Ángel Escobar. PoesíaHábitat

Vivo en la punta de un cuchillo.
Si resbalo hasta el filo, sajado
seré antes de llegar al cabo hondo.
Si resbalo por el lomo, me haré añicos
después del mango sucio. Si por los planos
caigo, astillas seré en los bordes atornillados, sí:
no tengo alternativas, y ya no sé
si estar así es peligroso -
ya no comprendo nada:
aquí llegan los ruidos de los alrededores -
querría un poco de silencio,
un ápice de candor, algo
que no mate ni mienta -
oigo una música: sé que soy
un bastardo lastimoso, roto así
cómo se me escapa el arte y surge
la imperfección de este poema.

Cuba y la noche

Todos los poemas los ha escrito mi esposa;
yo no: yo soy un fugitivo: transpiro, deseo,
aguanto: ¿crees que puedes mirarme sólo así
porque lloro de costado? ¿Quieres ver la nasa,
la red, el nicho donde me cazan y zahieren?
Me zafan, ¿y tú crees que esto no es la malla,
la red donde pervive el pez sobre la rama?
¿No ves la rama, el árbol - hondón muerto
donde se pudre el instante? Me fracturo: esta falla
es todo cuanto hay en mí, blando, duro, viscoso;
y tengo el escozor de la víspera: soy el padre
y la madre; pero no puedo ser mi esposa -
los jefes, vacía, quick, viejo George de la estepa,
gatos enmascarados raptando a las princesas negras
vienen a mí: «Dédalo», le masculla la esposa,
y recoge su pelo en una cola que no es más
la de Atila. Sansón Melena es checo; esos no son
proverbios - éste es un ya para que venga el parto
y me tire hacia arriba: bueno, bueno, buenón:
casi así como despabilarse y ser sencillo; al campo
queda el divorcio: la trinidad hace su pachanga
hasta el toque, el roce, lo que no rememoro: tengo
fijo que a la mejor manera caen las manecillas
suizas, las jerigonzas japonesas: a mí me las han
robado - corro, corro - : ¿por qué me dices córrete?;
mira, yo escucho la pregunta: sorbo a mi esposa, ella
me dicta las palabras sopladas como anillos -
también por mí pintan de azul los hospitales:
la vecina, la nuera, el marcapasos, pozos son,
fueron hechos a mí - puedo estar lelo, puedo caer
y caer; no así la esposa: húndete, huye; sopla
la centuria, la trinidad, el triunvirato que así
y aquí me matan.


Hilo Acosta

Hierro al anhelo, al roce de la melancolía.
Hierro a los ojos que vuelan ante ti
como ninguno. Al pie puesto en la danza,
hierro; y a la mano que no transige ni se cansa,
hierro - ; a la cabeza, al plexo, al pulso,
hierro: chasquidos, punto, fiera: golpes,
galope, abuso sobre la espalda del deseo -
herrumbre, pudrición; y a una costumbre,
a un vicio, hierro: dónde poner los párpados -
zahieren, te meten en el frío procaz, sabacanecucho,
idiota: vuelta ante ti: hierro al pájaro,
al duende; mutilado de ti, nada te inventa -
hierro que rechina y salpica, mundo ciego -
hierro, azogue, taladro, cercena, perforando
la dicha, el cráneo, el útero-rompiente,
huérfano, desmedido, chiquito: un verbo, un verbo
para parar la seña, el arquetipo, la forma -
un verbo, una presencia, alguna zarza al fuego,
granos, una caricia, y no a la harina hierro, no -
por qué entre hierro e hierro la boca del corazón
se aterra - : párale, párale; párate, mendaz Imperio,
fúgate; saca ese atroz punzón de mis entrañas;
déjame al menos sueño, vigilia: este desierto
blanco me aniquila, y cuando llego al borde,
al límite - espejismo, sinfín -, tan sólo encuentro
hierro. Hierro. Hierro.


Poblador

Yo vine al mundo de visita
para crear dificultades.
Puede que sea un ángel o un camello.
Tomo una piedra y sé cuál es, entre todos,
mi resguardo. Amo aún el cuchillo
con el que maté a un hombre - lo herí;
pero en mi intención ya lo había matado -
después dos de sus primos, o amigos, o compadres
me mataron a mí; quizá sólo fueron
simples desconocidos, o no: todos los hombres
tienen un parentesco, y todos se conocen;
y ni uno solo es simple.
Tuve una hija a la que tal vez le di el nombre.
En los cines, creí ser mexicano, japonés o italiano.
En la calle fui El Chino. En la infancia,
si es que algo puede llamarse de ese modo,
perdí todos los enlaces posibles con lo real -
fui un huérfano. Me golpearon todo el cuerpo;
pero yo tenía una candela viva. Dormí
en los parques y en el rencor de mis tutores.
Tengo una foto entre uvas caletas donde parece
que soy una persona. No cumplí veinte años.
Amé a más de cien mujeres. Robé en los barrios
altos. Tuve hermanos que padecían su soledad
como si fuera de otros - ahora uno de ellos
me recuerda, con su melancolía desastrosa;
mas yo me aparto de él: puede que haya ido
a la Universidad; pero eso no lo mejora,
y como cree que sigue siendo un hombre
y que está vivo, es un canalla, ruin como tú y como todos.


Ángel Escobar. Guantánamo, Cuba, nació el 3 de marzo de 1957 y murió en La Habana en 1997. Ganó el Premio David (UNEAC) con el poemario Viejas palabras de uso (1977).  Luego vendría el Premio de Poesía Roberto Branly (UNEAC) con Epílogo famoso (1985).  A estos títulos les siguieron: La vía pública (poesía, La Habana, 1987), Malos pasos (poesía, La Habana, 1991), Todavía (poesía, La Habana, 1991), Abuso de confianza (poesía, Santiago de Chile, 1992), Cuéntame lo que me pasa (relatos, Zaragoza, 1992), Cuando salí de La Habana (poesía, Zaragoza, 1997).  Póstumamente, en diciembre de 1997, se publicaron, también en Zaragoza, los poemarios: El examen no ha terminado y La sombra del decir.