La memoria mojada o inundación de la memoria

Cañada seca. Alfredo ZaldivarAunque nací  en el hospital del Central Preston, a la orilla de la bahía de Nipe, al mar lo conocí muchos años después; tendría más de diez cuando mi padre me llevó al pueblito de Antilla, en el otro extremo de la bahía, para que viera el mar, los barcos. Vivíamos tierra adentro, en Sojo Tres, un pequeño batey de los que se formaban alrededor de un “chucho de caña”. Tomaba su nombre del río Sojo. A cada cierto tramo de la línea que llegaba hasta el Preston había una especie de grúa pesadora que recogía la caña desde las carretas, la pesaba y depositaba en vagones remolcados por una locomotora. Cada ramal de línea tenía una sucesión. Sojo Uno, Sojo Dos, Sojo Tres y así hasta el cinco. Mi padre era el pesador de Sojo Tres. A pesar de su poca instrucción tenía una fuerte vocación por las aritméticas y la geografía, gracias a la cual pudo obtener aquel “importante” puesto. No sé si su excelente ortografía también le sumó meritos. La vida en Sojo Tres se desarrollaba alrededor del chucho. La gente malvivía de cortar, sembrar y limpiar la caña en los tiempos de zafra. En tiempo muerto no se sabe de qué. Había una escuelita y una tienda. El maestro, que era de Santiago, se hospedaba en mi casa. Mi madre, además de cocer y vender santos, hacía turrones de coco para la tienda de Pifferrer, mi padrino.

 

Cuando triunfó  la revolución yo no había cumplido los tres años. A los cinco Carlota Peillón de Deulofeo, una maestra de  San Luis, que también  se hospedaría en mi casa, le sugirió a mi madre que me enviara ya a la escuela. Sólo un año asistí a las lecciones de la buena Carlota, mi primera maestra. Nos fuimos de aquel pueblo a vivir con mi abuela. Mi abuelo había enfermado gravemente.

A los seis años llegué a Cañada Seca. Su centro era una avenida de radiantes framboyanes y bungaloes espléndidos al estilo del sur de Norteamérica, que terminaba en una breve escuela con un río detrás, el Bitirí. Entre todos los pueblos sin luz y sin iglesia de los campos de Cuba, no he encontrado ninguno semejante. Allí radicaban también las oficinas desde las que se dirigía toda operación relacionada con la explotación cañera en el distrito.

Según mi hermana Edith, en los años cuarenta ya existía el batey tal como yo lo conocí. En él habían vivido empleados de la United Fruit Sugar Company. Algunos eran portorriqueños y dominicanos, pero la gran mayoría, norteamericanos. Un solo cubano había vivido en aquellas casas, el arquitecto Vázquez, que construyó un puente sobre el Bitirí para la entrada de los modernos autos que poseían. Ya en los años cincuenta algunos cubanos —mayorales, guarda jurados— ocupaban estas casas. Después del triunfo de la Revolución pasaron a manos de la granja cañera recién constituida, y fueron entregadas a directivos y trabajadores.

Yo conocí  intactas aquellas casas de maderas machihembradas, revestidas por dentro, con pisos levantados sobre altos pilotes de concreto, sus amplios ventanales de cristal, sus corredores a la redonda protegidos contra los insectos con telas metálicas; agua corriente, amplios cuartos de baños con bañera, lavabos, bidet, letrinas, duchas, calentadores de agua y cocina de gas; algunas familias tenían refrigeradores de keroseno y plantas eléctricas propias que sólo se encendían en las noches, y hasta televisión. Por fuera estaban pintadas de amarillo, excepto la del actual administrador de la granja, mi abuelo, que había sido la de Mister Smith, el jefe norteamericano, siempre pintada de blanco. Las habitaciones interiores estaban pintadas de colores pasteles; sus jardines floridos, con céspedes muy cuidados, sus patios y traspatios cercados por hermosos arbustos como el hitamorreal, las buganvillas, las zarzas de jardín; patios llenos de árboles frutales, frutas exóticas, casi endémicas hoy: el caimito, la caña fístula, el marañon, el canistel, los mangos biscochuelos, señora, corazón, papelina, toledo; guayabas del Perú y cimarronas; anones, anoncillo, mamones y ciruelas; los melones de agua y de castilla, el níspero, el zapote, los guineos manzanos y de otras especies, cocoteros de la india con sus ramilletes a la mano, y hasta dátiles con sus troncos torcidos; las mandarinas, limas y toronjas… y las naranjas... el naranjal de abuelo.     

