El búfalo ciego y otros cuentos(Ediciones Unión, 2008) en la Feria del Libro de Matanzas, 2009)

Tengo que usar un gerundio para intentar elaborar una idea inicial sobre El búfalo ciego y otros cuentos. Debo decir que Mirta Yáñez ha pasado su vida literaria comprendiendo. No sé si todos somos capaces de darnos cuenta cabal de lo que significa comprender cuando van en juego silencios, acontecimientos históricos, vida pública, circunstancias privadas. Y digo Mirta Yáñez porque decir Carmela, Conchita, Agustina, Matilde, Silvina, Marisabel, Hortensia, haría muy largo el camino para hablar de las voces femeninas que desde los cuentos de Yáñez asoman y que ahora, reunidas en El búfalo ciego y otros cuentos, tratan de entender y asimilar lo que ha ido pasando a lo largo de los casi veinte años que median entre los cuentos de Todos los negros tomamos café, que son los que abren esta compilación y los de Falsos documentos, que la cierran. No me voy a referir a la gastada línea de tango que reza que veinte años no es nada. Porque veinte años sí son y representan mucho. Claro, todo depende del color del cristal con que se mire.

A la altura del año 1976, ya es sabido que aún continuaba existiendo el velo de silencio y neblina, que ornamentaba “delicada y caballerosamente” las ventanas que algunas mujeres habían abierto con su escritura para asomarse a un paisaje otro, para tener acceso a su propio patio, como aquel que dice. Muchas claraboyas, tragaluces y escotillas habían sido abiertas por las escritoras pero los decoradores colocaron sobre ellas el velo, ocultándolas, volviéndolas invisibles, silenciándolas, poniendo la tapa negra sobre el lente, cancelando de golpe cualquier intento de fotografía.

Sin embargo, en ese mismo año se publica un cuento como Por la mañanita Fifita nos llama, que logra mostrar, con más veracidad que cualquier noticiero, la imagen del azote del ciclón Flora, bufando, sobre las muchachas que “dando el paso al frente” habían marchado a las lomas de Oriente a recoger café. El deber revolucionario por un lado, las embestidas de la naturaleza por otro y justo al centro una joven, sola, reprochándose que en la huida abandonara las cartas del novio… el miedo, la oscuridad y el abandono de las cartas… La irrupción de la vida privada en la pública y viceversa, y el ciclón azotando, llevándose casi todo excepto el sentido del humor, guardián protector ante la adversidad.

Mirta YañézQuizás sea esa la misma joven que en Todos los negros tomamos café hace todo lo posible por trascender y transgredir el espacio doméstico, intentando dejar de ser una muchacha de su casa para convertirse en esa brigadista que vio a su madre temblar ante la perspectiva de que su hija se fuera de casa, no para caer en brazos de un buen matrimonio sino para ir a recoger café a esas montañas alejadas donde –oh! peligro! corría el riesgo, entre otros, de trastornarse hasta el punto de enamorarse de un negro. Y ante cuya insistencia la madre termina diciendo: “haz lo que te de la gana”. Y ese hacer lo que le da la gana es el verdadero ciclón que desencadena la escritura del resto de los cuentos que veinte años después conforman esta colección.

La ruptura de modelos, las confesiones al estilo de las biografías pero que toman un cariz impensable están bien implícitas en estas historias. Desde muy temprana edad me gradué de mosquita muerta, dice la protagonista de El búfalo ciego, cuento que da título a esta selección. Esto nos hace saber que tal y como fue anunciado, los personajes femeninos diseñados por Mirta Yañez han hecho lo que se les ha venido en ganas.

