Miguel BarnetLa última vez que Miguel Barnet, escritor, poeta, antropólogo vino a Matanzas fue al espacio Miércoles de Poesía que rescató de la memoria cultural matancera el poeta Alfredo Zaldívar.

El memorable hecho ocurrió en la casa donde vivió y murió el poeta y dramaturgo José Jacinto Milanés, en el año de su bicentenario. Hacía un calor insoportable, pero todos lo escuchamos leer poemas inéditos o conocidos. Con maestría concibió casi un perfomance en que las claves de su amplio registro autoral, regresaban a nosotros con la voz, los gestos, las pausas y esos apartes, que en el dialogo teatral se refieren a alguien del público o a todos lo que estaban allí, entre el sopor del verano y las columnas de una casa que ya conocía demasiado de historias alucinadas. Apartes que contribuían a una lectura paralela de una historia íntima y a la vez colectiva, en que podían estar muchos sin sentarse en aquel lugar.

Una poesía que tenía de los mitos que tan bien conoce, de lo cotidiano que vive un hombre, que a veces uno imagina diferente y sin embargo, frente a los lectores y con sus versos extrae con gestos, cargados de signos disímiles y una teatralidad honda y emotiva, las vísceras de sí mismo para dejarlas ante sus pies, como despojos iluminados, deslumbrándonos con la belleza de su sensibilidad, con la potencialidad poética de lo filosófico, lo dramático, lo ético, “que alcanzan un amor implacable” del que habló Eliseo Diego y donde está el mito, todos los mitos (incluidos los contemporáneos) de sus versos, que son tan abarcadores, que a veces se confunden y hacen inatrapables.

Escuchándolo, no podía dejar de ver o remitirme a toda su obra escrita, que va desde el testimonio, la poesía, la novela, hasta el ensayo y el periodismo.

¿Es que Biografía de un Cimarrón, por ejemplo, no es de alguna manera un poema de la nación, un ensayo, una novela que indaga en un ser humano, con sus vivencias intimas de esclavo, cimarrón, mambí, mientras nos revela un país en diferentes etapas de su historia y ese país, a veces nos parece que vuelve a nacer mientras leemos o nos hace nacer, siendo otros, mientras seguimos fervientemente leyendo? ¿Es que Oficio de Ángel, una de sus novelas carece de la fuerza vital de lo testimonial y lo poético? ¿No es esta novela un ensayo sobre una porción de la historia de un país, vista con la agudeza de quien observa lo que le rodea, con la experiencia erudita, la sensibilidad y un don concedido que lo hace distinto en el panorama literario de la nación, sin dejar de beber en el legado de muchos maestros de la tradición literaria, entre los que se incluyen Fernando Ortiz, Lydia Cabrera, José Martí, Heredia, Lezama Lima, Nicolás Guillén?

¿Qué es una cosa u otra en Miguel Barnet? Es casi todo, una cópula de géneros, una mixtura que se disfruta sin intentar separarlo, porque dejaría de ser él. Una cópula donde la realidad y la ficción, juegan a ser una misma. Esa era la pregunta que me hacía, sentado, oyéndolo en la noche de su lectura. Hay poemas que siguen dentro de mí, hay versos que aun me “confunden”, como le sucedió a él con una ciudad que refiere en uno de sus poemas. Y esa confusión – desde la metáfora, la frescura, el sentido del humor, lo trágico de la existencia, la confluencia de culturas, la capacidad de captar lo que nos identifica como nación, en sus voces sumergidas y en las excelencias de la tradición cultural – me fascina.

Y todo eso está en su obra.

Barnet fue construyendo –recuerdo- un imaginario muy particular con una dramaturgia donde estaban los personajes que lo han habitado durante tanto tiempo, hasta ese mismo instante: Guillén o Marguerite Youcenar, Roque Dalton, el Che, Ochún, Carilda Oliver Labra, Fidel, Apollinaire.

Un escenario que parecía vacío, pronto se repletó de otras gentes (desde familiares, divinidades, héroes, gentes que alguna vez conoció, autores que lo han impactado, vivos o muertos) y fantasmas. El espacio se repletó de ciudades diversas, (recordar sus Poemas berlineses, sus Poemas chinos, su Cuaderno de Paris), de montes y dioses.