Abuelo había enfermado y todo se había ensombrecido en el batey. Él, que ordenaba a tío Luis enjaezara el mejor caballo y salía de la casa de un solo paso, desprendiendo un perfume que lo delataba, para visitar alguna de sus muchas amantes —antes de morir confesó tener 27 hijos, aunque nosotros sólo hemos logrado encontrar 24— ahora regresaba desconocido del hospital Yo aseguraba que lo habían cambiado.

El comienzo de aquella calle central era franqueado por la línea del ferrocarril cañero          –también circulaba una ambulancia y carros de pasajeros que comunicaban con los pueblos de Guaro y Preston, ahora Guatemala. Al otro lado de la línea estaba la tienda del pueblo, algunas casas de construcción endeble, y un campo de pelota, donde vi una película por primera vez, era china y la traía un carro de cine móvil que empezó a frecuentarnos. También por aquella zona de la línea estaba el quiosco del haitiano Ivoné. Yo sustraía centavos al San Lázaro de abuela o de una copita en el mueble auxiliar del comedor donde se guardaban pequeñas monedas, para ir por caramelos, coquitos, jalea de guayaba, turrones o refrescos, a escondidas de los mayores. Siempre me gustó aquel cartel que decía: café: tres kilos; Café café: cuatro kilos; café café por la salud de mi madre: cinco kilos.

Más hacia el oeste estaban las casas rústicas de madera y teja, cuarterías donde vivían gente muy pobre, y más allá el barrio de los haitianos, Bitirí, donde Quequé, una mulata fina y atractiva, vendía los dulces más ricos de mi infancia, y que por muy notables reposteras que eran mi abuela y mi madre jamás pudieron descubrir la receta. Para llegar a Bitirí había que pasar un puente de ferrocarril sobre el río. Nos gustaba cruzarlo saltando las traviesas de dos en dos, a riesgo de que viniera el tren, los carros de línea con mercancía o la “chispita” de la reparación, o de que alguien se fuera de lengua con nuestros padres, pues nos estaba prohibida aquella aventura por tres razones: el peligro de caernos al río, de que viniera algún tren u otro carro o el de ser víctima de algún bilongo, pues los ritos vodú eran muy frecuentes en aquel barrio. Me resultaban curiosas aquellas pequeñas chozas de paredes de yagua, techos de guano y pisos de tierra, construidas tan cerca una de otra que sus techos rozaban. Cuando había algún incendio el barrio entero se quemaba. Siempre le aconsejaban que construyeran las casas separadas, pero ellos insistían en aquel absurdo hacinamiento, y volvían a quemarse.

Allí  vivía Anita Bellé, una haitiana hermosísima que ofrecía sus favores a cambio de dinero o especies. Eran los años sesenta y la carne llegaba racionada. Escuché a escondidas esta anécdota que mi madre contaba a mi abuela. Anita le decía al carnicero: cannicero, dame lo que tú me ta deber de calne. Yo no le debo nada a usted, contestaba él, pero Anita insistía amenazadora: cannicero, dame lo que tú me ta deber de canne. Que yo no le debo nada, señora. Carnicero, ¿y el fiao que tú me ta echar anoche? La cosa terminó en bronca de la mujer del carnicero, Anita y el propio hombre. Poco después hubo un juicio popular. Menos los niños, que mirábamos de lejos, todo el batey estaba allí. El presidente del tribunal gritó a voz en cuello: se acusa a la ciudadana Anita Bellé de dedicarse a la vida fácil. Anita saltó como un muelle: ¿facíl, uté ta creer que ta ser facíl?, le increpó Anita. ¿Uté ta creer que etá ser facíl uno tranca así –y marcaba con sus manos un espacio de unos 30 cm– siete veces al día. La gente se reía y el juez no sabía ni qué hacer. Por ella misma se supo que daba siete turnos diarios. La enviaron a una granja de rehabilitación. Mi papá contaba que cuando pasaba la carreta de las presas siempre iba cantando: Ay que palo más duro: cagüayrán, ay que palo más duro: cagüayrán. Aquella canción no se podía cantar porque era la canción de Anita Bellé.  