Ahora bien, esa autonomía e independencia se ha desarrollado por distintas vías: Ocultar una moneda, trazarse planes futuros con ella, soñar… Ardides y caminos que revisten el hallazgo de la fortuna de otros significados que la superan y exceden en su propio valor. ¿Qué es entonces esa moneda, en verdad? Es todo y nada. Cualquier cosa palpable o incorpórea: la necesidad de escapar del pueblo y del destino impuesto, la imaginación, la fantasía, el afán de descubrir un más allá…aunque quien descubre, mujer al fin, sabe que Mi intuición me advertía que lo distinto suele ser castigado. Y yo era nada menos que una aborigen de otro mundo. Como el búfalo -salvaje o doméstico, según el habitat- la protagonista también vive rumiando, buscando un algo más: llámese conocimiento, viaje, huida, transgresión. Posibilidades todas que implican movimiento y que hacen que este personaje, como muchas de las mujeres de estos cuentos, no tenga una conducta estática, paralizada o que, de tenerla, se cuestione sobre tal conducta y sobre sí misma.

Un día, la joven contempla bien su moneda y tiene la confirmación de su certeza: es lo que cree y ella ha sido la elegida. Ahí están la posibilidad del cambio, del salto, sin embargo, con un inconsciente incrédulo y que sospecha, no la muestra, la retiene sólo para sí. Esa moneda, esos sueños, son su arma de resistencia…Pasan los años y la protagonista, convertida en una “exitosa” mujer, vuelve a encontrar la moneda. Se reinicia el círculo: el hallazgo conduce por la misma senda: la insatisfacción, una naciente preocupación real por su yo más íntimo, la indagación de cuál es su verdadero lugar y qué quiere realmente, la respiración que sigue añorando el aire de la libertad.

Por todo esto no sorprende que haya sido elegido el título de este cuento como título general de la compilación: se está acuñando, de esta manera, una insatisfacción, una reflexión profunda, una indagación filosófica, un hurgar en el interior.

Es importante destacar la relación de los hechos literarios de este libro con los ambientes históricos y sociales. Los personajes de estos cuentos no hablan siempre desde un mismo sitio. A ratos lo hacen desde un ambiente rural, a veces desde uno citadino. Ora desde las brigadas recogedoras de café, ora desde la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, lo que deriva en un enriquecimiento de las voces hablantes y las propuestas de los textos.
La apropiación de notables momentos de la literatura y el arte universal es meritoria en estos textos, en tanto arrojan posibilidades infinitas de relecturas y conducen a la consecución de una región propia donde es expuesta la imagen de uno y de los otros, de vivencias propias y del espacio de la alteridad. Aquí está la escalofriante referencia al almohadón de plumas de Horacio Quiroga, el homenaje a Jack London, y también el ritmo criollo del estribillo: todos los negros tomamos café…El establecimiento de estos entramados instaura una importante complicidad que Mirta Yáñez trabaja desde una certera calidad escritural y estética, acompañados de un delicioso ritmo propio donde el sentido del humor salva, acompaña, ironiza y define.

Mirta Yáñez ha sido consecuente. Y no hablo solo del tratamiento que hace de los personajes y voces femeninos de sus historias, hablo también de su labor como divulgadora y antologadora de la literatura escrita por mujeres en Cuba. Hablo de su afán por hacer manifiesta la participación creativa de estas mujeres en el proceso de formación de la nación.

Donde los decoradores pusieron un velo, Mirta alzó su mano para descorrerlo, abrir las ventanas a la luz y colocar micrófonos, altoparlantes para -haciendo lo que se la venido en ganas, como sus personajes- dar visibilidad y participación al discurso femenino dentro del decursar de todos los procesos de la isla. No solo ha sido una mujer que escribe, sino que también ha ejercido de testigo y accionante desde la búsqueda crítica, comprendiendo, movilizándose y movilizando dentro de lo que seguimos y seguiremos llamando proyecto nacional.
 

Laura Ruiz
Por: Laura Ruiz Montes
(Matanzas, 1966) Ha publicado entre otros, La sombra de los otros en la colección Pinos Nuevos, Lo que fue la ciudad de mis sueños, en Bartleby Editores, España. El camino sobre las aguas, Ediciones Unión. Editora principal de la revista Mar Desnudo