"Retazos (de las hormigas) para los malos tiempos", de Anna Lidia Vega Serova, publicado por Ediciones Vigía, en su colección Del EsteroNo diré nada nuevo si me apresuro a explicar que este es un libro hecho con muchos Retazos.  Ninguna novedad hay en el intento porque desde su mismo título ya se anuncia: Retazos (de las hormigas) para los malos tiempos. Poco entonces habría que agregar. Quizás sería más útil adentrarse por otra de las esquinas de este  cuaderno de poemas que Anna Lidia Vega y Ediciones Vigía traen a la luz.

Este es un singular libro de poemas, una rara avis. Y es también, en cierto sentido, una especie de relato único. Fragmentos que se colocan a veces uno junto al otro, a veces superpuestos para intentar conformar un valle absoluto, al que se sabe de antemano es imposible acceder.

Pero a lo que más se acerca es a un diario de navegación. Este el cuaderno-bitácora de Anna Lidia Vega Serova en su peregrinar por calles de La Habana y  en el tránsito de su alma por nevados paisajes rusos.

La viajera ha llevado su diario de navegación, allí busca donde anotar cada giro del timón, cada batir de velas, cada ola que envuelve y marea. Y en muchas ocasiones el mareo la ha hecho olvidar casi todo lo que no sea la ansiada necesidad de tierra firme. Pero ah!, los márgenes...Lo más interesante  son los márgenes. En ellos siempre hay un trazo descuidado, una letra suelta, una frase sola que delata el mapa interno del que emigra. No lo que el ojo ve sino lo que está detrás del ojo. Estos son poemas escritos en los espacios vacíos del diario. No perdamos de vista cada anotación, cada letra resbaladiza.

Ha escrito Anna:

He vuelto a soñar con las manos de abuela:
lloraba y ellas me secaban las lágrimas
(ya no pregunto porqué las tiene duras).
Aspiré su perfume:
a tierra, estiércol y leche.
El mar a veces huele parecido.

Eso ha escrito la poeta, pero lo cierto es que los navegantes van perdiendo el recuerdo de los olores. El mar, el salitre del mar les “lava” el olfato. Se los deja blanco y nuevecito, listo para olores más frescos. Aromas nuevos encuentran en la tierra nueva. Fragancias que creen les recuerda  los viejos olores pero no es cierto.

Anna Lidia Vega alcanza una doble condición en este libro. Es viajera pero también se queda detenida en el muelle viéndose a sí misma partir. Anna doble, como dobles son muchas de las referencias de este cuaderno. Anna emigrante y Anna que permanece en el muelle, detenida, agitando el pañuelo, despidiéndose de sí misma, sabiendo que ya la que emigrante que ella misma es,  ha dejado de verla, pero de igual manera lo agita. Es el gesto. Le gusta el gesto de levantar la mano, las despedidas son tan elegantes, tan hermosas...

La poeta que se queda en el muelle, al dejar caer  la mano, intenta hacer algo con ella para que la mano no se vuelva autónoma, para que sola no se eleve. Para que no se agite sin razón o concierto. Es entonces que la mano vacilante busca papel y tinta y se apresura a escribir estos versos. Versos semejantes a los que la poeta viajera, que es ella misma, va escribiendo en las esquinas de su diario de navegación.

Casi todo el que se aleja siempre cree que sabe algo. Pero a Anna no le sucede lo mismo. Aquí están sus dudas y la tristeza de sus dudas. Quizás por esa misma dualidad, por sufrir las penurias de la de viajera y la angustia de la mujer que espera es que se producen fisuras por donde asoman la angustia y el miedo.

Dualidad que hace que todo quede fragmentado. Retazos de dos naciones lastimadas que aunque  a lo largo de su historia han aparecido relacionadas, aquí se mezclan de una diferente manera, quizás la única en que puede contarla la poesía: desde el desgarramiento de regiones tan íntimas como la infancia y la inocencia.

Bastante acostumbrados estamos a leer poemas, cuentos y novelas donde se relatan las salidas desde la isla hacia el continente. Textos donde la mirada va de las costas de la isla hacia el exilio. Pocas veces, muy pocas veces, nos es dado acceder a lo contrario. Este libro es un reloj de arena invertido. Alguien elige esta isla para emigrar y en medio del panorama de éxodos que hemos vivido, esto pudiera parecer una locura. Pero en la aparente locura nos va la fiesta. Una vez más esta isla ha sido elegida. Sus costas han sido las preferidas. Sin embargo la memoria de la poeta permanece fragmentada. La poeta ha venido al trópico para recordar la nieve. La poeta ha escrito:

Dos veces al año viene el cartero.
La casa se llena de hormigas
y ese olor, tan blanco.
Rusia.
Mastico caramelos de eucalipto
a falta de palabras.

Se sabe en una casa inventada pero casa al fin y suya, casa por ella elegida. Debemos investigar las raíces, reza otro de sus versos. Pero eso ya no es asunto nuestro. La tarea de los lectores, si acaso puede existir tan delicada labor, será la de ayudar a recordar el sabor de los frutos antiguos sin olvidar el sabor de los frutos nuevos.

Habla la viajera, habla, se consume en el delirio... o escribe... A nosotros sólo nos queda esperar las cartas, las tarjetas postales. Esperar las señales de la poeta viajera y acompañar cuanto nos sea posible a esa misma poeta que en el muelle, como nos ha sucedido a muchos, se pasa la vida despidiéndose, de sí misma y de los otros. Nada más.
                                                        
Por: Laura Ruiz