Mis recuerdos de Cañada Seca son retazos, imágenes, anécdotas, memoria de esos cuentos que uno escuchó de niño y con el paso del tiempo los recuerda como vivencias propias.

La más remota es la de los barbudos. La guerra estaría a punto de terminar. Cuatro de mis tíos se habían alzado, como otros muchos jóvenes de la zona. Cañada Seca ya era territorio libre, aún vivía yo en Sojo Tres e íbamos de visita, y llegaban los rebeldes a casa de mis abuelos. Amable, uno de los guerrilleros siempre me prometía su pistola pero una vez más incumplía su promesa. Entonces con rabia fui hasta la cocina para botar el jarro de agua hirviendo para el café que mi mamá le preparaba; pero yo era tan pequeño que me lo derramé en el pecho.

El batey de Birán, donde nacieron Fidel y Raúl estaba a solo unos kilómetros. Todo el mundo en Cañada Seca decía conocer a los hermanos Castro. Que si Raúl visitaba a una novia en Marcané, que si habían peleado gallos con él, que si vieron a Fidel, muy niño aún, sobre un árbol improvisando un discurso, que si le habían sobado un empacho, que si tal vecina había parido a fulanito al lado de la cama de Lina Ruz el mismo 13 de agosto…

El mundo de los niños campesinos –mucha literatura hay que lo refiere– es bien erótico. La precariedad de las casas, su poca privacidad, la convivencia con el mundo animal, conformaban un ambiente proclive a la sexualidad precoz. En una de las ocasiones en que llegó un circo a Cañada Seca, con su pequeño parque de diversiones, una parejita de niños fue sorprendida “haciendo el amor” detrás de un quiosco. Imaginen si eran pequeños que la niña decía: Ay, ay, me lele. Ay, ay, me lele Mi primera experiencia erótica la viví antes de los 6 años. Mi madre estaba en el patio tendiendo ropas mientras una amiguita y yo jugábamos en un cuarto de desahogo muy cerca de la tendedera. Ella era uno o dos años mayor que yo y comenzó por bajarme el short y tocarme el sexo. Yo no tenía ni idea de que juego era aquel, Ella se subió el vestido y se bajo el blumer. Yo sentía una cosquilla agradable y ella me atrajo hacia su pipi, entonces comencé a tener una erección e instintivamente sentí deseos de penetrarla. Entonces me separó rápidamente diciéndome: ¡pará no, que hace hijos!

Había muchos parajes en los alrededores de Cañada Seca, pero mis preferidos eran tres. Primero el río, con sus chorreras, sus pocetas para bañarnos, sus pozas profundas con remolinos y leyendas de jigües y majaes, a las que solo podíamos, desde afuera, admirar. Otro de mis sitios preferidos, aunque nunca lo visité, era la loma de La Vigía. En su cima había una sola casa de mampostería, que parecía muy sólida, desde la que se divisaba una enorme extensión. Vivía una pareja, me contaba mi padre, a quien pagaban un salario solo por mirar constantemente hacia todo el distrito y en caso de descubrir algún incendio, avisar urgentemente por un teléfono que poseían. Nunca La Vigía podía quedarse sola. ¿Y yo le preguntaba a mi papá? Y esa pareja nunca puede pasear juntos, irse a bañarse al río, ir a Cueto –que era el pueblo más cercano. Y mi papá me decía que no, que siempre alguno tenía que estar allí.  El otro sitio era Los pinares, un bosque de pinos que crecía en otra loma cerca de La Vigía. Allí íbamos en excursiones de la escuela. Había muchos arbustos. En uno de esos viajes todos los alumnos, excepto yo, se intoxicaron con guao. A unos le salieron ronchas en la piel, a otros se le hincharon los ojos, tanto que parecían chinos, otros tenían rasponazos, verdugones, erupciones, etc. Llegamos a la conclusión de que a mí el guao no me hacía daño. Eres más malo que el guao, me decía el maestro Cordoví.

