El AncianoÁngel Escobar. Poesía

Estoy parado en esta esquina -
entre la cordillera y el mar,
entre el sur y el desierto.
Soy pobre, pero no puedo vender mi pobreza,
ni cambiarla por un augurio.
Seguramente estoy esperando algo
parado en esta esquina del mundo,
pero ya no sé qué. Quisiera
ser una chispa en algún fogón,
en alguna cocinería, en el campo.
Pudiera ser yo el campo, o el fogón
o la chispa; pero eso no lo entendería
mi compadre: se lo llevaría otro.
Ay, muchos compadres necesitan comer -
y yo no puedo transformarme en nada,
ni hacer una promesa que nadie cumpliría.
Ahora estoy parado en esta esquina -
entre una rodilla rota y un latón de basura,
entre un paredón y un diente de menos.
Hablo con calma, solo; ni siquiera puedo ser
un mendigo: no tengo dones para eso.

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Exhortaciones al Principio

mírame bien / ves esta cara redonda como el parche
de algún tambor de feria / te pregunto
la ves/ tú estás seguro que la ves
si así es puedes rajarla no más con proponértelo

lo harás cogiendo tus baquetas golpeando
un poquito más duro que antier / te aseguro
que hoy no hará la misma fuerza que mañana

rómpela / pronto / rómpela
no te detengas / yo me torné inmaduro difícil cuestionable
yo conservé el error y la posibilidad de lo imperfecto
yo celebré el desliz que salía caliente de mi plexo solar
y de mi cara
metía y meto la pata en cualquier hueco y el riñón
menos apto y el pulmón y la cara /
mira que fallo cometió el universo
al empujar tantos litros de sangre a este abandono

acercarte perfecto
puedes coger el martillo / hacer añicos
mi cara / este trozo de terracota mal moldeada
yo sé que piensas que se parece a un cero / pues no
lo pienses más / decídete y golpea
que el cero es una posición muy incómoda
ven machácala y anda / machácala y trota
podrás hacerte un escalón
cuando ya esté mi cara derrumbada

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La Conspiración de los Necios

Juntémonos en tu casa el sábado.
Sí: tiremos cualquier cosa a las brasas-
aunque sea un hombre:
sí: volvámonos caníbales -
eso da prestigio y fama -
eso hace que uno deje un trazo
como hace el caracol sobre la tierra -
si es que la Tierra es algo.
No todos podemos ser próceres piadosos.
Juntémonos en tu casa el sábado.
Sí: fumemos bastante; fumemos de todo;
fumémonos el todo: hasta que nos de cáncer -
el cáncer sí que es Creacionista -:
ahora mismo está haciendo que se pudra
la rosa en este problema.

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La Presencia

No te he abandonado.
Estoy aquí contigo.
Te han atado en la costa
a un madero,
entre el mar que desdeñas
y la tierra que amas.
La marea sube; el poste
resistirá. Mientras tanto,
los cangrejos pueden comer tus vísceras.
Al amanecer,
si la marea no te ahoga
ni los cangrejos te devoran,
las lanzas se cebarán en tu carne.
Tendrás frío. Es de noche.
De algo te servirán tu desdén o tu amor.
Yo no te he abandonado.
Estoy aquí contigo.

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Un poco de paciencia

Al hijo de un Jorge, su abuelo por parte
materna que recorrió todos los mares, todos
los continentes, y ahora recorre la muerte,
ese otro mapa, le dijo que en su país,
un sur donde comulgan la cordillera y el desierto,
el puerto que bien podría ser un verso,
una mujer, y diez o doce o hasta veinte supersticiones,
le dijo -te repito en mi angustia- que allí,
en su país, patria, nación, alma o desamparo,
o fuego, se podía tocar la luna con la mano.
Ahora ese niño está bajo la luna aquella, está
donde no está su abuelo. La lejanía, el frío
ahora le hacen preguntarle a la madre,
de parte de la omisión que aumenta el desconsuelo,
si es que él mentía en el exilio, lejos. Ella, ella
acerca su cara, calla; pero uno ve lo que dice su silencio:
la nostalgia, si no corrige la realidad, la inventa. 

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Un poco de antipoesía
 
Quién fuera Bob Marley
para gustarle a Violeta,
la hija de Lucrecia Brito
que, según Juan, se parece a Michelle Pfeiffer-
aunque Bob Marley sea negro y esté muerto,
y aquí, como en cualquier lugar,
sea más conveniente ser blanco y estar vivo.
 
