Los estudios arqueológicos en CubaEl evolucionismo que en el siglo XIX  marcó pauta en el acontecer científico mundial, a fines de esta centuria se hallaba en franco declive. El registro etnográfico ampliado extensamente con los trabajos de antropólogos y etnólogos  famosos planteaba nuevos problemas a dilucidar por la ciencia.

A fines de esta época surge en los Estados Unidos una línea de pensamiento antropológico asociado a Franz Boas  (1858 – 1942)(2), naturalizado  en EE.UU, de origen alemán. Este ganaría muchos  adeptos  por  su forma  de  interpretar   la historia del devenir humano. Abiertamente en  contra del evolucionismo,  este antropólogo, negó la generalidad y destacó el particularismo concreto de cada sociedad; de ahí la denominación, entre sus seguidores,  de escuela del relativismo cultural o particularismo histórico.

Sus principios básicos establecieron la oposición a la aplicación superficial del método comparativo al plantear la acertada opinión de que la semejanza externa entre  los fenómenos no asegura un igual e idéntico origen. Boas se consagró sin reservas al estudio del hombre y la antropología.

Los criterios difusionistas en boga a principios del siglo XX, no eran postulados aceptados por Boas y sus seguidores, quienes los consideraron simplificados esquemas para lograr comprender una realidad lejana en el tiempo; aunque no era rechazada totalmente la idea de la difusión cultural como proceso creador, al conducir una modificación de sí mismo cuando pasa de un sitio a otro.  Su esfuerzo por hallar explicaciones históricas a los procesos culturales lo definieron como un etnólogo de corte historicista y en esta dirección influyó significativamente en los arqueólogos de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. De hecho planteó que el estudio del pasado de una cultura (grupo humano) contribuía a su mejor conocimiento. Por consiguiente, la arqueología bajo la égida del historicismo cultural y el efecto de las  enseñanzas boasianas se consideró en la etapa, como uno de los métodos de la antropología. De  ahí que se caracterice en este período de  forma  general  como descriptiva,  al  realizar  reconocimientos y excavaciones breves, proveyendo informaciones sobre los yacimientos estudiados e inventariando los artefactos localizados sin establecer muchas interpretaciones, preocupados solo por determinar un “esquema cronológico, más que el de una verdadera historia cultural”(3). Los historicistas, además, efectuaron comparaciones entre las  industrias arqueológicas y culturas etnográficas. Estos factores condicionaron la vigencia de los criterios positivistas en los estudios de la sociedad comunitaria en la mayor de las Antillas.

“Si hubiera de demostrarse la existencia de una relación estrecha entre raza y cultura, sería necesario estudiar para cada grupo racial, por separado, la acción recíproca entre la estructura física y la vida mental y social. Si se probara que no existe, sería dado tratar a la humanidad como un todo y estudiar los tipos culturales prescindiendo de la raza".(4)

Por consiguiente se difundieron entonces los términos rasgo y área cultural ante la dilucidación de problemas referidos a los análisis arqueológicos, por lo tanto éstos quedarían resueltos a través de la acumulación del conocimiento sobre culturas del pasado, por medio de las evidencias materiales y su caracterización formal.

Independientemente de las anteriores reflexiones, los postulados de Boas, se constataron mayoritariamente en el campo antropológico, aunque también permearon las interpretaciones en los resultados arqueológicos. Los norteamericanos  que  visitaron  la  Isla con estos últimos fines, a raíz de la intervención norteamericana que propició la entrada e intercambio de colegas en esta esfera, llegaron impregnados del espíritu y preceptos de los antropólogos boasianos. No obstante, aunque la aceptación del pensamiento antropológico de Franz Boas   entre  los  investigadores fue  generalizado,  posteriormente se le ha criticado por el hecho de que su insistencia metodológica aminoró su capacidad creadora(5), desechando de esta manera la especulación y la contradicción como forma de desarrollo de las teorías. 
  
