Amores y cosas sin importanciaEn Amores y cosas sin importancia[1], Michèle Voltaire dice que tocar a los negros da buena suerte… Lo dice más de una vez en el transcurso del libro. Esa podría ser la razón por la cual sus protagonistas son mujeres acariciadas, violentadas, poseídas, penetradas, esculpidas, amadas, manoseadas…es decir: una y otra vez muy tocadas.

Presentadas a veces desde un humor agudo y en otras ocasiones desde el más penetrante de los dolores, estas mujeres conforman un universo muy disímil. Pudiera pensarse a ratos en una suerte de diario íntimo que muestra las tantas caras de Eva. En otros momentos pareciera que se trata de una especie de catálogo o relación de nuestras negras caribeñas. Pero esa no es la única ambigüedad de Amores y cosas sin importancia, ni es la más importante. El punto clave, a mi modo de ver, está en el reflector que permanece fijo sobre esos cuerpos femeninos que exteriorizan bastante más que sus coordenadas anatómicas y sus apetencias sexuales.
 
En una primera lectura quizás lo que impacte sea el tono deliciosamente erótico y desinhibido de la muestra. La intimidad al descubierto, el atrevimiento, los cuerpos verdaderamente desnudos… Y es una lectura válida pero no debe perderse de vista el firme carácter subversivo de este libro que mezclando prosa y versos hace un rasguño peligroso a la imagen que, desde hace siglos, se ha tenido de las mujeres en las Antillas.
 
La identidad femenina da un giro al timón en esta obra. Ya no se trata de esas heroínas negras, marcadas por la matrifocalidad, destinadas a un hogar donde ellas son el centro. Ni tampoco se adentra en el largo camino recorrido a través del mito donde esas mujeres han sido curanderas y brujas o más bien sorcières –para decirlo en el conocido término del caribe francófono.
 
Michèle Voltaire propone un desvío en el orden establecido. Rara vez se trata de  la maternidad sacrificada, de la abnegación en pro de los hijos, de la renuncia, de los deberes alrededor del fuego del hogar. Aquí se habla del cuerpo de la mujer, de su derecho al goce y al amor. Del deleite de su piel negra brillando.
 
En primer término no importan las posibilidades de fundar o no una familia, ni las opciones para esa familia. No se trata de seguir cargando sobre los hombros el incómodo y pesado rol medular. Es, más que todo, la opción de hacer con el cuerpo lo que el cuerpo pida. Se trata de permitirse apoyar las caderas contra el muro y girar enardecida. Pero más que el cuerpo y sus vaivenes, lo que interesa es la  custodia de sí misma. La defensa de poder gemir en palabras vulgares o dulces no es más que la legítima defensa del derecho a todo, en una totalidad en mayúsculas.
 
Algo se asemeja en Voltaire a la intención de romper el mito que ha pretendido igualar la maternidad a la feminidad. Y para romper ese mito me permito remitirme a “El amor materno”, prosa cruel, agónica, cínica, punzante, en carne viva:
 
Un día, él se acercó demasiado al fogón. Se quemó la
mano. La carne chisporreteó. Ella miró y con una sonrisa
indefinida dijo Tendrás cuidado la próxima vez [2](…)
           
En más de un momento, alguno de los personajes femeninos dicen: "Me mintieron…" o “Mi madre me mintió”. La alusión está clara. Nada es como lo habían anunciado, hay que hacer un camino propio, que vaya más allá de la tradición, más lejos que lo contado y trasmitido. Hay que salirse de ese linaje de mujeres que engrosan el álbum familiar, que conforman los retratos de esos rostros muertos que permanecen pegados sobre los espejos.
 
Michèle Voltaire también muestra los tormentos de los cuerpos. Habla de un dolor que no se canta, habla de la rayuela escrita con tiza sobre el asfalto que en un abrir y cerrar de ojos desapareció -como la infancia- para convertirse en un juego macabro: el paso del Infierno al Paraíso, que se recorre saltando en un solo pie, a merced de todos los peligros.
 
La prostituta Altagracia y su hija Salomé; los hinchados ojos de la loca Clemencia; la mujer que amaba a un hombre que se llamaba como su ciudad y que fue asesinado en el Santiago de Chile del 73 y la piel arrugada y ajada como un mosquitero de Hortensia Nerval son cuestiones de familia que no quedaron bien escondidas y que -absolutamente palpables, tocables-  son, lo que contradicen la idea de la adolescente que en “A cada uno su película" desgarradoramente cuenta:
 
Cuando llegué a este país no hablaba el idioma. ¡Hola,
hola! Todos decían Hola. Yo respondía con mi nombre.
Creía que todos se llamaban Hola. Pronto logré apresar
esas palabras extranjeras. En la calle me tocan la piel
y los cabellos. Los negros traen la felicidad…[3]
 
Ese es el gran desmentido de este conjunto, la verbalización de la ambigüedad, el mito-raíz hecho añicos. Es, para decirlo en los códigos del título de la última prosa del cuaderno, "La verdadera vida", el drama, la tragedia tropical. Asistamos entonces al descubrimiento del lazo real, la relación irrefutable que existe entre las protagonistas de este libro y la identidad verdadera de nuestras negras caribeñas.  A Michèle Voltaire las gracias por la revelación.  
 

 
Por: Laura Ruiz Montes


[1] Amores y cosas sin importancia. Michèle Voltaire Marcelin. Editorial Arte y Literatura. Colección ALBA Bicentenario. La Habana, 2011.
[2] “El amor materno”. Amores y cosas sin importancia.  P. 65.
[3] “A cada uno su película. Amores y cosas sin importancia. P.19.