Un día llegó  un médico exageradamente afeminado, lo que se acentuaba más en un medio tan machista y homofóbico. Todo iba bien en la mañana mientras estuvo impartiendo clases de primeros auxilios a un grupo de muchachas, pero cuando empezaron las consultas, las vacunaciones, tanto a adultos como a niños, empezó a sentirse cierta reticencia. Los hombres con disimulo se negaban a consultarse, a inyectarse, y no querían que sus hijos se vacunaran, no fuera a ser que se contagiaran con aquella “enfermedad” de la que sólo se había dado un caso en el batey. Ese tipo es pato, se atrevió alguien a decir, entonces el compañero de la cruz roja que venía acompañándolo, muy convencido, le dijo: no chico, es que él es hondureño. Y todo el mundo “comprendió”.

Muy poca gente celebraba bodas. Lo más común era “irse” con fulano o “llevarse” a fulana. Mi hermana Rami alfabetizaba en una casa de la cuartería y cuando terminaba muy tarde se quedaba a dormir en el cuarto de la muchacha de la casa, a quien no le quedó otro remedio que confesarle que esa noche “se iba” con Bartolo, su novio, por supuesto que a escondidas de los padres, lo cual le daba cierto remordimiento. Ya entrada la noche mi hermana le  ayudó a poner todas sus pertenencias en una sábana y hacer un atado con ella. Bartolo apareó su yegua en la ventana del cuarto para que la muchacha se subiera en las zancas, pero esta titubeó y comenzó a lloriquear, entonces le dio el jolongo al novio y corrió hasta la puerta del cuarto de los padres: la bendición mame, la bendición pape, yo me voy con Bartolo, y diciendo esto saltó por la ventana y salieron volando.

Yo oía hablar con frecuencia de un señor llamado Elpidio, pero siempre pensaba que se trataba de un oficio como el carpintero, el albañil, el cartero, lo que nunca entendía que trabajos realizaba un pidio. Un día dijeron que el pidio botó a su mujer y yo me imaginé a una señora tirada, como una muñeca de trapos, en la basura.

Hay personajes de Cañada Seca, o que la frecuentaban, que me resultan inolvidables. Uno era La Cruz, a quien siempre imaginaba delgado y con los brazos abiertos. No entendía por qué llamaban así a un señor negro, gordísimo que siempre andaba con polainas, sombrero y un machete a la cintura. Algo inexplicable para mí fue cuando empezaba a estudiar las vocales y un día se apareció a la puerta de mi casa un señor y me dijo, avísale a tu abuelo que aquí está La O. Pero el personaje más enigmático de Cañada Seca era un argentino llamado Valero. Se comentaba que había huido de la justicia por un crimen pasional. Según mi papá, que entendía de geografía, había escapado al Uruguay, de ahí a Brasil, donde se había enrolado en un barco hacia Cuba que desembarcaría en el puerto de Preston. En cañada Seca, como en toda Cuba, el juego de mesa preferido era el dominó, hasta que Valero impuso el ajedrez. Lo enseñaba a niños y mayores. Guardo su imagen de anciano venerable con su larga barba blanca frente a un eterno tablero.

Si alguna vez celebro mis años de vida artística tendría que contarlo a partir de mi debut, con apenas cinco años en las Grandes Veladas Artísticas de Cañada Seca. Yo, que era un guincho flaco, salía en trusa, desde una caja de cartón, cantando: Yo soy muñeco de biscuit / traído en caja de cartón / vengo muy lejos yo de aquí / y tengo gran reputación. Mamá, papá, nené, chichí. Mi hermana Edith me cuenta que aquellas veladas tuvieron su origen en Sojo Tres, promovidas por las hijas de mi padrino que estudiaban en Santiago. Llevaban una gran producción en la que intervenía todo el batey. Mi madre era una suerte de diseñadora de vestuario y atrezzo, se encargaba de su realización. Yo recuerdo la gran pompa de las veladas de Cañada Seca, ya en la revolución, cuyos tickets de entrada los hacía mi hermana en su máquina de escribir y se vendían para recaudar fondos destinados a obras sociales. Se montaban pequeñas obra humorísticas, dramáticas, números de circo, de danzas, entre las que destacaban el mambo y el chachachá, recitados, etc, Otro aliento de cultura en el pueblo se lo impregnó tía Lica, una maestra santiaguera que se había casado con mi tío abuelo Apolinar, católica, apostólica y romana, quien además de trasmitir la fe católica, enseñaba normas de urbanidad, y aconsejaba a las muchachas cómo maquillarse, peinarse, perfumarse. Su acendrado humanismo se impregnaba en cuantos la trataban.