A Cuba arribaron en misiones científicas: Stewart Culin (1901), Jesse Walter Fewkes (1904), Teodoro de Booy (1914) y Mark Raymond Harrington (1915 y 1919). La historiografía aborigen del XIX reportó la visita en 1860 de C.G. Squier; quien dice que observó desde un tren, entre Bemba (actual Jovellanos) y Unión de Reyes; en Matanzas; túmulos de 3 a 6 pies de alto y de 30 a 60 pies de diámetro, pero no hubo tiempo de explorarlos. Solo se conoce esta referencia y la arqueología contemporánea no ha podido ubicar evidencias de esta localización visual. También Carlos M. Trelles en su catálogo bibliográfico de 1900, señaló la estancia en el territorio de los célebres etnólogos norteamericanos J. W. Powell y W. H. Holmes que laboraban asociados al Bureau of American Ethnology de Washington, quienes junto a Boas conformaron la vanguardia de la disciplina en los EE.UU de fines del XIX e inicios del XX. Se desconocen los detalles de esta importante   cita en el país,  impidiendo su   esclarecimiento, la inexistencia de registros referentes a este hecho y la ausencia de investigaciones sobre el tema de autoría norteamericana.

Otro arqueólogo de esta nacionalidad que laboró en Cuba fue Daniel G. Brinton (1837-1899), según señala Jesse Walter Fewkes, en su obra  “Prehistoric culture  of Cuba” (1904), pero de cuyo quehacer no se posee otra información. Según expone, Brinton exploró y estudió algunos lugares de Cuba pero no precisó ninguno de ellos. La Revista Arqueología Americana en su vol. 2, # 10 de octubre de 1898 editó su artículo, “La arqueología de Cuba”. El escrito del norteamericano fue un ejercicio de labor historiográfica que no aportó ningún elemento novedoso para el estudio de la sociedad comunitaria de Cuba. Su compilación sobre el trabajo arqueológico fue incompleta, destacando la contribución en este campo de Miguel Rodríguez Ferrer, Andrés Poey, García y Pi y Margall. Debo precisar que la participación de los dos últimos es insignificante. García fue el editor de la obra de Poey en 1855, en cambio desconozco por que el autor cita a Pi y Margall, a quien se reconoce por su texto Historia de América Precolombina, que no tiene carácter arqueológico. Brinton consideró que las localidades propensas a la investigación de este tipo la constituían los extremos oriental y occidental de la Isla, es decir Santiago y Pinar del Río; además  estuvo de acuerdo erróneamente con Ferrer en creer que existían huellas mayas en el  país. En cambio, opinó certeramente sobre la labor arqueológica en el archipiélago cubano, al plantear que la misma no había sido desatendida totalmente por los cubanos, a quienes define como inteligentes, al mismo tiempo que señala que son pocas las investigaciones sobre vestigios "indios" en el país.

En 1901 llega al país Stewart Culin (1858-¿?) asociado al Museo de las Ciencias y el Arte (Free Museum of Science and Art) de la Universidad de Pennsylvania. La motivación principal de su periplo fue investigar la existencia de salvajes viviendo en las montañas occidentales. Su breve recorrido consistió en visitar algunas cuevas de Baracoa y Pueblo Viejo en Maisí, pero en esencia no aportó nada al registro arqueológico cubano en aquel momento. Su presencia  evidenció el flujo de científicos norteamericanos al país después de la intervención, inaugurando un nuevo tipo de relaciones entre ambos países, donde los "intercambios" científicos no fueron descuidados.  La adquisición por EE.UU de Puerto Rico, al finalizar la guerra, amplió el interés en la arqueología antillana y la etnología a través de Estados Unidos. La posesión de una Isla serviría para abrir el caribe completo a la exploración. (6)

En 1904 llega a Cuba  Jesse Walter Fewkes con su experiencia de trabajo arqueológico en otros lugares antillanos y el conocimiento, además, de las obras de los cronistas. Dos móviles le impulsarían en este viaje, saber que acontecía en la Isla, tan cercana a Yucatán, lugar de grandes centros ceremoniales, en cambio Cuba con pocos datos existentes sobre objetos aborígenes; y en segundo lugar la pobreza de las colecciones de la prehistoria cubana en el museo donde laboraba.

