sin ni siquiera un nombre.

Lo haces
todos los días a la misma hora
frente a un grupo seres hambrientos de horizontes,
engatusándoles descaradamente
para que amplíen las fronteras de lo que conocen,
se atrevan a desafiar a las autoridades,
siempre cuestionen a los politiqueros,
le busquen la trampa a la ley que detesten,
penetren los sistemas para contaminarlos.

Lo haces
abriéndole la puerta a la vecina gringa
para que  de ahí en adelante te medio sonría
a pesar de que arriendas, porque no has digerido
el celular sueño de los bienes inmuebles.
Y no se ofenda cuando se te escape un comentario
en el idioma de los camareros a domicilio,
porque te has cansado de cambiar de lenguas
cada vez que en el ascensor te la tropiezas.

Lo haces
habiendo leído al poeta oficial del imperio,
cuando te das cuenta de que es cuidadoso,
evita el desgaste de sus fluidos,
se cura en salud ante los abismos,
construye vacíos desde los sonidos;
mas de todas formas  vas a la lectura,
sigues a la caterva de admiradores,  y aplaudes
con la  humildad de los iluminados.

Lo haces
caminando por la calle un buen día de otoño,
triste porque cargas un saco de paisajes y muertos,
feliz porque te espera la voz de tu dueño,
y al cruzar frente a chicos que ya ni te  miran,
ocupados en hablar consigo mismos por teléfono,
disertando sobre las mil variaciones de la nada,
les desnudas por treinta segundos con la vista,
sonríes, y sigues con tu cruz, tan contento.

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Mi Güiso


Cuentan que, en las exequias,
la adiposa hermana del muerto,
quien lo arrojara de su casa un día
cuando ya la parálisis lo había marcado,
pretextando no bregar con sus manías;

agarrada al grasiento texto sagrado,
poseída por el dios feroz de esos cristianos
que no han salido del Viejo Testamento;
cuyo gran mandamiento
es el odiar, a todo tren, a todo prójimo,
y a Cristo crucifican nuevamente
por dormir con putas y mendigos;

declaró que Satanás triunfante
había causado el deceso del difunto,
quien merecía su destino ardiente
por haber llevado la vida disoluta
--drogas, licor, mujeres y visiones--
de los bohemios poetas quincalleros.

Poco sabe la vieja malhablada
del país de los ángeles y acróbatas,
el circo, paraíso de los marginados,
donde mi Güiso le da vueltas al sujeto,
malabarea el amor y la palabra,
y hacia infinitos planetas se derrama,
ya para siempre ciudadano del aire.

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La terrible soledad de los coleccionistas
 

La terrible soledad de los coleccionistas,
violentos estrellándose contra los relojes,
atrapados en el  ámbar oscuro de la noche,
rodeados de vidrio azul  como un mar de jaulas,
dando tumbos contra la luz indiferente de una lámpara,
mariposas con sombríos tatuajes en las alas.

La terrible soledad de los coleccionistas.
Huyen porque saben que les llega el momento
de gritar adioses en acordes de órganos,
en exhalaciones de grandes sonidos;
la hora inexorable de las despedidas
en la que acarician cada huella dejada
atrás por unas manos sobre el precioso cuerpo
del objeto que nunca fue amado suficiente.

Poseídos del  rojo vivo iridiscente,
del azúcar violáceo o del púrpura escarcha,
amarillo dolor que los muertos no sienten,
habiendo sobrepasado la estación de las hojas,
la gradual y patética desnudez de los árboles,
el mezquino murmullo de los minuteros
hacia el instante blanco de callada presencia
en que ya no se escucha el soplido del fuelle
dando forma en el fuego al objeto, que siempre
permanece, hierático, envid(r)iado, en el tiempo.

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del libro   En el imperio de la papa frita (1988)

(Uva playera)

A mi madre, Arminda Collado

La mar me llama.
El llamado es urgente,
lleno de caracolas.

Los hijos de las aguas
del azul no se escapan
ni de las olas.

El paso de las nubes,
el temblor de las hojas
se convierte en marea

Borracho de nostalgia
quiero flotar de nuevo
pero el aire es pesado.

La mar me llama.
De espuma llenas
tengo venas y arterias.

Los hijos de las aguas
obedecen al ritmo
de las resacas.

Todo mi cuerpo
busca alzarse salvaje
contra una costa.

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Alfredo Villanueva en wikipedia
http://es.wikipedia.org/wiki/Alfredo_Villanueva_Collado

VillanuevaAlfredo Villanueva
(Santurce, P.R., 1944). B.A, MA. Universidad de Puerto Rico. Ph.D. Literatura Comparada, SUNY Binghamton, 1974. Profesor jubilado de City University of NY. Poemarios: Las transformaciones del vidrio (1985), Grimorio (1988), Guerrilla fantasma (1989), En el Imperio de la papa frita (1989), La voz de la mujer que llevo dentro (1990) Pato salvaje (1991) Entre la inocencia y la manzana: Antología (1996); La voz de su dueño, (1999), De antiguo amor (2003) y Pan errante (2005) (entre otros)