Amores Ajenos. Cuentos. Mae RoqueEn los sucesos que enmarcan estas historias las preferencias sexuales de los personajes juegan un papel protagónico. El narrador existe a partir de su reafirmación como ser sexuado, pero sin pretender nunca prescindir del amor. En la arquitectura del texto la moldeadura erótica se pone en primer plano, aunque fuera de esta los personajes necesitan algo, quizá por ello la búsqueda de la felcidad constituya su alter ego, aún cuando a veces esta resulte una quimera.


La Ruleta

Ahora se van

La mujer alta con el clásico misterio de las grandes putas, sigue las pisadas de la muchacha pequeña que nadie ha notado estuvo siempre en una esquina.

Las miradas atónitas de los cultores del falo secundan el silencio cómplice mientras la música persiste en acabar con la noche.

La muchacha pequeña no debía estar aquí, sino en su apartamento semidestruido, con goteras, menos sobre la cama, a no ser por la llamada del tipo con pretensiones de sabio. De este no recordaba que existiera.

La muchacha pequeña habría dicho – no puedo - si el tipo con pretensiones no hubiera mencionado la yerba. Entonces dijo – voy --.

Y tropezó al entrar con un grupo abundante de piernas regadas en el suelo con todo el consentimiento de sus dueños.

La habitación era poco espaciosa y la muchacha pequeña, decidió ocupar la esquina al lado del sofá donde una pareja hacia prácticas referentes al último número de Play Boys; llegada en la mañana entre las maletas de un apostador. El resto de los presentes estaban demasiado ocupados apostando cual se templaría a la mujer alta con el clásico misterio de las grandes putas y no vieron la entrada de la muchacha pequeña, que no debía estar aquí.

Sobre una mesita japonesa al centro de la habitación se hallaba la más variada oferta de bebidas y un envoltorio de papel, que seguramente alguien había olvidado.

La muchacha pequeña hizo un gesto de fastidio por tener que abandonar su esquina. Lamentó no haber reparado antes en la mesita japonesa, pero se levantó de un salto y tomando una botella intacta volvió a su escondite.

El contenido sería para ella sola, nadie había visto su apropiación y estaba sedienta. Recordaba las líneas de un cuerpo, la vagina húmeda palpitando en su boca. Esta imagen la había acompañado toda la semana y ahora estaba allí, se dibujaba en la puerta.

Las apuestas se acallaron a tiempo para no llegar a los oídos de la mujer alta con el clásico misterio de las grandes putas. La pareja del sofá acomodó sus ropas e invito a la mujer alta a sentarse a su lado. Pero ella prefería quedar junto a los apostadores que se brindaban muy espontáneamente a servirle ron, yerba o bailar según los deseos de esta que, inadvertido para todos, miraba a intervalos hacia la esquina ocupada por la que no debía estar aquí. La mujer alta miraba con aire de mujeraltasuperior mientras la muchacha pequeña recibía las miradas con la misma inexpresividad.

Los apostadores se turnaban para bailar y las apuestas subían silenciosamente. La mujer alta les dejaba hacer, feliz de su poder sobre los cultores del falo, mientras seguía mirando a la muchacha pequeña que miraba a la mujer alta...

La muchacha pequeña no volvió a ver al tipo con pretensiones de sabio, después de su llegada. Este andaba con otros miembros de la fiesta desnudándose según los caprichos de la botella en una barbacoa. En realidad a la muchacha pequeña no le importa el tipo con pretensiones sino las líneas de un cuerpo que frente a ella se mueve sin reparar en la música y pasa por las manos de los apostadores.

La mujer alta con el clásico misterio de las grandes putas sí debía estar aquí. Los apostadores cultores del falo habían echado suertes días antes y sólo esperaban ver quien sería el próximo elegido de la mujer alta.

La mujer alta desconocía la existencia de su propia feria. Ella se movía entre los apostadores sin separar la vista de la muchacha pequeña. Esperaba el triunfo sin pedir demasiado, a pesar de ser ambiciosa. Le bastaba ver una lagrima rodando por las mejillas de la muchacha pequeña. No quería una reacción incontrolada, sólo una lagrima y sería la puta más feliz del mundo. Para la mujer alta la victoria consistía en saborear la destrucción de la muchacha pequeña, que no debía estar aquí.

La mujer alta con el clásico misterio de las grandes putas comienza a calentarse entre los cuerpos, el alcohol, la yerba y la mirada constante de la muchacha pequeña. Ríe. Su ropa se convierten en telas asfixiantes y se pegan a la carne gracias al sudor. La muchacha pequeña descubre las líneas de los senos que forman parte de las líneas del cuerpo que la persigue hace una semana.

La muchacha pequeña descifra el brillo en los ojos de los apostadores que tocan las líneas del cuerpo de la mujer alta. Los cuerpos con sus líneas se friccionan, se convierten en una gran masa semicircular con la mujer alta como centro. Todos ríen. La mujer alta con el clásico misterio de las grandes putas ríe, y piensa en su triunfo. Los apostadores piensan en su triunfo, cada uno por separado.

La muchacha pequeña cambia su mirada inexpresiva por otra casi tierna. También ha descifrado el brillo en los ojos de la mujer alta y arde sin perder la calma.

La mujer alta desabotona su blusa al ritmo de la música e introduce la mano de un apostador entre la tela y la piel. Otro le ayuda con el Jean que lleva demasiado ceñido y hace más difícil su despojo. Otros manos con sus dueños disfrutan de la carne y más de una boca se aventura sobre el cuello y la espalda. Algunas manos se ausentan de las líneas del cuerpo de la mujer alta y dejan al desnudo una variedad increíble de torsos fálicos.

El brillo de los ojos de la mujer alta parece decirle a la muchacha pequeña, -- es para ti –. El brillo de los ojos de los apostadores se confunde pensando – para mí–

cada uno por separado. La mirada casi tierna de la muchacha pequeña da las gracias y por primera vez sonríe.

La mujer alta con el clásico misterio de las grandes putas siente que la risa de la muchacha pequeña suena como una bofetada en sus intentos de destrucción y por primera vez descubre los rostros babosos de los apostadores y el orgasmo de la muchacha pequeña que nadie a notado, que no debía estar aquí.

La muchacha pequeña agradeció mentalmente al tipo con pretensiones de sabio, que ahora formaba parte del grupo de apostadores, la llamada de la tarde.

La mujer alta recoge sus ropas de entre las ropas de los apostadores e intenta vestirse como puede, mientras la muchacha pequeña bebía el último trago.


Mae Roque.
Jagüey Grande. 1972. Poeta, Narradora