Después de su visita Fewkes escribiría la mencionada Prehistoric culture of Cuba, cuyo mérito principal radicó en la proyección de su análisis comparativo, de las evidencias localizadas en Cuba con la de otros antillanos, cuestión que modificó la interpretación que sobre las comunidades indocubanas se tenía hasta el momento. Este autor señaló en primer orden, la existencia de más de una cultura o grupos humanos con distintos niveles de desarrollo. Hasta la fecha era común la definición de siboney para todo indicio indígena en el territorio, sin embargo el norteño estableció la relación entre las piezas del oriente cubano y sus similares antillanas, a las que denominó taínas, llegando a la conclusión que esta cultura era la más avanzada y totalmente importada, añadiendo que no era precisamente la caribe. Con relación a este grupo, otro elemento importante fue su visita a Pueblo Viejo, donde percibió la semejanza de éste con las plazas de danzas de las islas antillanas vecinas.

Duda sobre el establecimiento de los caribes en territorio cubano, aunque acepta como probables pequeñas incursiones de los mismos a la Isla. Añade que la semejanza de los cráneos deformados localizados en cuevas de Maisí y los de la isla antillana de  Guadalupe, no prueban una identidad de raza. Este sería el punto de partida para la solución definitiva de la polémica sobre los caribes y las deformaciones craneanas que había caracterizado el siglo XIX cubano.

Los planteamientos anteriores del arqueólogo norteamericano son fieles portadores del espíritu boasiano que imperaba en la época al aceptar la difusión renovadora que posibilitaban los contactos e intercambios entre los grupos caribeños de igual o  diferentes niveles de desarrollo y comparar las evidencias en función de la acumulación de datos para lograr una mejor interpretación del material localizado. Su meritorio estudio le hace arribar a criterios certeros, hoy vigentes para el conocimiento de la etapa precolombina de Cuba. En cambio, al relacionar  aspectos de la historia de la arqueología cubana, comete un error imperdonable. Cita como contribuciones a la disciplina, el trabajo de Andrés Poey (1855), la obra de Bachiller y Morales (1881), la de Brinton (1898) y la Prehistoria de Cuba de Gómez Planos (1900) ya comentadas, y omite en su texto todo el magnífico legado antropológico del XIX, válido para la ciencia en la Isla. Indiscutiblemente, para Fewkes, la arqueología y la antropología son dos materias con objetos de estudio diferentes. También al referirse a la cultura siboney, que cataloga como la más atrasada, no se convence de su existencia en occidente, pues las pruebas que aparecían hasta el momento le fueron insuficientes. Esta opinión del norteamericano sería superada a lo largo del siglo XX con los numerosos hallazgos en el oeste del territorio.

Otro aspecto significativo, abordado por Fewkes en su obra, fue la presentación por primera vez de las colecciones públicas de la Isla y la descripción de algunos de los objetos más importantes que en ellas se incluyen, comentario que fue atribuido a Harrington por mucho tiempo. El autor refirió las colecciones arqueológicas de la Academia de Ciencias, de la Universidad de la Habana (Museo Montané) y del Museo Bacardí de Santiago de Cuba.

Jesse W. Fewkes logró fusionar la información histórica y la arqueológica, que fortaleció con su experiencia de trabajo en las Antillas. Sus conclusiones precisas y comentadas constituyeron un punto de partida para la comprensión de la forma de vida de los aborígenes cubanos. Este fue su principal legado. Sus opiniones fueron retomadas y completadas posteriormente por su colega, Mark. R. Harrington, quien al evaluar el artículo de Fewkes plantea: “... contribuye a la elucidación del problema de las culturas autóctonas de Cuba o por lo menos indica el camino a seguir”(7). Sin embargo, este autor no es ampliamente referido en las obras del siglo XX, quizás porque su artículo no fue publicado en Cuba. No obstante, los pocos que lo mencionan solo lo reseñan y no analizan sus aportes significativos a la arqueología cubana, pautas que continuó su seguidor, Mark R.  Harrington.