La intuición natural de mi abuelo había procurado que sus hijos estudiaran. Mi tío Modesto hacía cuanto curso por correspondencia llegaba a sus manos. Así se hizo de una máquina de escribir, con la que muchos en la familia aprendieron a mecanografiar, lo que luego trasmitieron a otros. 

Otra de las curiosidades que recuerdo eran aquellos teléfonos, todos comunicados por una sola línea. Levantabas el auricular y oías lo que hablaban en otras casas. Las llamadas se identificaban por la combinación de timbres cortos y largos. No eran muchos los que tenían teléfono y eso permitía cierto control sobre los intrusos. No obstante cuando hablabas mucho y alguien necesitaba el teléfono, podías oír una voz, oye, mihijo, dale un chance a los demás. 

Me es difícil precisar qué se leía en Cañada Seca. Sé que en mi casa se habían recibido durante años las Selecciones de la Reader Digest porque encontré sus colecciones, y la revista Bohemia, que era la preferida de mi padre. Pero la cultura era radial. Yo en los sesenta oía las novelas con mi madre, los episodios con mi abuelo y cuanto programa musical hubiera con mi padre, que había sido trecero, y era un melómano empedernido. Había una novela rara, que no tenía locutor y un personaje triste que se llamaba Luz Marina. Yo sentía una extraña melancolía cuando oía de vez en vez aquella novela que nunca atrapó a nadie como las otras. Mucho tiempo pasó para que yo supiera que era una versión radial de Aire frío, de Piñera.

Soy el menor de cinco hermanos. La menor de mis cuatro hermanas tenía cinco años más que yo, lo que quiere decir que andaba a su aire, con otros intereses y amigas. Hace poco me dijo: yo no me acuerdo de ti en Cañada Seca. Yo era un solitario. Leía todo lo que encontraba a mi paso. Un día sobre el diván de la sala encontré un libro sin cubierta al que le faltaban las primeras páginas, además no tenía cabezales ni ilustraciones. Me lo leí ávidamente. Pasó algún tiempo hasta que supe que era Robinson Crusoe, Yo era invisible en mi isla. Los mayores pasaban como barcos. Ni siquiera les hacía señas. Creo que todavía espero a Viernes.

Solo dejaba de ser un raro –un babieca, decían– cuando llegaban los ciclones y todo el batey se evacuaba en mi casa, que era la más confortable y lejana del río. Entonces era feliz como los otros niños, no había que obligarme a comer ni había tiempo para regañarme. Eso también pasaba los domingos. Venían mis primos de Batista 1, otro batey pequeño, más intrincado. Siempre daban el santo a los mayores, Santo tío, santo tía, santo abuela, santo abuelo. No sé por qué ni a mis hermanas ni a mí nos exigieron aquella forma de saludar, pues si alguno de mis primos no saludaba así, cuando llegaban o se despedían, mis tíos Enrique y Herlinda, los regañaban duramente. Cuando se iban y me decían hasta luego, yo siempre pensé que decían hasta el juego; como era el único día en que jugaba. Mis primos del domingo se fueron a estudiar a La Habana con ocho o nueve años, al Plan Fidel, para niños campesinos. Había pensado en irme pero al final mi maletica de vinyl se quedó en el desván. El más pequeño de mis primos, tendría sieta años, me envió una carta: cojo el papi en la mano para decirte y que si vías venío vías caío junto conmigo.