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Otro que está
 
Los mayorales del conde variopinto
azuzan a los perros y a los rancheadores
contra mí -tiemblo, corro, me asusto:
busco un monte, un bosque, algún zarzal
contiguo a mi osadía; gritos, silbidos, caballos
que me cercan -al barracón no vuelvo:
huyo, pero en la huida no puedo hacer
un palenque ni tener una lanza o un fósforo
para quemar la paja de mi cuerpo.
Vienen muchos, y todos me zahieren, rompen
en algarabía atroz porque he llegado a la ciudad
-un grito y otro entre edificios y decretos-
aquí es más fácil atraparme: ya estoy atrapado,
roto, sucio en el cepo, se solazan, sal, látigo,
hierro: “Miente para que te conviertas”; dicen
con un ojo tapado con un trapo sucio, “sé el buey –
que el aguijón te avise”. Quédate quieto, corre,
párate, ausculta, no escuches tu corazón tullido:
ven a mi lado, te daré una palmadita
en el anca, recuerda que eres un buey
que no ha tenido nada, y si quieres ser otra cosa
sé un carnero: en la ciudad un carnero
vale más que dos hombres, eso lo saben
los polizontes apostados: juzgan, pervierten,
y de ti, res destazada en los mercados, no
quedará sonido: no creas que eres un cencerro,
no pienses en tu hermano menor porque está
muerto, y los muertos son los peores –
no vuelvas a decir lo que dijiste:
nosotros hemos contribuido a que lo digas –
y eso, también, nos pertenece, como tú y como todo.

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Hospitales
 
Yo vi a Rimbaud amarrado en una cama
y al Papá Protagónico amarrándolo duro,
y su piyama, soltándolo -gritaban y se soltaron
los huesitos vírgenes con doctores soplando
el fagot roto,
se quebraron los vasos, las persianas, los símbolos
y luego cada cual según su síntoma
le llegaron su píldora, sus ojos, su cuaresma.
Era el año bisiesto de estos días de Marzo y vi
como se ahorcaba al chivo en un pedrusco.
El choncholí explotando su cercado, y él sentado
mirando por arriba-
responsabilidad y culpa a los teléfonos,
a los viejos modales de los jueces
y a sus hijos. Yo vi a Rimbaud escupiendo
en una cesta de ojos bien templados,
y sanos como agujas. Lo vi “No me
arrepiento”. Estoy tranquilo, soy
el escriba, el buey
que no ha tenido nada. Estoy tranquilo.
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Punto Muerto
 
Qué ausencia la del mar en esta villa.
Falta lo que te envuelve, lo que embulla.
Líquido placentero que da vida o aniquila
al deseoso. Mar mío que no soporta el límite,
se ha ido y me ha dejado a la intemperie.
Qué habré de hacer, ojo fijo al espanto.
Qué es lo que me liquida ante el horror
de un olvido implorante. Llego y muestro
la mano que cercenó el verdugo. Canto –
si pudiera cantar como ninguno. Ayuno,
falto, sigo, resucito, mar que le ofrece
el labio a los deseosos, me pararé ante ti
como un viernes que esparce su ceniza,
pondré la planta de mi pie que añora
ser tu orilla junto a la mano seca: el rol
podrido que me han dado -feliz el testamento.
Fastuoso, cómo no ver que llegas, meta, punto
pobre, y entorpece estas líneas -llega el tamaño
grito, pendón, cárcel, muchacha, me cobija-
abro la boca y sigo de costado buscando
en donde acuclillarme, proseguir -falta, falta:
eso dicen los huérfanos. Palma, cinto, cuchillo,
total, no complemento. Moriviví amargo, mar
que te apartas del sol de los iguales, pon
tu placenta, el útero, el regreso, y que yo pueda
hablar y callar en el intento. Mienten los iguales
del sol, sus rayos temen calcinarse en la piedra,
la cal, la nieve de estas cuatro paredes, bartolina
que ciega el impulso y da fluspirilenum. Dame
la posible visión de un colibrí que toque la flor,
la mariposa, y sea, pues yo no puedo ser. Abusa
el miedo, golpea su buen gong callado, arrima
su guillotina que separa al dador de su cabeza.
Ve, triste mar sencillo, hasta donde dijiste;
ven y ráspame esta mugre del alma, y sopla,
porque ya sé que eres mi semejante. Vuelve.
 
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Epigrama fatal
 
Quién fuera Isolina Carrillo -
que compuso Dos gardenias,
un bolero que escucha toda América,
y no Ángel Escobar -
que escribió Abuso de confianza -
tuvo que pagar para que lo editaran,
y no lo lee ni su primo más cercano.
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