No se conoce otra presencia de norteamericanos en Cuba hasta 1913, cuando el Dr. Luis Montané Dardé recibe en La Habana la visita de Teodoro de Booy, de tránsito hacia Santo Domingo donde realizaba un trabajo(8). El profesor universitario le ofreció información tan importante sobre los aborígenes que hizo que el miembro del Museo del Indio Americano, Foundation Heye, en New York arribara a la Isla en febrero de 1914. En su breve estancia determinó su regreso en enero de 1915 para continuar su labor. Su  investigación  preliminar incluyó exploraciones en la Gran Tierra Maya, en Patana y en Santiago de Cuba. Realizó excavaciones cuyos resultados se resumen en localizaciones de conchales y vasijas de barro con una nueva técnica: la intervención  extensiva  que le  permitió determinar las  áreas de desperdicios, las zonas libres, además de calcular el tamaño de los  depósitos. Realmente este investigador no contribuyó novedosamente a la arqueología indocubana, solo continuó las líneas directrices de la interpretación de su antecesor, referida al trabajo comparativo.

Antes de su partida, compró piezas arqueológicas que llevó consigo para engrosar la colección de prehistoria antillana del museo de la Heye Foundation.(9). En su estudio sobre alguno de aquellos objetos, particularmente las asas de barro, precisó como verdadera la representación estilizada de monos, hecho corroborado en la Isla con el hallazgo de restos de ese animal en 1888 por el Dr. Luis Montané Dardé en la Cueva del Purial.

Este arqueólogo norteamericano, con su incursión, propició la llegada a Cuba, años más tarde, de su colega en profesión y trabajo, Mark Raymond Harrington.

La obra de Mark Raymond Harrington. Pautas para la arqueología cubana.

Mark Raymond Harrington (1882 - ¿?)(10) fue uno de  los  autores que con más interés trató el tema aborigen cubano desde la perspectiva arqueológica.
A petición del Sr. George G. Heye, director del Museo del Indio Americano en febrero de 1915, Harrington llega a Cuba para  continuar las exploraciones arqueológicas de la parte este de la provincia de Oriente, iniciadas preliminarmente por el citado Teodoro de Booy. Su primera visita la efectúa en 1915, cuando exploró Baracoa y pasó unos pocos días en Vuelta Abajo, en el otro extremo de la Isla. En 1919, por segunda ocasión, en suelo baracoense y santiaguero, demora su estancia y más tarde, desarrolla un trabajo preparatorio en tierras pinareñas. Sus impresiones y resultados de la labor realizada fueron expuestas en Cuba before Colombus , editada en Nueva York (1921); por la Heye Foundation y el Museum of the American Indian. En Cuba, el texto se difundió en 1922 y posteriormente en 1935, gracias a la traducción efectuada por Antonio Mestre  y Fernando Ortiz, de las cuales la última es la más conocida.

El autor de Cuba before Colombus resume en su primera parte los trabajos de diversos investigadores sobre los aborígenes cubanos. Compila lo producido sobre la temática indígena en la mayor de las Antillas, incluyendo las obras históricas, filológicas y arqueológicas, aunque no realiza un análisis valorativo de estos textos en función del desarrollo de la disciplina en el país. Sin embargo, este intento agrupador de la bibliografía existente en la Isla sobre la sociedad comunitaria, favoreció sin duda al conocimiento sobre las actividades de los investigadores norteamericanos en el territorio. Menciona las labores de Miguel Rodríguez Ferrer, Andrés Poey, Luis Montané, Carlos de la  Torre (quien asesoró sus excursiones en el territorio), Stewart Culin, Jesse Walter Fewkes, Teodoro De Booy y Juan Antonio Cosculluela, además de José María de la Torre,  Bachiller y  Morales, Esteban Pichardo, Nicolás Fort y Roldán, Alfredo Zayas, Álvaro Reynoso y Francisco Vidal Careta.