También en vacaciones llegaban mis primos Nani y Yoyi. Teníamos casi la misma edad, pero ellos ya habían conocido toda Cuba, pues mi tío Orlando era un excelente director de centrales azucareros y cada vez que un central tenía baja productividad allá lo mandaban a sacar las castañas del fuego y debía mudarse con toda la familia. Siempre llegaban de un lugar distinto que yo nunca conocí, pero Vertientes o San Cristóbal eran para mí una aspiración mítica. Cuando ellos llegaban nada estaba prohibido. Los tres Villalobos, nos decían. Al menor descuido de los mayores nos íbamos solos al río, a riesgo de una buena paliza. Nos regalaban frutas. Mi tío Luis nos paseaba a caballo. Reíamos mucho cuando salían caminando con aquello adornado. Visitábamos las casas de los vecinos, sobre todo la de dos hermanitos más pequeños que nosotros. La hembra siempre estaba en bloumers y a Nani le resultaba muy atractiva. Nunca le decía su nombre. Me decía: vamos a casa de la del blumer. Un día nos burlamos mucho del varón porque estornudó y su mamá no lo oyó, entonces le replicó indignado: ¡Mami, dime Jesús! No se concebía que alguien estornudara y no le dijeran: ¡Jesús! 

Lo mejor era a la hora de dormir. Como no alcanzaban las camas se ponían colchones en el piso de la sala, el comedor. Esos eran mis sitios preferidos, claro, junto a mis primos. Mi madre, que siempre fue una suerte de ama de llaves en aquel caserón lleno de familiares e invitados de los familiares, trataba de poner orden y acomodar a cada quien. Una noche éramos tantos que cuando al fin resolvió dónde y con quién dormiría cada cual, se dio cuenta de que ella se había quedado sin sitio y nadie supo que tuvo que dormir en un balance de la sala.

Cuando tenía seis años mi hermana Edith parió a César y justo un año después nacería Toni. Mi madre se hizo cargo de la crianza de los nietos, pues Edith se había entregado intensamente a las tareas de la revolución. Entonces me hice grande. Mi padre que había devenido un prestigioso contador se había enfermado mientras trabajaba en las salinas de Guantánamo y le otorgaban casa y trabajo en las oficinas de la granja cañera de Mejías, un batey cercano, de casas parecidas a las de Cañada Seca, pero sin el encanto de aquel sitio.

La noche en que nos fuimos fue muy triste. Ya mi abuelo no estaba para despedirnos. Ni el naranjal, ni los ojos de abuela eran los de antes. Mami y abuela lloraron abrazadas. Cuando al fin arrancamos, montados con todas nuestras cosas en un camión, comenzó a llover. Llovió tanto que todo se empapó, nosotros enfermamos, el camión se atascó y estuvo a punto de volcarse. Creo que aquel fue un mal presagio. Poco tiempo después decidieron que construirían la gran represa del río Nipe, por lo que tanto Cañada Seca como todos los bateyes aledaños desaparecerían. Se construyó rápidamente un poblado de edificios de cuatro plantas en un batey cercano, fuera del área de la presa. Para los que vivían en casas de yagua y guano era una gran ventaja, pero mi abuela consiguió transplantar intacta su casa para Cueto. Ella no iba a vivir en un palomar, dijo con la misma firmeza con que había alentado que sus hijos se alzaran contra Batista porque a ese había que tumbarlo. Poco tiempo después murió mi padre. Ya no había caminos cerca de Cañada Seca ni para verla desde lejos, pues la presa lo inundaba todo, pero me acerqué un día en que atravesé a pie. Habían desbrozado las casas, los  framboyanes, todos los árboles frutales, y el naranjal de abuelo. El agua lo cubría todo. Dicen que la naturaleza imita al arte. Todavía Tomás Sánchez no había pintado sus inundaciones, pero allí estaban ya, imitando. Aquel día comprendí que allí se ahogó mi infancia. Guardo una foto sepia en la que tengo la mirada perdida y estoy a punto de salir del paisaje. 

*una versión abreviada de este texto apareció, con el mismo título, en La Gaceta de Cuba. No.5 de 2005.


Por: Alfredo Zaldivar