BerlinesesBerlineses (Ediciones Matanzas, 2013), libro de cuentos de Abel Fernández-Larrea, propone un peculiar acercamiento a la Berlín exsocialista, que en pleno proceso de reordenamiento, de reconfiguración, es sacudida por el desasosiego que implica todo cambio.
 
A través de las diez narraciones que integran este volumen, se percibe un estado de ánimo (colectivo, de la ciudad) muy voluble, guiado hacia una u otra dirección por la nostalgia del pasado inmediato y la incertidumbre o la esperanza frente a los sucesos del presente o a los que están por venir.No se trata, sin embargo, de cuentos que puedan encasillarse con la típica narrativa vinculada a temas históricos, no es una crónica milimétrica de cada acontecimiento, sino más bien una sutil reconstrucción de los movimientos espirituales más íntimos de cada individuo o de la sociedad toda.
 
De hecho, en la ciudad de Matanzas, mientras presentaba oficialmente Berlineses, el propio autor confesaba que el volumen no estuvo precedido por una investigación exhaustiva y parte más bien de sensaciones, de recuerdos.Se trata en esencia de esa especie de nostalgia que quedó en quienes vivimos aquella etapa y fuimos marcados de una manera u otra por la relación de Cuba con la Europa socialista y las dramáticas consecuencias que traería su brusco cambio de rumbo político. 

Fernández-Larrea reconoció, no obstante, que para concebir sus cuentos había hecho algunas precisiones, “si bien únicamente allí donde se necesitaba despejar un poco la excesiva bruma que provoca en la memoria el paso del tiempo”.

 
Esta bruma que Fernández-Larrea reconoce despejar solo un poco, es un elemento que debe interpretarse desde dos direcciones fundamentales. Una, la que ya se ha señalado hasta aquí, es decir su relación con la historia como tema. La otra apunta hacia algunos de los significados literales o metafóricos de la bruma como tal. No el de esa bruma apacible que se ve en alguna postal o foto promocional o a lo lejos, entre montañas, a lo largo del cauce de algún río imponente. Esta es una bruma que inquieta, que transfigura cuanto hay a su alrededor, que provoca espejismos, pesadillas.
 
A ese elemento habría que añadir también el absurdo, lo paródico, la ironía con que se manejan casi todas las narraciones de Berlineses, de manera que resulta muy peculiar esa ciudad que se nos presenta en este libro, esa gente, esos sucesos. Laidi Fernández de Juan, una de las integrantes del jurado que le diera concediera el premio fundación a este libro, ha dicho que en Berlineses se siente un aire juvenil, un poco melancólico pero también endurecido a golpe de cinismo.Es cierto. El cinismo, la ironía, cierto humor corrosivo establecen un mano a mano con una ola de nostalgia, y hasta de inocencia. Al escuchar los narradores de estas historias, el tono, la carga emocional que hay en el fondo de cada uno de ellos, se puede establecer cierto paralelo con el Holden Caufield de El guardián en el trigal. Los une la inconformidad. Algo no se halla totalmente bien en lo que está frente a sus ojos. Lo que se produjo tras la caída del muro no fue tal y como se esperaba. Página a página, cuento a cuento, en la Berlín que nos hacer ver Fernández-Larrea hacen su aparición los incontables desgarramientos y contradicciones que trajo dicho suceso.
 
Por un lado se manifiesta alivio por la desaparición de los puntos de control en el muro socialista, los llamados Chekpoint Charlie, y los acontecimientos que solían generarse en torno a los mismos. Por otro, se sienten pérdidas como la del candor con que se disfrutaba la revista Mischa y otras publicaciones de aquella época, con sus hermosas ilustraciones y su mensaje de amistad para todos los pueblos del mundo. Por un lado se expresa satisfacción ante la llegada del cambio aguardado, pero también se ven cosas que sorprenden. El antiguo coronel de la Stasi, por ejemplo, cambia de casaca de manera hipócrita y se sube otra vez al carro del Poder, sin que nadie le diga nada. El jefe explota a los subordinados en cada puesto de trabajo sin ningún tipo de miramientos y la gente se recluye cada vez más en sí misma, en su soledad, en su desamparo, en la compañía de esa mujer de leche descremada con la que se une un personaje en uno de los cuentos de Berlineses.
 
Es la certeza de que no todo era color de rosas como se auguraba, e incluso como se escribe en ciertas revistas de la corte holandesa. Caen las utopías. Cae el muro pero cae también el deslumbramiento. Aparece el horror, la estupefacción, el desencanto, la desesperanza. Aparece un Tiranosaurio Rex en los túneles del metro, una metáfora del monstruo que tiene dentro todo ser humano, sea cual sea el sistema social al que pertenezcan. Pero aparece planteada también, ya al final del libro, en el último cuento, la necesidad de una toma de conciencia, de ese poner los pies en la tierra al que necesariamente tenemos que llegar.

Por: Norge Céspedes