Indiscutiblemente esta relación de intelectuales que contribuyeron al desarrollo de la arqueología indocubana,  vertebró los elementos factuales para la historia del acontecer arqueológico insular, aunque no hizo mención al legado antropológico del siglo XIX, visto desde las sociedades científicas. Al igual que otros colegas, Harrington se refirió solamente a Luis Montané Dardé y Carlos de La Torre. Sin embargo la nota relativa a los dos grandes científicos no fue fidedigna. Por ejemplo, en su trabajo en el poblado del Caney en la región oriental, no cita los datos precedentes del estudio anteriormente realizado por los doctores cubanos que habían visitado la zona a finales del siglo XIX. 

Harrington se autodefine seguidor de Fewkes en sus planteamientos. Sus incursiones arqueológicas por el occidente y oriente del país, unidas a su experiencia en trabajos antropológicos y arqueológicos en los EEUU., además del conocimiento de colecciones antillanas de este tipo, constituyeron circunstancias favorables para sus aciertos en esta disciplina. El científico de Michigan amplió el registro arqueológico cubano con el hallazgo de diferentes útiles de factura aborigen inexistentes hasta la fecha: bastones y cazuelas de madera, hachas petaloides en Pinar de Río y definió tipológicamente alguno de ellos como la gubia. A él se debe la primera noticia de lo que denominó swallow pills (espátulas vómicas), la observación en Pinar del Río de huesos pintados de rojo, en "Cueva Los Indios" y los segundos reportes de petroglifos y pictografías en el país.(11)  El norteamericano realizó excavaciones controladas, extensas en varios puntos, las que cartografió y seccionó.

Entre sus principales aciertos, puntos de partida para el posterior desarrollo de la arqueología en el país, se pueden mencionar, la no homologación de los cráneos deformados con los caribes antillanos de forma concluyente (cuestión dubitativa en los criterios de Jesse W. Fewkes); la presencia del siboney en el extremo occidental de la Isla, caracterizado por la industria de concha, elemento totalmente novedoso en esta fecha;  la esporádica convivencia del Megalocnus o perezosos de tierra, el mono y el perro con los nativos de Cuba, dispuesto por las evidencias óseas de estos animales, corroborado en posteriores descubrimientos arqueológicos durante el siglo XX y finalmente, la existencia de dos culturas diferentes: la siboney y la taína.

En las conclusiones del investigador norteamericano primaron la relación y descripción del material de concha, piedra y barro para lograr una diferenciación cronológica de la población aborigen de Cuba y de esta forma determinar su relativo estado cultural, al mismo tiempo que explicaba los detalles técnicos de su manufactura. No obstante, en algunos momentos fue un científico cauteloso, al no atribuir a siboneyes y taínos los petroglifos localizados en Patana y mencionar de la misma forma, la extraña aparición de la alfarería en los sitios de la cultura “más atrasada”. Sin embargo, en su interpretación sobre este último aspecto deja entrever un posible aprendizaje de este arte, la convivencia entre grupos de diferentes desarrollos o la actividad del comercio entre las comunidades.

En este punto Harrington fue verdaderamente un precursor del pensamiento arqueológico cubano. Señaló, además, lo inadecuado de la suposición del exterminio de los siboneyes por los taínos, sin ningún fundamento, aceptando su desplazamiento hacia occidente.

Con este autor se imbrica la arqueología científica con el saqueo arqueológico, ya practicado anteriormente por sus colegas, Teodoro de Booy y Fewkes. Indiscutiblemente, la presencia foránea de estos investigadores y el conocimiento de la población de los lugares por ellos visitados de los motivos de sus incursiones, favorecieron la localización de residuarios aborígenes por personas ajenas y desconocedoras de los métodos propios de esta tarea y la consecuente  destrucción de los sitios y venta de los objetos a estos arqueólogos, interesados en ampliar las colecciones de los museos donde trabajaban.

A pesar de estas circunstancias, lógicas en la época, algunas de las piezas localizadas fueron donadas por Mark R. Harrington al Museo de la Universidad  de la Habana (Montané), donde aún se conservan. Este fue otro de sus méritos como investigador, además de dedicar un apartado de su libro a la presentación de las colecciones arqueológicas, públicas y privadas, ampliando de esta forma las referencias realizadas por Fewkes en su artículo de 1904.

