Cumpleaós de RenéPronto será mi cumpleaños y me desempataré en la cuenta de vida con mi maestro René Alberto Fernández Santana, que cumple primero que yo, el 8 de abril. Ahora mismo nos llevamos 20 años, pero cuando yo cumpla el día 27, del mismo mes en que nació él, las dos décadas cerradas que nos separan ya no serán. Cuando vine al mundo ya estaban en él los grandes maestros titiriteros, en Europa, Asia y Las Américas, seguro que en Oceanía y África también, el universo de los títeres es un tesoro inexplorado, donde siempre uno encuentra cosas increíbles.

René fue alumno en 1962, de los Camejo y Carril, pioneros del teatro de muñecos profesional en Cuba. Fue una experiencia corta como pedagogía de pupitre, pero larga en intercambios artísticos, en ejemplos y herencia de dignidad y persistencia. En el ballet, los grandes bailarines y coreógrafos blasonan de haber sido alumnos de un alumno o colega de Nijinski, Balanchine, Bejart o Alonso. Yo soy discípulo –no digo fui, no puedo decirlo- de Fernández Santana, que lo fue directamente de los Pepes y Carucha.

En su cumpleaños 69, su educando, aún de 49, lo felicita desde las filas del trabajo en pro de los retablos, un trabajo que no quiere pregonar perfecciones, ni un hazlo como yo, sino una coherencia en los presupuestos artísticos que proclamamos, con resultados que nadie nos regalo, sino que ganamos luchando entre aprehensiones, disensos, maledicencias, envidias y tristezas, las mismas bardas con las que el maestro matancero logró crecer y sobrevivir. Esa herencia de batallar y lidiar contra cualquiera adversidad la aprendí a su lado, en situaciones límites y en contextos delicados. Otras las escuché de su boca, como cuando tras participar en el Festival Nacional de Teatro para Niños, de 1983, en lo que significaría su regreso nacional a la escena titiritera, tras un decenio de parametración, llegó a La Habana con cuatro espectáculos, dos para adultos y dos para niños, más una impresionante exposición de muñecos. No fue premiado ni reconocido en ninguna de las categorías. El diseñador Zenén Calero, de 28 años entonces, le preguntó ¿Y ahora que hacemos?, anonadado ante tamaña vivencia, y el maestro le respondió: -Seguir trabajando.

El teatro es un cachumbambé enorme, donde los artistas que amamos la profesión con conciencia de causa nos montamos con un susto en el estómago, intentamos con todas nuestras fuerzas estar arriba, la posición supuestamente ganadora, mientras la vida con todas sus sorpresas y sus años nos empuja hacia abajo, por tanto el corazón se llena de pena. De alegrías también aprendí con Fernández, de orgullo hacia la titiritería, de fidelidad a la misma elección que hicieran antes Villafañe, Obratszov, Mireya Cueto o Michael Meschke. Es esa felicidad la que nos mantiene a ambos aquí, a pesar de intensidades, afinidades y diferencias, entre nosotros y con el mundo.

Crear acciones promocionales, científicas y de intercambio, es otra de las asignaturas fernandianas que bien aprendí en mis doce años a su lado. Mis alumnos de hoy me dicen que me parezco a él más de lo que yo imagino. Soy matraquilloso con la disciplina, la asistencia, los montajes, la producción, como él. Al grito de ¡Vamos!, todo el mundo corre al escenario. Es el mismo grito de René llamando a sus actores. Mi universidad del títere fue él, y caminar el mundo deleitándome con otros teatros que no tienen por qué parecerse al mío. Me siento feliz por ello. Incluso mucha gente que conoce su nombre, de tanto escucharlo por todos los lados de la isla, me llama René. Ya sé que es una identificación con la palabra titiritero que el distingue con su obra creadora, por eso no los rectifico.

Crear una escuela lleva tiempo y contratiempos, no siempre sale bien, no siempre podemos ponernos en el espacio de quienes serán nuestros continuadores. Cuando leo o escucho de alguna propuesta teatral o acción titiritera formativa de Arneldy Cejas, director artístico del Teatro La Proa, alumno como yo de René Fernández, me alegro desde lo profundo. Lo mismo cuando alguno de sus alumnos de ocasión – ha dado muchos talleres y conferencias por todo el país y el extranjero- expone su trabajo con las figuras aquí o allende los mares. Me brillan los ojos y el alma cuando veo a Pedrito Rubí, uno de sus más inquietos y persistentes alumnos de la actualidad, sentado en una función de Teatro de Las Estaciones o de otro conjunto escénico de visita en la ciudad. Me recuerda a mi mismo, a otros como yo, y me siento en paz con el futuro. Una nueva generación Fernández Santana se alista y trae nuevas brisas, corrientes personales que tienen un cromatismo particular, pero en lo más hondo poseen la misma savia de este hombre tan especial que vive desde el 8 de abril de 1944 en su tierra natal.

Matanzas se llena de fuegos artificiales en cada aniversario del maestro. Yo, que lo conozco bien, que nunca he sido de la cohorte de adulones ni de farsantes que también viajan en el Carro de Tespis, le deseo desde la sinceridad de quien lo adora con todas sus luces y sombras: ¡FELICIDADES! Larga vida maestro, artista, papá.

René Fernández Santana, es director general y artístico del Teatro Papalote desde 1964 a 1971, y luego desde 1981 hasta la fecha. Recibió en 2007 el Premio Nacional de Teatro. Posee varias distinciones y condecoraciones nacionales y provinciales, así como galardones en festivales y concursos de teatro para niños y de títeres de Cuba y España. Su obra dramatúrgica es publicada y llevada a escena en nuestro país, Latinoamerica y Europa. Es presidente desde 2010 del Centro Cubano de la UNIMA y presidente del Taller Internacional de Títeres de Matanzas. Son varias sus acciones promocionales en favor del teatro, entre ellas el proyecto comunitario La calle de los títeres, los Estudios de primavera para jóvenes titiriteros y la temporada Narices rojas que potencia el arte del payaso.


Por Rubén Darío Salazar