Aquel salto al vacio. Poesía. Ángel escobar“Estamos x aterrizar / en el aeropuerto de Santiago de Chile / Passengers are kindly requested to keep their mouth shut / thank you”, leemos en uno de esos antipoemas del más reciente Premio Cervantes, el interminable Nicanor Parra. “Estas son las confesiones de un idiota”, escribió el poeta cubano Ángel Escobar en el prefacio de su libro Cuando salí de La Habana, fechado en Santiago de Chile, 1994. Salir de La Habana es aterrizar en el lejano sur, y en el eriazo de la palabra propia.

La experiencia chilena del poeta se extiende a su siguiente libro: El examen no ha terminado, que vio la luz después del suicidio de Escobar en febrero de 1997. El poema “Cierto forastero” comienza así: “Aquí en Chile uno se vuelve antipoeta / pero nunca llega a ser Nicanor Parra / y nunca, nunca, nunca / tendrá una casa en La Reina”.

 Tampoco tendrá, como leemos en los versos siguientes, dinero para comprar un busto de Neruda (la falta de dinero, la precariedad económica, el rastrojo, son constantes del poemario), ni la renta de Huidobro, ni mucho menos el Nobel que le dieron a la Mistral. En Chile uno puede ser el mejor poeta que anda por ahí, pero

“...no se comerá tres vaquillas sentado en su leyenda / como Pablo de Rokha –ni sufrirá como él–, / ni tendrá El molino y la higuera, como Jorge Teillier. / Será, y no hay desmedro en ello, será, digo / siempre un forastero.”

El idiota. El forastero. El poeta que mira de reojo la tradición —siempre ajena— y habita los márgenes de una escritura hecha desde el confort social. (Por ahí pasan las tres cuartas partes de la herencia de Ángel Escobar en la creación artística cubana de hoy.)

En El examen no ha terminado no encontraremos nada que pueda decirnos entre líneas: quién fuera Nicanor Parra (o quién fuera Gonzalo Rojas). En cambio, en el poema “Un poco de antipoesía”, Escobar nos dice directamente: Quién fuera Bob Marley. Apenas se puede exagerar la seriedad de una broma como esa.

“...aunque Bob Marley sea negro y esté muerto / y aquí, como en cualquier lugar / sea más conveniente ser blanco y estar vivo.”

El forastero, que además es negro, ya viene con el prefijo anti metido en el cuerpo. Si Chile es la antipoesía, Ángel Escobar es allí una suerte de antimateria o materia oscura desconocida que escribe. En el poema “Otro poco de antipoesía en dos partes”, leemos:

“Porque soy de otros lares / y feo como un mandato / los chilenos me dicen cualquier cosa / las chilenas no me entregan su boca / […] claro que yo no soy Gonzalo Rojas / pero ellas muy bien podrían darme un poco / [...] O qué pasó con aquello de: / ‘Y verás como quieren en Chile / al amigo cuando es forastero’. / Forastero no dice si hay que ser lindo o feo. / Y yo vengo, lo juro, de muy lejos.”

La lejanía que Escobar encarna no es sólo geográfica o racial. Es también, por aquellos años, la distancia entre dos mundos: el que dejaba atrás una dictadura y el que dejaba atrás una utopía, el que iniciaba una transición y el que se hundía en el desastre.

Si, como dice Julio Ortega, “la antipoesía es el más vivo y permanente documento de la capacidad de sobrevivencia del sujeto hispanoamericano en esta modernidad desigual”, su huella en la obra última de Ángel Escobar documenta la capacidad de un sobreviviente para captar y expresar el horror incrustado en las propias ilusiones de modernidad.

“Entre todos los que hay / quiero tomar un taxi / ése, por favor, ése / pero el chofer está dormido, es gordo, se despierta / me mira con ojos de otro mundo, se estira / y ni siquiera me contesta. / Qué pasa con esta democracia / –dan ganas de decir– / que uno no puede ni elegir un buen taxi / ése, por favor, ése.”

Me interesa esto: la experiencia chilena de Ángel Escobar (que podemos situar más allá de Santiago de Chile: en La Habana, por ejemplo) como ese fuera de lugar, ese desajuste que camina entre los taxis. Esa tensión no resuelta (porque también es interior y, como la esquizofrenia, nos sigue hablando) entre devastación y democracia.

En 2012 se cumplen quince años de aquel salto al vacío que diera el poeta de la psicatriz. Habrá que recordarlo con renovada urgencia los años que vienen. Ojalá su fantasma, que es negro y está vivo, se le aparezca pronto en Cuba a muchos escritores que son blancos y están muertos.


Tomado de: http://www.cubaliteraria.cu/revista/laletradelescriba/index.html

Por: Jorge Enrique Lage