La obra de Mark Raymond Harrington marcó una pauta en el desarrollo de los estudios arqueológicos en Cuba. Estimo que a partir de estos momentos la disciplina en el país inició su camino independiente de la antropología. Al reiterar el término cultura, este autor manifestó su inclinación historicista cultural de la antropología  norteamericana a inicios del siglo XX, como influencia de Franz Boas,  y rompió de esta forma la tendencia biologista del siglo XIX cubano en el análisis de esta temática. La proyección de su estudio basado en los materiales de factura aborigen encontrados en sus exploraciones, hizo que arribara a planteamientos concluyentes, opiniones que quedaron establecidas; y que la disciplina en Cuba entrara “... en una era de segura orientación, con las exploraciones sobre el terreno como base y la etnografía y la lingüística comparadas como guías”. (12)

Precisamente a Fernando Ortiz se debe el primer texto íntegro orientado a la realización de la historia de la disciplina arqueológica en Cuba; por esa razón su título: Historia de la arqueología Indocubana.

Fernando Ortiz y su Historia de la Arqueología Indocubana.

Se cree erróneamente que este texto de Ortiz fue publicado por primera vez en 1935. La razón de este planteamiento se debe a la importancia de esta segunda edición que anexaba la traducción del libro de Harrington, Cuba before Colombus, por lo que es la más conocida, pero existió una anterior, en 1922, agotada rápidamente. 

Esta Historia de la arqueología indocubana sin duda alguna fue el texto más importante escrito entre 1847 y 1922 que refirió el estado de la disciplina en la Isla y que aún mantiene su vigencia para el estudio de esta etapa. El erudito cubano la escribió para ampliar los datos que integró el autor norteamericano en su obra, que según Fernando Ortiz,  resultaban incompletos; además de verificar en la misma sus opiniones sobre lo acontecido acerca de la actividad arqueológica en el territorio.

Ortiz reseñó los principales aspectos de los textos tratados y añadió algunos trabajos omitidos por el autor norteamericano, como los que aparecieron en el seno de la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba, sin embargo no refiere la actividad de esta asociación y la de la Real Academia de Ciencias…, así como sus roles significativos en la conformación de las colecciones arqueológicas en el país.  Sin embargo, en su discurso asumió posiciones antes las polémicas del siglo XIX. Aceptó lo errado de los criterios de Juan Ignacio de Armas relacionados con la deformación craneana y por otra parte enalteció el trabajo de Fewkes al realizar estudios comparativos de sitios arqueológicos cubanos y de otras áreas del Caribe, lo que consideró provechoso para el conocimiento de la vida de nuestros primeros pobladores.

Fernando Ortiz al historiar la arqueología de Cuba no fue solo participante pasivo, al contrario fue un activo integrante de este acontecer. Se conoce su importante trabajo en el descubrimiento del mound de Guayabo Blanco en la Ciénaga de Zapata junto a Juan Antonio Cosculluela y Luis Montané Dardé, así como su esfuerzo por divulgar este hallazgo en revistas de la época como la Revista Cuba y América. Además, en las palabras finales del libro informa la localización de  pictogramas en una cueva de Punta del Este, actual Isla de La Juventud. Esta se conocerá posteriormente como la capilla sixtinadel arte rupestre cubano.

Otro de los aspectos a valorar es su crítica a los gobiernos de turno en la República que no se ocupaban del desarrollo de las actividades arqueológicas en la Isla.
           