Miguel Barnet nació en La Habana en 1940, para dejar testimonio de la existencia de un país, pensé. Y ese es el motivo por el que alguien nace en algún lugar. Mientras en otro espacio, que no era el real, es decir la casa de José Jacinto, me iba a leer a mi biblioteca al otro Barnet, a los muchos Barnet que están en sus libros para entregarnos un legado esencial para la literatura cubana. Esos libros que forman parte de su rica y variada bibliografía: La piedra fina y el pavo real, La Sagrada Familia, Mapa del tiempo, Vestido de fantasma, Gallego, Canción de Rachel, La Vida real, entre otras, que le han propiciado numerosos premios como el Nacional de Literatura en 1994, Premio internacional Trieste – poesía, 2005, Premio Internacional Camaiore, 2006, Premio José Donoso, de la Universidad de Talca, Chile, Premio Juan Rulfo, 2006, entre otros muchos.

Un espacio donde uno viaja o se deja llevar a otros espacios simultáneos, fragmentados, mientras las resonancias de las palabras, nos llegan al oído.

Estaba yo abriendo libros del autor, mientras él leía. Escudriñando sus páginas, algunas amarillas y marcadas. “La poesía es un ejercicio vital, pero primero está el amor, pero primero está la soledad, pero primero está…” Lo cierto es que Miguel Barnet, poeta esencial ¿ha creado? donde lo real y lo ficcional se mezclan o se desdoblan, personajes inolvidables que jamás descansaran porque entregan claves para desentrañarnos y desentrañar a otros y que también – desde otra perspectiva - nos desentrañen. Personajes que existen y a veces no, especulaciones de quien sabe manejar el lenguaje, sorprendernos, jugar con sus lectores, en cualquiera de los géneros.

No todos tienen esa capacidad de descubrir un personaje, una historia y luego revelar, investigando con peripecias seleccionadas, con un instinto muy especial, escogiendo situaciones conmovedoras, para estructurarlas de una manera extraordinariamente eficaz. Diría que orgánica, diría que con maestría. No importa el género seleccionado, un cuento como Fátima o el parque de la fraternidad, un testimonio como Canción de Rachel, un poema como los de Actas del final o un libro para niños y niñas como Akeke y la jutía, que a veces leo a mi hija Isabel, donde están las particularidades de toda su poética: una marcada capacidad de fabulación, su instinto investigativo, lo heterogéneo de sus referentes, el lirismo que le es afín, la manera particular en que maneja el diálogo (o la manera en que dialoga en sus versos) o estructura las historias, el aparente desenfado con que manipula el lenguaje y la ironía, que se desliza en la fuerza dramática que tiene toda su obra. El dominio de las situaciones dramáticas y de visualizarnos atmósferas, ambientes, contextos (un barrio de La Habana o de Paris); así como de caracterizar personajes, complejos (colmados de atributos caracterológicos) y manejar el espacio y el tiempo.

En muchas de estos aspectos, es mi opinión, está la manera en que su literatura provoca a otros creadores e inspira a realizaciones cinematográficas, porque provoca sueños.

Su corpus textual es tan heterogéneo, que nos hace viajar hacia la semilla –como su maestro Fernando Ortiz- y ver un país de la manera en que otros no lo perciben. Su sabiduría espiritual le permite construir un imaginario, desde la selección de quien tiene la sensibilidad de un privilegiado, un escogido. Un hombre que desanda su país y lo enaltece. Un descubridor, otro, de gentes y rincones. Un hombre que sigue andando, vivo.

En el instante en que cierro un último libro, no sé si aún estoy oyendo sus versos de aquella noche en la casa de Milanés. O él, con su capacidad de fabular me ha trasladado a otro espacio. Y veo el parque de la Fraternidad, un puerto de La Habana y un inmigrante que llega, un teatro donde canta Rachel. Veo y veo, un héroe de su novela Oficio de Ángel, que se llama Horacio Rodríguez Hernández y que de alguna manera me pertenece y sigo viendo. Son escenas que pasan y pasan y me trasladan a este lugar, celebrando sus 70 años en la emblemática casa de Tirry 81 y digo unas palabras, que había pensado antes y ahora le digo, les cuento a ustedes, en la ciudad de Matanzas, un 31 de enero del 2015.


Por: Ulises Rodríguez Febles. Dramaturgo.