Finalmente, se pudiera decir al mismo tiempo, que en su texto no se intenta realizar una interpretación sobre la historia de las comunidades aborígenes de Cuba, pero el propio Ortiz en sus páginas responde:

“Porque es aún muy aventurado formular afirmaciones sintéticas; porque la interpretación de los hallazgos arqueológicos, especialmente de los últimos años, está por formalizar y escribir; porque la intensificación de los estudios paleoetnológicos, etnográficos y filológicos en toda América, principalmente en los países que bordean el mar Caribe o de Las Antillas, desde la Florida hasta el Amazonas acaso desde el Delaware al Plata, abren continuamente nuevos horizontes al estudioso de la etnografía comparada, y esa fomentación científica aconseja mucha parsimonia y circunspección antes de llegar a juicios asentados y serios”(13)

e esta forma concluía el 1922 para la arqueología cubana. El mismo marcó una pauta importante en el desarrollo de esta actividad en el archipiélago cubano. En estos momentos comienza a manifestarse una cientificidad en los trabajos de campo y sus resultados, debido a que se logra sistematizar el registro arqueológico a través de las intervenciones en los sitios y las obras históricas y arqueológicas que se editan en esta etapa. Estos elementos contribuyen al desarrollo de una historiografía aborigen más completa, la cual favoreció la generalización del conocimiento de nuestros primeros pobladores. 

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Por: Silvia Teresita Hernández Godoy
Investigadora Auxiliar. Oficina de Monumentos y Centros Históricos. Centro Provincial de Patrimonio Matanzas.

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Notas

(1)Este artículo forma parte de la tesis de maestría de la autora Los estudios arqueológicos y la historiografía aborigen de Cuba (1847-1922) defendida en la Universidad de La Habana en diciembre del 2002.

(2) Nació en Minden, Westfalia. Geógrafo, filólogo, etnólogo y antropólogo. Publicó numerosos artículos, pero realizó poca labor monográfica. Sus dos textos: the mind of primitive man (New York, 1911); traducido al castellano como, Cuestiones fundamentales de antropología cultural; y Primitive art (Oslo, 1927). Ocupó por más de cuarenta años la cátedra de antropología de la Universidad de Columbia.

(3) José Alcina Franch.  Ob. cit.  p 33

(4) Franz Boas. Cuestiones fundamentales de antropología cultural. Buenos Aires. 1947. p 24.

(5) Abraham Monk. Prólogo a la obra de Boas, Cuestiones fundamentales de la antropología cultural. Buenos Aires. 1967.

(6) Alejandra Brofman. Tutelage, convergence and implication: american science in the Caribbean. Paper prepared for OAH conference, april 2-5, 1998. [Fotocopia].

(7) Mark R. Harrington. Cuba antes de Colón. La Habana. 1935. p 44.

(8) Según Álvarez Conde (1956, p 49)  en 1910 Charles Berchon de la Sociedad Geográfica de París publica en español A través de Cuba y refiere por primera vez en sus páginas los pictogramas de Punta del Este. El autor no plantea las circunstancias del comentario del francés y la que suscribe no ha podido consultar el trabajo citado.

(9) Harrington plantea que todo lo que localizó de Booy en Cuba se entregó al Museo de Santiago de Cuba y esto no consta en ninguna documentación de la etapa.

(10) Nació en Ann Arbor, Michigan el 6 de julio de 1882. Se interesó desde la adolescencia por los estudios indológicos. Fue nombrado auxiliar de arqueología del Museo Americano de New York en 1899. Estudió arqueología en la Universidad de Columbia con Franz Boas, Saville y Bandelier. Laboró  en el Peabody Museum de Haravrd y poco tiempo después se unió al cuerpo de investigadores del Museo Del Indio Americano. También desarrolló trabajos antropológicos con tribus indias de la Florida. En 1956 laboraba como investigador en el Southwest Museum de los Angeles, California. Información tomada de Harrington. Ob. cit. Prólogo de Fernando Ortiz. 

(11) Jesse W. Fewkes. “Prehistoric culture of Cuba”. American Anthropologist, # 5. 1904, las había referido como tales, aunque en 1916 se reportan algunos petroglifos esculturales (Núñez Jiménez) en la obra de Sánchez de Fuentes.

(12) Ortiz, Fernando. Citado en Mestre, Arístides. “La antropología en Cuba 1894-1925”. En: Anales... T LXII. 1925. p 67.

(13) Fernando Ortiz. Historia de la arqueología indocubana. Imprenta El Siglo XX. La Habana. 1922.